¡México está de enojo!

¡México está de enojo!

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Leonardo Bastida Aguilar

Frío en el Valle de México es una frase sin concordancia con el punto de ebullición social en el que se encuentran miles de personas. Si bien todo parece haber perdido su color también hay un ambiente de esperanza y sed de una apertura de posibilidades hacia otras realidades.

La mañana dominical es fría y nublada. La vista es nebulosa aunque en realidad son la metrópoli y el país los que están envueltos en la neblina. Pareciera que el humo emanado de los intentos por incendiar alguna de las puertas de El Palacio Nacional en la noche de sábado hubiera inundado el paisaje urbano.

La quietud matutina dominguera de la Gran Tenochtitlán se quiebra con el ruido de helicópteros que surcan el cielo en la zona sur de la gran urbe. Son casi las 9 de la mañana y los integrantes de la Caravana 43×43 han dejado su refugio en la explanada de la delegación Tlalpan para continuar su ruta rumbo al Zócalo en medio de bocinazos de apoyo y muestras de solidaridad, no faltó quien les ofreciera agua y comida durante el trayecto.

Desde Iguala, Guerrero no han cesado su marcha iniciada el pasado 4 de noviembre para exigir a los gobiernos municipal, estatal y federal el acceso a la justicia para las y los familiares de los 43 normalistas de Ayotzinapa hasta el día de hoy desaparecidos para casi 110 millones de mexicanos y preferentemente muertos para un puñado de funcionarios públicos.

Un pase de lista y un sentido grito de presente por cada uno de los desaparecidos es el preámbulo para la marcha del contingente que para el día de hoy completa los 197 kilómetros que separan a Iguala de esta ciudad. Los mismos o más o menos que han recorrido mucho otros movimientos para recordarle a México y al mundo las enormes injusticias en nuestro país.

Fin de semana anormal

La noche del viernes fue anormal. Tras la fingida y deslucida conferencia de prensa del Procurador de Justicia, Jesús Murillo Karam, el tema de la desaparición de los normalistas se comenzó a colocar cada vez más en las pláticas de cafés, restaurantes y cualquier otro espacio donde fuera posible expresar un “qué poca madre”, cuyo significado terminaba siendo insuficiente para externar la indignación e impotencia ante el caso.

Cosa rara, en varios puestos de tacos y tortas no se transmitía el típico partido de fútbol de los viernes por la noche, aunque jugaban Ronaldinho y sus gallos blancos. Se sintonizaba el noticiario para ver fragmentos de la conferencia de prensa. A pesar de tanto ensayo, nadie creyó en el final del performance.

Un mensaje anuncia que las cabareteras por excelencia, Las Reinas Chulas, no darían su función de viernes e invitaban a quien así lo deseará a unirse a una jornada de reflexión sobre la situación en su teatro. A kilómetros de distancia, en el Palacio de los Deportes, el grupo español de ska punk, SKA-P hacía lo suyo. Dedicaron una canción escrita originalmente para el activista italiano Carlo Giuliani, asesinado en Génova en 2001 durante una marcha antiglobalización, a los 43 desaparecidos de la histórica Escuela Normal Rural de Maestros, cuna de luchadores sociales como Lucio Cabañas y Genaro Vázquez.

Al mismo tiempo, en la glorieta del Ángel de la Independencia, más de dos centenas de personas encendían veladoras y colocaban flores en la escalinata del icónico monumento. La ciudad duerme intranquila.

El tema del sábado fue Ayotzinapa, muchos ni se imaginan dónde está, pero rabian cada vez que se toca el tema. Incluso quienes se sabe que en un primer momento podrían haber apoyado la cínica medida.

En un acto público, la luchadora social Luz Estela Castro participa leyendo su monólogo en el escenario principal de Bellas Artes referente al feminicidio con un 43 en la mano. Las ovaciones son inmediatas.

En el taxi, en el metro, en el pesero, en la combi se habla de muchas cosas pero inevitablemente reluce el tema. Un avezado chofer de taxi cuenta que el trabajo para Grúas Berumen, las mismas que pertenecen al padre de Noemí Berumen, una de las mejores amigas de Yazareth, hija de José Luis Abarca, ex alcalde de Iguala y su esposa María de los Ángeles Pineda, ambos presuntos responsable de la desaparición de los estudiantes y a quienes Noemí aceptó esconder en su casa.

Este chofer dice que salió de allí porque “eran muy negreros” pero asegura que era muy difícil que no se dieran de cuenta de la presencia de alguien extraño en el lugar, pues entre ambas casas sólo hay una barda de diferencia.

Las redes sociales se llenan de anuncios. A las 8 de la noche sale del Ángel de la Independencia una caravana rumbo al Zócalo. La noche de sábado se vuelve política y no boxística o futbolera como en los últimos años. Las cortinas de humo no faltan y actos de presuntos anarquistas tratando de incendiar el Palacio Nacional inundan las primeras planas de muchos diarios.

Ya es domingo

En el crucero de la calle 20 de noviembre con 16 de septiembre, que se conjuntan para dar espacio a la Plaza de la Constitución o el Zócalo, se comienzan a aglutinar personas con banderas de México sin color, a blanco y negro, o con consignas en mantas. Cada luz roja del semáforo descienden al paso peatonal.

“¡Uno, dos… cuarenta y tres! ¡Justicia!” es el grito que se repite cada dos o tres minutos que hay un alto en dicho cruce. Conforme pasa el tiempo son más las personas sumadas a la iniciativa iniciada por no más de cinco mujeres mientras esperaban al contingente de los 43×43.

Bocinas de automóviles, motores estruendosos de motocicletas, ¡Vivos los queremos! y aplausos son el sonido ambiental que arriba al corazón de la ciudad. La plaza sorprendentemente desierta se colma de miles de personas que cuentan “uno, dos… cuarenta y tres”.

Mientras comienza el acto una consigna opaca al maestro de ceremonias “¡Fuera Peña, fuera Peña! ¡Fue el Estado, fue el estado!” Un nuevo conteo hasta el 43 anuncia el inicio del final de la marcha. Le sigue un minuto de silencio que termina por absorber el aturdidor ruido de los alrededores.

Iguala fue la gota que derramó el vaso, pero no es Iguala, ¡es todo el país!, afirma Carlos Ventura en el templete colocado en el corazón de esta ciudad. Él fue una de las 43 personas que caminó casi 200 kilómetros para pedir la formación de un movimiento nacional para generar cambios y detener atrocidades, como las ocurridas en septiembre pasado cuando un grupo desconocido de personas desapareció a 43 estudiantes.

“¡México está de luto!”, grita Pepe Alcaraz, para quien fue insuficiente el micrófono. Él también caminó desde Iguala, pues al igual que 110 millones de mexicanos, ha perdido la confianza en las instituciones y los partidos políticos.

Protesta pacífica, saber qué pasó con los 43 normalistas y las otras decenas de cadáveres encontrados en las fosas de Iguala, hacer un registro de desaparecidos y hacer una convención nacional en diciembre para comenzar la transformación nacional son las premisas de este movimiento, integrado por 43 organizaciones que tomaron los principales caminos que separan Guerrero de la Ciudad de México, para exigir la aparición de los 43 normalistas desaparecidos.

El mitin termina pero la rabia ciudadana continúa. Nadie se mueve por algunos momentos. “¡Paro nacional, paro nacional!”, claman algunos jóvenes. La fecha propuesta es el 20 de noviembre, día en que se recuerda el inicio del movimiento anti-reeleccionista encabezado por Francisco I. Madero en 1910. Casi dos semanas parecen mucho para una ciudadanía furiosa. Seguramente antes habrá otras acciones con los 43 o con los padres de los normalistas de Ayotzinapa. La principal idea colectiva es recordarle a Enrique Peña Nieto que su labor no es satisfactoria y que el pueblo mexicano no permitirá más actos bárbaros como los del 26 de septiembre, último día en que se vio a los 43 estudiantes cuyo principal sueño era vivir en otra posibilidad de mundo.

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