El hombre que halló petróleo en Venezuela
En 1911, cuando Ralph Arnold llegó por primera vez a Venezuela con su equipo de geólogos, el petróleo aún no era sinónimo de riqueza desmedida
Por Lado B @ladobemx
14 de diciembre, 2014
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En 1911, cuando Ralph Arnold llegó por primera vez a Venezuela con su equipo de geólogos, el petróleo aún no era sinónimo de riqueza desmedida. Cien años después de abrirse el primer yacimiento venezolano, la historia de aquella exploración remite al origen del agridulce destino del país vecino.

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Ralph Arnold en la cubierta de un ferry, en el Lago de Maracaibo, circa 1913 • © Cortesía Fundación Editorial Trilobita.

Ibsen Martínez | El Malpensante

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I

En 1878, un grupo de caballeros tachirenses que la jerga de hoy llamaría “emprendedores” acordó crear una compañía que se dedicase a la explotación de una concesión otorgada por el gobierno: eran casi cien hectáreas en las que abundaban manaderos de hidrocarburos.

Uno de aquellos señores, don Pedro Rafael Rincones, hombre singularizado por su inteligencia y capacidad organizadora, fue el encargado de ir a los Estados Unidos a adquirir la maquinaria requerida para fundar Petrolia del Táchira.

Cambiando lo que haya que cambiar, que un grupo de hacendados y profesionales liberales venezolanos decidiese dedicar parte de sus esfuerzos a desarrollar una industria que, para aquel entonces, no tendría más de veinte años en el planeta es como si en los noventa del siglo pasado alguien en Venezuela hubiese decidido impulsar otro Silicon Valley en los Andes.

Acaso convenga recordar que, en sus inicios, la industria del petróleo fue, casi exclusivamente, industria de la iluminación, y el querosén su primordial producto derivado y verdaderamente comercial.

Desde el fin de la Guerra Civil estadounidense, el querosén comenzó a sustituir, paulatina, sostenida y rápidamente, al aceite de ballena como combustible para iluminación y calefacción en todo el mundo desarrollado hasta la época. Puede decirse, sin exagerar, que la invención del bombillo incandescente pudo haber puesto fin a la industria petrolera de no haber mediado la industrialización del automóvil y, en un plano mucho más general, de los motores de combustión interna.

De modo que los hombres de Petrolia del Táchira lo tuvieron claro desde muy temprano. Era aquel, además de emprendedor, un grupo innovador en la economía de un estado mayormente cafetero. De no haberse interpuesto lo que el historiador petrolero Efraín Barberii llamó “circunstancias más allá de sus esfuerzos”, pudieron haber iluminado no solo una vasta extensión del Táchira, como en efecto lo hicieron, sino extender sus actividades a otras regiones del país.

En menos de diez años, Petrolia refinaba crudo a un ritmo de 2.000 litros por día. Podríamos abismarnos con las cifras duras de aquel emprendimiento que se prolongó por muchas décadas. Baste saber que su ciclo de desarrollo se cierra hacia 1911 y que sus productos, querosén y carbolíneo, llegaron a venderse tan lejos como Pamplona, en el departamento colombiano de Norte de Santander. La concesión, sin embargo, se extinguió en 1934, asfixiada por todo tipo de constricciones legales derivadas del monopolio estatista sobre la riqueza del subsuelo.

¿Por qué se afirma, entonces, que el primer siglo petrolero venezolano comenzó en 1914 en lugar del muy señalado 1878 tachirense? Hay, ciertamente, espacio para el debate académico sobre la “fecha exacta” del comienzo de lo que, para bien o para mal, somos hoy día. Las distinciones específicas estarían, claramente, en la escala de las operaciones, en la temprana vocación transnacional de la gran industria petrolera… y en los efectos que tuvieron los saberes de un hombre llamado Ralph Arnold.

 II

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 2001, el escritor británico de origen trinitario, V. S. Naipaul, hablando de su país natal, dijo: “Mis antecedentes son a la vez excesivamente sencillos y excesivamente confusos: nací en Trinidad, una pequeña isla en la desembocadura del gran río Orinoco, en Venezuela. Así que, estrictamente hablando, Trinidad no está en América del Sur y tampoco del todo en el Caribe”.

El señor Ralph Arnold, de Marshalltown, estado de Iowa, debió de dar una respuesta parecida a su joven esposa Winninette, sobre la ubicación de nuestra vecina isla en el mapa, cuando esta, extrañada, exclamó: “¿Trinidad? ¡¿Dónde está eso?!”.

La razón de su extrañeza –y quién sabe si hasta de su irritación– es explicable: ambos habían zarpado de Nueva York, a principios de 1911, con rumbo a Londres en lo que inicialmente era un viaje de placer.

Un encuentro inesperado a bordo del trasatlántico cambió el curso de sus planes y, como consecuencia no previsible, también el curso de la historia económica de Venezuela en el siglo XX. Pero, ¿quién era Ralph Arnold? ¿Y con quién se topó a bordo del trasatlántico?

A los 36 años que por entonces contaba, Arnold ya se había acreditado como un paleontólogo notable por sus estudios de fósiles invertebrados en la geología costera de California y, luego, como un extraordinario geólogo. La vocación por las ciencias de la tierra le venía de niño. Su padre, Delos Arnold, fue un abogado neoyorquino que por un tiempo ocupó una curul como senador estatal en Iowa. Ralph nació, justamente, en la población de Marshalltown, Iowa, en 1875.

El descubrimiento de fósiles crinoideos en las cercanías de su población natal atrajo a su padre al estudio informal de los fósiles. Los crinoideos son una clase de equinodermos, organismos estos últimos exclusivamente marinos, conocidos por todos nosotros: son los llamados “pepinos de mar”, las estrellas y los erizos. Digamos, para simplificar las cosas, que un crinoideo es el fósil de un tipo de organismo conocido como “lirio de mar”, debido al aspecto ramificado de sus brazos. Son el grupo de equinodermos viviente más antiguo y fueron muy abundantes durante el Paleozoico, pero hoy sobreviven poco menos de seiscientas especies.

Con el tiempo, el senador Arnold llegó a juntar, siempre como aficionado autodidacta de elevada competencia, una valiosa colección privada de fósiles, así que el joven Ralph fue iniciado en los estudios paleontológicos a una edad muy temprana.

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Las primeras exlpotaciones en la isla de Trinidad tuvieron lugar en Point Ligure y fueron obra de la Guapo Oil Company • Cortesía Fundación Editorial Trilobita.

Andando el tiempo, la familia se mudó a Pasadena, California, y nuestro Ralph ingresaría a la Universidad de Stanford, donde en 1902 obtuvo un grado de PhD en geología y paleontología.

Hacia 1900, aún siendo estudiante, Arnold entró a formar parte del llamado U.S. Geological Survey, la agencia federal a cargo del catastro geofísico del territorio estadounidense¹. Arnold permanecería en el USGS hasta el año 1909. Dedicó gran parte de ese lapso al estudio de fósiles y a la publicación de numerosos y muy detallados trabajos de paleontología. Algo que asombra a sus biógrafos es cuán prolíficos resultaron estos años para Arnold, pues, al mismo tiempo que trabajaba en la paleontología californiana, pudo acopiar una sorprendente cantidad de trabajos geológicos centrados, mayormente, en la entonces aún naciente geología petrolera.

Esto ocurría en vísperas del boom petrolero californiano. Arnold y un grupo de compañeros acometieron, a solicitud del gobierno federal, el levantamiento cartográfico de más de 4.000 millas cuadradas del estado de California en cuyo subsuelo había razones para suponer la existencia de hidrocarburos. Durante ese trecho de su vida profesional, trabajando arduamente para el gobierno federal, Arnold tuvo aun tiempo de organizar la División de Petróleo del Buró de Minas de los Estados Unidos. En 1909, nuestro hombre dejó de trabajar para el gobierno federal y se dedicó a abrirse paso en la industria petrolera.

Fue por entonces que, haciendo una pausa en su frenética actividad, emprendió con su esposa un viaje de placer a la vieja Inglaterra, en el curso del cual reencontraría a un viejo condiscípulo de Stanford: Herbert Hoover, el mismo hombre que años más tarde ocuparía la presidencia de los Estados Unidos.

 III

Al igual que Arnold, Hoover había estudiado geología en Stanford. Arnold era también buen amigo del hermano de Hoover, Theodore, quien había sido su profesor de ingeniería minera, también en Stanford. Durante la travesía, los matrimonios Arnold y Hoover tuvieron ocasión de estrechar lazos de amistad. Por aquel entonces, Hoover ya había amasado una imponente fortuna gestionando minas e industrias de capital estadounidense en el extranjero.

“Al llegar a Londres –recordará Arnold casi medio siglo más tarde–, mi esposa y yo fuimos huéspedes de Theodore Hoover y su esposa, y yo fui invitado permanente de los hermanos Hoover en sus oficinas del Nº 1 de London Wall.

”Un asociado de los hermanos Hoover, de nombre Lyndon Bates, tenía opciones sobre un bloque considerable de terrenos petroleros al sur de la isla de Trinidad, en las Indias Occidentales Británicas. Dichas opciones habían sido ofrecidas a la Goldfields of South Africa Ltd., por entonces una de las mayores compañías mineras del mundo y para la cual Herbert Hoover trabajaba como ingeniero consultor.

”Esta compañía estaba dispuesta a costear el desarrollo petrolífero de las propiedades trinitarias pero, naturalmente, deseaba que estas fuesen sometidas a evaluación por un ingeniero sin conflictos de intereses. Herbert Hoover me recomendó para el cargo y, al mismo tiempo, me sugirió a cuánto deberían ascender mis honorarios. Estos deberían ser de 2.000 guineas, aproximadamente 10.000 dólares de la época, más los gastos. Hoover me explicó detalladamente por qué en Londres todos los honorarios profesionales debían ser calculados en guineas en lugar de libras esterlinas. Había solo 20 chelines en una libra; en cambio, cada guinea equivalía a 21 chelines. Inmediatamente fui contratado por la compañía para llevar adelante la evaluación…

”Luego de unos cuantos interesantes paseos por la campiña inglesa, la señora Arnold y yo nos hicimos de un buen surtido de ropas tropicales. Zarpamos de Southampton, Inglaterra, a bordo del Clyde, de la línea Royal Mail Steam Packet Company, el 7 de junio de 1911…

”Al acercarnos por el norte a Trinidad, lo que más nos llamó la atención fueron las gradaciones del color verde de la vegetación que cubría los flancos de la montaña. Un color rara vez visto en zonas templadas. Al parecer, la combinación de la temperatura y el agua salada cerca del océano produce esas tonalidades del verde. Pasamos por la Boca del Dragón, pequeño estrecho entre Trinidad y la costa de Venezuela. Hay que hacer notar que las formaciones geológicas del Golfo de Paria son, hablando en general, las mismas en ambas costas.

”John Means, quien originalmente investigó las concesiones trinitarias para el señor Hoover, nos recibió al atracar el barco. Nos condujo al Queen’s Park Hotel, uno de los más afamados en todas las Indias Occidentales.

”Un ilustre huésped se alojaba en el hotel mientras estuvimos allí hospedados: el general Cipriano Castro en persona, presidente de Venezuela, derrocado y en el exilio. Pasaba la mayor parte del tiempo charlando con sus partidarios en la terraza que servía de pórtico al hotel. Trataban de organizar una junta de gobierno que lo devolviese al poder. Castro nunca logró su propósito. Si hubiese llegado a desembarcar en Venezuela, no habría podido pasar de la playa. Partió de Trinidad rumbo a Europa en procura de atención médica esperando que Gómez, su antiguo vicepresidente, renunciaría al poder en favor suyo tan pronto regresase. Fue una presunción errada: Gómez se mantuvo en el poder durante todo el tiempo que permanecí en Venezuela”².

La estancia de Arnold en Trinidad duró solo unos pocos meses, pero los resultados de su evaluación de las posibilidades petrolíferas en la pequeña posesión británica en el Caribe dejaron plenamente satisfechos a sus empleadores de la Goldfields of South Africa Ltd.

Con esto, se abrió para Arnold otra puerta en su brillante carrera: la más importante campaña conducida por él sobre el terreno: el inicio de la prospección petrolera en las vastas extensiones de Venezuela.

[quote_box_left]Extracto del texto originalmente publicado en El Malpensante. Click aquí para seguir leyendo. [/quote_box_left]

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Lado B
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