Luz de Malawi

Luz de Malawi

El corazón de África late en sus manos, pensaba, no en los ojos de sus hombres oscuros llenos de rencores y agravios; tampoco en las pieles enrojecidas de los blancos por un sol que no los reconoce como hijos legítimos, aunque se ganen el pan sangrando en sus campos; ni en los labios que cantan, besan y muerden como cráteres de lava enfurecida

Sei Iturriaga Sauco

Había una luminosidad tenue viajando por la humedad sobre los campos, las montañas sembradas; qué sensación de orden absoluto en los surcos laberínticos que dibujan los plantíos de té de Malawi. En el camión donde la gente dormitaba la larga ruta, con los olores ajados de los viajeros que acumulan jornada tras jornada de sudor bajo los brazos, los llantos de los niños y los murmullos de algunas charlas, el ambiente está aún lleno de la noche pasada, algo soñoliento y oscuro, como sombrío; pero afuera la mañana se iba poniendo color de naranja, dulce y amable. La noche anterior había llovido, y del camino se levantaban nubes de agua cálida atraídas hacia ese sol de mañana. Todo era de un verde intenso, color hojas de té fresco, de trópico espeso bendecido por las recientes lluvias; la misma tierra roja, pero hecha lodo, amasada de chubascos intensos, moldeada para ser recipiente de vida, vientre fertilizado sin temores. ¡Qué visión esos campos! Hipnóticas líneas como las vertientes de un arroyo, fluyendo por las colinas redondas, y sus hombres recorriendo los cultivos a hora tan temprana, a trasluz, iluminados de naranja.

Me recibía ese país como el consuelo de una taza tibia de infusión puesta en las manos congeladas por tanto tiempo de vagar en soledad, a la intemperie. De a poco la mañana se fue metiendo en el autobús, despertando a los niños que finalmente se habían cansado de llorar a los temores de la noche; todos se mueven, estiran los brazos, se escuchan las primeras risas escandalosas, exageradas por la reciente sensación de silencio que no se ha ido por completo. Sobre el camino por el que vamos aparecen las primeras cabañas de los hombres del té, con sus amplios techos de palma a la entrada donde cuelgan las hojas hasta que secan. El té negro que trajeron los ingleses, el té negro cultivado por hombres siluetas que se diluyen entre las nubosidades blanquecinas que evaporan del piso, como cuando caen las gotas de crema en la taza y el color rojizo del té se difumina, suaviza sus tonos, promete la delicia a pequeños sorbos. Frente a las casas del camino, las mujeres con sus largas enaguas estiran las hojas secas sobre sus piernas, las acarician entre sus dos palmas, con el gesto distraído del amor consuetudinario.

La ruta se va llenando de gente, hombres en bicicletas cargadas de bultos, mujeres coloridas, sonrientes, fructificadas de hijos que penden de sus brazos fuertes, gente con carretillas a la espalda, niñas con cántaros que nos miran al pasar y nos regalan una sonrisa, mientras su manita libre del cántaro nos quiere hablar a lo lejos, hace señas, se agita. Esa tierra me parecía una promesa, se abría como los retoños nuevos empujando a las hojas viejas, endurecidas de resistir lluvias, soles y vientos en contra. Esa misma tarde llegué a Lilongwe, la capital, con una sensación de náufrago que sabe del agotamiento, pero siente la extraña vitalidad del estar a salvo, el alivio de llegar a la costa, y sólo quiere estar en pie, mirando las olas malditas que ya no lo tocan. Caminé toda la tarde, por los mercados enormes de ropa de segunda y telas, a la orilla de un río revuelto bordeado de basura, atraída por las llamadas de las mezquitas me perdí entre los hombres que iban a la oración para despedirse del día. Quería estar entre la gente, sin decir nada, completamente ajena, aislada, pero a la vez la misma piel de todos los que abarrotaban los pasillos entre los puestos de frutas y tubérculos recién sacados del barro. Recuerdo haber respirado tanto en ese recorrido, sentir cómo entraban los murmullos de una calle llena de gente por mis pulmones a oxigenarme el cuerpo, incluso en la zona turística, con las sonrisas y los saludos compartidos, los viajeros y sus mochilas en la espalda identificándose automáticos amigos, la comida caliente sobre un plato, las charlas improvisadas, los acentos nuevos, y todos queriendo venderte algo, esculturas de piedra y madera falsa, baratijas y abalorios para que la memoria no se sienta tan sola cuando se vaya.

Esa primer noche en Malawi fue un alivio de todo el cuerpo, en un albergue para viajeros ocasionales y misioneros, prácticamente vacío, dormí una de las noches más largas de mi vida, con la lluvia afuera acallando todos los ruidos furtivos de la memoria, en una litera casi pegada al techo, con la ventana abierta al viento. Dormí sin sueños, en la suavidad oscura, sin recuerdos. Abrí los ojos pasado el mediodía, aunque me había ido a la cama apenas oscurecido; un despertar sin calor, sin hambre, bajo cuatro paredes, con un silencio que cuidadosamente se asentaba en todo el cuarto. Afuera el jardín empapado, evaporando su humedad bajo el sol directo, y dos pájaros de colores entre las ramas de un plátano llamándose con trinos discretos. Pasaría varios días en esa ciudad, esperando un paquete que debía llegar por correo. Días que transcurrieron en una soledad amable, perdida por las calles sin pavimentar, viendo los vestidos magníficos de las mujeres, sus turbantes colorados, sus ojos que sonreían. Sentada a la altura de las inexistentes banquetas, casi siempre sobre troncos o piedras; veía las manos de los que pasaban, de palmas rojizas, musculosas, casi imposibles de diferenciar entre hombres y mujeres, igual de grandes y callosas, un poco torpes cuando iban libres a los lados del cuerpo. Manos que hablan a señas el lenguaje del trabajo, engrandecidas hasta en los más pequeños.

Al poco tiempo en ese país se me empezó a sanar todo el cuerpo, acunada por la temporada de lluvia dormía cada noche como la primera, había una forma de olvido voluntario en todo eso, un abandono a la breve cotidianidad de paseos sin rumbo, de noches de tragos en bares turísticos o mañanas sencillas haciendo el desayuno de pie, andando a pies desnudos por el jardín del albergue: los recordaré siempre como unos días de profunda calma, todos casi el mismo, sin sorpresas ni sobresaltos. –“Malawi me está curando”, le escribí a alguien a la distancia, y a partir de enunciar eso comencé a pensarlo de verdad, y luego a cuestionar ¿Qué había ahí distinto? Porqué las ganas de bajar la guardia, de caminar por la noche sin mirar sobre el hombro con las manos empuñadas, de dónde venía toda esa paz, la respiración intacta a cualquier hora. Entonces comencé a notarlo, allí en ese amable pedazo del África las cosas tenían un tono distinto de lo que había visto antes, la gente no era un alud de intrusión hacia el extraño, no había esas invasiones brutales por las que era necesario no bajar la guardia nunca. Aprendí entonces a conocer a los hombres y las mujeres de Malawi por sus manos, manos que ofrecían y recibían a una distancia discreta, manos que daban las gracias guiando el movimiento de todo el cuerpo en una inclinación de reverencia. No recuerdo que nadie en ese país me mirara de frente, sus ojos siempre hacia abajo, sus labios inclinados también hacia el suelo, pronunciando un inglés de acento nítido; sin sus ojos sobre mí, me acostumbré a mirar a sus manos, y me fui reconciliando, haciendo una pausa a las sensaciones brutales que me habían estado inundando. Alguien en el camino me había dicho que este país era el corazón de África, y sí, me parecía un corazón alargado, mitad trópico y mitad depósito de agua dulce, aquí seguía latiendo lo profundo: la gracia de los cuerpos que sonríen mientras andan, las bandas de niños que se desbordan por las veredas empujando llantas con una rama, los hombres que juegan al “Baogame” a la sombra de los árboles de mango, los padres que salen de las mezquitas con sus niños de la mano y los pies lavados, pasan frente a los sastres con sus máquinas de coser instaladas a pie de calle, los saludan con la mano y siguen adelante, a donde sus mujeres que se visten con las telas coloradas del sastre.

El corazón de África late en sus manos, pensaba, no en los ojos de sus hombres oscuros llenos de rencores y agravios; tampoco en las pieles enrojecidas de los blancos por un sol que no los reconoce como hijos legítimos, aunque se ganen el pan sangrando en sus campos; ni en los labios que cantan, besan y muerden como cráteres de lava enfurecida. No está su corazón en la sensualidad de los cuerpos, ni en su fuerza primigenia, no en las mejillas de sus niños que se ofrecen a la caricia con recelo. Late en la punta de los dedos, llega oxigenado de la sangre que transita por el cuerpo entero, está ahí, a la orilla de las personas, como una playa que recibe el ritmo de las olas. Un corazón puesto al alcance de todos. Ahí la gente se toma de las manos, comúnmente, mucho más de lo que lo hacemos en otras partes del mundo, estoy segura, incluso entre los hombres que se encuentran por la calle, se saludan tomando las manos y siguen andando así, con los dedos entrelazados, como nosotros, tan ajenos a ellos, creemos que harían sólo los amantes. Corazón que sabe agitarse como manita de niña a la orilla del camino, abrirse ancho para los saludos y las caricias, como también sabe latir intensamente con la fuerza de un puño apretado, aferrando navajas y piedras, blandiendo machetes y metralletas; Sístole y diástole, las dimensiones con las que circula la vida siempre, la máquina del cuerpo que lucha por no detenerse. Sin embargo, Malawi me pareció una diástole permanente, un corazón amplio, lleno, desbordándose, una inundación de luz suave.

* Fragmento de una serie de relatos sobre el trayecto de la autora por el sur y este de África.

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