Heridas de una vieja guerra. Un jardín sin agua en el recodo...

Heridas de una vieja guerra. Un jardín sin agua en el recodo de un paseo de San Lorenzo de El Escorial

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La plaza del Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial durante la Guerra Civil.
Cecilia Rotaeche | Frontera D

@fronterad

En El Escorial de la Sierra, el nombre por que el que fue conocido San Lorenzo de El Escorial durante tres años, la tranquilidad es absoluta en pleno verano y en plena Guerra Civil. En la plaza donde se ubica el Ayuntamiento, los milicianos se mezclan con la población a la sombra de los castaños, unos leyendo y otros charlando, como muestra la fotografía de la época. Atrás ha quedado el miedo de los momentos iniciales, cuando la sublevación de Franco sorprendía a la colonia veraniega en su segunda residencia y la localidad tomaba partido por el Gobierno legalmente constituido, con el apoyo decisivo del cuartel de carabineros, en el que tan sólo algunos mandos se decantan abiertamente por el levantamiento militar.

Las familias adineradas van abandonando poco a poco los hotelitos y las casas señoriales de los barrios residenciales que habitan, porque este pueblo, convertido en la retaguardia del frente de Guadarrama desde el verano de 1936, supone para ellos una auténtica ratonera. Cuando llega el invierno y el frente está perfectamente definido a lo largo de toda la sierra, el gobierno municipal republicano ha protegido el patrimonio histórico y acoge a los refugiados de los distintos pueblos que acuden a protegerse de las batallas que se libran en su zona. Llegan ancianos, mujeres y niños, cubiertos tan sólo con una manta y sin más recursos. Algunos hotelitos son ocupados para darles cobijo. La localidad, cabeza de partido, cuenta con un hospital que atiende a los heridos, entre ellos la fotógrafa alemana Gerda Taro, que falleció aquí el 26 de julio de 1937 tras ser aplastada por un tanque durante la batalla de Brunete.

La guerra transcurre con el ritmo que refleja el documento gráfico de la época, pues el frente queda lejos. Los incidentes más graves guardan relación con la detención de algunos mandos, la salida del clero que habitaba el Monasterio y la llegada de la conocida como columna fantasma, constituida en su mayoría por presos comunes liberados del penal de Ocaña y dispuesta a ajusticiar a todos los derechistas detenidos en la cárcel local. El desastre pudo evitarse gracias a la determinación de las autoridades republicanas y de las milicias para garantizar la seguridad de los detenidos. Sin embargo, algunos conocidos derechistas no tuvieron tanta suerte y fueron ejecutados a lo largo de la contienda. El número de fallecidos difiere bastante si la fuente es la del bando vencedor o la de los testigos aún vivos de los hechos.

Gabriel Sabau Bergamín, cronista oficial de la villa e impulsor, junto con el cura párroco a principios de los años cincuenta, de la Romería de la Virgen de Gracia para recreo de la colonia veraniega, en su libro Historia de San Lorenzo de El Escorial  comenta que los ejecutados en el pueblo durante los tres años de guerra alcanzaron el centenar. También indica que los fusilados tras la contienda “no debieron pasar de treinta o cuarenta”. El otro bando no ha podido ofrecer su versión hasta que comienza a investigarse la existencia de más de un centenar de personas enterradas en fosas comunes en el cementerio parroquial.

Tras la victoria de Franco en abril de 1939, se habilita como cárcel el convento de las Carmelitas Descalzas, situado en la parte alta del pueblo, muy cerca del cementerio. Se llena completamente. Los sótanos del mercado municipal albergan también a los vencidos y en el edificio de las Cocheras del Rey, en el Casino y en un hotel conocido como Villa Conchita, se disponen espacios para los interrogatorios en los que, además de un responsable del Servicio de Información Militar, participa habitualmente el jefe local de Falange. La venganza está servida. Inmediatamente se producen fusilamientos en las cercanías del cementerio y allí son sepultadas las víctimas en al menos veintitrés fosas abiertas en los pasillos, según reflejan los documentos consultados en el Ayuntamiento. El único registro que conservan los archivos municipales contabiliza cerca de un centenar de muertos, pero se inició mes y medio después del comienzo de los fusilamientos. Algunas fuentes hablan de centenares de personas más enterradas de esta forma, provenientes no sólo de San Lorenzo y de El Escorial, sino de otros muchos municipios cercanos.

El clima de pánico es de tal magnitud que décadas después es todavía muy difícil encontrar testimonios distintos a los oficiales que den cuenta de cómo transcurrieron los hechos. La memoria es sólo y exclusivamente para los muertos del bando vencedor, cuyos nombres son glorificados en placas y monumentos diversos. La verdad permaneció oculta muchos años bajo un manto de terror. A mediados de la primera década de este siglo, más de sesenta años después, algunos jóvenes descendientes de los fusilados comienzan a investigar. Se confecciona un listado de los muertos identificados, con nombre, edad, profesión y lugar de procedencia, y se preparan homenajes a su memoria que no han cesado año tras año.

Desiderio de Frutos era un chaval idealista cuando sucedieron los hechos. Miembro del partido socialista desde los años treinta y nacido en San Lorenzo de El Escorial, no tiene miedo a hablar. Recuperamos ahora su testimonio, gracias a una grabación realizada en 2005, que permanece inmarcesible a pesar del paso del tiempo. A sus 84 años, es un hombre alto y fuerte, curtido en las penurias de la posguerra cuando tuvo que trabajar duro para sacar adelante a una familia que se inició con un hijo “nacido de estraperlo”, cuando aún no se había casado. Ya viudo, cuando no tiene muchas oportunidades de comunicar sus vivencias de antaño, un par de jóvenes le escuchan absortos buscando la información que pueda contribuir al homenaje que preparan para los muertos sin tumba y sin nombre, enterrados en veintitrés fosas en el cementerio parroquial. Recordamos su mirada profunda y limpia y cómo va desgranando su relato sin concesiones a la melancolía o al rencor, con un tono incluso socarrón, como si los hechos hubieran sucedido ayer mismo. No le duelen prendas para reconocer los errores cometidos en su bando:

“Aquí, durante la guerra, es verdad que mataron a algunos. Había una pandilla de gente que lo hizo muy mal. A la mayoría de los que mataron se los llevaron a la carretera de Guadarrama, pasado Fuente Nueva, donde hay un camino y detrás un matorral. Allí mataron a cuatro o cinco. Mataron al Peláez, al Germán, a uno de los Barcas, a Rogolludo. Mataron a esos cuatro, se los llevaron y allí fue donde los fusilaron. Y también mataron a uno que no era de aquí, era de veraneo. Nosotros también lo hicimos muy mal –reconoce con gesto sombrío–, pero no fueron tantos los muertos como se ha dicho. No es verdad”.

Extracto del texto originalmente publicado en Frontera D. Click aquí para seguir leyendo.

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