Tiene 90 años y cree que vive en un barco, quizás el mismo que la trajo a México, el país donde el amor la orilló a un exilio dentro del exilio, dejando atrás a su familia, ocultando secretos, callando tal vez para no recordar. 

Aranzazú Ayala Martínez

@aranhera

“Antes de que te vayas, ¿me bajas a mi camarote?”, pregunta Rosita volteando los ojos como al cielo. La mitad es la vejez, la otra mitad, el carácter enclavado en un sufrimiento casi obligado, en una manipulación que orilla a la culpa. La culpa, la matria y génesis de su religión, es su orgullo y a la vez un estigma que la acercó a un mundo nuevo y la alejó de su familia. Pero hoy, a sus 90 años, la mente de Rosita vive en un barco.

Su mamá se llamaba Rasha y nació cuando había zares en Rusia. Después vivió la Revolución –decía que los bolcheviques eran buenos, cuentan sus nietas– y su esposo no debió ser su esposo. Su prometido murió, entonces la casaron con el hermano siguiente, Samwel o Samuel. Por alguna razón, que ya se desvaneció entre los vagos recuerdos de sus cuatro hijos y el hermetismo de los padres, se mudaron a Varsovia, Polonia, donde nacieron los dos primeros: Ignatz, o Ignacio, y Rashe, o Rosa. No pasaron ni diez años cuando, con otros tíos y primos, se subieron a un barco que los llevó durante más de un mes por todo el Océano Atlántico hasta Cuba, su primera parada, y de ahí, a México. Ella y su familia formaron parte de otro éxodo masivo de judíos a América, escapando de la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndose en la generación de fundadores de la comunidad judía en México. No pasó más de un año cuando el resto de la familia Lifshitz y Zamalin que se quedó en el Viejo Mundo terminó en los campos de concentración de los nazis luego de hacinarse en el gueto de Varsovia. Pero de eso Rosita no habla. Una vez, viendo fotos con la menor de sus seis hijas, dijo los nombres de tal tía o tal primo seguidos de una frase como: “murió en Auschwitz”, así, el tema no se ha tocado por décadas. 

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La historia de Rosita se pierde entre trozos de recuerdos. Por esa tradición necia de no hablar de las cosas, de que “aquí no pasa nada”, que permeó en ella, su pasado está hecho de partes incompletas que muchas veces se contradicen. En México sus papás tuvieron, además de a ella e Ignacio, otros dos hijos, Jane y “Chino”, mucho menores. Con Nacho, por la cercanía de edad, fue con quien más convivió en su juventud. Aún cuenta que quitaban el tapete de la sala del departamento familiar, cerca de la Sinagoga de la calle de Acapulco en la colonia Roma en la Ciudad de México, y ensayaban. También iban a conciertos de música clásica y a los toros, como era la moda. En la Plaza México, Rosita llegó a ver a María Félix con Agustín Lara, contaba muy orgullosa. En esos tiempos conoció a Alberto Barón –otro judío nacido en Hungría, cuyo nombre real era Bela– y se enamoraron, pero la madre de Rosa no quiso esa relación, decía que la mamá del muchacho tenía mala reputación allá en Europa, o algo así, y los separó. Él se fue a estudiar a Monterrey y conoció a la que fue su esposa, mamá de quien después escribió un libro de la vida de Alberto, donde Rosita no aparece.

Aunque cada quien hizo su vida aparte, casados, con hijos, no había día del año nuevo judío ni 2 de diciembre, día del cumpleaños de la señora polaca, que Alberto no llamara para felicitarla, hasta hace poco, cuando el señor Barón, como lo conocían todos, murió. Su muerte también fue un silencio, otro de los secretos lejanos de la realidad de Rosita, o Tita, como le dicen sus nietos. Pero ella ahora vive en el mundo de su infancia: a ratos desconoce a sus propias hijas, pregunta si tiene casa, habla del barco y del camarote donde cree que vive. 

Rosita tiene los ojos grises, indefinidos en medio de una orilla azul cristalina con destellos castaños. Cada vez es más pequeña, su espalda va hacia abajo y ahora tiene una joroba bajo el cuello. Usa bastón desde hace años, pero camina bastante bien pese a la edad y nunca se quita el suéter. Tiene la costumbre de vestirse de un color específico cada día de la semana, siguiendo las enseñanzas de sus clases sabatinas de “física mental”, que tomó durante años. Aunque tiene credencial para votar y en su baño siempre había una veladora prendida, nunca se quitó la estrella de David del cuello y ayunaba cada que era la fecha judía de Yom Kippur. Ella no impuso la religión judía a sus hijos, pero tampoco la ocultó.

Rosita es en sí misma un secreto. Su historia es una de deshonra familiar, del exilio dentro de un exilio. Después de que su madre la separó del señor Barón, conoció a Roberto, un muchacho de Puebla. La historia oficial es que se casó con el “goi”, el gentil, católico mexicano, y se largó. Lo que uno de sus sobrinos, hijo de su hermana menor Jane, cuenta, es que Rosa desapareció. El matrimonio Lifshitz Zamalin estaba angustiado, pasaba noches en vela y hasta contrataron un detective privado. A su hija la encontraron en Puebla, cerca de Tepeyahualco, casada y embarazada de su primera hija. Le pidieron volver, le sugirieron dar en adopción a la niña y regresar “a la comunidad”, casarse con un judío, estar entre “los suyos”, pero no, Rosita se quedó. Sus hermanos se casaron con personas judías, todos dentro de la comunidad, “con paisanos”, pero ella permaneció en la vida que eligió, en su camino diferente al de toda su familia.

Con Roberto Martínez se casó dos veces. Una vez se enojó y rompió el acta de matrimonio, pensando que eso anularía la unión, y la segunda vez que se casaron el juez puso como lugar de nacimiento Moscú, Rusia, porque se le hizo parecido. Se mudaron a la ciudad de Puebla, donde crecieron sus seis hijos. Un día, del que tampoco se habla mucho, Roberto murió, al parecer de un paro cardiaco. Murió, dice su hija menor, “como pajarito”, sin dolor y en silencio. En la casa apenas hay una foto suya. 

De quien tampoco hay fotos es de su hijo Manuel, trailero radicado en Veracruz. Hace más de diez año fue a Puebla a pedir dinero y volvió a su pueblo. Sus hijas dijeron que no sabían de él, que había desaparecido. Pero Rosita nunca lo buscó, tampoco guardó luto. Nada, es como si Manuel nunca hubiera existido, ni en las palabras. También la muerte de su hijo Rubén fue un dolor callado, como lo han sido todos en la vida de Rashe.

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El departamento de doña Rosita está pegado a un barrio popular, frente a una de las escuelas públicas más grandes de la ciudad. Su casa de dos recámaras y en la planta baja del edificio siempre estaba llena de gente, ella y su hija mayor, maestra de educación física, conocían a todas las personas de por ahí, a donde fueran se encontraban a alguien. A la señora judía le gustaba estar “de pata de perro”, siempre saliendo, viajando, haciendo amigos, “hablando hasta con las piedras”, como dice uno de sus yernos. Le tocó vivir la muerte de su hermano “Chino” y de su hermana Jane, con quien siempre se encerraba a platicar en el baño, hablando en yiddish. De chiquita hablaba muchos idiomas: polaco, ruso, inglés, alemán, español y yiddish, el dialecto con el que hablaban los judíos de Europa, mezcla de alemán y hebreo: ese es el único que nunca se le ha olvidado.

Dentro de la señora amable y dicharachera hay una mujer imposible. Samwel, su papá –que en las pocas fotos que hay suyas sale siempre serio, como una cara esculpida desde la insensibilidad– se quedaba sentado en la sala viendo su reloj y dándole cuerda. Siempre las rutinas, siempre las mismas formas de hacer las cosas, así las heredó Rosa. No se puede mover de lugar la figura de porcelana, ni se puede lavar la carpeta blanca tejida con ganchillo aunque ya esté casi negra de mugre. Rosita tiene un gigantesco ropero lleno de cosas que ha acumulado por años, pero siempre usa el mismo suéter: gris oscuro, con figuras cuadradas de colores pastel, como animalitos en hileras. Y bajo la manga derecha guarda un pañuelo, un kleenex, y entre los pliegues de su pantalón siempre hay un brillo para labios en tubo, “del que no pinta”. Cuando se ríe parece una niña. Sus ojos ahí se ven azules, luminosos, y su boca, que apenas tiene unos labios casi tan pálidos como el resto de su cara arrugada, hace un óvalo, mientras sus mejillas se estiran y se sonrojan un poco. El carácter serio con su familia pero amable al exterior se ha acentuado con los años. Los doctores que la cuidan dicen que cuando están con ella es una persona, pero en cuanto llega alguno de sus hijos o nietos, quien sea, cambia. A algunos les ha pedido que la saquen de ahí y todo el tiempo pregunta qué hace en la casa de retiro, escuchando una y otra vez la explicación de sus complicaciones con las piernas y trastornos del sueño. 

“¿Mis papás viven?”, pregunta Rosita, interrumpiendo inesperada pero lentamente su tejido. “Sí, sí viven”, le contesta otra de sus hijas. “¿Y dónde están? Están en su casa allá en México, es la respuesta. Después de cruzar el umbral del 2014 y muchos episodios de fatiga, dolor y encontronazos entre otros de los habitantes de su vecindad, Rosita vive en una casa particular con otra pareja de la tercera edad, cuidados por doctores y especialistas. Diario recibe visitas de sus tres hijas, las que quedan de los cuatro que le viven –uno falleció en 2009 y otro lleva más de diez años desaparecido, pero de él no se habla jamás–. El otro hijo está por ahí, haciendo y deshaciendo, como cuando era un adolescente. También van a verla varios de sus 14 nietos y algunos de sus diez bisnietos. Después de una travesía de casi un siglo, Rosita vuelve al camarote con sus papás. Hacia el final de su vida, todavía sigue existiendo en una intermitente realidad, perdida entre los dos Mundos. 

Periodista en constante formación, interesada en cobertura de Derechos Humanos y movimientos sociales. Reportera de día, raver de noche. Segundo lugar en categoría Crónica. Premio Cuauhtémoc Moctezuma al Periodismo Puebla 2014. Tercer lugar en el concurso “Género y Justicia” de SCJN, ONU Mujeres y Periodistas de a Pie. Octubre 2014

2 COMMENTS

  1. Yo soy uno de los sobrinos de Rosita… Mi ti Chita siempre ha sido una pieza de oro dentro del rompecabezas familiar.
    Sus hijos… Mis primos… y TODA su descendencia son un verdadero orgullo, por su calidad humana… Por sus ganas de ser «mentchn» (1).
    Los mejores momentos de mi infancia fueron las vacaciones (gracias a d-os, muy periódicas) en la ciudad de Puebla jugando y yendo al cine con mis primos.
    Pareces ser que la mas bella herencia a uno de sus nietos, en este caso a Aranzazu fue la de la sensibilidad artística y la escritura.
    Excelente texto sobrina… Eres muy especial.

    (1) mentch. – sing. – adjetivo en idish que se le da todos los hombres de bien, o que quieren hacer el bien. Es más allá de eso; un «mentch» es alguien inquebrantable, es un ejemplo a seguir, es un hombre honesto a la máxima expresión.

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