Kazuya Sakai en la piel
Meterse en la piel tinta, la necesaria para crearse con ello un mapa para andar por la vida, y de paso el pretexto para reflexionar sobre el arte en general y sobre un autor en particular
Por Alonso Pérez Fragua @fraguando
24 de abril, 2015
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Meterse en la piel tinta, la necesaria para crearse con ello un mapa para andar por la vida, y de paso el pretexto para reflexionar sobre el arte en general y sobre un autor en particular, escarbando en su biografía, encontrando las mojoneras que tal vez que expliquen las razones de una aguja que se hunde unos milímetros en la epidermis para dejar su huella como marca indeleble.  

Alonso Pérez Fragua

@fraguando

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El diseño ya está en mi antebrazo izquierdo. Aún lo podría limpiar con saliva o agua. Salir de ahí y olvidar el asunto. Pero no: se siente bien, natural, como algo que debo hacer, que debía haber hecho tiempo atrás.

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                                                                                    David ha terminado de limpiar sus instrumentos. La tinta está lista. Cierro los ojos: la aguja empieza a marcar de forma permanente mi piel. Una hora más tarde, los colores Kazuya Sakai y su Come out (Steve Reich) han penetrado por completo. Sonrío.

La Ruptura y sus antecedentes

La generación de la Ruptura era una lista de nombres que había revisado un par de veces a partir del artículo correspondiente en Wikipedia y en textos más especializados, pero nada a profundidad. José Luis Cuevas, Manuel Felguérez y Pedro Friedeberg eran las tres figuras que aparecían en mi mente al mencionar a este conjunto de artistas mexicanos, con Friedeberg a la cabeza de mi predilección. Su contexto histórico era difuso en mi mente aunque sabía que su presencia en el panorama nacional correspondía a algún punto de la segunda mitad del siglo XX.

Mi verdadero acercamiento a este grupo de artistas mexicanos y extranjeros radicados en nuestro país vino gracias a la exposición La Ruptura y sus antecedentes, montada en la galería de Capilla del Arte de octubre de 2014 a enero de 2015. Ahí, además, vi a Kazuya Sakai por primera vez en mi vida… O eso creía.

La obra que robó mi atención en esta muestra curada por Lelia Driben fue Come out (Steve Reich), un acrílico sobre tela de 1976 que con su fondo rojo intenso y sus círculos multicolores me llevó, en un primer momento, al México de la Olimpiadas de 1968. Aunque el responsable de la imagen de la justa olímpica fue el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez y no este artista nacido en Buenos Aires en 1927, de padres japoneses, durante mis primeros encuentros con el cuadro mi mente viajaba casi 50 años atrás y repasaba los tiempos convulsos pero excitantes que se vivieron en la capital del país en la era diazordacista.

No estaba tan perdido, debo decir. Si bien la inspiración directa de Sakai fue una pieza del músico experimental estadounidense Steve Reich y los círculos refieren a los patrones de repetición de la obra musical, el entorno intelectual al que pertenecía Ramírez Vázquez fue el mismo al que llegó en 1965 este artista, traductor, redactor, académico y trotamundos que antes había residido en Argentina, Japón, una vez más Argentina, y Estados Unidos, donde falleció 2001.

En su libro de 2012 titulado La generación de la Ruptura y sus antecedentes –que serviría como base para la curaduría de la exposición- Lelia Driben escribió que “Kazuya Sakai no fue solamente un geometrista cabal, también incluyó en parte de su obra un suave enclave óptico y, en otra zona de su producción, una geometría lírica muy libre, que complejiza la estructura de cada cuadro”.

Caligrafía y gestualidad

Mi primer encuentro con Kazuya Sakai no fue a partir de Come out (Steve Reich), aunque así lo creí por un tiempo. Antes había trabado contacto con el graduado en Filosofía y Letras de la Universidad de Waseda, Japón, a través de un llavero, que aún conservo, con la imagen de SSK-61.

Esta serigrafía es parte de la Colección de Arte UDLAP y no se parece en nada a las dos obras exhibidas en La Ruptura… La otra era Agartha II (Miles Davis), también un acrílico con referencia musical como muchos cuadros que el artista creó en ese mismo periodo de residencia mexicana. De agosto a septiembre de 2013 varias de estas obras fueron protagonistas de la exposición Kazuya Sakai. La pintura desde el espíritu de la música en el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires, MACBA.

SSK-61 es parte de su regreso a un “incisivo informalismo”, luego de haber sido precursor del geometrismo en México y de practicar, de 1984 a 1994, “un op art sui generis” al que seguiría también un reencuentro con el tachismo y lo caligráfico, “llenando el espacio o reduciendo lo pintado a una mancha, el recuerdo lejano de la marca, la señal, lo no dicho”, según relata Driben.

SSK-61 es también la muestra de la cultura japonesa que corría por sus venas a través de signos de carácter caligráfico y una singular gestualidad que le venían, como escribe Mercedes Casanegra en la revista Art Nexus, del artista japonés del siglo XVII, Ogata Korin. Y aunque a simple vista Come out y SSK-61 parecen creadas por dos artistas diferentes, al leer una cita del propio Kazuya en el texto de Casanegra identifico un parentesco en esas “curvas, círculos, líneas, sinuosas que fluyen sin principio ni fin aparentes” que viven en ambas obras.

Informalista, geometrista y hasta expresionista abstracto, mis ojos y corazón se dejaron llevar de forma automática por Come out (Steve Reich) sin importar su filiación artística ni la nacionalidad de su autor. Poco a poco, sin embargo, el eclecticismo de Kazuya Sakai, su espíritu musical y su nomadismo hicieron que entrara en mi piel esta obra “de bandas paralelas y ondulantes que transitan sobre grandes planos de color, saturado y brillante”, como describiera la revista Art Nexus a las obras expuestas en el MACBA en 2013.

El ecléctico melómano trotamundos

El virus Kazuya Sakai entró a mi sistema por los ojos y se alojó después en mis oídos. Una vez que mi mirada se posó sobre esas sinuosas líneas rojas-azules-rosas-amarillas-negras-blancas-y-verdes que fluyen sin principio ni fin aparente, y las conectó con Ramírez Vázquez y la psicodelia sesentera y hasta con los patrones del arte huichol, fue el turno de mis oídos de abrirse a Steve Reich. (Mientras este texto cobra vida, el minimalismo de su Music for 18 Musicians emerge de mi tableta a través de los audífonos hasta introducirse a todo mi cuerpo).

En 1966, Reich, compositor identificado con la música de vanguardia, fue comisionado para crear una obra que sería interpretada durante un evento de caridad a favor de los llamados Seis de Harlem (Harlem Six), un grupo de jóvenes afroamericanos acusados de un asesinato cometido durante las revueltas violentas sucedidas en ese año en el citado barrio de Nueva York. Solo uno de los seis chicos era responsable del crimen. La obra que se titularía Come out, tomaba la voz de Daniel Hamm, uno de los cinco chicos inocentes, donde explicaba que, luego de ser golpeado por la policía, se había abierto la herida para hacer salir la sangre y conseguir su traslado a un hospital –en inglés “let some of the bruise blood come out to show them”. Reich usaría ese fragmento, alterado, para crear una pieza de más de 10 minutos.

De la misma forma que la repetición experimental con toques políticos de Reich sirvió de inspiración para el cuadro de hermosos trazos precisos de Sakai, otras obras vanguardistas de gente como John Cage –quien sería su amigo- fueron la base para muchos de sus trabajos. Su amor por la música, empero, no fue el único aspecto que llamó mi atención más allá de sus cualidades plásticas.

Esa ¿necesidad? de moverse de manera constante y su versatilidad despertaron mi interés una vez que conocí algunos aspectos de su vida. Sospecho, además, que estos mismos factores fueron responsables de que su fama no sea tan grande como podría haber sucedido de haberse quedado a “echar raíces” en un solo lugar. A pesar de su pertenencia al Grupo de los Cinco en Argentina y a la Generación de la Ruptura en México a través del Salón de los Independientes en 1968; a pesar de haber sido jefe de redacción de la revista Plural de Octavio Paz y de ilustrar varias de sus portadas; a pesar de su labor docente en Estados Unidos, principalmente en Texas, Kazuya Sakai es poco estudiado y su obra mantiene un bajo perfil, incluso entre los círculos especializados.

En diciembre de 2014 visité el Museo de Arte Moderno del DF que en su colección posee obras de Sakai. Confiaba en que en este lugar encontraría bibliografía sobre él pero me equivoqué. En la tienda del museo solo había un libro sobre el geometrismo en México que tenía Come Out (Steve Reich) como portada y que mencionaba al artista en un par de páginas. Nada más.

La red tampoco aporta mucha información. Su página oficial, www.kazuyasakai.com, ya no está disponible, y las breves biografías en páginas de museos y galerías contienen casi la misma información fría y poco personal: nace en Argentina el 1° de octubre de 1927, a los siete años se muda a Japón para continuar sus estudios, en 1951 regresa a la capital argentina y trabaja en la industria editorial para la cual traduce distintas obras del japonés al español, en 1952 inaugura su primera exposición individual, en 1956 funda el Instituto Argentino Japonés de Cultura, en 1963 se muda a Estados Unidos, luego en 1965 a México y luego otra vez a Estados Unidos en 1977 donde muere en 2001, en Dallas, Texas. No mucho más.

¿Qué lo impulsó a desplazarse: la curiosidad o el fastidio? ¿Qué aprendió en cada experiencia, en cada lugar? ¿Soñaba en español, japonés o inglés? ¿Qué absorbió de cada cultura? ¿Consideraba como su hogar a cada nueva ciudad a la que llegaba o la veía desde lejos, analítico, listo a tomar lo que pudiera para luego partir e incorporar lo aprendido en su obra? Pocas respuestas obtengo de lo que encuentro por ahí. Una de ellas, sin embargo, me deja algo claro: “su doble origen y su elegida condición de argentino y latinoamericano”. Gracias Lelia.

Kazuya Sakai en la piel

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                                                                David ha terminado. La tinta está dentro de mí; Kazuya está dentro de mí. Ahora, la pregunta irremediable es ¿qué significa eso? Significa México, mi amor por el arte, mi gusto por la experimentación y por la música “rara”, y mi pasión por la gestión cultural. Significa mi presente y mi futuro pero también un pasado que nunca viví. Significa mi arraigo a un espacio y al mismo tiempo mi sensación de no pertenecer a ningún lugar: significa ser outsider, un ciudadano del mundo.

Simboliza también mi deseo de ser un camaleón, de pertenecer, de ser como pez en el agua sin importar el tiempo, el lugar o la circunstancia. Todo eso y más llevo ahora y para siempre en la piel.Lado B. Periodismo 3.0

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Alonso Pérez Fragua
Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando.