La lenta agonía de las editoriales nacionales

La lenta agonía de las editoriales nacionales

La literatura no va con el gobierno de Otto Pérez Molina: durante su periodo, la editorial de la Tipografía Nacional fue desmantelada; mientras tanto, la Editorial Cultura sobrevive agobiada por un presupuesto raquítico y trabas administrativas casi surrealistas.

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Del 2012 al 2014 el gobierno de Otto Pérez Molina apenas concedió Q50 mil a la Editorial Cultura. Foto: Sandra Sebastián.
Sebastián Escalón | Plaza Pública

@PlazaPublicaGT

La noticia cayó como una losa sobre el equipo de la Editorial Cultura en enero 2015: por razones de austeridad el Ministerio de Finanzas prohibía a todas las entidades del gobierno la publicación de libros. La orden, contenida en una circular, dejaba a esta editorial que pertenece al Ministerio de Cultura y Deportes, sin ninguna razón de ser.

¿A qué nos vamos a dedicar, si no podemos publicar libros?, se preguntaban los diseñadores y correctores de la casa de edición. Mientras tanto, su director, el reconocido poeta Francisco Morales Santos, se enfrentaba a un doble problema administrativo que hubiera emocionado a Kafka: “Si seguíamos publicando libros pensando que la circular no nos concernía, nos podían decir que estábamos contraviniendo una orden. Pero si no publicábamos, tampoco podíamos ejecutar el presupuesto, y allí empezaban otros problemas”, explica el escritor.

Morales Santos se abocó a la Dirección de las Artes para obtener instrucciones. Pronto se dio cuenta de que nadie le daba un real seguimiento a la circular del Ministerio de Finanzas, nadie, tampoco, era capaz de darle explicaciones. Como muy pocos en el gobierno conocen la existencia de la Editorial Cultura, su caso no fue considerado al emitir la  orden de austeridad.

Por estas trabas, la editorial no ha logrado publicar un solo libro este año. Sin embargo, tras varios meses tocando puertas y enviando cartas, y gracias a la ayuda de asesores legales del Ministerio de Cultura y Deportes, Morales Santos cree que pronto podrán mandar a imprimir dos obras.  Con los acuerdos gubernativos que fundan la editorial, el poeta espera poder justificar estas publicaciones sin caer en desgracia ante el Ministerio de Finanzas.

Este asunto no es más que la última manifestación de la indiferencia que ha encontrado la editorial a los largo de los últimos años. Según la poetisa Carmen Lucía Alvarado, quien laboró como correctora en la Editorial Cultura durante siete años antes de renunciar en enero pasado, la institución ha sido particularmente maltratada por el gobierno del Partido Patriota. “Con Otto Pérez Molina, el cambio fue significativo. El presupuesto de la editorial bajó y es ahora paupérrimo”, afirma. “Los encargados del Viceministerio de Cultura no tienen ni la mínima noción de lo que se está haciendo en la editorial. A veces, los mandos medios del Ministerio se sorprenden cuando descubren que allí se publican libros.”

En esos cuatro años (2008-2012), que el director de la librería Sophos, Philippe Hunzinker, califica de “brevísima primavera editorial”, la Tipografía Nacional publicó 62 títulos.

El presupuesto de la Editorial Cultura se ha reducido de forma drástica durante la actual administración. En 2008, año dorado de la editorial, el presupuesto para la publicación de libros alcanzó Q280 mil. Con Álvaro Colom, se redujo a un promedio anual de Q170 mil. Lo peor estaba por venir: del 2012 al 2014, el gobierno de Otto Pérez Molina apenas les concedió Q50 mil. Para el 2015, la editorial apenas cuenta con Q35 mil.

Esta situación ha obligado a la Editorial a disminuir, no sólo el número de libros publicados por año (de 22 en 2010, a 13 en 2013), sino también a reducir el tiraje de 1000 a 500 ejemplares en algunos proyectos. Por la misma razón, la editorial evita trabajar con textos largos cuya impresión es más cara, prefiriendo los que rondan las 100 páginas.

El presupuesto tampoco permite a la Editorial Cultura atender las invitaciones que recibe de ferias del libro como las de Guadalajara, Costa Rica o Nicaragua. “Esto supone fletes, viáticos, y por eso no podemos acudir”. Una ausencia que obviamente repercute en la difusión de autores guatemaltecos en otros países.

El descalabro presupuestario toma tintes de castigo en contra de un proyecto que se ha granjeado el respeto del mundo de las letras en Guatemala. “Las condiciones en las que Morales Santos y su excelente equipo han trabajado son casi miserables, siempre en la zozobra y cada mes y cada año con la incertidumbre de si se trata del último”, afirma Philippe Hunsiker, director de la librería Sophos. Y agrega: “Francisco Morales Santos es una persona íntegra que no necesita nada más que lo dejen hacer para construir un portentoso catálogo. Sin su esfuerzo, contra viento y marea, mucho de lo que ha sido la literatura guatemalteca de los últimos 20 años quedaría irremediablemente en el olvido”.

Raúl Figueroa Sarti, director de F&G Editores va en el mismo sentido: “la Editorial Cultura cumple un papel fundamental al publicar a autores jóvenes que las editoriales privadas no tienen la capacidad financiera de publicar, particularmente poesía. Es una editorial indispensable para dar a conocer a estos nuevos escritores”.

Jóvenes poetas, novelistas y ensayistas como Martín Díaz Valdés (1985), Wingston González (1986) y Olga Custodio (1986) comparten el catálogo de la editorial con escritores ya asentados en el panorama literario (Julio Serrano, Vania Vargas, Javier Payeras) y autores clásicos como Manuel Galich o Marco Antonio Flores.

Los autores publicados no reciben pago alguno. El presupuesto de la editorial no lo permitiría. En cambio, reciben 100 libros por un tiraje de 1000 de los que pueden disponer libremente. “Hasta ahora, ningún autor se ha quejado. Al contrario: no van a gastar un centavo, y van a tener publicado su libro”, indica Morales Santos.

Los demás libros son distribuidos gratuitamente entre unas 500 bibliotecas y casas de la cultura en todo el país. También se venden a través de librerías como Sophos o Artemis. Pero las mejores ventas de la Editorial Cultura ocurren durante la Filgua. Francisco Morales Santos tiene derecho a reinvertir las ganancias en la impresión de nuevos libros, salvo orden contraria. El año pasado el total de las ventas ascendió a Q110 mil, más del doble de lo que le otorgó el Estado. Sin esta fuente de ingresos, la editorial estaría prácticamente paralizada, si se tiene en  cuenta que la impresión de un libro de alrededor de 100 páginas cuesta entre Q12 mil y Q15 mil.

Más allá del dinero, otros detalles muestran el escaso entusiasmo que genera la editorial dentro de la jerarquía del Ministerio de Cultura y Deportes. El equipo trabaja con computadoras viejas y este año, el ministro Dwight Pezzarossi decidió trasladar la editorial del tercer piso del Palacio de la Cultura a dos pequeñas oficinas improvisadas en las salas de exposición de la difunta galería de arte “Kilómetro 0”, proyecto cultural finiquitado por este gobierno.

Aun así, Francisco Morales Santos no piensa tirar la toalla. “Me gustan los retos”, dice. “Este trabajo —agrega— lo hago por el país, por los escritores. Entre más lectores haya, y más personas interesadas en la creación, se estará construyendo una sociedad mejor”.

Sabotaje en la Tipografía Nacional

Las desventuras de la Editorial Cultura sólo se pueden comparar con el trato que recibió la otra editorial del Estado, la Tipografía Nacional. Esta institución que depende del Ministerio de Gobernación se encarga de la publicación del Diario de Centroamérica. Además, imprime libros por encargo, como los libros de texto del Ministerio de Educación.

En 2008, con la llegada de Colom al poder, la poeta y periodista Ana María Rodas asumió la dirección de la Tipografía. Su gestión marcó una era: el Diario de Centroamérica ganó en calidad y cada semana entregaba a sus lectores un suplemento cultural de muy buena factura llamado “La Revista”. Además, Ana María Rodas lanzó un ambicioso proyecto editorial que puso a cargo de Enrique Noriega, otro reconocido escritor.

Noriega diseñó tres colecciones. La primera, presentaba obras de los grandes escritores guatemaltecos desde la colonia (Rafael Landívar, Simón Bergaño y Villegas, Antonio José de Irisarri), hasta la actualidad (Dante Liano, Luz Méndez de la Vega, Rodrigo Rey Rosa). “Lo que armé, para esta colección, fue la columna vertebral de la literatura guatemalteca”, indica.

La segunda colección incluyó crónicas históricas españolas como la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Fray Bartolomé de las Casas, e indígenas como elMemorial de Sololá y el Título de los señores de Totonicapán. La tercera, presentaba ensayos y memorias que iluminaban diversos periodos de la historia del país. Entre estas obras, El dictador y yo, en la que Carlos Samayoa Chinchilla narra su experiencia como Secretario de Jorge Ubico, y ¡Ecce Pericles!, de Rafael Arévalo Martínez, que narra el gobierno y la caída de otro dictador, Manuel Estrada Cabrera.

En esos cuatro años, que el director de la librería Sophos, Philippe Hunzinker, califica de “brevísima primavera editorial”, la Tipografía Nacional publicó 62 títulos que fueron repartidos de forma gratuita en bibliotecas o se pusieron a la venta a precios inferiores a Q35. A diferencia de la Editorial Cultura, el presupuesto nunca fue una limitante. La Tipografía Nacional produce sus propios fondos con el Diario de Centroamérica y la impresión de libros para otras instituciones del Estado. “Fue un trabajo muy intenso”, recuerda el poeta Luís Méndez Salinas, quien en ese tiempo era corrector de la editorial. “Teníamos el material, la maquinaria y la mano de obra. Siempre que la imprenta tenía un rato libre, aprovechábamos para sacar un libro”.

Tras la toma de posesión de Otto Pérez Molina en enero 2012, Ana María Rodas fue removida de su cargo, y en su lugar llegó Gustavo Soberanis, persona cercana a la vicepresidenta Roxana Baldetti. Se puso en marcha lo que Luis Méndez Salinas califica de “estrategia de tierra arrasada”.

Enrique Noriega fue despedido y su oficina tomada por agentes de la Policía Nacional Civil que pusieron en secuestro su computadora. Se perdió así gran parte de los archivos de la tipografía y las ediciones de los libros que quedaban por publicar. A la vez, se trasladó la editorial a unas oficinas estrechas e incómodas, y poco a poco, se le fue quitando personal. El apoyo de la institución para la publicación de literatura y textos históricos cesó. Soberanis tenía otra visión: mandó a recopilar las columnas de opinión publicadas por Otto Pérez Molina en Prensa Libre para publicarlas en un libro. Obra que se llegó a imprimir pero nunca a distribuirse.

Morales se enfrentaba a un doble problema administrativo que hubiera emocionado a Kafka: “Si seguíamos publicando libros pensando que la circular no nos concernía, nos podían decir que estábamos contraviniendo una orden. Pero si no publicábamos, tampoco podíamos ejecutar el presupuesto…»

El sucesor de Enrique Noriega a la cabeza de la editorial de la tipografía, Julio César López Yuman, no estaba nada interesado por el trabajo de edición y decidió confiarle esa responsabilidad a Luís Méndez Salinas. Este intentó retomar el trabajo anterior y, a pesar del nulo apoyo de su jerarquía, logró publicar en 2012 dos libros de poesía, de Francisco Méndez y Isabel de los Ángeles Ruano.

Pero pronto, recuerda Méndez Salinas, su relación con los superiores se degradó: “A López Yumán le entró la manía de que se publicara Recordación Florida. Ese era un proyecto que ya se tenía, pero es tan enorme que se avanzaba de a poquito, dándole prioridad a proyectos más fáciles”, explica. Recordación Florida es la inmensa crónica de casi 2 mil páginas escrita por Fuentes y Guzmán a finales del Siglo XVII y que describe con minucia a la Guatemala colonial. Es el texto que analizó Severo Martínez en su ensayo La patria del Criollo. Durante meses, el equipo de la Tipografía Nacional escaneó la obra a partir de una antigua edición resguardada en la Biblioteca Nacional. Pero aún quedaba el trabajo colosal de corregir el escrito en bruto que los escáneres y los programas de reconocimiento de texto libran plagado de errores. La tarea de edición de esta obra en español antiguo, calcula Luís Méndez Salinas, hubiera requerido unos seis a ocho meses.

—Lo quiero para mañana-, le ordenó un día López Yumán.

Méndez Salinas intentó explicar, en vano, que eso era humanamente imposible. Al día siguiente, recibió su carta de despido y su partida supuso el tiro de gracia al proyecto literario de la Tipografía Nacional.

La gestión de Gustavo Soberanis al frente de la Tipografía Nacional terminó unos meses después, en abril 2013, en medio de escándalos de corrupción, plazas fantasma, compras sobrevaloradas de papel, contratación de edecanes con fondos públicos, y gastos absurdos como la producción de 400 vasos térmicos con el nombre “Gustavo Soberanis” escrito en letras cursivas.

Si bien el proyecto editorial impulsado por Ana María Rodas y Enrique Noriega no fue relanzado, la nueva dirección de la Tipografía ha intentado retomar a cuenta gotas la publicación de libros. “Recientemente se publicaron dos tomos con la recopilación de los ganadores de los juegos florales de Quezaltenango desde 1926 y un libro con la obra de la periodista Vicenta Laparra”, indica Luis Rodrigo Carrillo, subdirector de la institución. “Se continua con la idea de publicar literatura, sólo que tuvimos problemas con los archivos”, añade refiriéndose a los documentos que se perdieron con el despido precipitado de Enrique Noriega.

Pero a pesar de esta voluntad expresa, no han podido reproducir el ímpetu del equipo de Enrique Noriega. Este último analiza el sabotaje de su proyecto con cierto fatalismo, como algo que era de esperar: “Como escritores e intelectuales debemos seguir peleando espacios, sabiendo que a veces se avanza y a veces se retrocede.  Es triste, pero uno sabe que el país es así, y tenemos que luchar por cambiarlo y seguir planteando proyectos que aporten a la memoria histórica”.

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