Hacia un mundo sin víctimas
El reciente caso de los llamados “Porkys” que violaron a una menor de edad en Veracruz y a pesar de haber confesado su crimen siguen impunes y parece ser que bajo la protección de quienes deberían procurar la justicia en ese estado
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
12 de abril, 2016
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Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“«La sangre derramada clama venganza».
Y la venganza no puede engendrar
sino más sangre derramada
¿Quién soy:
el guarda de mi hermano o aquel
a quien adiestraron
para aceptar la muerte de los demás,
no la propia muerte?
¿A nombre de qué puedo condenar a muerte
a otros por lo que son o piensan?
Pero ¿cómo dejar impunes
la tortura o el genocidio o el matar de hambre?
No quiero nada para mí:
sólo anhelo
lo posible imposible:
un mundo sin víctimas”.

José Emilio Pacheco. Fin de siglo.

[dropcap]E[/dropcap]l reciente caso de los llamados “Porkys” que violaron a una menor de edad en Veracruz y a pesar de haber confesado su crimen siguen impunes y parece ser que bajo la protección de quienes deberían procurar la justicia en ese estado, o el de la periodista Andrea Noel que fue acosada sexualmente en las calles de la Ciudad de México y después agredida, insultada y amenazada a través de las redes sociales por atreverse a denunciar este hecho, o el de las mujeres que han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en Puebla por estar embarazadas, o el de tantas y tantas mujeres que diariamente sufren de agresiones verbales o físicas de distinta intensidad en las calles de cualquier ciudad de este país en el que seguimos viviendo una realidad en la que la sangre clama venganza, pero la venganza produce más sangre derramada, hacen no solamente relevante sino urgente volver a tocar el tema de la violencia de género y tratar de contribuir a que esta realidad deleznable se ponga en el centro de la reflexión para empezar a producir un cambio.

Porque en este México que es un mundo de múltiples víctimas –los pobres, los indígenas, los secuestrados, los asesinados, levantados, ejecutados, los que reciben una educación de pésima calidad que los condena a una vida sin oportunidades-, las mujeres son un sector que es especialmente víctima de la realidad de injusticia, violencia, impunidad y exclusión.

Existen muchos estudios que muestran que entre los pobres, las mujeres son más terriblemente pobres; que entre los indígenas, las mujeres indígenas son doblemente discriminadas; que entre los trabajadores explotados, las mujeres trabajadoras son doblemente explotadas; que aún entre los profesionistas con empleos dignos, las mujeres profesionistas no tienen los mismos ingresos que los hombres que realizan trabajos iguales u ocupan puestos similares.

Pero a estas realidades ya de por si duras e injustas se añade la del acoso y la violencia de género que Daniel Moreno describe desde la perspectiva masculina con estas palabras:

“…por las mañanas, cuando me visto, nunca he perdido un segundo en pensar “¿voy a tomar el Metro? Entonces, ¿qué tipo de pantalón tendré que usar?”

…Si el transporte público va muy lleno y hay una mujer detrás de mí, nunca he considerado que deba vigilarla.

Si camino por la calle y veo un grupo de mujeres, nunca he sentido miedo por pasar cerca de ellas. ¿Me cambio de acera?…”

(Daniel Moreno. Este texto es solo para hombres).

Estas situaciones que a ningún hombre nos preocupan, son vividas cotidianamente por todas las mujeres en este país en el que aún predomina una cultura machista que mira como objeto a las mujeres y justifica todo tipo de abusos por parte de los hombres al grado de culpabilizar a las víctimas de agresiones sexuales de lo que les sucede.

[pull_quote_right]Las mujeres se encuentran entonces en un medio agresivo y hostil en el que como afirma Alma Delia Murillo: “…La mitad de la opinión pública piensa que merecemos esto que nos pasa y la otra mitad se indigna, pero nadie hace nada real por ayudarnos, solo toman fotos y videos. Estamos solas…”[/pull_quote_right]

Continúa en este sentido Daniel Moreno diciendo:

“…Me cuesta trabajo imaginar que, si algo me pasara, un policía o un agente del ministerio público me diría que me lo busqué por la forma en cómo iba vestido.

Nunca he tenido una jefa que me diga “chaparrito”, ni “príncipe”, ni “guapo”.

Y si alguna vez he tenido que denunciar algo vía redes sociales, nunca he recibido tuits o mensajes de mujeres diciéndome que me lo merezco o que me harán algo peor…”

Pero las mujeres sufren cotidianamente de esta doble agresión: la de los hombres abusadores y la de la sociedad que las considera responsables de los abusos que padecen porque afirma que “ellas provocaron” un acto de acoso o aún de violación por su manera de vestir o de comportarse.

Las mujeres se encuentran entonces en un medio agresivo y hostil en el que como afirma Alma Delia Murillo: “…La mitad de la opinión pública piensa que merecemos esto que nos pasa y la otra mitad se indigna, pero nadie hace nada real por ayudarnos, solo toman fotos y videos. Estamos solas…”

Y en esta soledad tienen que arreglárselas diariamente y tratar de vivir sus vidas mientras la sociedad les dice que “tienen que cuidarse”, que “no deben salir solas a determinadas horas o a ciertos lugares”, que “deben pensar cuidadosamente como se visten o de qué manera se expresan o caminan…” para evitar “provocar” a los hombres.

En el ámbito educativo se plantea entonces el asunto en términos de cómo enseñar a las mujeres a cuidarse para no ser víctimas de acoso sexual o de agresiones por parte de los hombres a quienes se justifica en su comportamiento agresivo, violento y aún criminal porque “así son”.

Alma Delia Murillo lo expresa en un relato de ficción que expresa crudamente la realidad en estos términos:

“Una de las recién llegadas me contó que a los hombres víctimas de nuestra provocación los sacan de México, dice que los mandan de viaje para que se recuperen del trauma de haber sido provocados, que el gobierno los envía a clínicas de recuperación en París, Miami, Venecia y no sé qué otras ciudades…”. Alma Delia Murillo. La mujer no existe.

Esta situación debe cambiar. Nuestra sociedad tiene que avanzar hacia un estadio de respeto en el que las mujeres no tengan que cuidarse de todo lo que expresa el artículo de Moreno que los hombres jamás tenemos que cuidarnos. Porque la realidad de abuso de los hombres hacia las mujeres tiene que ver con comportamientos individuales de adolescentes, jóvenes o adultos que no han sido bien educados en lo relativo a la sexualidad, la afectividad, la comunicación y la capacidad de relacionarse constructiva y humanamente con sus semejantes femeninas pero también está relacionado con un mal estructural en el que las leyes y sobre todo la aplicación de las leyes, las instituciones y la organización social regeneran las condiciones propicias para que no haya incentivos para dejar estos comportamientos porque no se sancionan estos crímenes.

Finalmente, la realidad de violencia de género tiene que ver también con una cultura machista –un conjunto de significados y valoraciones que determinan la forma en que vivimos- que no solamente no fomenta el rechazo a estas actitudes y comportamientos sino que estimula y hasta premia socialmente a los hombres que abusan de las mujeres y sigue responsabilizando a las víctimas de estas situaciones.

Este cambio implica un trabajo muy firme, sistemático y persistente en la educación familiar y escolar que producirá resultados de mediano y largo plazo pero también nos pide urgentemente actuar en el aquí y el ahora para expresar nuestra reprobación a esta situación de violencia estructural y cultural. Un espacio para manifestar nuestra convicción de rechazo a la violencia de género es la Movilización nacional contra las violencias machistas convocada para este 24 de abril en varias ciudades del país.

Es el momento de cambiar nuestra visión y nuestras expectativas y de no querer nada para nosotros, de sólo anhelar lo posible imposible: un mundo sin víctimas.

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..