Campañas electorales: sobrerregulación, minoridad y cinismo

Campañas electorales: sobrerregulación, minoridad y cinismo

¿Qué ocurre actualmente con la regulación del INE a las campañas electorales presentes en los medios de comunicación? La doctora Ivonne Acuña, politóloga y académica del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana, refiere que la actuación del instituto no está orientada a los objetivos que se establecieron desde un principio. ¿Seguiremos en tiempos de sobrerregulación y minoridad? 

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Foto: Lisa S. | shutterstock.com
Ivonne Acuña | Prensa Ibero

@PrensaIbero

Las campañas anteriores a las elecciones intermedias de 2015 cuentan con tres características a partir de las cuales pueden ser calificadas, de manera inequívoca, como pueriles y autoritarias: la sobrerregulación, la minoridad y el cinismo.

La sobrerregulación, como primera característica, tiene su origen en la legislación electoral de 2007, de acuerdo con la cual se reforzaron las facultades y atribuciones del entonces  IFE, para convertirlo en una especie de “fiscal del contenido de la comunicación electoral y la propaganda, de la transmisión de los mensajes en medios radioeléctricos y del manejo de los recursos de campaña”,* en un intento por restablecer las condiciones de equidad en las contiendas electorales; equidad cuestionada a partir del proceso electoral del año 2006, lo que llevó a la prohibición de las “campañas negativas”, una nueva regulación para el acceso a los medios de comunicación y el combate a la guerra sucia, entendida como la intervención ilegal, disfrazada y desproporcionada de terceros en la contienda.

Lo que en un inicio supuso regular esa ilegalidad y la intervención indebida de grupos fácticos, como los empresarios y los mismos medios, se ha convertido en una caricatura en la cual el hoy INE centra parte de sus esfuerzos en vigilar que los partidos políticos y sus candidatos no se ofendan o difamen entre sí y no rompan las condiciones de equidad sobreexponiéndose en los medios de comunicación.

Esto se ha traducido en un continuo proceso de vigilancia, advertencia y sanción en el que el INE, preocupado por cuántas veces un candidato viola la ley o si el anuncio ofende, calumnia o injuria a algún otro, trata a los partidos y a los políticos como menores de edad, “acolchando el mundo” para que no se hagan daño, en lugar de permitirles autorregularse, asumiendo su propia responsabilidad como contendientes del proceso electoral.

Al no existir censura previa, los mensajes son transmitidos y pueden pasar días antes de que sean sacados del aire, para cuando ya han cumplido ya su objetivo.

Del otro lado se encuentran esos mismos partidos y políticos que piden a la autoridad electoral que intervenga para frenar todo intento de campaña negra contra ellos, y saque del aire todo comercial que haga referencia a actos de corrupción, conductas personales inapropiadas, actividades que violen los tiempos de campaña, etcétera. Pero, al no existir censura previa, los mensajes son transmitidos y pueden pasar días antes de que sean sacados del aire, para cuando ya han cumplido ya su objetivo.

De esta manera, los partidos y sus candidatos refuerzan su comportamiento como menores de edad: incapaces de responder por sus acciones, como el niño o niña que mide a su madre y a su padre para ver hasta dónde puede llegar, retando así a la autoridad electoral.

El mejor ejemplo de este comportamiento lo ha representado el Partido Verde Ecologista de México, el cual, en tanto la autoridad electoral reacciona, califica y sanciona, ha realizado una extensa e intensa campaña mediática, con la que ha violado hasta donde ha podido la legislación electoral al respecto, lo que se ha traducido en una serie de multas.

Al final esta actitud retadora se transforma en cinismo cuando los partidos concluyen que la autoridad “paternalista” del INE no alcanza para frenar las actitudes claramente provocadoras de los diversos actores políticos. Lo curioso aquí es que, como ocurre con frecuencia en las familias, no se da el mismo trato a todos los partidos, por lo que algunos se ven más beneficiados que otros ante la “lenta” o “rápida” acción reguladora de este instituto.

La autorregulación, la minoridad y el cinismo se han traducido en campañas políticas aburridas, anuncios vacíos que no atrapan la atención de la gente y, lo más importante, en la falta de propuestas que permitan a los ciudadanos comparar a un partido con otro.

La autorregulación, la minoridad y el cinismo se han traducido en campañas políticas aburridas, anuncios vacíos que no atrapan la atención de la gente y, lo más importante, en la falta de propuestas que permitan a los ciudadanos comparar a un partido con otro. Los diferentes institutos políticos se encuentran más preocupados por presentar denuncias contra aquella propaganda que consideran injuriosa, a vigilar que efectivamente dichos comerciales sean sacados del aire, o a posibilitar un debate verdadero. Han evitado, en lo posible, la realización de “campañas de contraste”, que podrían posibilitar un cambio en las preferencias electorales, al hacer públicos los errores, corruptelas, ineficiencias, políticas públicas equivocadas de los otros partidos.

Esto lleva a preguntarse a quién beneficia la sobrerregulación de las campañas y la minoridad, pues claramente remiten a la antigua tradición autoritaria de acuerdo con la cual desde arriba se socializaba a los “ciudadanos”, indicándoles cuándo, cómo y por quién votar. Suponer que los partidos políticos y sus actores son incapaces de autorregularse vuelve a la tesis autoritaria de la minoridad, de manera que el Estado, esta vez en la figura del INE, debe tutelar la actuación de los políticos.

Pero, en un nuevo contexto político, en el cual el gobierno no tiene ya todos los hilos del poder, suponiendo que alguna vez los tuvo, y en el que las instituciones políticas se han debilitado, los esfuerzos del INE por regular las campañas electorales son poco menos que una caricatura que termina dejando en ridículo al árbitro electoral ante el cinismo de los actores políticos, y a los votantes sin la información necesaria para tomar la decisión más adecuada a sus intereses y necesidades.

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