En Bil´in, un pequeño pueblo palestino al noroeste de Ramala, los viernes no solo son para acudir a la mezquita y orar. Desde hace una década residentes y activistas extranjeros organizan manifestaciones y actividades de resistencia pacíficas para exigir el fin de la ocupación israelí. Pero los viernes en este pueblo, desde hace diez años, terminan oliendo a gas lacrimógeno.

Oziel Gómez Pérez

La lluvia comenzó a caer sobre las colinas de Cisjordania a mediodía, justo después del servicio de oración en la mezquita. Ligera y fría, encharcaba las calles y los patios, las colinas y los olivares. A esa misma hora, en el pueblo de Bil’in un grupo de hombres avanzó por la carretera maltrecha que conduce al muro de separación israelí. Caminaban deprisa, ondeando un par de banderas palestinas que se empapaban poco a poco.

“¡One, two, three, four, ocuppation no more!”, gritó con fuerza uno y de inmediato los demás hicieron eco de sus palabras. Detrás de ellos dos jóvenes bloquearon el camino con piedras que apenas si pudieron empujar. “¡From Jericho to the sea –sonaron otra vez las voces–, Palestine will be free!”.

Colina arriba, en la Freedom Street, una decena de soldados israelíes esperaban apostados junto a sus jeeps a mitad de la vía. Como en ocasiones anteriores las municiones de gas lacrimógeno y balas de goma ya estaban listas.

Pero el grupo avanzaba rápido, seguido por algunos activistas extranjeros, resuelto en su intento de llegar y manifestarse ante la barrera de ocho metros de altura. Al frente caminaba Abdallah Abu Rahma, miembro del Comité de Coordinación de Resistencia Popular. Llevaba una bandera palestina en la mano y el recuerdo aún fresco de la muerte de su colega el ministro Zaid Abu Ein luego de ser agredido por un soldado israelí un mes atrás. 

¡Occupation no more!”, gritó otra vez Abdallah y su voz se perdió entre las detonaciones de los rifles lanzagranadas. Varias latas de gas surcaron el aire dejando su rastro de humo y se precipitaron sobre el camino. Pero este antiguo maestro de preparatoria no se ofuscó. Tampoco cuando el grupo que antes lo seguía empezaba a retroceder. Aun así, avanzó varios metros solo y más adelante se desvió a un costado de la carretera cuando ya volvían a hacer eco los disparos.

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Era viernes de protesta en Bil’in. Este pueblo de dos mil habitantes a veinticinco kilómetros de Ramala que se hizo famoso por su resistencia no violenta, pero sin tregua, al muro-valla con el que Israel pretendía resguardar sus nuevos asentamientos en territorio palestino y que pasaba por mutilar 235 hectáreas del terreno cultivable de la villa.

Las protestas comenzaron en febrero de 2005 después de que los primeros olivos y almendros cayeran bajo las excavadoras israelíes. Videos y fotografías de aquellos meses muestran a decenas de hombres y mujeres, ancianos, jóvenes y niños, avanzando por las angostas calles del pueblo y reunidos en los olivares. Un día gritan consignas en contra de la construcción del muro, otro azotan ollas y levantan fotos de Gandhi y Martin Luther King. Los primeros gestos de este movimiento popular fueron diarios y concurridos.

Sin embargo, como recordó un habitante de Ramala, cada vez fue más difícil mantener las protestas sin que interfirieran con las actividades laborales de los residentes. Además la represión de los militares israelíes, aun varios kilómetros dentro del territorio palestino, se había vuelto insufrible. Ni la presencia de activistas extranjeros y medios internacionales los disuadía. Los heridos y arrestados se contaban por decenas cada semana.

Foto: Oziel Gómez Pérez
Foto: Oziel Gómez Pérez

Por eso acordaron dejarlas para los viernes (día de oración para los musulmanes), todos y cada uno de ellos, y a cargo del entonces recién creado Comité de Coordinación de Resistencia Popular. La cita: cuando el sol está en su punto más alto, justo después de la jutba, la prédica del imán en la mezquita.

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Antes de que los militares dispararan la siguiente carga un joven con botas pantaneras se desprendió del grupo y corrió hacia las latas humeantes. Apretaba en su mano dos cuerdas delgadas atadas a los extremos de una banda corta de tela: una honda artesanal.

Con movimientos rápidos acomodó el bote en la bolsa del milenario instrumento mientras el gas lo envolvía y se colaba por los pliegues de su ropa. Levantó la mano a la altura del hombro de modo que las cuerdas colgaron a sus espaldas. Una, dos, tres vueltas, el brazo extendido, los dedos soltando uno de los chicotes y “zuuuuuum”, sonó la munición al partir el aire y dibujar en él una línea blanca en dirección a los soldados.

“Chaac, chaac, chaac”, respondieron los rifles al escupir una nueva ronda. El grupo retrocedió aún más al ver la lluvia de envases metálicos que se avecinaba. Abdallah tuvo que inclinarse hacia un costado para esquivar el impacto de uno. Gas aquí, gas allá y en menos de un par de minutos la cima de la colina y el resto del camino quedaron difuminados tras una cortina de vapor. El aroma irrespirable que desprendía no era nada nuevo. Durante los últimos diez años a eso terminaban oliendo sus intentos de manifestación pacífica.

Un par de jóvenes con máscaras antigás desenrollaron sus hondas y se sumaron a la tarea de devolver los botes. Resultó casi imposible. La cortina ya era un muro denso que impedía ver más allá de unos cuantos metros. Empeñarse en limpiar el camino los dejaría expuestos a cualquier nueva ofensiva de los soldados. Por eso se abrieron paso entre el olivar y su aire todavía límpido y rastrearon el suelo lodoso en busca de piedras.

Ahmad fue el último en salir de aquella neblina. Protegido por una máscara y con la kufiya –el pañuelo tradicional palestino– al cuello, su imagen contrastó con el vapor blanco a sus espaldas. Las detonaciones volvieron a hacer eco. A su derecha, entre los olivos sin aceitunas, miró el gas elevándose con pereza y a sus compañeros corriendo a tomar los botes recién caídos. Se ajustó la kufiya y se desvió hacia ellos. Brincó una barda baja de piedras y sus botas pisaron sobre el suelo encharcado y fértil.

***Otra nube se elevó en el olivar contrario. Un segundo escuadrón de militares se había apostado al inicio de una vereda de tierra que conectaba con el camino principal y desde ahí disparaba granadas de gas y balas de goma. En el extremo opuesto, a no más de cincuenta metros, el follaje de un árbol servía de escudo a otro grupo de jóvenes que intentaban repeler la ofensiva.

Foto: Oziel Gómez Pérez
Foto: Oziel Gómez Pérez

No eran más de una decena los que recibían la gaseada y solo un par de ellos iban protegidos con máscaras. La mayoría se cubría la cara con pañuelos o bufandas que solo alcanzaban para retrasar el paso del gas. Este se movía lento e insoluble alrededor, apenas movido por la brisa débil de aquél día lluvioso de invierno.

Sus efectos eran inmediatos desde el primer contacto. Irritaba los ojos hasta volver imposible la visión y contener las lágrimas; cada inhalación escocía la garganta, obstruía los pulmones y provocaba espasmos que casi llegaban al vómito. Obligaba a buscar un respiro en el aire puro cada vez más difícil de encontrar.

Aquél no era un buen día para hacer frente a los militares, y de eso los muchachos habían estado seguros desde antes de comenzar la marcha. El ejército israelí nunca había dudado en hacer llover gas ante cualquier intento de manifestación y aquella tarde sin viento haría falta mucho tiempo para que la neblina lacrimógena se disolviera.

Sin embargo, ninguno se había retirado. Ni siquiera minutos más tarde cuando el gas apenas si les permitía respirar. Todo lo contrario: una vez tras otra, luego de reponerse, con los ojos enrojecidos y mientras los soldados no amagaron con avanzar, los jóvenes mantuvieron su posición.

***Ahmad corrió a recoger una lata que recién había caído detrás de un olivo. El humo brotaba con rapidez por ambos extremos del bote mientras él intentaba acomodarlo en la bolsa de su honda. En pocos segundos, solo sus manos y sus botas fueron visibles tras la niebla blanca. El ardor de piel que provoca la exposición directa a aquel vapor no tardaría en aparecer.

Dos círculos blancos en el aire y un “zummmm”. Pero no hubo tiempo para mirar el destino del proyectil, pues en aquél momento otro más impactó a pocos metros y Ahmad se apresuró a hundirlo de un pisotón en el fango. El gas se extinguió poco a poco.

No resultaba fácil para el trío ir de aquí para allá intentando devolver tantas latas como caían. No eran la misma cuadrilla de más de una docena de jóvenes y adolescentes que el viernes anterior habían plantado cara a los soldados en la misma colina. Además, sus proyectiles, ya fueran piedras o botes de gas, en realidad pocas veces alcanzaban la distancia mínima como para representar una amenaza para los soldados. Estos controlaban fácilmente sus movimientos desde la cima.

En cambio, las balas de goma –o mejor dicho, esferas de metal cubiertas por una capa de caucho– dirigidas por miras telescópicas, los hacían saltar y cubrirse la cabeza con las manos, agazaparse tras una roca o un olivo, o bien, dejar escapar un grito de dolor. Si se trataba de la lanzadera del jeep tenían que estar listos para correr. Aquella cosa podía escupir en una sola tanda hasta catorce latas capaces de alcanzar más de la mitad de la colina e inundarlo todo de gas en cuestión de segundos.

Por eso el resto del grupo y los activistas se habían replegado hacia las primeras casas del pueblo. Desde ahí permanecían pendientes de Abdallah, que tras cruzar solo la ladera se había plantado a mitad de un sendero muy cerca de los jeeps y ahora ondeaba la bandera palestina. No había manifestación en que esta no flameara agitada por su mano. “… tanto como dure la ocupación –escribiría después en un artículo publicado en el diario israelí Haaretz– mi bandera ondeará alta como un símbolo de la continuidad de la lucha por la liberación”.

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Dos muchachos de rostros infantiles cruzaron el olivar y se unieron a él. No tardó en caer una granada aturdidora cuyo estruendo rebotó hasta el otro extremo del monte. Todavía les dio tiempo de lanzar algunas piedras hacia los jeeps antes de que los soldados de a pie avanzaran. Entonces no hubo más remedio que echar a correr.

Las balas de goma zumbaron suavemente al romper el aire. Uno de los jóvenes dejó escapar un grito de dolor y con la mano en la parte trasera de la pierna siguió avanzando torpemente entre las rocas. No podía detenerse.

Ser arrestado por soldados o policías fronterizos israelíes y acusado de lanzar piedras podría significar una pena de varios meses de cárcel. Por esa razón principalmente, alrededor de 1,300 menores de edad palestinos habían sido detenidos a lo largo del 2014 en Cisjordania y Jerusalén Este, según un informe de la Misión Permanente de Observación del Estado de Palestina. El mismo Abdallah había purgado una pena de dieciséis meses en la prisión israelí por su papel en la organización de actividades de resistencia pacífica y en menos de un mes recibiría una nueva condena.

Aún con eso, ahí estaban él y aquellos jóvenes un viernes más. Porque aunque el tramo de valla que motivó la resistencia popular fue declarado ilegal por la Corte Suprema israelí en 2007 y reubicado cuatro años más tarde, solo recuperaron 110 de las 235 hectáreas usurpadas. Sin embargo el logro fue a medias: hoy pueden labrar y cosechar en los terrenos devueltos, pero tienen prohibido construir pozos y cualquier tipo de estructura.

Además, el peso de la ocupación no disminuyó. Alrededor de Bil’in los asentamientos ilegales proliferan con evidente ventaja –son al menos tres los que iluminan las colinas vecinas por las noches– y el ejército israelí mantiene los bloqueos carreteros, las redadas nocturnas y detenciones de activistas en todo el territorio palestino.

Pero ellos tampoco han dado respiro. Ni viernes sin protesta ni mes en el que una voz no exija el fin de la ocupación israelí. Y así han pasado una década y alrededor de 520 manifestaciones y otras tantas acciones de resistencia no armada cuyos logros han contagiado el espíritu a otros pueblos en Cisjordania. Y que por eso Bil’in sea considerado como el “Gandhi palestino”, llena de orgullo y motivación a Abdallah.

–Bil’in se ha convertido en un referente de la resistencia y no podemos detenernos –comentó una tarde mientras esperaba el inicio de una junta en la oficina del comité en Ramala–. Vamos a resistir hasta que tengamos nuestro derecho de vuelta.

***

Los militares se retiraron cuando ya no llovía. Al verlos marchase los muchachos enrollaron sus hondas y se descubrieron el rostro. A esa hora Ahmad solo pensaba en tomar un baño y acabar así con el intenso ardor de piel que le había provocado el gas.

A sus espaldas, en el paisaje, quedó el rastro del encuentro. Decenas de cubiertas de cartón y tapas de plástico esparcidas a ambos lados de la Freedom Street; granadas y latas vacías, pedazos de caucho, regados por toda la ladera y un aire fresco mezclado con gas que todavía lastimaba los ojos.

A ese lugar regresarán el próximo viernes cuando termine el servicio de oración en la mezquita y el sol esté en su punto más alto. Caminarán hacia el muro ondeando las banderas palestinas aunque los reciban con gas lacrimógeno y balas de goma. Aunque los amenacen con varios meses en prisión y pese a sus esfuerzos la ocupación israelí no termine. De todos modos, por el mismo camino maltrecho, como desde hace ya diez años, ellos volverán y volverán y volverán.

No te pierdas la galería de fotos de la jornada.

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  1. […] En Bil´in, un pequeño pueblo palestino al noroeste de Ramala, los viernes no solo son para acudir a la mezquita y orar. Desde hace una década residentes y activistas extranjeros organizan manifestaciones y actividades de resistencia pacíficas para exigir el fin de la ocupación israelí. Pero los viernes en este pueblo, desde hace diez años, terminan oliendo a gas lacrimógeno. Sigue leyendo acá la crónica de la jornada. […]

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