Me enamoré en Troya

Me enamoré en Troya

Josué Cantorán

@josuedcv

Para empezar diremos con atrevimiento que el caso de Ximena Escalante es único. Hasta donde conocemos, ella es la única escritora que reúne estas características: se dedica exclusivamente a la dramaturgia, sigue viva, sigue produciendo y se le monta de forma constante dentro y fuera de México tanto por compañías pequeñas como por otras grandes y de prestigio. Apenas hace un mes las duelas del Complejo Cultural Universitario recibieron a las actrices Daniela Schmidt y Ludwika Paleta para que encarnaran uno de sus textos más recientes, y así de pronto la ciudad de Puebla vuelve a recibir una más de sus obras.

La escritura de Escalante es inteligente, generalmente plagada de referencias a los clásicos, que son deconstruidos para aproximarse a la realidad actual pero que no dejan, de ningún modo, de ser universales en tanto que hablan de lo más profundo de la condición humana. Es el caso de Me enamoré en Troya, un hipertexto de Troilo y Crésida de Shakespeare que, a su vez, se inspiraba en la tradición más clásica al situar como contexto la guerra de tirios y troyanos.

Como ya lo había hecho anteriormente, en Me enamoré en Troya Escalante sitúa su relato en un tiempo diegético ambiguo donde, si bien todo recae en la disputa por Helena, se hacen referencias impúdicas al mundo contemporáneo. No de en balde se ha dicho de la arriesgada escritura de esta autora que “en mucho ha restaurado, en México, el puente entre el resto de las letras y la dramaturgia”.

A excepción de Abraham Jurado y Assira Abbate, que interpreta a Crésida, la protagonista, todo el elenco dobla personajes, pero no por eso hay confusiones en la intriga, como suele ocurrir cuando los montajes cuentan con actores de poco talento, pues los sutiles trazos de la dirección impiden cualquier ambigüedad. 

Sobre el montaje, que ha sido guardado desde su estreno en el Festival Cervantino en Guanajuato hasta hoy en Puebla, pues la obra no ha tenido hasta el momento una temporada en el Distrito Federal o alguna otra ciudad, hay que decir que es tan intrépida como el texto que le da origen. Como es común en el teatro experimental, la dirección utiliza elementos extratextuales, como instrumentos de percusión o artículos de attrezzo con carga simbólica, para crear tensión o distensión en ciertos momentos clave, pero eso no le quita importancia alguna al texto y al trabajo actoral, que llevan en sus hombros todo el peso de la escena.

A excepción de Abraham Jurado y Assira Abbate, que interpreta a Crésida, la protagonista, todo el elenco dobla personajes, pero no por eso hay confusiones en la intriga, como suele ocurrir cuando los montajes cuentan con actores de poco talento, pues los sutiles trazos de la dirección impiden cualquier ambigüedad. La obra, que indaga en las relaciones humanas en tiempos de violencia y guerra, es divertida, provocadora y progresivamente atractiva.

El tiempo dirá si el trabajo de Ximena Escalante ingresará al canon de la literatura mexicana, por el momento hay que atestiguarlo: tal vez estemos frente a un momento histórico.

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Me enamoré en Troya

De Ximena Escalante

Reparto: Assira Abbate, Diego Garza Marín, Fabrizio Grajeda, Abraham Jurado, Adriana Leal, Alejandro Zavaleta III.

Dirección: Martín Acosta.

Se presenta sólo hoy viernes 28 de noviembre a las 19 horas en San Pedro Museo de Arte (4 Norte 203).

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Nota final:

Al finalizar la función, Assira Abbate, a nombre de sus compañeros actores y del gremio de la cultura, leyó un posicionamiento sobre la situación política en México, en la que reclamaron la postura del jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, cuya política, consideran, ha sido represiva contra aquellos ciudadanos que deciden protestar por la situación de violencia extrema e inequidad que se viven en el país.

–Usted ya no nos representa –leyó la actriz–, usted ha perdido toda autoridad moral (…) Exigimos la liberación inmediata de todos los presos políticos, ciudadanos que resisten, así como el cese de toda criminalización y represión de la protesta.

Ello se suma a lo que dos días antes hizo la actriz Karina Gidi al finalizar su función de La voz humana, de Jean Cocteau, cuando después de recibir el aplauso del público levantó una manta con la leyenda #AyotzinapaSomosTodos, en un Teatro Principal lleno hasta el tope.

Yo no estoy tan seguro de que, como dicen algunos, la cultura sea el único vehículo para cambiar esta realidad cada vez más indigna, pero si nuestros actores salen y dan la cara por lo que consideran injusto, que el aplauso, el mío al menos, sea doble.

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