Hay festivales para la paz
El día anterior habían desactivado una bomba en el metro. Y, por la tarde, varios perdigones de escopeta habían impactado contra la ventana de mi departamento: tiros desesperados de la balacera que se sucedía justo abajo, en la calle, entre los guardias de seguridad de un establecimiento y un grupo de sicarios mal armados. Así que estaba, literalmente, casi paralizado por el miedo. Baste una nota: todos los días vomitaba el exceso de ácido que produce un estado de miedo constante. Pero aún así decidimos ir a escuchar poesía.
Por Luis Felipe Lomelí @Lfelipelomeli
10 de febrero, 2015
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Luis Felipe Lomelí

@Lfelipelomeli

[dropcap]E[/dropcap]l día anterior habían desactivado una bomba en el metro. Y, por la tarde, varios perdigones de escopeta habían impactado contra la ventana de mi departamento: tiros desesperados de la balacera que se sucedía justo abajo, en la calle, entre los guardias de seguridad de un establecimiento y un grupo de sicarios mal armados. Así que estaba, literalmente, casi paralizado por el miedo. Baste una nota: todos los días vomitaba el exceso de ácido que produce un estado de miedo constante. Pero aún así decidimos ir a escuchar poesía.

Era el 2001. Era Medellín. Era el Parque de los Pies Descalzos rebosante de público para escuchar la mesa del XI Festival Internacional de Poesía. Y, por supuesto, a mí se me ocurrió que ahí era un excelente lugar para que alguien cometiera un atentado terrorista, entre tanta gente y tantos niños que corrían de un lado al otro, entre vendedores de papas cocidas y fritangas, entre todo ese bullicio que de pronto fuera silenciado por una carga de C4. Silencio. Silencio y luego gritos, correrías. Sangre. Trozos de personas esparcidos por los aires. Imaginaba y trataba de hacer bromas con mi amigo chileno que también transpiraba miedo.

Hasta que vino el silencio. O casi. Vino el saludo de los organizadores y luego la poesía, y los vendedores dejaron de gritar y los niños de correr. Todos atentos. Incluso cuando Galsan Tschinag, procedente de Mongolia, comenzó a cantar sus poemas en su lengua madre. Todo silencio y sólo la voz del poeta llenando el aire. Luego la voz de la traductora. Y otro poema y las nubes del cielo claro se veían más nítidas. También escuché el canto de las aves.

 “Es en los tiempos aciagos cuando la poesía eleva su mirada a las cumbres donde se capta la luz”, dicen los organizadores al contar la historia del Festival en su página de internet (disponible aquí). Y no puedo más que darles la razón: esa noche dormí tranquilo, a la mañana siguiente no vomité antes de desayunar y salir a hacer mi trabajo como auditor.

[pull_quote_right]“La poesía ocupando espacios entre bombas y flores, allí donde la esperanza es tan explosivamente necesaria”[/pull_quote_right]

En días pasados, en respuesta a la petición de cientos de artistas y organizaciones, la dirección del Hay Festival suspendió a Xalapa como sede y ahora el Festival se llevará a cabo vía digital. Cuando muy amablemente me solicitaron firmar la carta de dicha petición, no pude sino acordarme de lo que acabo de relatar. Y me negué. Muy probablemente haya yo cometido un error y lo correcto hubiera sido firmar, muchas personas que admiro lo hicieron. Pero no pude dejar de pensar en quién era yo hace catorce años, un ingeniero, un ingeniero que había visto en dos meses más muertos de los que hubiera querido ver en toda su vida, un ingeniero aterrado con un buen trabajo de ocho a doce horas diarias para pagar sus deudas escolares y ese día (viernes) pudo salir temprano.

Podría listar muchísimas razones más o menos racionales para justificar por qué creo que los festivales y eventos culturales son importantes, precisamente, en las zonas de conflicto. Decir que el Festival Internacional de Poesía de Medellín ha tenido más de 120,000 asistentes en cada una de sus últimas emisiones, por ejemplo. Citar a los organizadores: “Cuando el espíritu humano es minado por el fuego cruzado de la muerte, la poesía lo revive”. O a los poetas participantes: “La poesía ocupando espacios entre bombas y flores, allí donde la esperanza es tan explosivamente necesaria”, como dijo Affonso Romano de Sant’Anna, poeta brasileño, luego de ir a Medellín y ver el Cerro Nutibara atestado de gente deseosa de escuchar a los poetas. Podría. Pero sé que hacerlo sería accesorio pues para mí, esa tarde en el Parque de los Pies Descalzos, fue la poesía la que me permitió aferrarme a la cordura. Sólo espero que la petición de mis compañeros escritores y artistas de cancelar el Hay Festival en Xalapa tenga los efectos que ellos prevén y yo, por mi experiencia, no alcanzo a ver.

Colofón

Si le gusta la poesía, échele un ojo al Proyecto Gulliver, una de las actividades colaterales de la Revista Prometeo y el Festival Internacional de Poesía de Medellín, que consiste en llevar talleres de poesía a los niños de las escuelas y publicar sus poemas. Los puede ver en esta página o en Twitter: @GulliverPoesia

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Luis Felipe Lomelí
Estudió Física pero se decantó por la todología no especializada: una maestría en ecología por acá, un doctorado en filosofía por allá, un poquito de tianguero y otro de valet parking. Ha publicado los libros de cuentos Todos santos de California y Ella sigue de viaje, las novelas Cuaderno de flores e Indio borrado, el ensayo El ambientalismo y el libro de texto Naturaleza y sociedad. Es Premio Nacional de Bellas Artes y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Se le considera el autor del cuento más corto en lengua hispana: "El emigrante": -¿Olvida usted algo? –Ojalá.