Hugo Chávez: el héroe épico que hizo del fracaso su apoteosis
Allí fue donde Hugo Chávez se rindió después de venirse abajo el coup d’etát que intentó contra Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992
Por Lado B @ladobemx
15 de enero, 2015
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Mausoleo de Hugo Chávez. Foto: Georgina Svieykowsky.

Michelle Roche Rodríguez | Frontera D

@fronterad

El corazón de la épica del chavismo es una desaborida dependencia militar. Emplazada sobre una colina en el sector siete del 23 de Enero, al norte de la ciudad de Caracas, este lugar que alguna vez fue sede ministerial se construyó en 1908 por orden el dictador de turno, Cipriano Castro. Y cuando parecía que la pobreza del barrio que lo circunda estaba a punto de tragarse este espacio –convertido en 1982 en un museo militar– entró de golpe en la historia venezolana. Allí fue donde Hugo Chávez se rindió después de venirse abajo el coup d’etát que intentó contra Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992.

La fecha de ese fracaso es la apoteosis de Chávez. Así lo refiere la leyenda que alrededor suyo comenzó a tejerse, incluso desde antes de su muerte, el 5 de marzo de 2013. Por esa razón reposan allí los restos de quien fuera presidente de Venezuela durante casi 14 años.

Había leído en internet que los fines de semana visitan el Cuartel de la Montaña alrededor de 2.000 personas. Pero cuando el amigo que me acompañaba y yo llegamos, dos horas después del mediodía, nosotros éramos los únicos a la puerta del edificio. Por eso tuvimos que esperar un cuarto de hora a que llegasen otros ocho interesados en visitar el mausoleo de Chávez para que los milicianos Sánchez y Pacheco –solo nos dijeron sus apellidos– consideraran que había gente suficiente para mostrarnos las instalaciones.

Como un Buda que sale de un loto, y también apelando al símbolo de iluminación, emerge el féretro de Chávez de una estructura de mármol y agua sobre el suelo que su creador, el arquitecto Fruto Vivas, denominó la Flor de los Cuatro Elementos. Cuando me aproximaba al sarcófago de Chávez para leer la proclama que se reproduce sobre este, se cruzó delante de mis ojos una mano de piel ajada y oscura que sobre las uñas mostraba los morados de golpes viejos. Buscaba la lápida. “¡Nos dejaste solos, Comandante!”, plañó el hombre detrás de mí, posando también su otra mano sobre la superficie de mármol negro. Tendría unos cincuenta años, pero lo avejentaban su cara llena de arrugas y la falta de los dientes superiores delanteros: “¡Qué dolor, mi Dios! ¡Este grande hombre nos ha abandonado!”. Estábamos en una fila que rodeaba el féretro y avanzábamos con lentitud entre sus custodios, cuatro guardias de honor vestidos con el uniforme británico de Húsares de Bolívar de color rojo y un gorro alto negro.

[quote_right]“¡Nos dejaste solos, Comandante!”, “¡Qué dolor, mi Dios! ¡Este grande hombre nos ha abandonado!”[/quote_right]

Uno de los milicianos del Batallón 4F le pidió “que circulara” para que todos pudieran ver el sarcófago, y el hombre siguió caminado hasta el primero de los dos salones dedicados a la vida de Chávez. No fue allí cuando desapareció. Primero murmuró enrecitativo secco y casi de memoria las palabras con las que Chávez se rindió por televisión y escribió su nombre en la historia en el intento de golpe de 1992. Mientras tanto, los milicianos hacían un resumen de la importancia simbólica de lo expuesto en ese cuarto: los primeros uniformes del presidente, algunos libros suyos, pero más que cualquier otro elemento, fotos en gigantografía de él y su familia. También lloró este hombre frente a la foto de un niño Chávez. “Por ti dejé mis estudios de abogado, por ti, Chávez… ¡A ti me entrego!”, balbuceaba y pasaba las manos sobre el retrato.

Pero antes de entrar al segundo cuarto nos invitaron a ver el cambio de la guardia de honor que cuida el cuerpo de Chávez –que no murió sino que “se sembró”, según me corrigió el miliciano Gutiérrez– . Y, entonces, el hombre desapareció. Nadie pudo responder dónde estaba. Ni los asistentes ni los milicianos, y tampoco los oficiales se preocuparon por su falta, aunque ese lugar sigue siendo una instalación castrense. Aquel hombre –incluso si su escena hubiera sido lo contrario de fingida– sirvió para subrayar el efecto de la épica y el mito sobre la gente: representar la pérdida del padre y el miedo a enfrentar la vida, cuyo único final inapelable es la muerte. La lucha entre el bien y el mal, que está en el núcleo de las historias épicas, es una abstracción del miedo humano a lo desconocido. Uno de los mecanismos de esta operación simbólica es centrar la narrativa alrededor de la figura de un personaje capaz de realizar portentos de importancia militar, social o religiosa y narrar una epopeya. Al héroe lo definen sus virtudes, porque estas le permiten ganar la guerra y servir de ejemplo.

Explica Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos que “las cualidades heroicas corresponden analógicamente a las virtudes precisas para triunfar del caos y de la atracción de las tinieblas”, pues hay una correspondencia entre la batalla contra los enemigos exteriores y materiales y la batalla contra los enemigos interiores y espirituales (página 120). Para Joseph Campbell el héroe viaja de lo cotidiano hacia “una región de prodigios sobrenaturales”, y su cualidad principal es luchar contra“fuerzas fabulosas y ganar una victoria decisiva”, para regresar de su misteriosa aventura con la “fuerza de otorgar dones a sus hermanos”. Según expone en El héroe de las mil caras, donde aplica los postulados del psicoanalista Carl Jung al estudio del mito, el héroe vuelve de sus aventuras con las herramientas para lograr la regeneración de su comunidad. En los párrafos que siguen intentaré señalar los postulados que han permitido la proclamación de Chávez como un protagonista épico, e incluso religioso, más allá de su historia como político y militar, fundador del Movimiento Revolucionario Bolivariano-200 (1982), del Movimiento Quinta República (1997) y del Partido Socialista Unido de Venezuela (2007)[1].

El relato heroico, según cuenta Campbell, comienza cuando el héroe recibe la llamada de la aventura y, aunque al principio se niega, la sabiduría de un viejo o una vieja lo persuaden de hacer la primera etapa de su viaje. Allí encuentra las pruebas y ayudantes necesarios para acceder al segundo nivel de su travesía. Este, generalmente, está representado por una cueva o un bosque (ambos equivalentes simbólicos de la oscuridad y el caos), donde se enfrenta a la prueba más grande. Cuando triunfa elige un objeto mágico y vuelve a su mundo ordinario cambiado por la experiencia. Si se toman en cuenta las alocuciones públicas de Chávez y los escritos que han quedado sobre su vida, puede reconstruirse una aventura heroica más o menos en los términos planteados por Campbell.

Entre la épica oral y la escrita

Por lo curioso del hecho, me parece oportuno señalar que si bien la épica del protagonista de la Revolución Bolivariana la construyó el mismo Chávez durante sus frecuentes y maratónicas alocuciones públicas, las biografías que ahora, casi dos años después de su muerte, quedan para estudiar su legado heroico las escribieron autores extranjeros. Una es Cuentos del Arañero (2012), unas memorias de la vida privada del comandante escritas por los periodistas cubanos Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso. Según el prólogo, esta obra pretende hacer “un viaje que se inicia en sus raíces en Sabaneta de Barinas, en aquella casita de palma y piso de tierra, con el topochal a mano. ‘Pobre pero feliz’” (IX). El otro libro es la extensa entrevista elaborada por Ignacio Ramonet, exdirector de Le Monde diplomatique en español, titulado Hugo Chávez: Mi primera vida (2013)[2].

No se trata de que no se hayan publicado otros libros sobre la vida del presidente, porque es cierto que en los últimos 15 años el mercado editorial venezolano ha reproducido ad nauseam publicaciones en todos los géneros posibles sobre el personaje central de la política venezolana. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme cuál es la causa de que los primeros y más populares versiones de la vida de Chávez editadas justo en la época de su muerte las escribieran extranjeros. ¿Se trata sólo de que los seduce la configuración del mito de un nuevo Che Guevara? ¿O es que los intelectuales adeptos al oficialismo no tienen la proyección internacional de, digamos, un Ignacio Ramonet?

Esta última cuestión me lleva a la reflexión de que si a los escritores venezolanos les hace falta proyección extramuros es porque la revolución que durante los tres lustros ha dirigido los destinos de su país no ha sido capaz de impulsar la literatura venezolana, ni la de un lado ni la del otro del espectro político. Además, la producción cultural asociada al chavismo ha sido pobre y, por ello, inútil a la hora de construir un relato épico sólido dentro y fuera de su país. Un ejemplo es la indiferencia con la cual se acogen fuera las producciones literarias del poeta Luis Alberto Crespo y los narradores Carlos Noguera y Luis Britto García, todos premios nacionales de Literatura cuya defensa de la Revolución es acérrima, a tal punto que el primero de estos declaró que el más grande bardo del país era nada menos que el mismo Chávez. Pero nada cae en saco roto: hoy Crespo es embajador de Venezuela ante la Unesco.

Cuentos del Arañero puede leerse como e-book gratis en internet y Mi primera vida fue editado en España y en el resto de los países de habla castellana por Random House Mondadori, empresa multinacional que desde 2010 se retiró de Venezuela debido a la falta de divisas para importar libros o para comprar el papel necesario para imprimirlos aquí[3]. Cada publicación tiene su propio estilo. Frente a la formalidad periodística de la entrevista reproducida en formato pregunta/respuesta y profusa en notas al pie de página de Ramonet, la colección de viñetas narradas en primera persona y recopiladas por los autores cubanos se prestan a ejercicios lúdicos. Lo cual explica que Cuentos del Arañero se haya convertido en el centro del pabellón infantil de la Feria Internacional del Libro de Venezuela en los últimos tres años.

Chávez mismo había adelantado el proceso de construir una narrativa épica alrededor de su figura durante sus frecuentes y maratónicas alocuciones públicas, a tal punto que el  crítico literario venezolano Carlos Sandoval considera que esta autoficción épica y oral es la primera y más prolija línea de producción narrativa en Venezuela de los últimos quince años. Como ambos libros son resultado de extensas entrevistas con el presidente fallecido pueden considerarse también parte de esta tradición oral. Dice Sandoval que la materialización de esta autoficción épica se encuentra en la publicación de los periodistas cubanos, que caracteriza como “una obra fictiva cuyos destacables réditos simbólicos lo constituyen la polarización política y el culto a la personalidad del narrador”.

Algo similar puede decirse de Mi primera vida, que el intelectual español escribió a partir de unas 200 horas de entrevistas celebradas en el espacio de un lustro, justo antes de que a Chávez le fuera diagnosticado un cáncer. El libro termina donde comienza a cristalizar la leyenda: cuando le eligen presidente de Venezuela y Chávez la transforma en una república bolivariana. El objetivo de la publicación es presentar el tránsito de la juventud a la edad adulta de Chávez como uno de formación intelectual que lo preparó para liderar la revolución en Venezuela. En una conversación con Ramonet, que sostuvimos el día de la presentación de este volumen en la Feria del Libro de Guadalajara del año 2013, me explicó que para entender la original personalidad de Chávez debe comprenderse primero la articulación de sus tres fuentes de saber: “el escolar o teórico; el autónomo o autoeducativo; y el manual o práctico”. Añadió que el momento que definió intelectualmente al presidente venezolano fue su ingreso en la academia militar, así como sus primeros años de pobre de niño campesino, algo determinante: “Tuvo una infancia paupérrima y una adolescencia de clase media. Esta experiencia la tuvieron muy pocas personas”.

En contra de lo que asume el intelectual español, una parte importante de la generación de los venezolanos nacidos en la década de los cincuenta, como Hugo Chávez, se vieron favorecidos por las políticas financieras y sociales del comienzo de la democracia –el 23 de enero de 1958 cae la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y se convocan las primeras elecciones universales en el país– y de la movilidad social amparada por la bonanza petrolera de los años setenta. Así, muchos venezolanos, y no sólo la familia Chávez Frías, tuvieron una madurez con más recursos que los que había a su disposición durante su niñez.

Como otros intelectuales afectos a la Revolución Bolivariana, Ramonet –que considera a Chávez el primer presidente latinoamericano “desde Salvador Allende que quiere hacer una reforma progresista en democracia y no desde el autoritarismo”– asume que el destino del chavismo será el mismo que el del peronismo: sobrevivir durante décadas, aunque sea a través de facciones que proponen múltiples (y a veces contradictorias) interpretaciones de su ideología. “A Venezuela le pasará como a Argentina con Perón”, me dijo, antes de aclarar que “existen todos los peronismos posibles”. A pesar de esto, el periodista español reconoce la excepcionalidad del chavismo en la izquierda latinoamericana, que “tardó en entenderlo” porque irrumpió en la historia venezolana con un golpe de estado contra un gobierno encabezado por un presidente socialdemócrata, Carlos Andrés Pérez. “Si su acción hubiera sido desde una guerrilla, aunque estas también tienen un componente militar, sí lo hubieran leído como inserto en la izquierda. Entre sus ejemplos estaban el peruano Juan Velasco Alvarado y el argentino Juan Domingo Perón: los veía como militares progresistas y se inscribía en esta lista, pero el panorama intelectual de América Latina no esperaba a un militar socialista”, dijo Ramonet.

Mi primera vida muestra la evolución de Chávez, su deseo de convertirse en una estrella del béisbol, sin interés real en política hasta que llegó a la academia militar, particularidad que lo diferenciaba de su hermano Adán, que empezó a participar en reuniones políticas desde secundaria. Ramonet explica que cuando Chávez comenzó a formarse como militar todo lo que había visto en la escuela y lo que había leído en la revista infantil Tricolor adquirió sentido. “Entonces empezó a hacerse su biblioteca con libros tan extraños como Pierre Teilhard de Chardin, el jesuita paleontólogo, que es uno de los intelectuales franceses que citaba siempre”, me explicó Ramonet haciendo hincapié en el modo en el que el comandante se había hecho su propia cultura.

Tampoco me parece acertada la suposición de Ramonet en este caso, pues se necesitan más que algunas lecturas para convertirse en un intelectual. También es necesario que tales lecturas estén dirigidas a la maduración de ideas. Si bien pienso que a Chávez le gustaba leer, no estoy segura de que estas lecturas fueras más allá de lo recreacional, y de que durante sus años en la academia militar respondieran a la curiosidad de quien se interesa por asuntos que antes le tenían sin cuidado por no estar muy seguro de lo que la sociedad espera de él. Esta curiosidad es comparable a la de un universitario que comienza a interesarse por los temas sociales que, gracias a las aulas, ha comenzado por fin a entender.

El embrión de la leyenda

La llamada a la aventura llega cuando su hermano, Adán, le prohíbe salirse de las Fuerzas Armadas en 1975, año en que le manifestó su intención de volver a la sociedad civil para estudiar ingeniería eléctrica. Adán pensaba que su hermano ayudaría a cumplir las aspiraciones de los miembros del grupo político de izquierda donde militaba y le ofreció presentarle a Douglas Bravo, a la postre, una leyenda de la lucha guerrillera venezolana[4].

Citando como marco de análisis el esquema propuesto por Campbell, podría decirse que conocer a Bravo fue un hito en la vida del joven militar. El legendario guerrillero encarna la sabiduría mítica del anciano arquetípico, del mito heroico, quien lo llevaría a considerarse a sí mismo un instrumento político. Un mito escrito desde la izquierda venezolana, en la que Chávez comenzaba a inscribirse. “Ahí empiezo a asumir que tengo un papel que jugar”, cuenta a Ramonet. Más adelante añade que fue entonces cuando comenzó a leer sistemáticamente obras del pensamiento político de izquierda latinoamericano, como las de José Carlos Mariátegui o los diarios del Che Guevara. Puede asumirse que el encuentro con Bravo iluminó a Chávez, en el sentido que el Diccionario de la Real Academia otorga al vocablo, el de “ilustrar el entendimiento”: le trajo luces en el sentido que el mito heroico proporciona a la sombra como metáfora del caos.

Aunque Chávez nunca fue claro con respecto a la verdadera influencia que Bravo ejerció sobre su pensamiento, debido a que este exguerrillero se separó del chavismo en 1999, el proceso conspirativo de las fuerzas armadas venezolanas se inspiró en el concepto de “insurrección cívico-militar bolivariana” elaborada por Bravo, quien rompió con el marxismo-leninismo con el objeto de aportarle ideologías autóctonas, como pasó con el pensamiento de izquierda en otras partes de América Latina, en especial México y Perú. A diferencia de estos dos países, Venezuela no podía reclamar un pasado vernáculo de civilizaciones desarrolladas –como la azteca, la maya o la inca– para elaborar un socialismo de producción latinoamericanista al estilo del propuesto por el peruano José Carlos Mariátegui[5]. Bravo asumió como “autóctona” la épica independentista y tomó del pensamiento de Simón Bolívar lo que podía actualizar: la idea de la unidad latinoamericana.

Bolívar fue el general de las campañas que hace dos siglos independizaron su país del imperio español y también uno de los factores cruciales en la autonomía de las actuales Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú y Panamá. Retomando la idea de Francisco de Miranda[6] sobre la necesidad de un gobierno centralizado para mantener la independencia, Bolívar recalcó la necesidad de crear una gran nación latinoamericana y llegó a intentarlo con la Gran Colombia. Esta fue una república creada en 1919 que reunía a Nueva Granada (actual Colombia) y Venezuela, y a la que luego se unieron las actuales Panamá y Ecuador. En su discurso del 13 de marzo de 1819, durante el Congreso de Angostura, donde se resolvió la creación de esta enorme nación, Bolívar se refirió a la necesidad de unir a las antiguas colonias españolas si se quería preservar su autonomía de Europa o de otros centros de poder económico –como el que comenzaba a consolidarse en Estados Unidos–, y de crear un sistema de gobierno republicano acorde con las necesidades especiales del territorio que no copiara modelos foráneos. La Gran Colombia se disolvió en 1830, meses antes de la muerte de Bolívar.

El protagonismo de El Libertador y de otros militares venezolanos en los procesos independentistas de los países al norte de Suramérica afianzó la idea de que sólo lo sucedido durante la gesta independentista tiene valor en la historia de Venezuela, condenándolos a la nostalgia de la época prerrepublicana. Ana Teresa Torres estudia esto en La herencia de la tribu y analiza cómo la Revolución Bolivariana propone como plan de gobierno la restauración de aquella vieja gloria. “La gloria de la independencia, siempre dominante en nuestro imaginario, extiende su sombra de presente perpetuo”, escribe Torres.

[quote_right]El protagonismo de El Libertador y de otros militares venezolanos en los procesos independentistas de los países al norte de Suramérica afianzó la idea de que sólo lo sucedido durante la gesta independentista tiene valor en la historia de Venezuela.[/quote_right]

A pesar de que en las Fuerzas Armadas venezolanas la influencia del pensamiento bolivariano es profunda, pues los mismos integrantes de ese cuerpo se asumen como herederos de la tarea “emancipadora” de Bolívar, la imaginería de la Revolución Bolivariana ha ido ensartando en el chavismo una serie de símbolos para vincular la épica bolivariana con la de su comandante. Esto se debe a que, en Venezuela, Bolívar es un significante polisémico, que se reinventa según la agenda política del momento. El uso del pensamiento bolivariano con fines políticos que hace la izquierda representada por el chavismo es una de las estaciones del árbol de tres raíces sobre el que se sustenta la ideología chavista. Otra raíz es la llamada “robinsoniana”, que se refiere al pensamiento del maestro de Bolívar, Simón Rodríguez, quien adoptó el nombre de Samuel Robinson durante su exilio en Jamaica. Influenciado por el pensamiento del ginebrino Jean Jacques Rousseau, que asume la bondad del hombre antes de ser pervertido por las estructuras sociales y la idea de que la voluntad general de un colectivo debía sobreponerse a las individuales. El historiador Mariano Picón Salas señala que si Rousseau tuvo una preeminencia especial entre los iluministas que sirvieron de inspiración para la configuración de Venezuela en república era porque establece un diálogo entre la naturaleza y el individuo, por lo cual encaja en las fantasías venezolanas de arcadias rurales. Si bien casi el 90 % de los venezolanos vive en urbes, la imagen del campo como un lugar idílico que debe ser protegido de la vorágine destructiva causada por la explotación petrolera es una de las más poderosas del imaginario nacional.

Si el pensamiento robinsoniano que reivindica la Revolución Bolivariana se sustenta en la necesidad de crear nuevas instituciones a partir del espejismo de una Venezuela aún rural, la tercera raíz del árbol ideológico del chavismo hace más evidente la persistencia de las arcadias rurales, pues alude a la insurrección campesina proclamada por Ezequiel Zamora. Zamora era uno de los líderes contrarios al centralismo durante la Guerra Federal. Ese conflicto se extendió entre los años 1859 y 1863 como consecuencia de las presiones de los liberales (también llamados federalistas) sobre los militares de la generación anterior, los mismos que habían logrado la independencia. Zamora abogaba por una sectorización del poder que daría así más autonomía a los campesinos. La jefatura del país, el poder de los centranos, estaba encarnada por los godos u oligarcas, los militares herederos de las glorias de la independencia. Por esa razón la palabra “oligarcas” se ha convertido en voz corriente del discurso político venezolano actual. Pero este es uno de los pocos lugares donde el chavismo reivindica a Zamora.

Irónicamente, aunque la bandera de su pensamiento era la necesidad de fortalecer la autonomía de los diferentes sectores dentro de Venezuela en detrimento del poder ejecutivo concentrado en Caracas, pocas gestiones gubernamentales han sido tan centralizadoras del poder como la chavista. La preeminencia de miembros del Partido Socialista Unido de Venezuela en cargos públicos es prueba de ello.

En su Libro azul, uno de los dos que Chávez publicó en vida –el tercero son susDiarios de juventud, que citó con frecuencia, pero que sigue inédito–, el comandante se refiere al árbol de tres raíces con los mismos términos grandilocuentes, pero poco explicativos, que caracterizaron al resto de su retórica pública. Cuando el autor se pregunta por el propósito de los cambios profundos que necesita la sociedad venezolana se responde de esta manera: “Existe entonces, compatriotas, una sola y poderosa razón: es el proyecto de Simón Rodríguez, el Maestro; Simón Bolívar, el Líder; y Ezequiel Zamora, el General del Pueblo Soberano”. Y como si este enunciado no fuera ya confuso, continúa: “[que son la] referencia verdaderamente válida y pertinente con el carácter socio-histórico del ser venezolano, que clama nuevamente por el espacio para sembrarse en el alma nacional y conducir su marcha hacia la vigésimo primera centuria”.

Si bien es difícil trazar la influencia de Bravo sobre el pensamiento de izquierda del entonces joven militar y, por ende, convertirlo en una especie de mago Merlín de la épica chavista, sí es más fácil determinar la figura de la abuela como una especie de dama más propia de los cantares de gesta que de la iconografía de un político del siglo XXI. Esta es la imagen de Mama Rosa que ha pasado tanto a Cuentos del Arañero, como a Mi primera vida.

Donde más ampliamente se narra la relación de Chávez con Mamá Rosa es en Cuentos del Arañero, donde se la identifica con la “mamá vieja de la familia”. Es de la relación con su abuela de donde le viene el apodo de arañero. Arañas son unos dulces típicos de Los Llanos hechos con papaya, fruta que en Venezuela se llama “lechosa”. Se les dice así por la forma que tienen, como un enredo de hilachas de “lechosa”. La leyenda que se ha tejido alrededor de Chávez lo coloca vendiendo estos dulces hechos por su abuela en las calles de Sabaneta, el pueblo donde nació en 1954. “A la salida de misa estaba yo, mire, con mi bichito aquí: ‘Arañas calientes’ y no sé qué más. Y agregaba coplas: ‘Arañas calientes pa’ las viejas que no tienen dientes’, arañas sabrosas pa’ las muchachas buenamozas’, cosas así”, contó Chávez a los escritores cubanos.

El año 1982 comenzaría con una fuerte aflicción para Chávez, pues el día 3 de enero entierra a su abuela. Ella lo había criado y era lógico que su muerte obligara al futuro presidente a ponderar la trascendencia de su propia vida. Cuenta a Ramonet que en el poema que le escribe para despedirse enuncia por primera vez lo que luego se convertirá en el lema de la Revolución Bolivariana: “patria o muerte”. Lo reproduce el español en su libro: “Y vendrán los federales/ con Zamora al frente,/ y el catire Páez/ con sus mil valientes,/ las guerrillas de ‘Maisanta’[7]/ con toda su gente”. Y en este canto, Chávez, en su personaje de héroe, como acostumbraban los caballeros andantes de la antigua poesía épica, encuentra una dama a quien ofrecerle sus victorias, Mamá Rosa. Por eso le canta:

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Al fin de mi vida,

yo vendría a buscarte,

Mamá Rosa mía,

llegaría a la tumba

y la regaría

con sudor y sangre,

y hallaría consuelo (…)

Entonces, abrirías tus brazos

y me abrazarías

cual tiempo de infante

y me arrullarías

con tu tierno canto

y me llevarías

por otros lugares

a lanzar un grito

que nunca se apague.

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