Javier Caravantes

@javicaravantes

I

“Me llamo Raúl Damonte, pero firmo Copi porque así me ha llamado siempre mi madre, no sé por qué.” El baile de las locas, (1977).

II

Imposible ser marica, los primos mayores nos atormentaban con la misma fiereza con que años antes nuestros tíos les advirtieron que eso era denigrante, una condición descrita con los insultos más terribles. Aquella práctica de contención había sido efectiva, o al menos venía siéndolo en apariencia. Pasaron varias generaciones hasta que una tremenda excepción se encarnó en el arrojo de un primo político. Éramos una familia grande que por lazos de parentesco se conectaba con otras que además vivían a pocas cuadras. La enorme manada de adolescentes y niños nos reuníamos para jugar futbol en el patio de la familia Rodríguez, primos de mis primos.

La memoria privilegia unos recuerdos sobre otros como la manera más eficaz de combatir el olvido, a cada rostro se le adjudica algún rasgo, mucho más fácil un defecto, a veces una virtud. Así sucedió. Pateábamos la pelota, y de repente alguien detuvo el balón porque un Marco Polo como de 18 años bajaba la escaleras acompañado de su novio, alguien a quien en las siguientes y muchas pláticas mi primos mayores describirían como “muy galán”. Venían uno detrás del otro, tomados de la mano, contentos. Una interrupción. Eso estaba prohibido, lo que Marco Polo proyectaba era inaudito. La alegría en su rostro era reflejo del poder que otorga la libertad.

Mis padres se mudaron de ciudad, dejé de tener contacto con esa parte de mi familia hasta que años después volvería encontrarme en un cartel el mismo nombre, Marco Polo Rodríguez. Se anunciaba la puesta en escena de una obra titulada “El Refri”. Esa misma noche fue la primera vez que vi algo de Copi, no estaba preparado, aunque quizá nadie puede estarlo.

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Foto: Tomada del perfil en Facebook de Marco Polo.
III

Hace apenas algunos días se cumplieron setenta y seis años del nacimiento de Copi (Raúl Natalio Roque Damonte Botana) escritor, historietista y dramaturgo nacido en Buenos Aires en 1939. Proveniente de una familia dedicada al periodismo y a la política, su mayor influencia durante los años de la infancia fue su abuela materna,dramaturga anarquista feminista”, con quien vivió en Montevideo. Pasó la adolescencia en Buenos Aires, y en 1962 arribó a París de donde ya no se marcharía. Aunque ya había publicado algunas tiras, las primeras monedas en Francia las ganó vendiendo sus dibujos en la calle. Ese mismo año se adhirió al grupo de acciones teatrales “Pánico”, fundado por Fernando Arrabal, Alejandro Jorodowsky y Roland Topor, quienes se desmarcaban del surrealismo autoritario de André Breton. Luego del Mayo Francés de 1968 el periódico de izquierda Le Nouvel Observateur comenzó a publicar una tira que resultaría un éxito rotundo “La mujer sentada”. Daniel Link, incansable lector de la obra de Copi, la explica:

“Formalmente muy sencilla y, al mismo tiempo, extremadamente sofisticada, la tira presenta, como se sabe, a una mujer sentada (la silla es continuación de su cuerpo) en diálogo con ocasionales visitantes (uno de ellos, un cuasi-pollo que muchos han señalado como un antecedente del Clemente de Caloi). Es un éxito inmediato que le permite a Copi comenzar a vivir de su arte (y hacer del “vivir de su arte” uno de los temas obsesivos de su obra).”

En una extraordinaria crónica de libro “Periodismo todoterreno”, Enrique Raab narra el éxito de Copi, describe a los exigentes consumidores de productos culturales en el París de 1965 y da cuenta de cómo sólo unos cuantos artistas argentinos eran del agrad0 de aquellos lectores que no terminaban de aceptar las ficciones de Cortázar.

Con la novela El uruguayo, publicada en 1973, Copi arrancaría su producción narrativa, que incluiría cinco novelas, dos recopilaciones de relatos, además de dieciséis obras de teatro. Raro entre los raros. Radical. Inauguró el absurdo en el teatro y en la narrativa latinoamericana del siglo XX. De nuevo Daniel Link:

“Una de las razones de la grandeza de Copi tiene que ver con la violencia con la que irrumpe en la escena mundial para proponer una ética y una estética trans: transexual, transnacional, translingüística. Copi ha presentado con extremada claridad su radical concepción del mundo (incluido su Dios) como un universo consistente aun cuando toda ley universal (o precisamente por eso) haya sido suspendida, en particular (pero no sólo) la de los géneros y las sexualidades. En una de sus obras teatrales más ambiciosas, “La torre de la defensa” (1981), la travesti Micheline pregunta: «¿Me prefieres como hombre o como mujer?». Ahmed, el árabe con quien está hablando, le contesta: «Con los anteojos, como hombre; con la peluca, como mujer». Eso es una ética trans: hombre y mujer no son identidades, sino soportes de utilería para identidades imposibles.”

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Foto: Tomada de La Nación.

El investigador mexicano Gerardo Bustamante Bermúdez ha publicado varias reseñas y ensayos sobre las obras teatrales de Copi, en una colaboración publicada en La Jornada lo define:

“En el teatro de Copi hay una apuesta por la abolición de la moral, la lógica, el realismo y la ética. En sus obras se crean vivencias de personajes atípicos, envueltos en la locura, la violencia, el crimen y la “anormalidad”, esencia con la que construye cada trama. En obras como Las cuatro gemelas, Loretta Strong o El refri desfilan mujeres castradoras, homosexuales, travestis, marcianos, ratas, perros y otros seres. El teatro de Copi es alucinante, extraño, pues se plantea la hibridez genérica y sexual, el travestismo desbordante, el masoquismo, el sexo violento y los asesinatos como producto de la locura. Ninguna de sus piezas teatrales se suscriben al modelo aristotélico, tampoco es un teatro lacrimoso por más trágicas que sean las vidas de los personajes y las situaciones, pues la vida es una mentira que se elabora y desconstruye al mismo tiempo. Se trata de un teatro que toma como recurso primordial el distanciamiento del público, por eso no hay empatía ni catarsis.”

En Literatura de izquierda, Damián Tabarovsky afirma que Copi es el “el escritor pesimista de la literatura argentina”, lo sitúa como el único que ha intentado superar a Borges, “posborgeano”, ha continuado la ficción. Borges dejó claro que la cultura occidental era un mito, un engaño, una monotonía, Copi devela en “¡La pirámide!” (1975), que no hay regreso posible a la tradición, ya no existe, ni siquiera su existencia es auténtica. Para César Aira El baile de las locas (1977), es “la obra maestra de Copi”, la novela empieza cuando a un escritor con deudas lo persuade su editor para que escriba una novela sobre homosexuales con la que obtendrá dinero. El escritor no acepta y entonces sucede un crimen. A partir de ahí la trama se tuerce, las voces se cruzan, el argumento comienza a dar vueltas como en un carrusel al que el freno, el alto, se le ha descompuesto y gira, gira hasta perderse. La velocidad de su prosa me cura el tartamudeo, tengo un lugar asignado en un librero para las piezas que leo cuando mi lengua se resiste a obedecerme, nada mejor para destrabarse que leer en voz alta a Copi. Una de sus emblemáticas obra, “El Refri”, estrenada en 1983 durante el Festival d’Automne, en el teatro Fontaine, es un monólogo delirante que arranca cuando “L”, una estrella travesti, encuentra en el “living” de su casa un refrigerador, el regalo de cumpleaños que su madre le envió. En abril del 2008 esta pieza se estrenó en el Teatro Víctor Puebla, de esta ciudad. Desde entonces ha sido continuamente representada por el mismo actor, director y dramaturgo: Marco Polo Rodríguez.

IV

Marco Polo modula su voz hasta volverse tremendamente grave, es la que utiliza si corrige a algún actor; se levanta de la banca, atraviesa el patio, llega hasta un joven que pretende interpretar a un cura, mientras le explica cómo debe de mantener la postura, realizar los movimientos, mejorar la dicción, es amable y hasta cariñoso. La escena se repite con los mismos errores. Marco Polo entonces  realiza un ejemplo contundente, se vuelve a levantar siendo otro: mantiene la postura, enfatiza los movimientos y pronuncia en perfecto latín, remata el acto bendiciendo el aire. Las paredes adquieren virtudes sonoras y hasta la luz pareciera dirigida por su capricho, transforma el espacio, aunque estamos en el patio del teatro Víctor Puebla puedo oler la fragancia que despiden las pilas bautismales.

El grupo de teatro que ensaya está formado por estudiantes simpatizantes de Antorcha Campesina, preparan el montaje de “El papa y la bruja”, una obra de Darío Fo con la que esperan ganar un encuentro nacional que en dos semanas se celebrará en San Luis Potosí. Marco Polo sigue observando el ensayo mientras que con la mano derecha sostiene su celular (desde donde revisa el libreto), con la izquierda se peina los bigotes (un gesto común de cuando está dudando). Apenas termina el último diálogo cuando se levanta y de nuevo con su voz grave les pide volver a ensayar cada una de las escenas de “El papa y la bruja”. Hace frío, los actores se ven cansados, algunos miran con resignación el portón de la salida y lento caminan hasta colocarse en sus posiciones para el arranque de la obra. Marco Polo no parece cansado, por el contrario, en este segundo repaso detiene constantemente el avance corrigiendo a los actores. Conserva la misma energía del joven disciplinado que escribió y montó su primera obra en la Casa de Cultura de Atlixco, Los hombres no lloran.

—¿Qué es esto, una locura? —Marco Polo mismo se responde—: Copi me estaba hablando a mí, debía montarlo. Un actor haciendo todos los personajes con un sólo elemento de escenografía, un refri.

El inicio fue mucho antes, de niño, jugando, “era algo lúdico”, hacia telones con cobijas, colgaba papeles de colores; tenía siete u ochos años y lo que más le gustaba era cantar y bailar. Dirigía a sus primos menores en el balcón de una casa en construcción, “lejos de adultos que molestaran”. Durante esos años no hubo guía familiar ni nadie que lo motivara o impulsara, no existía la posibilidad de que alguien lo llevara al teatro. La primera obra que vio fue estando ya en la preparatoria. Marco Polo compara sus circunstancias con las de sus compañeros de profesión y sentencia:

—Nada que ver… ellos iban al teatro, a la ópera desde pequeños, a Lago de los cisnes, sus papás en otro nivel.

En una pequeña ciudad en la que no existe, aunque alguna vez existió, una sola librería, Marco Polo tuvo que buscar un camino inaudito. Antes de comenzar una de las entrevistas me platica que acaba de regresar justamente de Atlixco porque fue a entregar un proyecto cultural; no se nota muy convencido, más bien parece cumplir un protocolo más de su actividad como dramaturgo. Entusiasmado se nota cuando le pide a sus alumno exagerar más. Las actuaciones siguen sin convencerlo. Detiene el ensayo para corregir detalles que en suma, cuando vuelve a arrancar la obra, la vuelven certera, entonces se ríe. Marco Polo contento voltea a mirarme y alza sus cejas señalándome al escenario, como para rematar lo evidente. Caminamos hacia la salida, uno de los actores más experimentados sugiere que en el concurso se llevarán el premio al mejor director. Marco Polo responde que no se trata de eso.

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Foto: Tomada del perfil en Facebook de Marco Polo.

En 1992 con Los hombres no lloran Marco Polo Rodríguez ganó un concurso estatal de entre 47 obras, y pudo acceder a una beca de actuación que le permitió tomar clases con Héctor Azar, su primer director de escena. Por las tardes viajaba de Atlixco a Puebla a tomar el taller, estaba emocionado, su vocación parecía encausarse hasta una noche en que su padre entró a husmear en su recámara y encontró  pornografía gay, “olvídate que tienes familia, sólo te vamos a apoyar con la universidad”, le advirtió.

Marco Polo se independizó a los diecisiete años, comenzó a estudiar Comunicación en la Upaep y descubrió que el teatro lo podía salvar. Montó monólogos y obras en varios bares.

—Teníamos un público que pagaba cóver de treinta pesos, que era una entrada para moverte. Me gustaba poner en la mesa temas gay, con actores gay, en lugares gay, trabajé así durante diez años.

V

El  2008 había sido un año terrible por la muerte de Marko Castillo, su “madre teatral”. A pesar de que había venido montado sus propias obras Marco Polo tenía ganas de hacer algo distinto. Fue en los pasillos de una feria del libro que Copi se le apareció, en una mesa de exhibición, al reconocer la portada de “Ediciones El Milagro”, recordó una recomendación del dramaturgo y editor Jaime Chabeud.

—No es tan fácil encontrar textos que te gusten tanto, que te obliguen a ponerlos en escena —me dice frente a un café americano que no deja enfriar, se le hace tarde para otro ensayo. Le pregunto si quiere detener la entrevista y me responde que no, que todavía hay tiempo, que los actores de todas formas llegan tarde.

—Volvamos a Copi —invoca Marco Polo y con el movimiento de las manos, sumados a la convicción de sus gesto, reconstruye el momento en que por primera vez abrió el libro. Hojea unas páginas imaginarias y se pregunta:

—¿Qué es esto, una locura? —Marco Polo mismo se responde—: Copi me estaba hablando a mí, debía montarlo. Un actor haciendo todos los personajes con un sólo elemento de escenografía, un refri.

Sosiega el tono de su voz y en casi murmullos me advierte que Copi mueve fuerzas ocultas, algo ocurre, algo más que el simple teatro como generador de cambio de conciencias. Antes de darle el último trago al café Marco Polo me dice:

—Creo que lo comprendí, el tratamiento sobre la sexualidad humana, la progresión dramática sobre algo que no existe, el cuestionamiento a la ficción. Encarnarlo, vivirlo, desentrañar minuciosamente cada una de las palabras, las situaciones que laten en el texto. Una obra pesada, no para todo público, pero en mi montaje hasta niños la vieron. Cada año he hecho pequeñas temporadas, este año la he montado para eventos especiales.

VI

Entre la oscuridad un refrigerador, estampas de colores tatúan la superficie blanca y brillante. Una estola bailando. El canto. La primera pregunta. El grito. Las palabras, las muchísimas palabras. Las pestañas. El vestido a cuadros, las mallas, el guante, los tacones, el collar. Los aullidos. La doctora. Las dudas de una sirvienta. Las llamadas telefónicas. Los disfraces, las capas, los muñecos. Las carcajadas. La rata. El ataúd. El refri.

Marco Polo también montó “El homosexual o la necesidad de expresarse”, de Copi y espera pronto montar otra obra más del prolífico autor, me lo platica mientras caminamos hacia la parada del autobús. Cruzamos una calle y apenas alcanzamos la banqueta dice:

—El teatro siempre te obliga a andar inventando, una necesidad constante de estar expresándose, pero para mí lo más importante es transgredir el público, que se vaya siendo otro.

Estamos esperando en una esquina y a dos cuadras se ve avanzar el microbús que lo regresará a su casa, viene tan lento que alcanza para que le pregunte por el grupo teatral con que ensayaba, cómo le fue en el concurso.

—Ganamos tres premios —responde mientras que con paciencia cuenta las monedas que hay en su mano.

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