La democracia y el paraíso terrenal
El ser humano es un ser inevitablemente social, fuera de la sociedad, decía Aristóteles, el hombre es una bestia o un dios, es decir, no existe. En este mundo intermedio entre la deidad perfecta e ilimitada y las bestias irracionales está condenado a vivir el ser humano que tiene por ello que trabajar, luchar, esforzarse y organizarse para evitar acercarse a la vida salvaje de las bestias pero sabiendo de antemano que por más que intente no podrá -no está en su naturaleza- alcanzar la perfección de la divinidad.
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
09 de junio, 2015
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Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“…ni dioses, ni bestias. Aquel que vive en sociedad, el que ha accedido y está convencido de las bondades de ese acuerdo civilizatorio que da vida a la ciudad, a la civitas, ese ser humano puede ser llamado simple y llanamente ciudadano. El ciudadano ejerce sus derechos y cumple con sus obligaciones. Él es para sí mismo y para la sociedad. Es ella y sólo ella la que le garantiza seguridad y poder ejercer sus derechos a plenitud. Son el uno para el otro y por el otro. Existe entonces una finalidad moral, ética que nos distingue de la naturaleza, de la bestia. Esa es la diferencia central. Así entendidos el Estado y la sociedad como su cimiento, no son un hecho fortuito o graciosas concesiones. Por el contrario, son el fruto de actos deliberados, de una construcción sistemática de valores comunes, que abrazan a un grupo humano. La sociedad, el Estado son, antes que nada, un hecho cultural.

Federico Reyes Heroles. Entres las bestias y los dioses. Nexos, Febrero 2001.

 

[dropcap]E[/dropcap]l ser humano es un ser inevitablemente social, fuera de la sociedad, decía Aristóteles, el hombre es una bestia o un dios, es decir, no existe. En este mundo intermedio entre la deidad perfecta e ilimitada y las bestias irracionales está condenado a vivir el ser humano que tiene por ello que trabajar, luchar, esforzarse y organizarse para evitar acercarse a la vida salvaje de las bestias pero sabiendo de antemano que por más que intente no podrá -no está en su naturaleza- alcanzar la perfección de la divinidad.

El individuo que acepta esta realidad y se convence de la bondad de este pacto que como afirma Reyes Heroles, da vida a la ciudad –a la Civitas- es el que puede ser llamado simplemente ciudadano.

El domingo pasado los mexicanos acudimos a las urnas a votar –por una candidatura o partido o bien por la opción de anular la boleta para expresar nuestro descontento con el sistema- o decidimos no participar en los comicios para elegir diputados federales –y en algunos estados también gobernadores- con lo cual asumimos una postura personal de ejercicio de nuestra ciudadanía, nuestra irrenunciable necesidad de definir de alguna manera el tipo de organización de la convivencia que nos gustaría hacer realidad.

En el fondo de nuestra participación electoral estuvo entonces nuestra convicción de ganar terreno a la barbarie que parece reinar por momentos en el país, nuestro compromiso por construir una sociedad humana, una organización que nos permita vivir como humanos y no nos obligue a vivir como bestias.

Pero en muchas expresiones del desánimo que guió la participación o no participación de la mayoría de nuestros compatriotas se puede apreciar también la falsa concepción de la democracia como una especie de paraíso terrenal, de sociedad perfecta, lo cual constituye de entrada una falsa expectativa, una meta que de manera natural conduce a la frustración porque es inalcanzable.

“Si votar sirviera para cambiar algo, ya estaría prohibido” dice una frase ingeniosa aunque falsa del escritor uruguayo Eduardo Galeano que se compartió viralmente por las redes sociales, manifestando de entrada la visión de que la democracia, al no cambiarlo todo, no transforma nada. “Ya voté. ¿Existirá algún día la democracia en México?” decía el comentario de varias personas que ejercieron su derecho y ante las evidencias de actos de corrupción y de todas las carencias de las que adolece aún nuestro sistema político dan a entender que la democracia es un modelo puro e inalcanzable en el que no habría intereses oscuros sino solamente la búsqueda desinteresada del beneficio de todos.

“Yo no voté porque no voy a ser cómplice del cochinero que existe en el país en el que los partidos y candidatos buscan su propio beneficio”, “Yo no voto porque no creo que mi voto cuente ni haga diferencia. Todo está arreglado previamente” eran las expresiones de muchos de los desencantados que optaron por abstenerse de votar en esta jornada. Expresiones que manifiestan también la idea ingenua de la democracia como sistema perfecto y puro, libre de cualquier interés particular o práctica corrupta.

Pero la democracia no es esta especie de paraíso terrenal en el que no hay intereses particulares en juego, porque la política implica necesariamente el rejuego de intereses de los distintos grupos sociales que pueden ser complementarios pero también contradictorios, que pueden ser legítimos pero también ilegítimos, que pueden expresarse de manera legal pero también manifestarse en actos ilegales.

[pull_quote_right]Optar por la democracia es hacer esta apuesta y asumir los riesgos que conlleva; no es ser idealistas en el sentido de creer en la posibilidad de construir una sociedad perfecta o de tener un sistema de gobierno en el que no exista la lucha de intereses particulares o la corrupción[/pull_quote_right]

Porque como afirma Edgar Morin: “La democracia es la regeneración continua de un bucle retroactivo: los ciudadanos producen la democracia que produce a los ciudadanos…” de manera que la calidad de nuestra democracia dependerá de la calidad de nosotros como ciudadanía al tiempo que la calidad de nuestra ciudadanía depende también de la calidad de nuestra democracia. Este bucle retroactivo por ser humano, jamás será perfecto ni estará libre de intereses egoístas o agendas particulares. La lucha por tener una democracia lo más auténtica posible implica entonces  lograr los equilibrios necesarios en estas tensiones entre lo particular y lo colectivo y  hacer que existan reglas lo más claras y justas posibles que se apliquen de manera lo más transparente y equitativamente, sancionando los abusos y las prácticas que violen la ley.

“La democracia se funda a la vez en el contexto de los ciudadanos que aceptan su regla del juego, y en el conflicto de intereses e ideas. La regla del juego sanciona el afrontamiento de las ideas por la elección y no el recurso a la violencia” sigue diciendo Morin. La democracia entonces tiene como sustento estas reglas del juego que son aceptadas por los ciudadanos que se inscriben para buscar el acceso al poder y los que participan votando; ambos optan por las elecciones como vía para dirimir los conflictos de ideas y renuncian a la violencia como medio para afrontar los desacuerdos.

En toda democracia por tanto existe un nivel de conflictividad y de desacuerdo que mantienen la vitalidad de la sociedad, de manera que afirma el autor mencionado: “…La democracia constituye la unión de la unión y la desunión: se alimenta endémicamente de conflictos que le dan su vitalidad”.

Lejos de ser el paraíso perfecto, la democracia es un sistema político que nace del reconocimiento de la imperfección humana y de las contradicciones de los individuos y los grupos humanos y pretende establecer las formas en que a través de la participación de todos puedan solucionarse estas contradicciones y desacuerdos.

Se trata de una apuesta por la posibilidad de que sin aspirar a ser dioses, los humanos podamos vivir de manera distinta a la de las bestias y como toda apuesta implica riesgos y asume los peligros de su autodestrucción. Siguiendo la línea moriniana de reflexión que aquí hemos planteado diríamos para concluir que: “La complejidad que constituye la virtud de la democracia, constituye al mismo tiempo su fragilidad: puede autodestruirse por el efecto de conflictos que ella misma ha alimentado, y puede permitir el acceso al poder del partido o del jefe que la destruirá”.

Optar por la democracia es hacer esta apuesta y asumir los riesgos que conlleva; no es ser idealistas en el sentido de creer en la posibilidad de construir una sociedad perfecta o de tener un sistema de gobierno en el que no exista la lucha de intereses particulares o la corrupción sino ser profundamente realistas construyendo unas reglas del juego en las que haya pesos y contrapesos y se promuevan los equilibrios y la vigilancia corresponsable para sancionar las naturales desviaciones que se van a presentar, siendo conscientes de la fragilidad de este sistema de gobierno que como bien dijo Churchill, es el peor con excepción de todos los demás.

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..