Vivir antes que todo

Vivir antes que todo

Martín López Calva

@M_lopezcalva

“Toda educación entraña una imagen del mundo
y reclama un programa de vida”.

Octavio Paz.

Vivir antes que todo. Vivir es la realidad de la que se parte y la meta a la que se debería aspirar en las aulas. Educar en el vivir y para vivir, educar en el vivir humano y para vivir humanamente, esta sería la premisa fundamental y el contenido de esta meta nunca estaría respondido porque la respuesta a la pregunta sobre qué significa vivir humanamente es un desconocido-conocido, algo de lo que sabemos una parte pero ignoramos casi todo, algo que se tiene que ir descubriendo y redescubriendo progresiva y limitadamente a lo largo de la historia.

Educar para la vida debería ser el objetivo central de todo sistema educativo en este cambio de época en el que la educación, de tan cerca del mercado, está cada vez más lejos de la existencia. Educar para la vida debería de ser la meta de todo docente que tenga una vocación real por la formación de las nuevas generaciones de este México inmerso y atrapado por la cultura de la muerte.

Desde esta perspectiva la práctica docente debería, a partir de una re-significación profunda, poner a la vida humana en el centro y por encima de planes y programas, reglamentaciones, temarios, conceptos, técnicas o métodos de enseñanza, teorías educativas o caprichos del profesor o del director.

Esta re-significación llevaría a trascender la noción de docencia como transmisión de conceptos para construir una nueva idea de la docencia entendida como facilitación de actos de comprensión intelectuales, reflexivos y deliberativos, para el mejoramiento progresivo de la vida humana particular de cada alumno y de la vida de todos los miembros de la especie humana.

¿Cómo es una práctica docente que educa para la vida?

Una práctica docente comprometida con la educación para la vida es una práctica que considera al alumno como una persona con una historia concreta y unas aspiraciones existenciales particulares, una persona que comparte con nosotros esa dimensión empírica que necesita experiencias innovadoras, significativas, una dimensión intelectual que tiene que partir de sus propias preguntas y no de respuestas hechas, que tiene que imaginar, que llegar a comprender una realidad concreta para poder después construir un concepto y formularlo en diversos lenguajes; una dimensión reflexiva que tiene que desarrollar la capacidad de preguntarse por la realidad de las cosas, de dudar de lo que se le enseña, de no aceptar acríticamente la palabra del profesor, de no emitir juicios a la ligera, de buscar dar razón de lo que afirma; una dimensión existencial en la que se está buscando construir la propia libertad, para la que es insuficiente que le enseñen ciertos valores o que le indiquen lo que es bueno o malo porque necesita desarrollar la capacidad deliberativa, la capacidad de valoración y la toma de decisiones responsables empezando por lo sencillo y pequeño.

Una docencia que busque educar para la vida debe entonces preocuparse por promover la dimensión experiencial, la dimensión intelectual, la dimensión crítico-racional y la dimensión valoral-existencial de los educandos y construir, mediante el diálogo ciertos significados y valores comunes mínimos que permitan ir avanzando en esta línea en la que cada educando tratará de ser cada vez más auténtico como ser humano en un contexto concreto.

Toda educación entraña una imagen del mundo y es por ello indispensable que la docencia que pretenda contribuir a la educación para la vida de los estudiantes trabaje en la construcción de una imagen del mundo que tenga la amplitud y la profundidad que requiere una vida humana que se viva seriamente.

Para ello se necesita cambiar la imagen dominante del mundo visto como un gran centro comercial en el que todos compramos y vendemos, la imagen del mundo como un enorme campo de batalla en el que cada persona debe buscar su propia supervivencia aún pasando por encima de la dignidad de los demás, la imagen del mundo como una interminable alfombra roja hollywodense en la que debemos buscar la fama y la popularidad aunque tengamos que pasar por encima de nuestros semejantes, la imagen del mundo como una gran pista de carreras donde se compite por el dinero, el poder y la fama, sin importar los medios para conseguirlos.

Toda educación entraña una imagen del mundo y es por ello indispensable que la docencia que pretenda contribuir a la educación para la vida de los estudiantes trabaje en la construcción de una imagen del mundo que tenga la amplitud y la profundidad que requiere una vida humana que se viva seriamente.

Toda educación reclama un proyecto de vida y por eso la docencia que intente comprometerse con la educación para la vida deberá promover en ellos la capacidad y el hábito de plantear y replantear periódicamente un proyecto de vida de mediano y largo plazo a partir de una visualización sobre lo que realmente se quiere llegar a ser como persona, más allá de los espejismos glamurosos que intenta vendernos la publicidad por todos los medios.

Para ello se tiene que ir facilitando que en cada etapa de su formación, los educandos vayan perfilando un proyecto de vida acorde con su realidad y al mismo tiempo alineado con sus mejores sueños. Un proyecto de vida que sólo se podrá arraigar como una actividad sistemática en la escuela, si la misma escuela y los profesores tienen la capacidad de plantear su propio proyecto de vida a partir de una clara visión del mundo e incorporan su propia práctica dentro de su proyecto de vida y compromiso por transformar el mundo.

Un caso triste sería que el profesor o la maestra ya no estuvieran en posibilidades de facilitar la educación para la vida de sus estudiantes por considerarse ya terminados como personas y sin posibilidades de cambio o replanteamiento de un proyecto de vida renovado más allá de la muchas veces gris rutina cotidiana. Si los profesores instalados en el “ya”, hubieran perdido totalmente el horizonte del “todavía no” que su vida tiene por delante si ellos lo sueñan y lo deciden de manera realista pero esperanzada.

Caso triste porque, como dice Hansen, la docencia es una de las profesiones donde es clave la persona que la ejerce. En muchas profesiones basta contratar a cualquier persona que sepa los procesos, los pasos, el manejo de las máquinas. En la docencia hay siempre una relación interpersonal, una relación entre visiones del mundo y proyectos de vida, y cuando el proyecto de vida del profesor se ha dado por terminado, lo único que podrá comunicar a los alumnos es desánimo y desesperanza.

Sin embargo, si el profesor asume una actitud distinta, si el profesor se convence de que no fue, sino que es uno de ellos, es decir, un ser humano en proceso de desarrollo que no cesa nunca, entonces podrá facilitar el desarrollo humano de sus estudiantes. Para ello se necesita vocación, que en términos del mismo Hansen quiere decir: encontrar en la profesión un camino de realización personal (razones para vivir) y una oportunidad de servicio real a la transformación social (motivos para luchar). Con esto no se nace , la vocación, como todo lo humano es un permanente descubrimiento y conquista.

Cuando el profesor va descubriendo continuamente su vocación docente, no solamente orienta su práctica hacia la educación para la vida de sus educandos sino que encuentra en su misma práctica un camino de desarrollo personal permanente e inagotable. Cada alumno se convierte en una aventura, cada aula es un misterio que hay que ir viviendo de manera gozosa y develando progresivamente.

Esta actitud siempre es fruto de una doble transformación: la transformación intelectual del docente que quiere seguir entendiendo, resignificando continuamente su tarea y su materia y la transformación moral del docente que sigue permanentemente preguntándose por el sentido de lo que hace y reencontrándose consigo mismo en su labor, re-enamorándose de la docencia en cada nuevo grupo que recibe. Es entonces que se hace realidad la frase de Henry Adams que dice que “cada profesor afecta el infinito, porque nunca se sabe hasta donde puede llegar su influencia”.

Buscar el desarrollo humano de los educandos para cumplir con el compromiso de educar para la vida -porque vivir está antes que todo- implica invertir la visión dominante en nuestro horizonte pragmático que nos pide “ver para creer” y empezar a entrar en la dinámica contraria. Para ser un docente facilitador de una educación para la vida es necesario empezar por creer en la libertad humana y en las posibilidades de desarrollo de cada sujeto que tenemos enfrente dentro de todos los condicionamientos que su realidad le impone pero que pueden en cierta medida ser trascendidos, es necesario «creer para ver”.

_________________________________________

[1] Este texto está basado en una parte del artículo: “No desearás la docencia de tu prójimo”. Publicado en la Revista Acequias.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

NO COMMENTS

Leave a Reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.