Educar la comprensión: un sueño posible

Educar la comprensión: un sueño posible

Martín López Calva

@M_Lopezcalva 

I.

Una Escuela Normal que forma educadoras y recientemente también profesores de primaria. Una ciudad pequeña, bella, limpia y acogedora ubicada en el occidente de México. Un equipo de profesoras y profesores comprometidos con la defensa del normalismo desde una trinchera distinta a la de las calles y las plazas, desde una estrategia diferente a la de las marchas, plantones y actos de “violencia vengadora de la injusticia”; desde la trinchera de las aulas y desde la estrategia de tratar cada día de construir las condiciones académicas y humanas más propicias para formar a los futuros docentes de su ciudad y región con el nivel de calidad que exigen estos tiempos de cambio, este cambio de época.

Mi primer contacto con esta institución fue a través de un grupo de alumnas y profesoras que participaron en un taller que impartí hace ya unos nueve años en el marco de un Simposium de Educación y Valores. Su participación, interés y entusiasmo por los temas tratados sobresalió dentro del grupo que venía de diferentes instituciones y regiones del país. Desde ahí seguimos eventualmente en contacto gracias a las ventajas que ofrece la tecnología. El año pasado vinieron a Puebla a la jornada que organizamos desde la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores (REDUVAL). Participó un grupo grande y muy entusiasta de estudiantes y docentes que estuvieron en las mesas de trabajo aportando preguntas y comentarios, intercambiando experiencias y haciendo contactos también con sus pares de licenciatura para promover trabajo conjunto o compartir su producción e inquietudes académicas. Allí surgió la idea de invitarme a trabajar a su escuela en algún evento. Esta invitación se concretó la semana pasada.

II.

Desde que uno entra a la Normal se ve un clima propicio para el trabajo: las instalaciones no son grandes, se trata de un planteamiento arquitectónico y constructivo muy similar al de otras construcciones escolares públicas que uno ve a lo largo y ancho del país. Sin embargo en esta escuela todo luce limpio, bien pintado y en su sitio. Las oficinas tienen lo necesario para trabajar lo mismo que las aulas, los baños, las salas de reunión o el auditorio.

La bienvenida incluye una comida ligera, compartimos las ensaladas y el agua de sabores en una mesa de reuniones que es parte del área de oficinas de los docentes que tienen alguna responsabilidad de gestión en la escuela. En esta sala hay mucho movimiento: entran y salen profesores y estudiantes que van resolviendo todos los detalles del Simposio sobre competencias docentes desde una perspectiva humanista en el que participaré con una conferencia y un taller, además de presentar el libro que acaba de salir del horno.

Desde el momento de la comida se percibe un ambiente muy cordial e incluso de cercanía entre todos los profesores. Hay maestros y maestras de distintas edades, perfiles y personalidades como en toda institución pero se respira buen humor y confianza en las relaciones y además se percibe y se expresa un gran orgullo por pertenecer a la Normal y también por mostrar las riquezas de lo que su ciudad produce y de la cultura local.

Promover la comprensión entre docentes y alumnas rompe con esta especie de magistrocentrismo que aleja la posibilidad de que las formación profesional, en este caso la de los futuros profesores se viva en un proceso más horizontal en el que se construyan verdaderas comunidades de aprendizaje en lugar de núcleos cerrados conectados a través de relaciones formales y procesos formalizados que ocultan los pensamientos y sentimientos reales de los sujetos de la educación.

En un medio en el que a veces predomina el egocentrismo que se manifiesta en rencillas, tensiones o franca enemistad entre los docentes que forman la planta de una escuela, me parece notable este clima de camaradería que se expresará durante los dos días de mi estancia muchas veces en una idea compartida: tenemos mucho que mejorar, nos falta sin duda mucho por aprender y necesitamos empezar a producir académicamente pero nos la pasamos muy bien en el trabajo, nos divertimos en la vida cotidiana de la escuela y estamos generando continuamente propuestas que nacen a veces en una comida fuera de la escuela o en un café y que se concretan en actividades de beneficio para los alumnos. Este clima de cohesión y colaboración incluye por supuesto a la directora que lo facilita y estimula dejándose ver como una persona más en el equipo, con una responsabilidad distinta pero con el mismo valor que cualquiera de los demás.

III.

En medio de la comida una profesora comenta: “había como dieciocho estudiantes ya apuntados para su taller, pero ya los reubicamos en otros talleres porque el suyo es exclusivo para docentes”. La directora pregunta para saber más acerca de esta cuestión y al final instruye: “creo que el cupo del salón donde trabajaremos permite que haya más personas en el taller. Por favor permite a los estudiantes que tienen interés que se incorporen al taller del doctor”. Así se hace.

Esta decisión es atípica en un contexto donde generalmente predomina la separación entre docentes y estudiantes en una cultura bastante vertical en la que el estatus del docente es muy superior al del estudiante. Al día siguiente se mostrará que actuar así y permitir la mezcla de profesores y alumnas en un mismo taller promoverá un clima muy rico e interesante de trabajo y hará que la reflexión sea más aterrizada e incluso más profunda que si se hubiera mantenido el grupo cerrado a los profesores.

Promover la comprensión entre docentes y alumnas rompe con esta especie de magistrocentrismo que aleja la posibilidad de que las formación profesional, en este caso la de los futuros profesores se viva en un proceso más horizontal en el que se construyan verdaderas comunidades de aprendizaje en lugar de núcleos cerrados conectados a través de relaciones formales y procesos formalizados que ocultan los pensamientos y sentimientos reales de los sujetos de la educación.

 IV.

Habíamos cenado en un restaurant de carnes al que hicieron favor de invitarme los profesores con sus propios recursos y sin usar fondos institucionales. Durante la cena que convocó también a un buen grupo de los profesores y transcurrió en un ambiente muy agradable y de camaradería surgió la pregunta acerca de quién pasaría a recogerme al hotel para ir a la Normal al taller que me tocó facilitar. Considerando que en el hotel elegido no había servicio de desayuno un profesor se ofreció a pasar por mí para llevarme a desayunar y luego a la escuela. Así quedamos.

Poco antes de las ocho de la mañana del día siguiente estaba listo el maestro Quirce[1] para irnos a desayunar. El lugar elegido fue un pequeño restaurant típico de la ciudad donde se desayuna Menudo. Llegamos en cinco minutos. El profesor me vio bajar con mi mochila a la espalda y me comentó: “deje su mochila en la camioneta. Aquí es Arandas. Aquí no hay riesgo”. Así lo hice.

Al entrar el profe saludó al propietario con mucha familiaridad. Es una ciudad donde todavía se conocen todos. Empezamos a ordenar el desayuno mientras la directora y otra profesora del equipo nos alcanzaban a desayunar juntos. La charla entre el dueño de la menudería y el profesor fue sobre personas de la ciudad que conocían en común y acerca del horario de apertura del negocio:

-“Ya no abres temprano. No te quieres levantar”.

-“Es que ya nadie viene temprano. Antes abríamos a las seis y media de la mañana y ya había gente esperando. Ahora empiezan a llegar hacia las siete treinta u ocho, aún en fin de semana”. Sin duda los tiempos cambian.

La directora y la otra maestra nos alcanzaron y empezamos todos a disfrutar el menudo con un café de olla también muy bueno. De pronto apareció una niña como de  nueve o diez años que dialogó algo con la hija del dueño que servía las mesas del lugar. Los profesores comentaron: “es la hermana del niño que vende las donas. ¿Ella también canta?”. En efecto, en un minuto empezó la niña a entonar a capella y con una voz y estilo bastante buenos una canción de esas de Juan Gabriel que hizo famosas Rocío Dúrcal hace ya un buen tiempo. Además de voz y estilo agradables, la niña canta con sentimiento. Termina la canción y aplaudimos. Somos los únicos clientes a esa hora. La niña se acerca como para ofrecernos las donas que vende. La directora le pregunta: “¿Ya desayunaste?” Ella se muestra desconcertada. “¿No quieres desayunar: un menudo o unas quesadillas?” insiste la maestra. El dueño interviene: “La maestra te invita el desayuno. ¿Qué quieres?”. La niña, todavía un poco cohibida pide un menudo y se lo llevan. Hace aun lado la charola de las donas para que pongan el plato. De pronto se acerca con más confianza y le pregunta a la directora: “¿De qué es maestra?”. Ella le responde: “De la Normal. ¿No te acuerdas que nos has llevado donas allá con tu hermano?”. “Con César dice ella. No me acuerdo”. “¿Cómo se hizo su trenza? Le pregunta nuevamente a la directora”. Ella le responde que no sabe hacerlas, que alguien se la hizo y le pregunta si ella sabe peinarse así porque la niña le ha explicado algo acerca del tipo de trenza que trae. “Sí, yo sé peinar porque como mi mamá no vive con nosotros…”

La maestra le pregunta en qué escuela estudia. Ella le responde y aclara que entra a las dos de la tarde a clases. Entonces la maestra le dice: “Con el profesor Antonio”, ella responde, no, con el Maestro Francisco Sánchez”….”es buen maestro, ¡Pero es muy corajudo!” Todos reímos. La maestra le aclara que se refiere al director, el maestro Antonio y le dice el apellido. La niña entonces reconoce el nombre. La maestra hace una pausa y le invita también un refresco a la niña. Nos han traído la cuenta. Paga el profesor que me recogió en el hotel y la directora le dice a la niña: “Ya nos vamos. Adiós. Dile al maestro Antonio que le manda saludos la profesora Mely”. La niña se despide. Al salir del local pregunta en voz más alta para que la escuchemos: “¿De la maestra qué?”. “Mely”, responde la directora.

Salimos hacia la escuela y yo me siento reconciliado con la humanidad y pienso de pronto que enseñar la comprensión entre los seres humanos es posible, que no es sólo el “rollo” que escribí en mi columna de la semana. Cuando hablo del tema en el taller siento que lo hago con mayor convicción. Una sonrisa se dibuja de pronto en mi rostro y no sé si se alcanza a notar pero regresa ahora que cuento esta experiencia.

Enseñar la comprensión. Sí, suena muy bien, pero lo mejor es que se puede.

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[1] Todos los nombres han sido cambiados para respetar la privacidad de las personas que protagonizan este relato.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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