¿Qué podemos hacer como académicos, estudiantes y trabajadores de la UNAM?
En la conferencia “Hacia una reforma universitaria”, pronunciada el 9 de octubre de 2001 por Adolfo Sánchez Vázquez [Ética y política, México, FCE – UNAM – Facultad de Filosofía y Letras, 2010, pp. 166-172], el filósofo mexicano/español afirma que es necesario fijar los medios para llevar a cabo una reforma universitaria en la UNAM a partir de una “idea de la universidad que no [sea] estática, invariable” (166). Se trata, según Sánchez Vázquez, de concretar la propuesta de reforma universitaria a partir de una idea particular de la universidad. ¿Cuál? La idea de una universidad que tiene tres aspectos constitutivos: el aspecto social, el aspecto académico y el aspecto organizativo (170).
Por Lado B @ladobemx
17 de noviembre, 2014
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Alfredo Lèal*

[dropcap]E[/dropcap]n la conferencia “Hacia una reforma universitaria”, pronunciada el 9 de octubre de 2001 por Adolfo Sánchez Vázquez [Ética y política, México, FCE – UNAM – Facultad de Filosofía y Letras, 2010, pp. 166-172], el filósofo mexicano/español afirma que es necesario fijar los medios para llevar a cabo una reforma universitaria en la UNAM a partir de una “idea de la universidad que no [sea] estática, invariable” (166). Se trata, según Sánchez Vázquez, de concretar la propuesta de reforma universitaria a partir de una idea particular de la universidad. ¿Cuál? La idea de una universidad que tiene tres aspectos constitutivos: el aspecto social, el aspecto académico y el aspecto organizativo (170).

Como universidad social, es decir, en cuanto al aspecto social, la universidad “existe no por sí y para sí, sino por y para la sociedad” (Sánchez Vázquez 170). En cuanto al aspecto académico, ésta cumple “los fines que le son propios: transmitir el saber formando profesionales que la sociedad necesita; enriquecer con la investigación y difundir la cultura más allá del campus universitario. Y, a la vez, le sirve contribuyendo con sus análisis, estudios y proyectos a la solución de los grandes problemas del país” (170 Las cursivas son mías). Sánchez Vázquez se refiere también a la libertad de cátedra e investigación; a la defensa de la autonomía universitaria frente a toda instancia que quiera supeditar la vida académica (incluido el Estado, los partidos políticos y otras organizaciones); a las condiciones materiales y académicas necesarias para ejercer las responsabilidades que nos conciernen; a la educación gratuita, ligada al acceso al mayor número de estudiantes a la UNAM; a acabar con la escisión entre docencia e investigación; y, finalmente, a la interdisciplinaridad en la investigación (171).

En cuanto al tercer aspecto, el aspecto organizativo, Sánchez Vázquez es muy claro:

Tiene que ver este aspecto con la participación de los diferentes sectores de la comunidad universitaria —profesores, investigadores, estudiantes y trabajadores— en la organización y dirección de la vida de nuestra organización. Es innegable que, desde que se promulgó, la Ley Orgánica que nos rige contiene rasgos jerárquicos con el consiguiente déficit democrático. Se trata, pues, de asentar [a la UNAM] sobre bases democráticas. Y entre éstas hay que destacar la constitución de su órgano supremo de gobierno. Éste debe ser, en nuestra opinión, el Consejo Universitario, pero un consejo verdaderamente representativo, elegido por toda la comunidad —no conforme al principio de un miembro igual a un voto— sino por diferentes sectores —y subsectores—, en una proporción que pueda basarse, en lo fundamental, en la que propone el Grupo de Trabajo para la Comisión Especial para el Congreso Universitario, aunque esta propuesta requiere una consulta más amplia. (171-172) 

Es menester decir que Sánchez Vázquez había comenzado diciendo que “hay que reconocer que esta necesidad fue reclamada tenazmente, en el pasado reciente, como una reivindicación fundamental, por el movimiento huelguístico estudiantil” (166-167). Se refiere, por supuesto, a la huelga del 99 y al CGH. Empero, concluye de este modo:

El espíritu democrático no sólo debe manifestarse en la participación electoral [del Consejo Universitario], sino en la vida cotidiana universitaria al fortalecerse, cada vez más, el respeto mutuo, el diálogo, la convivencia, la tolerancia, el uso de la razón y la exclusión de la fuerza, que la niega. (172)

He expuesto a grandes rasgos las ideas que Sánchez Vázquez tenía después de la huelga del 99 debido a que el espectro de ésta ha estado presente en cada asamblea de estudiantes —sean de licenciatura o de posgrado—, en cada asamblea de profesores —sea con la presencia de la directora de la Facultad de Filosofía y Letras o sea en la Asamblea Autónoma de Profesores—, en cada charla en los pasillos y en cafés, en cada mensaje publicado en las redes sociales virtuales o vertido en los diversos pronunciamientos a los que he tenido acceso directa o indirectamente. En este momento, parece que es más este espectro que el verdadero espectro —a saber, el de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos por el Estado— el que habita y produce las asambleas, la asambleitis, como la ha llamado (atinadamente) un compañero del Posgrado en Letras.

Ahora bien, ¿qué “es” este espectro?

[pull_quote_right]Será mejor, pues, referirnos a las formas de gubernamentalidad que con-forman la instancia institucional designada “Estado”, las series operativas y disposicionales que le dan cuerpo, mismas que han atentado contra lo que hemos conseguido: una organización sin precedentes, sumando nuestra voz a esa voz que calla para escuchar al otro. Creo que hemos escuchado a los 43 normalistas de Ayotzinapa. Creo que hemos escuchado. No estoy seguro. Creo, solamente…[/pull_quote_right]

Primero que nada, este espectro es un referente. ¿A qué refiere? En términos generales, a la memoria de lo que la huelga del 99 causó en lo que Sánchez Vázquez llama “la vida cotidiana de la universidad” —esa herida que no ha cerrado—: la polarización de diversos sectores de la UNAM, acentuando los niveles de jerarquización de la organización universitaria o bien simplemente dividiendo a los miembros de la comunidad; la indiferencia de muchos estudiantes que ingresaron después del 99 con respecto a lo que llamaré, ahora y en términos generales, la política; la intolerancia de los unos frente a los otros; la injusticia, si creemos, como afirma Derrida, que la justicia depende de la escucha del otro, de la capacidad incluso para perdonar lo imperdonable. Todo esto, y más —como la estigmatización de algunos alumnos, los procesos de espionaje, la marca, el marcaje sobre ciertos Colegios y desde ciertos Colegios hacia la generalidad de los alumnos, causando, por lo general, discursos apriorísticos que descalifican al otro antes incluso de escucharlo—, todo esto es producto, es menester admitirlo, de la presencia espectral de la huelga del 99, pues ésta “es” toda esta memoria.

Pero este referente espectral es más grande, se extiende mucho más allá. Así, en segundo lugar, la huelga del 99, su presencia espectral concretamente, refiere, en su carácter de valor simbólico, a otros movimientos estudiantiles del pasado universitario —de la UNAM, en particular, pero también de esa especie de diégesis que es la vida universitaria mundial—, concretamente a los movimientos paradigmáticos que conformaron el movimiento del 68, momento, creo, de unidad transnacional, transatlántica, transcultural, en el que el simple travase de elementos teóricos y de praxis no era, no fue suficiente; momento, a mi juicio, irrepetible: el movimiento del 68 nos enseñó que hay un límite insuperable por todo movimiento y que ese límite tiene un nombre sustantivo: la muerte. Así pues, al referirse al movimiento estudiantil en un sentido diacrónico, el espectro de la huelga del 99 refiere a este límite. Habitamos ese límite. Mejor dicho, ese límite, la muerte, nos habita, en todo momento. Sabemos perfectamente que estamos expuestos ante ella y es esa resistencia que le ejercemos la que nos hace actuar. Si tuviera que dar una definición de vida sería precisamente esa: la resistencia que le ejercemos a la muerte, no como dos momentos separados —pues la muerte nos habita, está aquí, viviendo con nosotros— sino como resistencia contra nosotros mismos. Parafraseando a Derrida, para resistir tenemos, primero, que resistir(nos).

En tercer lugar, entonces, el espectro de la huelga se presenta como la materialización de un límite que es preciso superar, la materialización espectral de una frontera que es preciso re-limitar y no de-limitar. Dicho de otro modo, la vida universitaria no puede, ya, seguir separada, escindida de la Vida, a pesar de que las condiciones de la una, sus particularidades y sus condiciones de posibilidad hagan aparentemente lejana la una de la otra. Esta lejanía no es sino aurática, idealizada y nos propulsa a cometer actos contradictorios, como responsabilizarnos por una lucha en público y darle la espalda en privado, acentuando esta bipartición de la Vida entre “lo público” (lo que está en la escena) y “lo privado” (según Jitrik, lo obsceno, eso que está fuera de la escena). La vida universitaria, así, lejana de la vida, es no más que una isla de la que nadie nos puede ayudar a salir vivos. Es, en ese sentido, una forma de muerte, de límite. Y viceversa: sin lo que la vida universitaria nos proporciona, la Vida no es sino un terreno infértil, el páramo rulfiano —quizás una de las más logradas imágenes de la muerte, del límite ilimitado de la muerte— en el que aquello que aparece, que se presenta o representa tiene siempre un sabor terroso, el sabor, precisamente, de la muerte que continúa sin fin. La forma de romper esta continuidad lógico-causal contenida en el binomio “vida-universitaria/Vida” es acentuando la discontinuidad que hay entre ambas y, al mismo tiempo, en el mismo movimiento epistemológico, in-corporando esta discontinuidad en nuestro discurso. Tendremos, de ese modo, no una idea de la universidad, que es en lo que se focalizó Sánchez Vázquez en 2001 en el discurso con el que comienza esta reflexión, sino una idea de la Vida que no sea estática, invariable; una Vida que se desmayuscule por medio de la disrupción y no de la corrupción. En suma, a la pregunta “¿qué podemos hacer como académicos, estudiantes y trabajadores de la UNAM?”, respondo: podemos (a)proximarnos a la Vida y desmayuscularla para encontrar en ella esa razón que está en la base de la lucha que hemos decidido comenzar. Pero no es ésta una razón universal —he ahí la paradoja de tratar de producirla, precisamente, desde la “universidad”— sino una razón momentánea, un paréntesis que, sin duda, habremos de cerrar para seguir resistiendo, es decir, para seguir (a)proximándonos a la muerte.

Empero, sólo cada uno de nosotros —solo, cada uno de nosotros— puede realizar esta desmayusculación de la Vida, vinculándola con la vida universitaria y apre(he)ndiendo de ambas lo que sea necesario para seguir respirando afuera, allá, en ese espacio que está a la espera de que cumplamos con los propósitos de la universidad propuestos por Sánchez Vázquez, entre otros tantos que deberían enunciarse y que, sin duda, ya se están enunciando en diversos foros, modos, medios. Si se trata de afrontar el déficit democrático que lleva consigo nuestra organización, hagámoslo, pero sirviéndonos de los elementos estructurales con los que contamos, no parándolos. Creo que el problema es muy sencillo y al mismo tiempo muy complejo: el paro —sea cual sea la etiqueta que se le quiera poner— le conviene solamente a la “idea de la universidad” que se ha encargado de crear y difundir el Estado, esa en la que la palabra “estudiante” se asocia metonímicamente con otras palabras del discurso legitimado y legitimador de los medios de comunicación —la boca del Estado—, palabras como “crimen”, “violencia”, “desorden”. El ejemplo de lo sucedido hoy —el uso del deíctico es doble: “hoy”, quince de noviembre de 2014 [fecha en la que redacté este texto], sí, pero también “hoy”, es decir, nunca y siempre, dependiendo de cuándo se lean estas palabras— en las inmediaciones de la Facultad de Filosofía y Letras basta para comenzar a pensar en otras vías de lucha contra el Estado, vías que no sean aquéllas del paro sino, al contrario, las de la continuidad discontinua, para decirlo en términos foucaultianos. El paro, en el contexto de una lógica causal como la que el Estado se encarga de producir en la denominada “sociedad civil”, es lo que acentúa la relación causa-efecto en términos de deslegitimación. Continuar disruptivamente, es decir, seguir (siempre) luchando, discutiendo, hablando, sí, pero, sobre todo, escuchando, implica, por el contrario, hacer constantes intervenciones en el discurso que quiere quitarnos la palabra y desestabilizarlo hasta que éste pueda, acaso, ser un arma en nuestro favor y no en nuestra contra.

[pull_quote_right]Es momento, en suma, de optar por lo inestable. En ese sentido, es momento de vida, es decir, de resistencia a la muerte —en todos los sentidos. Comenzando por la muerte del movimiento que hemos iniciado, que, ya, se dibuja en los rasgos del espectro que nos acosa, ese espectro que está creciendo con los constantes ataques que recibimos por parte del aparato de las formas de gubernamentalidad y sus máquinas discursivas. Mi propuesta es simple: resistamos.[/pull_quote_right]

Me centraré, finalmente, brevemente, en la palabra “Estado”. Antes que nada, es preciso decir que ésta no basta ya para designar a quien nos ataca. Se trata, en cambio, de varias formas de gubernamentalidad englobadas en esta palabra, en este nombre propio que puede a) identificarse con el nombre de quien lo preside o bien b) diseminarse en distintas instancias —incluso instancias domésticas, es decir, dentro de la UNAM— hasta hacerse casi imperceptible en un sentido biopolítico. No se trata de un devenir-imperceptible del Estado. Pero casi. Es por ello que debemos, a mi parecer, tener cuidado con este nombre, porque parece que en él va gran parte de nuestra lucha, es decir, a quién nos dirigimos y desde dónde. Sin embargo, el Estado no es arché ni telos. Ahí está, es innegable, es ausencia presente, pero hay más en torno a él. Pensemos el Estado como una parte más de la esfera donde flota la gubernamentalidad y no como un plano divido sectorialmente, donde Estado (vertical) atraviesa a Pueblo (horizontal). Pensemos en la relación que tenemos con el “Estado” así, es decir, entrecomillas, suspendido, en pausa. Será mejor, pues, referirnos a las formas de gubernamentalidad que con-forman la instancia institucional designada “Estado”, las series operativas y disposicionales que le dan cuerpo, mismas que han atentado contra lo que hemos conseguido: una organización sin precedentes, sumando nuestra voz a esa voz que calla para escuchar al otro. Creo que hemos escuchado a los 43 normalistas de Ayotzinapa. Creo que hemos escuchado. No estoy seguro. Creo, solamente…

Sin embargo, ante el desplazamiento del movimiento, ante su inminente centralización —no porque habremos de expropiárselo a los guerrerenses sino porque, dado que el Poder de las formas de la gubernamentalidad se encuentra, físicamente, en el centro, lo que ejerce una fuerza centrípeta sobre todos los movimientos regionales— y el modo en el que ésta produce problemáticas locales que, a su vez, se encuentran, se tocan, se modifican en distintos estadios y diversas espacio-temporalidades —producto de una fuerza centrífuga que vuelve a regresar a las regiones lo que era del centro, en una relación que debemos concebir como dialógica y no dialéctica—, es momento, ahora, de reflexionar (al menos) desde los tres aspectos que propone Sánchez Vázquez: el aspecto social, el aspecto académico y el aspecto organizativo, para conseguir, en lo inmediato, que este movimiento no se disuelva, es decir, para actuar, en el sentido sanchezvazquesiano de praxis, pero considerando que el movimiento tiene que (al menos) imaginar un por-venir que contenga la mayor cantidad de posibilidades y que se inscriba en una condición de posibilidad (epistemológica) lo suficientemente determinada como para no desviarnos pero, al mismo tiempo, lo suficientemente abierta para incorporar en ella cuanto sea necesario.

Es momento, en suma, de optar por lo inestable. En ese sentido, es momento de vida, es decir, de resistencia a la muerte —en todos los sentidos. Comenzando por la muerte del movimiento que hemos iniciado, que, ya, se dibuja en los rasgos del espectro que nos acosa, ese espectro que está creciendo con los constantes ataques que recibimos por parte del aparato de las formas de gubernamentalidad y sus máquinas discursivas. Mi propuesta es simple: resistamos. ¿Cómo resistir? Escuchando. Ahí está la paradoja de lo que podemos hacer como académicos, estudiantes y trabajadores: debemos acatar la orden de escuchar al otro sin que ello implique quedarnos callados. Por ello he dicho que se trata de lo que “podemos hacer” y no de lo que “debemos hacer”. Pues en esta posibilidad, quizá, se encuentre, como un espectro, la posibilidad de la justicia.

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*Alfredo Lèal nació en el pueblo de Tlalpan, Ciudad de México, en 1985. Escritor, investigador, traductor y docente. Licenciado en Lengua y Literaturas Modernas (Letras Francesas) por la UNAM y estudiante de la Maestría en Letras (Letras Modernas Francesas) con la tesis: La novela total contra el totalitarismo. Examen del concepto de novela total en Pour Sganarelle de Romain Gary en el marco de las transformaciones estético-políticas del siglo XX. Es Profesor de Asignatura en el Colegio de Letras Modernas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (2005-2006), del FONCA (2011-2012) y del IFAL (2013). Más de una veintena de ensayos, textos narrativos e investigaciones literarias/filosóficas de su autoría han aparecido en diversas revistas y antologías. Asimismo, es autor de la novela Circo y otros actos mayores de soledad (Ediciones de Educación y Cultura, 2010) y de los libros de cuentos Ohio (UACM, 2007 – Premio Nacional de Narrativa María Luisa Puga) y La especie que nos une (Tierra adentro, 2010). Su más reciente publicación es la novela Carta a Isobel (Terracota, 2013).

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