Crónica de la liberación del policía retenido como rehén en Chalchihuapan (1er...

Crónica de la liberación del policía retenido como rehén en Chalchihuapan (1er lugar Crónica)

Foto: Felipe Mecinas
Foto: Felipe Mecinas
Este trabajo fue publicado el 13 de julio del 2014 en el portal informativo e-consulta, y fue merecedor del primer lugar en la Categoría Crónica en la edición 2015 del Premio Cuauhtémoc Moctezuma al periodismo en Puebla. 
Felipe P. Mecinas *

@mecinas

La noche comenzó a caer en la autopista a Atlixco, la sensación picante de los gases lacrimógenos se mantenía en el ambiente a pesar de que ya habían transcurrido más de tres horas desde el enfrentamiento. Sobre el puente que une a las comunidades de San Bernardino Chalchihuapan y Chipilo unos 300 pobladores se mantenían a la espera de que los granaderos arremetieran de nueva cuenta contra ellos. A la distancia, sobre la autopista, una treintena de patrullas se alcanzaban a divisar desde lo alto de la estructura. No había mayores movimientos que las sirenas encendidas y bultos negros que descansaban sobre el pasto, en las laterales de la carretera.

El reportero pudo entrar al bloqueo junto con una comitiva de autoridades de Chipilo, quienes habían sido elegidas por el gobierno del estado como intermediarias para destrabar el conflicto y que los pobladores entregaran a un policía que mantenían retenido en la clínica de la comunidad, bajo observación médica.

Los rastros del enfrentamiento evidenciaban lo agitado del altercado que dejó oficialmente 40 policías heridos y un número no preciso de vecinos lesionados. En el lugar había una patrulla de Chalchihuapan con las llantas ponchadas. Piedras y ladrillos rotos permanecían sobre el pavimento, sobre todo del lado de la comunidad, donde el enfrentamiento se registró con mayor fuerza.

Enardecidos y eufóricos por la aparente victoria obtenida sobre los policías estatales, pobladores se agrupaban en torno a sus autoridades en espera de una instrucción, mientras encendían pequeñas fogatas para espantar el frío que comenzaba a hacerse presente sobre el puente. Desde una camioneta, un par de mujeres repartían bolillos a los pobladores que aún no habían tenido tiempo ni de tomar agua.

Bastaba echar un vistazo para darse cuenta que entre los pobladores había un buen número de jóvenes que no rebasaban los 30 años, así como una veintena de niños y niñas de entre los 10 y 12 años -algunos todavía con sus uniformes escolares puestos-, mismos que acudieron en busca de sus padres al enterarse del conflicto.

Unos jóvenes portaban cascos, toletes y hasta escudos que los policías perdieron en la acometida. Otros más, jugueteaban con pedazos de caretas rotas:

-“Esto vale oro”, dijo uno de ellos y las risas nerviosas no se hicieron esperar.

Otros más, que recién habían llegado, preguntaban sobre cómo había ocurrido todo y los participantes se enardecían nuevamente cuando narraban las detenciones y los heridos con balas de goma.

-“Tenía una herida entre el cachete y el cuello, todavía con la bala adentro”, decía un joven como de 23 años, mientras otro le arrebataba la palabra:

-“¡Había un abuelito! entre los que se llevaron había un abuelito y otro que vive allá por la loma”.

Alguien más recordaba y se espantaba nuevamente:

-“No mames, pero el niño, no tienen madre, el niño estaba sangrando, tenía un chingo de sangre”.

-“A dónde se lo llevaron”, preguntaban.

-“No sé, vinieron unas ambulancias y se lo llevaron…”

Los más grandes, hombres y mujeres de huaraches y reboso, respectivamente, de entre los 50 y 70 años, preferían murmurar y veían con recelo a todo aquel que llegaba o cruzaba por el puente.

Uno de los líderes tomó la palabra entonces, y pidió a cada junta auxiliar que contabilizara cuántos habían sido detenidos o desaparecidos, al igual que proporcionara sus nombres, porque las cifras aún no eran concretas. Tras una hora de diálogo entre los presidentes auxiliares, la comitiva de Chipilo se retiró del lugar logrando el repliegue de los manifestantes, quienes alrededor de las 9 de la noche decidieron concentrarse en la explanada de Chalchihuapan.

La comunicación hasta ese momento había sido únicamente vía telefónica entre “la Licenciada Flores, titular de la Subsecretaría de la Policía”, con el presidente auxiliar de Chipilo, Pedro Martini Mazzocco. Las horas de diálogo dejaban sin batería a los celulares y entonces vino la decisión del edil: acudir personalmente al retén policiaco, aún sin conocer lo que pudiera ocurrir en la autopista.

A petición expresa, el edil permitió al reportero acompañarlo en el resto de las negociaciones, bajo las únicas condiciones de ser discreto, no grabar, ni preguntar nada. La comitiva de Chipilo se retiró del lugar y encaminaron los dos solos hacia el retén.

Llegaron caminando sobre la autopista y el edil preguntó a dos elementos de protección civil por “la Licenciada”, y señalaron hacia unas camionetas estacionadas sobre la lateral con sentido a Atlixco. El edil se presentó y sin mayores cuestionamientos la jefa policiaca explicó que no habría negociación alguna, lo único que procedía era que le entregaran a su policía retenido o de lo contrario tenía que entrar a la comunidad por él.

Mientras dialogaban el edil y la funcionaria, dos policías que se encontraban a un costado se miraron entre ellos y con un movimiento de cabeza, uno cuestionó sobre la presencia del acompañante del edil, a lo que el otro respondió en un murmullo:

-“Es reportero”, y nadie volvió a cuestionar.

Vino entonces el primer enlace telefónico entre el presidente auxiliar de Chalchihuapan, Javier Montes Bautista, y “la licenciada Flores”. Palabras más, palabras menos, la representante del gobierno del estado exigió al edil liberar al policía:

-“No presidente, la ley no se negocia… la única opción es que me entregue a mi policía o entramos por él”. Asimismo, le advirtió que la ley estaba de su lado y que quienes cometían un delito eran él y la comunidad.

-“No haga más grande esto, sólo entréguenos a nuestro policía. No hay nada que negociar”, insistió.

El edil colgó.

-“¡Me colgó! dice que negociemos, no hay nada que negociar, la ley está de nuestro lado”, insistió la jefa policiaca.

La funcionaria alegó entonces ante el edil de Chipilo que el pueblo no tenía otra salida y que de acuerdo con lo reportado por el médico de la clínica, el policía tenía que ser trasladado para su atención médica porque tenía un traumatismo de segundo grado:

-“Y se les puede morir y entonces sí, ya no estaríamos hablando de privación de la libertad, sino de algo más grave”, insinuó.

Tensa por el diálogo cortado, reclamaba que tenía 40 policías heridos, cuatro graves y uno que se lo entregaron “prácticamente muerto”.

-“Hay que reconocer que al presidente se le salió de control, se le pasó la mano. Si quieren ver sangre, va a correr sangre. A la gente le gusta el conflicto y no está conforme hasta que ve sangre”, acusó la funcionaria.

El presidente Pedro Martini intervino entonces para aclarar que en la tarde había acudido a Chalchihuapan y había visto al policía en buen estado:

-“Estaba sentado, le habían dado su torta y su refresco, estaba comiendo. No lo tenían ni golpeado ni amarrado”, argumentó para calmar los ánimos.

Luego de contener un poco a la funcionaria, pidió tiempo para acudir nuevamente a dialogar personalmente con el presidente de Chalchihuapan, a lo que la jefa policiaca asintió con un movimiento de cabeza.

Se volvió a hacer el silencio. El edil y el reportero se retiraron del lugar.

Foto: Felipe Mecinas
Foto: Felipe Mecinas
Horas de tensión e incertidumbre

A bordo de la patrulla de Chipilo ambos ingresaron después de las 10:00 de la noche a Chalchihuapan, las campanas de la iglesia de San Bernardino repicaban una y otra vez llamando a la población para reforzar el movimiento. Grupos de jóvenes recorrían las calles desde la entrada hasta el palacio auxiliar, donde se encontraban reunidos los manifestantes, así como otro grupo de personas que habían llegado con el alboroto. Adentro, el presidente auxiliar, Javier Montes, era apoyado por la diputada federal Roxana Luna, quien junto con su hermano Vladimir, quien es líder de la organización “Los de Abajo”, buscaban hacer entrar en razón a la autoridad y tomar las mejores decisiones.

La incertidumbre sobre el paradero de los heridos y detenidos en la trifulca tenía bajo tensión a los pobladores, mismos que estaban dispuestos a enfrentarse de nueva cuenta con los granaderos a la hora que éstos quisieran ingresar al pueblo.

Un grupo de unos diez jóvenes de pantalones anchos y camisas largas que se habían sumado en la tarde para reforzar el bloqueo, gritaban consignas y exigían la entrega de los detenidos a cambio del policía.

-“Si no nos entregan a los detenidos, no les damos al policía”, decían en tono de reclamo.

El tiempo transcurría y la falta de condiciones o garantías ponía en duda, cada vez más, el éxito de la negociación.

-“Esto es de tiempo”, insistían los ediles auxiliares, mientras buscaban respuestas confiables ante la diputada que se comunicaba vía telefónica con personas de la ciudad de México.

El cansancio se hacía presente entre los pobladores que colocaron un perol debajo de los arcos del palacio para calentar agua y repartir cafés, mientras otros más instalaban antorchas en la entrada del pueblo para advertir que estaban alertas.

Llamadas telefónicas, ir y venir de personas, murmullos y especulaciones se hacían presentes en el pueblo. Además de los inconformes, nadie más salía de sus casas. Sólo una tienda de abarrotes estaba abierta del lado de la autopista.

Tras varios minutos, Javier Montes habló con los pobladores para tratar de llegar a un acuerdo y analizar la situación antes de que pasara a mayores, después le siguió en el turno la legisladora, quien planteó la liberación del policía, en espera de que el lunes se reanudara el diálogo.

Uno de los alebrestados gritó entonces: “Matémoslo y así se los entregamos”.

-“Mejor quemémoslo”, alguien sugirió en seguida. Pero nadie les hizo segunda, e incluso se dejaron escuchar algunas risas por lo bajo.

El edil volvió a tomar la palabra y pidió seriedad para razonar lo que ocurría y tras varios minutos de diálogo les dejó la encomienda de pensarlo nuevamente, mientras ellos intentaban retomar la comunicación con las autoridades.

Foto: Felipe Mecinas
Foto: Felipe Mecinas
De vuelta al retén

El presidente de Chipilo y el reportero entraron de nueva cuenta al retén policiaco. Era casi ya la media noche. El frío y la pertinaz llovizna mermaban la paciencia de los uniformados, quienes optaban por subirse a sus vehículos para descansar un rato. Al lugar ya habían arribado otro tanto igual de patrullas.

La “Licenciada Flores” recibió al edil, quien pidió nuevamente paciencia, ante la seguridad de que el presidente de Chalchihuapan estaba haciendo lo conducente para hacer entrar en razón al pueblo y liberar al uniformado.

Se acercó entonces otra persona que dijo ser el Licenciado Mario, supervisor de la zona, de Ministerios Públicos, quien afirmó que no había ningún detenido, que todos los que se habían llevado estaban en hospitales, pero nadie enfrentaba algún cargo; es más, que si querían que fueran sus familiares por ellos. La contraparte solicitó entonces los nombres de los hospitales, pero éstos no respondieron.

Sin mayores explicaciones, la funcionaria se dio la vuelta y tomó su bolsa de mano.

-“Ahorita regreso”, dijo mirando al mediador. Abordó una patrulla y se fue.

Los granaderos que hasta ese momento habían estado sentados a la orilla de la autopista, tomaron sus equipos antimotines y comenzaron a subirse a los vehículos de transporte policial.

Casi una hora después, “La Jefa” -como le decían los policías- regresó con cafés, dulces y hot dogs para sus subordinados. El edil Pedro Martini hizo nuevamente varias llamadas con el edil de Chalchihuapan, quien en un momento afirmó que sí liberarían al policía, pero que esperaran porque estaban dialogando con la comunidad.

Habrían transcurrido unos 15 minutos, cuando unas 10 camionetas repletas de personas se dirigieron nuevamente al puente que cruza la autopista y sin más, se alejaron. Eran para entonces cerca de la 1:30 de la mañana del jueves.

El celular sonó otra vez en la autopista:

-«Que entre una ambulancia para que se lo lleven», dijo el edil de Chipilo.

La unidad Alfa 035 fue encomendada para realizar el traslado, pero como estaba estacionada con sentido a Atlixco tuvo que recorrer toda la autopista hasta el entronque con la federal, volver por la carretera y entrar al pueblo.

Finalmente, al filo de las 2:00 de la mañana, la ambulancia cruzó el puente de regreso y el convoy de patrullas comenzó a retirarse.

A la par, el presidente y el reportero se despidieron.

-Disculpe, dijo el edil de Chipilo dirigiéndose a la jefa de policía, ¿cuál es su nombre? porque sólo le he dicho «licenciada Flores».

-Ofelia, respondió ella.

-¡Gracias!

El mediador y su acompañante dieron la vuelta y se fueron de la misma forma en que entraron al retén.

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* Se reproduce con autorización del autor.

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