Con violencia y tortura desalojan a estudiantes de la BUAP

Con violencia y tortura desalojan a estudiantes de la BUAP

Policías atestiguan indiferentes cómo una treintena de sujetos no identificados golpean, amenazan y torturan a 23 jóvenes que acampaban -algunos hacían huelga de hambre- en el zócalo, exigiendo diálogo a las autoridades de la Universidad

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez
Aranzazú Ayala Martínez

@aranhera

Magaly tiene 18 años y apenas va a entrar a la universidad. En las primeras horas del domingo 8 de febrero fue raptada por encapuchados y desaparecida durante varias horas, junto con siete compañeros más: tres mujeres, una de 17 años de edad, y cuatro hombres.

“Llevaban palos, macanas y bombas: uno traía una bolsa con alrededor de 7 bombas. Sólo aventaron una, y en ese momento empezó la represión”, relató Diego, estudiante de la Facultad de Contaduría Pública de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (Buap).

Magaly y Diego eran parte del plantón que desde el pasado miércoles instaló el Colectivo Universitario por la Educación Popular (Cuep) en el zócalo de Puebla, y que fue violentamente desalojado la madrugada de este domingo.

Los 23 jóvenes que se encontraban en el campamento responsabilizaron públicamente al gobierno municipal, al gobierno del estado y al rector de la Buap, Alfonso Esparza, de ser los autores intelectuales de las agresiones en su contra, por parte de más de 30 individuos encapuchados que actuaron “con un lujo excesivo de represión”.

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez

En rueda de prensa, convocada ayer a las 2 de la tarde en Paseo Bravo, en el Centro Histórico de Puebla, denunciaron que poco después de las tres de la mañana llegó un grupo de alrededor de 5 personas, que según uno de los jóvenes iba en estado de ebriedad, a molestarlos. Minutos después se presentaron unos 30 encapuchados, portando varillas, palos y macanas como las que usa la policía, y atacaron directamente el plantón, golpearon las casas de campaña y sacando violentamente a los 23 estudiantes que estaban ahí durmiendo. Todos están heridos. A una joven le abrieron la cabeza y la herida requirió ocho puntos.

Durante los hechos, ocho de los muchachos fueron obligados a subir a una camioneta negra y se los llevaron. Al momento en que Diego estaba hablando, seguían desaparecidos.

A las 2:40 de la tarde hubo una pausa en la rueda de prensa y la gente se abrió para dejar pasar a ésos ocho jóvenes que habían estado desaparecidos. Las cuatro muchachas llegaron sollozando, caminando con ayuda de otras personas. Una tenía el brazo vendado con un pañuelo y acompañaba cada pisada con muecas de dolor. Entonces Fidel Sánchez tomó el megáfono y contó cómo se lo llevaron.

“Me espanté mucho”, confesó, por eso cuando los encapuchados se lo llevaron gritó su nombre, por si alguien escuchaba. A otro de los que estaban en huelga de hambre, como él, lo golpearon y también lo subieron a la camioneta negra a donde aventaron primero a las mujeres y encima a los hombres. Uno de los muchachos les pedía que por piedad no lo golpearan más. “Cuál piedad, hijo de la chingada”, les dijo uno de los encapuchados, según palabras de Fidel. Además, les decían que a ver quién los encontraba, que les iban a hacer lo mismo que a los normalistas de Ayotzinapa. A todos les quitaron celulares e identificaciones, a los hombres les quitaron pantalones y zapatos, y después de torturarlos física y psicológicamente, los abandonaron en un terreno baldío que, después supieron, era el Complejo Industrial 2000, por la carretera federal a Tehuacán.

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez

“Nos tiran y nos dicen: el primero que levante la cabeza se las vamos a volar”. Luego se fueron. Uno de los estudiantes logró desatarse las manos y así desamarró a los demás. “Los que éramos ateos nos dimos cuenta que no éramos tan ateos”, dijo el joven en el megáfono, antes de mostrar las heridas de raspones y moretones en su pecho, espalda y rostro. Cuando se liberaron, se contaron, se abrazaron y empezaron a caminar. Al llegar a la esquina se acercó una camioneta RAM negra polarizada, a bordo iban personas que ellos identificaron como empleadas de Gobernación, pues ya les habían visitado en el plantón en el zócalo, una de estas bajó el vidrio y les dijo “cuídense, chamacos”, y se fue.

“En verdad nos dimos cuenta que el hijo de la chingada es el gobierno, porque la gente sigue siendo muy buena”, dijo el estudiante al recordar cómo los ayudaron, les dieron ropa, comida y medicinas. Ellos pensaban permanecer escondidos, pero una de las personas que les auxiliaron se enteró por redes sociales de la rueda de prensa, así que decidieron ir. Además de Fidel, dieron sus testimonios Magaly y Esmeralda, una joven de apenas 17 años de edad, que tenía manchas de sangre en sus pantalones de mezclilla y hablaba con pesar.

A Marisol Segura, otra de las que estaba en el campamento pero no fue raptada, le tocó ver cómo se llevaban a a sus compañeros, por lo que pidió ayuda a los policías que estaban ahí pero no hicieron nada. “Pensé que no los iba a volver a ver (a sus compañeros)”.

Los cuerpos de seguridad pública estuvieron presentes durante el desalojo del campamento: los estudiantes relataron que había seis patrullas de policía tanto municipal como estatal, pero que no hicieron nada, y que incluso escoltaron a la camioneta que se llevó a los ocho muchachos. 

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez

Fidel dijo que aunque es momento de replantear el movimiento, lo que es seguro es que no hay vuelta atrás, porque “no queremos que Puebla sea otra fosa común”, y consideró que todavía estamos a tiempo de no correr con la misma suerte que en otros estados.

Sin diálogo 

Las exigencias de los jóvenes en huelga de hambre y en plantón desde el miércoles 4 de febrero después de mediodía eran espacios para dar cursos y preparar para el examen de admisión de la Buap, así como un diálogo con las autoridades. Ese miércoles, uno de los jóvenes que estaba en el plantón, Francisco Ramos, explicó en entrevista que el Cuep optó por la acampada en el centro de la ciudad “por la búsqueda de espacios y de un diálogo resolutivo”.

Desde hace 5 años un grupo de estudiantes se organizó para preparar gratuitamente a los aspirantes a entrar a la Buap, ofreciendo la prueba de aptitud académica y la prueba de área de conocimiento. Este proyecto académico, explicó Francisco, es legal, porque en los estatutos universitarios “nos menciona que cualquier estudiante puede hacer investigación y proyectos académicos en pro de la sociedad, y bajo esta dinámica nos hemos visto bloqueados, hasta cierto punto reprimidos, por las autoridades de la universidad.”

“Es bien sabido que la Buap da seminarios para el examen de admisión pero son con un costo”, explicó, pero esa cantidad de dinero que oscila alrededor de 500 pesos no pueden costearla todos los que quieren hacer el examen de admisión, y de ahí nació el colectivo, que se basa en las creencias de educación pública y popular, para todos.

Foto: Marlene Martínez
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Lo único que pedimos, dijo, “es un diálogo resolutivo y que nos abran salones en ciudad universitaria, para impartir estos cursos gratuitos.” El año pasado, cuando impartían el curso en los parques al aire libre de Ciudad Universitaria, fueron también acosados por los agentes de seguridad de la universidad. “Es por eso que hacemos este evento, que nos plantamos aquí en el zócalo, para exigir un diálogo resolutivo. Y para exigirle a la universidad los derechos que, por inicio, nos pertenecen.”

Después de la represión del domingo 8 de febrero, para los estudiantes “ése es el diálogo de la Rectoría”, dijo Fidel y “nosotros entendemos que es el mismo diálogo de (Enrique) Peña Nieto y (Rafael) Moreno Valle”.

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