Cartón para la literatura en tiempos de crisis

Cartón para la literatura en tiempos de crisis

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez
Ámbar Barrera

@Dra_Caos

«¿Qué nos dieron? Miseria, pobreza ¿Qué les devolvemos? Libros.»

Washington Cucurto

Era el 2001 y en Argentina se vivía una crisis económica bastante grave. ¿Quién diría que dos años después, a raíz de ese hecho surgiría uno de los proyectos culturales más impactantes en Latinoamérica y el mundo? Y además, ¿quién hubiera imaginado que ese proyecto estaría hecho de cartón?

En Puebla, 12 años después, existen 3 de las llamadas editoriales cartoneras (al menos las que pueden encontrarse a simple vista): La Cleta Cartonera, Tegus (la cartonera del toro) y Ediciones Ají. Las editoriales cartoneras son editoriales independientes que hacen sus libros con cartón reciclado y buscan la participación colectiva para su realización y consumo.

Carolina Cuevas, iniciadora y editora de La Cleta Cartonera en Cholula, entró en contacto con el argentino Washington Cucurto, en una ponencia a la que asistió durante un viaje académico a Chile. Cucurto es fundador de la primerísima cartonera en el mundo: Eloísa Cartonera. En su página puede leerse algo sobre su historia:

“A principio del 2003, cuando comenzamos con Eloísa Cartonera, no podíamos imaginar un presente más lindo. Comenzamos con la crisis de esos años, como algunos dicen “somos un producto de la crisis”, o, “estetizamos la miseria”, ni una cosa ni la otra, somos un grupo de personas que se juntaron para trabajar de otra manera, para aprender con el trabajo un montón de cosas, por ejemplo el cooperativismo, la autogestión, el trabajo para un bien común, como movilizador de nuestro ser. Nacimos en esta época loca que nos tocó y nos toca vivir, como muchas cooperativas y microemprendimientos, asambleas, agrupaciones barriales, movimientos sociales, que surgieron por aquellos años por iniciativa de la gente, vecinos y trabajadores, acá estamos”.

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez

Carolina Cuevas regresó a Cholula con la idea de juntar un grupo de amigos y contarles de su experiencia para armar su propia cartonera por ahí de 2011. Para 2012 La Cleta Cartonera sacaría su primera edición.

Por otro lado, Paloma Villalobos, editora de Ediciones Ají, conoció el mundo de las editoriales independientes en Barcelona, mientras realizaba una maestría en edición. Y hasta su regreso a Puebla empezaría a involucrarse en el tema más allá de la teoría, lanzando el proyecto Ají en 2013, que recientemente incursionará también como cartonera.

–Yo creo que en este momento hay un boom de editoriales independientes, no sé en otras lenguas, pero en español, sí que lo hay –dice Paloma en entrevista para Lado B–, hay mucha gente que ha dejado de apostar por este modelo del libro convencional y que apuesta por cosas que son muy diferentes como el libro de autor o de artista, el libro objeto, el libro artesanal, el libro cartonero… Creo que es un buen momento para las editoriales independientes.

El cartón que contiene literatura

Es difícil saber exactamente cuántas editoriales cartoneras hay en el mundo. El virus de Eloísa se esparció por toda Latinoamérica y llegó también a otros países como España, Francia, Suecia y hasta África. En México, wikipedia cuenta al menos 20 cartoneras, aunque bien podría estar naciendo una nueva justo ahora.

Las cartoneras son proyectos colectivos, autogestivos y que buscan llevar la literatura a todas las personas posibles y al menor costo, sin preocuparse por realizar una gran inversión con una editorial comercial o incluso sin considerar al libo como una pieza sobrevalorada de papel y tinta.

–Una cartonera usa materiales reciclados. Sus portadas son de cartón reciclado. Las cartoneras tradicionales salen a buscar en la noche o en las tardes el cartón reciclado y se lo pelean con la gente que se dedica a reciclar. Entonces, eso es primordial, que la mayoría de tus insumos sean reciclados. Lo siguiente es que los interiores regularmente están hechos como fotocopia o en una impresión digital, porque la idea es hacer un libro no caro.

El objetivo de las cartoneras es la democratización del libro. Además de hacer un libro efímero, que puede deshojarse y desaparecer. En el manifiesto online de La Cleta puede leerse lo siguiente:

“Queremos hacer libros de basura. La basura que está por todos lados, dando vueltas. Queremos hacer libros que se deshagan, como una caja de cartón bajo la lluvia. Libros sin techo, a la intemperie, errabundos. Libros baratos. Libros que como el pan, puedan olerse por las calles. Libros que se desmanchen entre las manos que los hacen y las que los leen. Que se vendan sobre canastas en bicicletas. Ahí va el señor de los esquites, el señor de los helados, el señor de los libros. Libros prescindibles”.

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez

Héctor Rannauro, parte del proyecto de La Cleta Cartonera, también cuenta en entrevista con Lado B:

–En La Cleta creemos que la lectura no es un asunto pasivo de situarse frente a un texto, sino que implica también esto de atreverse a contar historias, compartirlas con la gente que más te importa, hacer algo mucho más de taller, de encuadernar con nuestras manos, de cortar cartón, de jugar con el pegamento… en fin, de inventarte textos para juntarte con la banda y que a pesar que ninguna de las personas que colaboran viven de ello, buscamos el pretexto para tener el tiempo, las energías y decir: Qué fregón el tener la oportunidad de hacer los libros que nos fascinaría encontrar en un espacio como Profética, por ejemplo.

Una de las características de las cartoneras, es que cada una es diferente, cada una tiene una manera de hacer las cosas. Por ejemplo, como cuenta Paloma, en Cuernavaca, La Cartonera (ese es su nombre y se presume que fue la primera cartonera de México) lleva más de 10 años haciendo libros cartoneros, y para la realización de sus portadas invitan al público en general a hacerlas los domingos, así involucran a todo tipo de personas en la producción. Y en Morelos está La Ratonera Cartonera, donde se dedican a ir a las comunidades de su estado para hacer las cartoneras con las historias propias de cada comunidad.

–Ahí lo interesante es: ¿es más libro uno hecho en imprenta, que tiene un barniz en la portada y etcétera, que un libro que hace una señora que vive en una comunidad en la sierra? Todas esas son cosas muy políticas del libro cartonero que hace muy rico el movimiento –dice Paloma.

Otra de las características de las cartoneras, es la forma libre de elegir los textos que editan.

–Estamos a la búsqueda de libros que nos parece comulgan con lo que queremos publicar, eso sería lo más importante, que cada cosa que publicamos tiene que ser algo que nos gusta –explica Paloma–, nuestros lineamientos tienen que ver con la diversidad sexual, con mujeres… nos interesa la poesía social y temas o cosas más de la periferia.

–Hemos apostado por publicar lo que nos gusta, por dejar a un lado los criterios de la lógica comercial para darle voz a otros creadores –dice por su parte Héctor-, lo que intenta La Cleta es darle voz a plumas, proyectos o a gente que está haciendo cosas a nuestro parecer fascinantes.

El cartón que contiene arte y colectividad

En Ediciones Ají recientemente comenzaron a hacer libros como tal de cartonera. Su primera colección llamada Chile Verde fue, como dice Paloma, más bien de inspiración cartonera: impresos en serigrafía que por el grado de dificultad en la impresión y el tipo de papel tan grueso (mina gris) se conforma sólo de poesía.

Su más reciente colección, Chile Morrón, es más apegado al proceso cartonero tradicional. Las portadas son de cartón reciclado y tienen el plus de haber sido impresas en tórculo con una impresión original de los artistas de la Cooperativa Ave, quienes hicieron 4 portadas diferentes inspirados en los cuentos del primer título, una compilación de cuentos de Isis Samaniego.

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez

–Siempre tratamos de incorporar no sólo gente que escribe sino creadores, artistas gráficos… -dice Paloma.

Después de la selección del autor y las piezas, viene la parte complicada del proceso: las imágenes. Puede ser una ilustración hecha exprofeso para las lecturas o en dado  caso, el equipo de Ají busca las imágenes que podrían quedar mejor y consiguen el permiso de los autores para puedan usarlas. Cuando ese tema está resuelto, pasan a la parte del diseño editorial, que entre otras cosas, tiene que ver con el orden las piezas y las imágenes.

–Cuando nosotros elegimos los poemas, tiene una propuesta de orden, tiene una intención y la intención tiene que ver con que sea un discurso, con que haya una propuesta. Entonces cuando tú lees el primer poema de nuestros libros es como una introducción, como una declaración de principios.

Luego viene el proceso de acomode con la diseñadora y finalmente se manda a imprimir, aunque como ya se mencionó antes, al ser serigrafía, imprimir cerca de 800 páginas por edición requiere de paciencia y precisión.

Después de la impresión se dedican a armarlo. Eso se puede describir como: Doblar, coser y pegar, aunque implica mucho más que eso. Es un trabajo artesanal y muy íntimo.

Héctor, por otro lado, rescata las experiencias fuera del taller. Recuerda que en alguna ocasión fueron a Bellas Artes en la Ciudad de México para presentar un libro. Eran 150 personas esperando. Ellos llegaron apresurados, desde Cholula, muy orgullosos por sus 75 ejemplares hechos a mano del libro que habían hecho en tan sólo 48 horas. Los libros se acabaron muy rápido y algunas personas comentaron que cada libro era diferente. “Esos pequeños detalles son padres”, dice Héctor.

También estuvieron en la Feria del Libro de Tonanzintla y recibieron comentarios positivos de niños como de 7 años, aunque ellos no son exactamente el público al que se dirigen. Los niños se mostraban emocionados y curiosos por el hecho que hubiera quienes se lanzaban a hacer libros con cartón en su tiempo libre.

Cartón accesible para todos

En el caso de Ediciones Ají, en la producción del libro se paga el diseño y la impresión y lo de adentro (el texto y las imágenes)  se realiza en colaboración. Eso hace que, al menos en teoría, el costo final del libro sea bastante accesible. A veces, las ganancias se dividen al 50/50 con el autor e incluso los derechos de reproducción no se quedan en la editorial, así que si así lo quisiera, Ají le daría el archivo al autor para que pudiera reproducirlo, esto en consonancia con la idea cartonera de la democratización.

En La Cleta, por su parte, quienes escriben, editan y encuadernan están donando su tiempo, como dice Héctor, por un proyecto que produce ejemplares con mucho amor y por las ganas de hacer algo diferente a lo que se está haciendo en la actualidad.

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez

Sus libros también se venden al costo. La mayoría ronda por los 50 pesos y el más caro, cuesta alrededor de 100 pesos. Lo único que se busca es ganar 2 o 3 pesos por libro para poder mantener la producción. Ellos venden sus libros en Profética, Etcétera y algunos lugares de otros estados.

Los libros de Ají se venden en librerías independientes, algunos sitios donde amigos les dan el espacio y otros círculos como los cambalaches o las ferias del libro, aunque Paloma reconoce que sus mayores punto de venta siempre resultan ser las presentaciones de los libros.

–Yo veo una clara tendencia a alejarse de la gran industria y regresar a las cosas chiquitas como a la librería de barrio –dice Paloma–, eso permite que los proyectos editoriales pequeñitos, que no son demasiado ambiciosos puedan seguirse generando. La cosa es que también tienen un promedio de vida bastante corto, porque  es pesado, es un trabajo ingrato en el sentido que no se gana bien. Sí que se puede vivir de eso, claro, yo conozco muchos, pero es difícil.

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