Rodrigo Moya: Retrato desenfocado de un fotógrafo mexicano

Rodrigo Moya: Retrato desenfocado de un fotógrafo mexicano

Nació en Medellín en 1934, pero solo regresó a su ciudad natal en 2013, como invitado a la Fiesta del Libro. Su vida y su carrera han transcurrido en México, país en el que registró décadas de historia revolucionaria y campesina. Esta breve selección esboza el poderoso arte de Rodrigo Moya.

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Guillermo Angulo | El Malpensante

@malpensante

Desde Barba Jacob hasta García Márquez –pasando por Jorge Zalamea y Rodrigo Arenas Betancourt–, muchos estuvieron en esa casa rumiando nostalgias o, como decía Gabo, “saboreando el amargo caviar del exilio”. La vivienda de los Moya quedaba en la Avenida de los Insurgentes, frente al Parque Hundido, donde estaba aquel divertido aviso que sañalaba Lowry en Bajo el volcán: “¿Le gusta este jardín que es suyo? Evite que sus hijos lo destruyan”.

En esa casa fue creciendo la belleza de sus hermanas, dos preciosas muchachas: Colombia, nacida en Bogotá, y Nora, mera mexicana. De las dos solo me gustaban las dos y me volví asiduo de casa con la credencial de hablar paisa perfecto y el pretexto de aprender, con el único hombre de la familia apodado “el Flaco”, los principios de la televisión, en la que él había aterrizado tras desechar una desganada carrera militar y fracasar en su intento de convertirse en ingeniero.

moya2Tal vez como contraprestación a sus enseñanzas un día me preguntó cómo era eso de la fotografía, en la época en que el oficio pertenecía más al misterio que a la técnica: uno se encerraba en un cuarto oscuro –tan oscuro que se llamaba así–, apenas iluminado por tenues luces color ámbar, de baja intensidad, y de pronto empezaban a tomar forma imágenes salidas de la nada. Ese ambiente se le quedó grabado a Moya, tanto que así se lo contó a Alfonso Morales Carrillo, para el libro Rodrigo Moya: foto insurrecta:

El colombiano Guillermo Angulo, reportero gráfico del semanario Impacto, a cambio de ser instruido por Moya sobre el funcionamiento de la transmisión televisiva, se ofreció a revelarle los misterios de la luz impresa.
Moya recuerda vívidamente la primera lección que le impartió Angulo, sobre todo el momento en que el fotógrafo hizo surgir de un oscuro acetato a una figura humana. La aparición de su hermana, la bailarina Colombia Moya, fue sencillamente deslumbrante. Al iluminarse de nueva cuenta el cuarto oscuro, Moya supo que había encontrado un oficio y una tabla de salvación.

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Yo había decidido encontrarle explicación científica a ese misterio, e iba todas las tardes a estudiar inglés y a leer libros sobre fotografía en el Instituto México-Americano. Y me aprendía unas fórmulas que podían dar la impresión hasta de que sabía matemáticas: “La luz disminuye en razón inversa al cuadrado de la distancia”. Y tal vez oyéndome repetir esas presunciones, Rodrigo pensó que yo le podía enseñar fotografía.

Pero mi teoría es que la fotografía no se puede enseñar porque es una manera particular de ver el mundo. Cartier-Bresson agrega que es tan imposible como enseñar a caminar. Se pueden transmitir las técnicas –que en ese entonces eran complejas– de operar la cámara para tomar fotografías, revelar los negativos y copiarlos. Pero no el punto de vista, la manera personal de ver, compartir esa pequeña ventana que tenemos para mirar el mundo, que todos vemos de diferente manera. Los fotógrafos gozan del privilegio de poder congelar en el tiempo esa visión y fijarla para la eternidad.

De todas maneras, Moya empezó a ser fotógrafo reemplazándome en la revista donde yo trabajaba, Impacto, dirigida por Regino Hernández Llergo. Y desde entonces su punto de vista era el de un hombre de izquierda, lo que lo llevó a hacer excelentes retratos del Che Guevara; asistió a las invasiones de los Estados Unidos a Santo Domingo y Panamá, y realizó en la Sierra Falcón su obra maestra, Guerrilleros en la niebla, publicada como tal en The Guardian de Inglaterra. En ella retrata a la insurgencia venezolana, a la que llegó porque le habían informado falsamente que el Che, desaparecido, formaba parte de ella.

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Treinta años después de haberse retirado de la fotografía, empujado por su esposa inglesa, Susan Flaherty, empezó a revisar su bien conservado archivo fotográfico. No lo rescató; los negativos lo rescataron a él, le recordaron que era un gran fotógrafo y sobre su trabajo empezaron a salir libros, ensayos, publicaciones. Se armaron exposiciones y los compradores extranjeros lo incluyeron en sus colecciones.

Una de sus fotos que más me gusta (y aquí se muestra una característica de su trabajo: la belleza de la forma y la fortaleza del contenido) es aquella en la que se ve una maraña de cables de la luz y unas personas haciendo conexiones ilegales. Y al publicarla contó cómo el sindicato de electricistas, con el propósito de evitar los numerosos accidentes mortales, instruía a los habitantes de los barrios de invasión para robarse la luz sin perecer en el intento. También está entre mis preferidas la foto de un trabajador solitario en un inmenso sembrado de arroz en Jojutla, estado de Morelos.

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Lo admirable es que Moya no ha cambiado: cuando la moda es pasarse de izquierdista a derechista, “mudar de chaqueta”, como dicen los mexicanos, él sigue siendo lo que en su país se llama un “rojillo”, como lo ha sido siempre, fiel a sus creencias, inmutable en sus posiciones. Tal vez por eso suele decir que él y sus fotografías están “fuera de moda”.

Cuando uno quiere mucho a una persona los árboles no dejan ver el bosque. Sobre todo ya que Rodrigo Moya pasó, desde hace rato, de amigo a hermano, y su esposa –una extraordinaria artista–, es la única inglesa que tenemos en la familia. De tan buen humor que no solo soporta sin pestañear que yo la llame Pérfida Albión, sino que acabó firmando así sus cartas.

moya6Todo retrato de un amigo sale distorsionado, embellecido, borroso o mal expuesto, a lo que se suma el reblandecimiento propio de la senescencia. Rodrigo se está quedando ciego: Dios, con su magnífica ironía, le dio a la vez las fotos y la noche. Por eso yo he acabado llamándolo “el Borges de la fotografía”. Y por puro amor le hice este retrato que salió un poco –o un mucho– desen-focado.

 

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