Enseñar la comprensión: una emergencia educativa

Enseñar la comprensión: una emergencia educativa

Martín López Calva

@M_Lopezcalva 

“La comprensión es al mismo tiempo medio y fin de la comunicación humana.

Ahora bien, la educación para la comprensión está ausente de nuestras enseñanzas. El planeta necesita comprensiones mutuas en todos los sentidos. Teniendo en cuenta la importancia de la educación para la comprensión en todos los niveles educativos y en todas las edades, el desarrollo de la comprensión necesita una reforma de las mentalidades. Tal debe ser la tarea para la educación del futuro”.

Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro.

Los acontecimientos de París a los que nos referimos la semana pasada en esta columna, la terrible realidad de muerte y violencia en Nigeria que hemos conocido en las últimas semanas y la violencia impune que sigue escalando en nuestro país tanto del lado de la delincuencia organizada y los órganos del Estado colonizados por ella como de quienes tomando la bandera de las víctimas están desarrollando una agenda política que nada tiene que ver con la recuperación de la paz y la regeneración del tejido social en el país, ponen nuevamente el foco en la urgente necesidad de construir la comprensión entre seres humanos que piensan, creen y viven de maneras distintas.

Hoy más que nunca se impone como prioridad la inclusión en los procesos educativos de la enseñanza de la comprensión, el sexto de los “saberes necesarios para la educación del futuro” que plantea el pensador francés Edgar Morin en su libro del mismo título publicado por la UNESCO en 1999[1].

Porque la verdadera tolerancia a la que hicimos referencia la semana pasada, la tolerancia en sentido positivo que trasciende la mera no agresión indiferente o reprimida hacia los demás es la que nace de la comprensión intersubjetiva, de la comprensión entre dos seres humanos que como bien afirma Morin, va más allá de la explicación científica o lógica porque exige apertura desinteresada.

“La ética de la comprensión es un arte de vivir que nos pide, en primer lugar, comprender de manera desinteresada. Pide un gran esfuerzo ya que no puede esperar ninguna reciprocidad: aquel que está amenazado de muerte por un fanático comprende por qué el fanático quiere matarlo, sabiendo que éste no lo comprenderá jamás. Comprender al fanático que es incapaz de comprendernos, es comprender las raíces, las formas y las manifestaciones del fanatismo humano. Es comprender por qué y cómo se odia o se desprecia. La ética de la comprensión nos pide comprender la incomprensión”.

La enseñanza de la comprensión está ausente en nuestro sistema educativo centrado en la preparación para la competencia feroz del mercado y en la reproducción de una cultura mediática en la que se vende el tener, el saber, el poder, la imagen y el éxito individuales como las únicas finalidades de la existencia.

La avasallante influencia de esta cultura del “ascenso” individual y la cada vez más débil y menospreciada vivencia de la cooperación y la solidaridad hacen todavía más necesaria la incorporación de la enseñanza de la comprensión en nuestras escuelas. Esta incorporación supone como dice Morin, una reforma de las mentalidades y también una simultánea reforma de las instituciones, en este caso, de las instituciones educativas.

El estudio de la incomprensión hasta lograr la “comprensión de la incomprensión” forma parte de este desafío educativo del presente y el futuro. Existen grandes espacios curriculares donde se podría trabajar en esta línea de estudio de la incomprensión: en el estudio de las Ciencias Sociales puede enfocarse el análisis de la Historia llena de guerras y luchas por el poder, de pretensiones de superioridad de unos pueblos, razas y culturas sobre otras hacia la reflexión del tema de la incomprensión humana en sus manifestaciones de distinta escala: egocentrismo (la ambición personal de muchos de los “héroes” o “villanos” de la historia nacional y universal), el etnocentrismo (el egoísmo grupal de una raza o cultura que se autoproclama superior y por tanto intenta dominar o exterminar a las demás), el sociocentrismo (el egocentrismo colectivo que hace que una sociedad o país se sienta con derecho de imponer sus criterios o formas de organización y de vida sobre otras sociedades o países) y el espíritu reductor (el defecto del pensamiento que evade la complejidad y considera como absoluta una sola característica de los demás, lo que lleva a etiquetarlos y excuirlos).

La tolerancia es entonces una postura activa y no una mera actitud de soportar pasivamente a los que piensan distinto a nosotros. Se trata de la elección ética que implica cuatro grandes niveles: el de la defensa del derecho de los demás a expresarse aunque no estemos de acuerdo con ellos, el del convencimiento de que toda democracia necesita de la pluralidad de expresiones para nutrirse y fortalecerse, el de la convicción de que muchas veces lo contrario a una verdad profunda puede ser otra verdad profunda y el de la conciencia de las enajenaciones humanas que llevan muchas veces a la gente a un lugar distinto al que quiere ir.

Como afirma Morin, la relevancia del estudio de la incomprensión tiene que ver con que no se centra en sus síntomas sino que profundiza hasta las causas de los racismos, xenofobias y desprecios. Por este carácter profundo y complejo, sería una de las bases para la construcción de una educación para la paz.

A partir de este estudio que lleva a la comprensión de la incomprensión sería posible iniciar un proceso de formación en la ética de la comprensión. Esta ética de la comprensión está sustentada en la necesidad de argumentar y refutar lo que no nos parece correcto de los demás en lugar de excomulgar y anatematizar. Por ello dice Morin: “La comprensión no excusa ni acusa: ella nos pide evitar la condena perentoria, irremediable, como si uno mismo no hubiera conocido nunca la flaqueza ni hubiera cometido errores. Si sabemos comprender antes de condenar estaremos en la vía de la humanización de las relaciones humanas…”

La enseñanza de la comprensión implica cuatro grandes líneas formativas: educar en el bien pensar, desarrollar la introspección, comprender la complejidad humana que nos lleva a una apertura subjetiva (simpática) a los demás y la interiorización de la tolerancia.

Si queremos empezar a enseñar la comprensión necesitamos formar la inteligencia de los educandos para que sean capaces de entender en conjunto el texto y el contexto, la persona y su circunstancia, lo local y lo global, evitando el juicio derivado de un juicio derivado de la separación y la consideración de elementos aislados.

Por otra parte, la formación para la comprensión implica el desarrollo de la capacidad introspectiva que lleva a la persona a un autoexamen continuo para revisar sus propias debilidades y errores, condición necesaria para la comprensión de las debilidades y errores ajenos.

La apertura hacia los demás se puede ir ejercitando a partir de la exposición a películas, obras literarias, musicales o poéticas que despierten sentimientos de compasión y solidaridad. Con estos ejercicios se irá venciendo poco a poco la cerrazón a los demás que caracteriza muchas veces a las personas nacidas en esta época individualista y ciegamente competitiva.

Finalmente es necesario educar para la interiorización progresiva de la tolerancia que es finalmente el resultado de una convicción, una elección ética que “…supone un sufrimiento al soportar la expresión de ideas negativas o, según nosotros, nefastas, y una voluntad de asumir este sufrimiento…” en aras de construir una comunidad humana. La tolerancia es entonces una postura activa y no una mera actitud de soportar pasivamente a los que piensan distinto a nosotros. Se trata de la elección ética que implica cuatro grandes niveles: el de la defensa del derecho de los demás a expresarse aunque no estemos de acuerdo con ellos, el del convencimiento de que toda democracia necesita de la pluralidad de expresiones para nutrirse y fortalecerse, el de la convicción de que muchas veces lo contrario a una verdad profunda puede ser otra verdad profunda y el de la conciencia de las enajenaciones humanas que llevan muchas veces a la gente a un lugar distinto al que quiere ir.

Por el bien de nuestro país y de nuestro mundo los educadores deberíamos empeñarnos en la enseñanza de la comprensión en todos los niveles educativos, iniciando por el ámbito familiar porque como afirma el padre del pensamiento complejo: “La única y verdadera mundialización que estaría al servicio del género humano es la de la comprensión, de la solidaridad intelectual y moral de la humanidad”.

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[1] Todas las citas textuales de este artículo están tomadas del capítulo VI de este libro que se puede obtener gratuitamente en la página web de la UNESCO.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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