¿Por qué no toda la prensa renuncia?

¿Por qué no toda la prensa renuncia?

Susana Sánchez Sánchez

La semana pasada, Karen Kota, exreportera y coordinadora de Milenio DataLab y Néstor Ojeda, exsubdirector editorial del periódico Milenio fueron ejemplo para el gremio periodístico, pues tras haber sido censurados por Milenio, a través de su director editorial, decidieron renunciar y, además, hicieron públicas las razones. Aunque la tendencia de las empresas mediáticas es hacerle ojitos al gobierno en turno, corroborar sus intereses mercantiles y políticos desde lo oscuro de sus redacciones, siempre es un buen aliciente para que uno tenga sus reservas con los discursos mediáticos y ¡qué bueno!, porque es ahí, en esa crisis de falta de confianza, donde los medios independientes pueden ganar audiencia.

Si el personal de Milenio Puebla (que es la ciudad donde radico y también sé de algunas anécdotas) hiciera lo mismo por las mismas razones que sus colegas, es probable que ese medio se quedase sin personal, sobre todo porque sus publicaciones giran en torno a los discursos del gobierno morenovallista. Si no me cree, aviéntese una semana a ver sus portadas para saber por dónde van los intereses de esa empresa mediática.

La acción de los dos periodistas que renunciaron los posiciona como personas responsables con la información que brindan al lector y sobre todo con la valoración del periodismo de investigación (que no es de enchílame otra, hay que invertir tiempo, paciencia y dinero), lo que les abrirá –seguramente– puertas en otros medios que naveguen con la misma postura de respeto hacia el trabajo periodístico y a la audiencia. Pero, ¿qué hay de otros periodistas, fotógrafos o jefes de información que trabajan en medios con las mismas prácticas editoriales que Milenio? ¿Por qué no hay más gente renunciando? ¿Todos son parte de la llamada “prensa vendida” (por aquello de cambiar los discursos periodísticos a conveniencia de los discursos oficiales del gobierno)? La prensa ni víctima ni victimaria en la democratización de la información, tiene un poco de los dos y ello la vuelve compleja para analizarla.

Una de las realidades de la práctica periodística es que aquellos que deciden entrar, antes que entusiasmarse con cómo van a contar las cosas, primero deben conocer quiénes son sus patrones, para que la frustración no sea tan grande cuando los editores o directores tergiversan su información.

Los periodistas (como cualquier otro trabajador), pasan por distintas etapas de vida y eso les va marcando ciertas necesidades, ciertas rebeldías y ciertos sacrificios. Las evoluciones o involuciones en la vida laboral de un periodista, tiene que ver con su preparación profesional (cómo concibe la práctica periodística en relación con la sociedad) y con su historia de vida personal o sus posturas frente a ciertos casos sociales y también con la empresa mediática para la cual trabajan (que no necesariamente va ligada a lo que ellos piensan, pero es donde hay chamba); por ejemplo, entre algunos periodistas radicados en Puebla que he entrevistado o platicado de manera informal, han tenido alguna especie de censura por parte de su medio, un caso típico con algunos extrabajadores de Milenio Puebla es que la dinámica de trabajo consistía (o consiste) en mandarlos a un evento para terminar publicando la versión oficial del gobierno (no lo que vieron o escucharon, lo cual sería el trabajo básico del reportero), algunos ya lo ven como una práctica regular en ese diario y no dicen nada, no la arman de tos (en parte, me parece, porque la empresa ofrece un ingreso económico que otros medios locales no solventarían). Aunque renunciar podría ser una forma de protesta, no siempre resulta una vía factible, pues las opciones –locales– en empresas periodísticas alrededor no son tan distintas a Milenio; “así es ésto”, suelen decir algunos reporteros, refiriéndose a que no cambiarán esas prácticas de censura e incluso de autocensura porque ya saben que su medio no les aceptará ciertos productos periodísticos.

La renuncia por causas de censura o chantaje son un acto plausible, pero los reporteros que optan por ese camino tampoco gozan de muchas opciones independientes de medios masivos de información. De tal suerte que los que están inmiscuidos en los medios tienen una gran batalla: publicar realmente lo que vieron, escucharon o investigaron. Es complejo el panorama que tienen los periodistas, porque si bien les gusta hacer lo que hacen, también deben tener ingresos económicos para pagar sus gastos, y en estos tiempos de escases de trabajo o de pagos precarios, hay que pensar dos o cuatro veces asumir una postura radical ante ríos (empresas mediáticas) de aguas negras, así ni para dónde aventarse.

Una de las realidades de la práctica periodística es que aquellos que deciden entrar, antes que entusiasmarse con cómo van a contar las cosas, primero deben conocer quiénes son sus patrones, para que la frustración no sea tan grande cuando los editores o directores tergiversan su información.

El caso de Milenio, desafortunadamente, es un ejemplo de cómo las estructuras de poder se mantienen y mantendrán, pues basta una llamada de atención por parte del gobierno en turno (o de aquellos que le compren publicidad a un medio) para que una empresa mediática se alinee. Si viviera el expresidente José López Portillo, estaría feliz de su legado en la comunicación política, pues un gobierno no le paga a la prensa para que ésta le pegue.

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