Un lugar creado para las multitudes tan lleno de soledad que no deja de sorprender y fascinar. Un pequeño territorio del asombro y de la risa.    

J.C. Guinto

Tomé el metro en Manhattan la fría mañana del 20 de diciembre de 2015, en la concurrida estación de Penn Station, con la firme intención de conocer Coney Island. Previamente compré mi sagrado desayuno en una sucursal de Magnolia Bakery, para gloria de las fans de Sex and the city y para la pena de un simple espectador casual de la serie, comí el más delicioso de los pastelillos y bebí el más asqueroso, frío, amargo y deslavado de los cafés. Subí al vagón del metro, amplio, con pocas personas y los asientos fríos, que al avanzar penetró ruidosamente por el túnel. Se abrió paso por la intrincada y rechinante red subterránea; realicé un transborde, tomé otro metro que salió por Manhattan Bridge, corrió encima de Brooklyn, por sus calles, y cuarenta minutos después arribó a Coney Island.

Afuera me recibieron un sol debilitado y un cielo despejado y azul. Quise ver desde la estación a Harry Goldfarb (Jared Leto) y Tyrone C. Love (Marlon Wayans), protagonistas de Requiem for a dream, acarreando un vetusto televisor para empeñarlo y así comprar drogas, inyectárselas y mirar en el espejo cómo se dilataban sus pupilas, verse los ojos llenos de música y sueños yendo de un lado al otro frenéticamente, felices, ajenos a un futuro infausto. Los busqué, creí atisbarlos bajo un puente de hierro, pero sólo fue una ilusión.

Corría un fuerte y helado viento. La primera sorpresa fue que las tiendas, que eran pocas, estaban cerradas. Eran las 11 de la mañana de una semana navideña y, extrañamente, no había largas filas de personas esperando la apertura de las tiendas para adquirir regalos. No había amontonamientos de gente viendo los cursis escaparates atiborrados de renos con narices rojas, gordos y sonrientes santa closes bañados en nieve de plástico, falsos cielos estrellados y pinos cubiertos de luces de colores. No había sirenas ululando. No estaban en el ambiente los sempiternos cantos y coros del Salvation Army. No había jóvenes pordioseros sentados en las aceras con sus pancartas solicitando un milagro y fingiendo tristeza y dolor para obtener un dólar. No estaban en el ambiente esas ganas, esos deseos arrebatadores por consumir lo que sea. No sentí la presión de las personas que, ávidas de llevarse todo lo que estuviera en los estantes, incitaban a dejar puñados de dólares a cambio de un placer efímero. No estaba el fantasma elegante y cruel de Patrick Bateman (Christian Bale), caminando erguido, orgulloso, hueco y fantástico, flotando por las aceras como en la película American Psycho. Eso no había en Coney Island.

Busqué la entrada de Luna Park, pero todo el parque estaba cerrado.

Los juegos, la rueda de la fortuna y la bella torre roja de los paracaídas, Parachute jump, se encontraban apagados, e iban a reactivarse hasta marzo del año 2016, mientras tanto reposaban ufanas como reliquias de un esplendoroso y atestado pasado. Encima de las puertas cerradas se encontraba la ambigua imagen de un tipo risueño, Funny face (que a veces parecía de placer, otras de dolor) dando la bienvenida al parque.

Bajo la Cyclone, la montaña rusa, no encontré la hilarante e increíble casa del protagonista de Annie Hall, Alvy Singer (Woody Allen). No pude entrar y sentir que todo temblaba con cada subida y bajada de los carros por los rieles. No vi al niño tratando de tomar su sopa sin que se le derramara, no lo vi escapando al muelle con unos marineros y una mujer de rojo, riendo, huyendo de los tremores, de la tristeza que le generó haber leído que el universo se estaba expadiendo y que algún día, dentro de unos millones de años, todo explotaría.

Sobre el bulevar Riegelmann no encontré, por más que todo se conjuraba para que ello sucediera (las tiendas cerradas, los juegos apagados) a Zoltar, que en la película Big una noche le concedió un deseo a un niño para tranformarse en adulto, deseo que lo hizo saltar y pisar las teclas de un piano de piso en la extinta juguetería F.A.O. Schwarz de la Quinta Avenida, y ser feliz por un breve espacio de tiempo en el que Josh Baskin (Tom Hanks) bebió el agridulce trago de la adultez. No estaba esa máquina a la que le quería pedir volver a mi infancia, volver a los olores de aquellas navidades, a las noches suaves y a los días largos.

En el muelle, ahora reconstruido, había algunos paseantes, ocho pescadores, un judío y montones de palomas a su alrededor alimentándose con sus migajas. Un ciclista, que iba y venía de un lado al otro, alegraba el ambiente con canciones navideñas que emitía una bocina engarzada en su manubrio.

Foto: Beatrix G. de Velasco
Foto: Beatrix G. de Velasco

Al fondo del muelle creí ver, entre dos pescadores, a Marion Silver (Jennifer Conelly), dando la espalda, con un vestido rojo, su cabello suelto, el cielo azulísimo, sin mancha de nubes. Creí verla y llamarla, como Harry Goldfarb, y después hundirme en un negro abismo. Sólo fue un sueño. Allí estaba el judío acomodándose la kipá, alimentando palomas, allí seguían los pescadores sosteniendo sus cañas, allí seguía rondando el ciclista con su música. De pronto llegaron un par de negros altos, uno de ellos silbó y las palomas lo siguieron encantadas por la blanca sonrisa y por otra bolsa de migajas. El judío se esfumó, temeroso por la nueva compañía y porque se le habían acabado sus provisiones.

Por la playa había cientos de gaviotas y el aire corría más fuerte y más frío. Un corredor sin playera, sólo con un short, pasó a mi lado cargando en cada mano una mancuerna, haciendo su mejor esfuerzo para no congelarse y tratar de ejercitar su cuerpo macilento.

Caminé por el bulevar y más adelante hallé un grupo de personas que recién habían salido de la playa, en traje de baño y escurriendo agua de mar, recargados en una pared del acuario de Nueva York, dando la espalda a un sol endeble, tiritando y tratando de aguantar el frío viento lo mejor que podían. Pertenecían al Coney Island Polar Bear Club, los cuales se ostentan como la más antigua organización de natación en invierno de los Estados Unidos (desde 1903, los miembros del club nadan todos los fríos domingos desde noviembre hasta abril, en el helado océano atlántico, con el afán de mejorar su salud y condición física).

Seguí caminando, atento por si me encontraba con los pequeños Alvy Singer o Josh Baskin, correteando, subiéndose a la rueda de la fortuna, manejando carros chocones, descendiendo de la torre anaranjada con los paracaídas, pidiéndo que se hicieran realidad sus más grandes deseos; o quizás vería a los febriles Harry, Tyrone y Marion, escurriéndose como sombras trémulas por los edificios de departamentos en busca de sus sueños truncos. El escenario estaba puesto para que ello sucediera. Sin embargo, sólo encontré las huellas de sus fantasmas.

Coney Island no es la maravilla que fue hace tiempo. No es el balneario con sus juegos de azar de mediados del siglo XIX; sus grandes hoteles turísticos fueron demolidos; así también ya no están los casinos, su mafia y sus prostitutas. No es la Dreamland que fue consumida por el fuego, ni el circo gigantesco de extrañas, bizarras e inquietantes criaturas de principios del siglo XX, de donde salieron los protagonistas de la película Freaks, de Tod Browning, o aquel lugar en el que miserablemente se electrocutó a una elefanta llamada Topsy, en un afán de Thomas Alva Edison por demostrar los peligros de la corriente alterna, suceso que fue filmado y presenciado por miles de personas.

Coney Island no es la atestada playa de todos aquellos años previos a la segunda guerra mundial. Durante el verano se sigue llenando de personas, pero no como se ve en la fotografía de Arthur H. Fellig, alias Weegee, en la que se aprecia que no cabe un alfiler y en la que la gente tomaba el sol, se bañaba en el mar, comía palomitas y hot dogs, refrescos, nubes de azúcar y ganaba osos de peluche en los juegos de destreza. Hay poquísima gente en invierno que acude a visitarla, todo está apagado, las cortinas metálicas bajadas. Pero al mismo tiempo tanta soledad en un lugar creado para las multitudes, no deja de sorprender y fascinar por la historia contenida en este pequeño territorio del asombro y de la risa.

Coney Island tampoco es la feria abandonada, con los juegos oxidados, retorcidos, llena de hierbajos y basura, por la que vagabundeaban hordas de pordioseros.

Coney Island es la brillante pintura de sus juegos mecánicos, y sus estructuras reconstruídas nuevamente para el disfrute a partir de su recuperación en los años noventa. Es la ínsula de la diversión en la que reina la sonrisa de sus efímeros habitantes. Es un faro que alumbra un colorido pasado. Un fantasma que atrae fantasmas a su seno. Es una mágica maravilla que rutila en una playa lejos de Manhattan. Una isla cinematográfica que se proyecta todos los días y todas las noches en la memoria.

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Créditos

  • Sex and the city (Michael Patrick King y otros, 1998-2004)
  • Requiem for a dream (Darren Aronofsky, 2000)
  • American Psycho (Mary Harron, 2000)
  • Big (Penny Marshall, 1988)
  • Annie Hall (Woody Allen, 1977)
  • Freaks (Tod Browning, 1932)
  • Brooklyn Museum, Coney Island: Visions of an American Dreamland, 1861-2008

 

J. C. Guinto (Coyuca de Benítez, Guerrero, 1979). Estudió Comunicación Social en la UAM Xochimilco. Ha participado en los talleres de Novela de Isaí Moreno, Crónica Literaria con Ignacio Trejo Fuentes, Guión Literario con Héctor Manjarrez, Laboratorio de Escritura Expandida con Vivian Abenshushan. Obtuvo el 2o lugar del concurso La crónica como antídoto organizado por el Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM. Ha colaborado en la revista Punto de partida, y co escribió el libro Buñuel y las fronteras del deseo (UAM-X, 2004). Escribe en el blog <milgarzas.blogspot.mx>, y vive en Tlatelolco.

1 COMMENT

  1. Pues sí, nadie va a Coney Island en invierno. Guinto quería vivir una fantasía que ven en la tele, como todos los turistas que visitan NY.

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