Los Súper-hombres versus las Masas
A más de 50 años de la publicación de una de las obras más famosas de Umberto Eco, Apocalípticos e integrados, estas posiciones dicotómicas son aún identificables –en mayor o menor medida- en textos que abordan el tema de la cultura popular y la cultura de masas. En la esquina de los apocalípticos, el peruano Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura en 2010, con su libro La civilización del espectáculo (2012). Por el bando de los integrados, el italiano Alessandro Baricco y Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación (2008).
Por Alonso Pérez Fragua @fraguando
24 de noviembre, 2014
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Alonso Pérez Fragua

@fraguando #LaEternaInconmprendida

[dropcap]A[/dropcap] más de 50 años de la publicación de una de las obras más famosas de Umberto Eco, Apocalípticos e integrados, estas posiciones dicotómicas son aún identificables –en mayor o menor medida- en textos que abordan el tema de la cultura popular y la cultura de masas. En la esquina de los apocalípticos, el peruano Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura en 2010, con su libro La civilización del espectáculo (2012). Por el bando de los integrados, el italiano Alessandro Baricco y Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación (2008).

De acuerdo a Eco, el apocalíptico ve en la cultura de masas la decadencia, la catástrofe sobre la que se eleva “una comunidad de ‘superhombres’” que rechaza “la banalidad media” que producen la radio, la TV, el cine, las historietas… (1984, pp. 13). Mientras tanto, el integrado es un optimista que ve en estas mismos medios -industrias culturales- la posibilidad de que “hoy en día los bienes culturales [estén] a disposición de todos, haciendo amable y liviana la absorción de nociones y la recepción de información” (pp. 12).

apocalipticos

Vargas Llosa es entonces un apocalíptico que ve a la cultura en proceso de extinción, al menos “en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo” pues, dice, ésta ha sido “discretamente vaciada de su contenido y éste reemplazado por otro que desnaturaliza al que tuvo” (2012, pp. 13). Todo lo anterior, se intuye, por la acción de la cultura popular y la cultura de masas y sus adeptos. (Y esto es tan solo el primer párrafo de todo su ensayo…).

Baricco, aunque un integrado, es uno de carácter discreto en revelar su personalidad, más irónico y menos visceral que el autor de La ciudad y los perros. Juega con nosotros y nos hace creer por momentos que es un apocalíptico por la forma en la que se refiere a los que profesan un amor por las nuevas formas que arrojan la cultura popular y de masas, los bárbaros de su título. No obstante, poco a poco nos revela que su libro “no le va a hacer asco a nada” (2008, pp. 28) y que nos mostrará cómo en algún tiempo aquellos “bárbaros” tomaron como bandera a la Novena sinfonía de Beethoven, uno de los “baluartes más altos […] una fortificación suprema” de la cultura universal en nuestros días (pp. 21).

A estar alturas debo decir que, como Baricco, me considero un “integrado moderado” que sabe ser crítico con las expresiones de la cultura popular y de masas pero que reconoce en éstas un potencial de empoderamiento y de acercamiento de la “alta cultura” a todos los sectores de la sociedad. Además, me parece sumamente pertinente el incluir la evolución en las posturas y el cambio en la hegemonía de las sociedades al momento de analizar fenómenos culturales, tal y como hace Baricco al hablar de Beethoven y las críticas que recibió de vulgar su novena en su momento. En otras palabras, lo que hoy está in probablemente en unas décadas estará out y viceversa.

Por ende, con Vargas Llosa y su postura apocalíptica la situación es muy diferente. Por ejemplo, su opinión de que la TV, el cine, las tabletas y los conciertos de rock son “las diversiones del gran público que han ido reemplazando (y terminarán por acabar con ella) a la cultura del pasado” me parece francamente desfasada y hasta retrograda –y que me perdone la Academia sueca. No obstante, estoy de acuerdo con él cuando cuestiona el texto de Lipovetsky y Serroy, La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada, al decir que ciertas personas y en ciertos momentos, lo que se identifica como un “interés genuino” por la llamada alta cultura es, en realidad, “mero esnobismo, ya que haber estado en aquellos lugares [el Louvre y la Acrópolis] forma parte de la obligación del perfecto turista posmoderno” (2012, pp. 29).

VargasBaricco

De hip hop y posturas encontradas

Cuando me acerqué por primera vez al mundo del hip hop en Puebla para realizar mi tesis de licenciatura, mi opinión particular sobre su género musical, el rap, era un tanto apocalíptica. Sus bases rítmicas monótonas eran muy distintas al tipo de música que escuchaba e incluso es probable que en algún momento previo haya usado un adjetivo negativo para calificar esta expresión urbana. Era un defensor de lo que me era más conocido y cercano musicalmente hablando y era totalmente ajeno al resto de sus expresiones[1].

Poco a poco, sin embargo, comencé a entender las razones por las que los escuchas de grupos poblanos de rap como Alfiler XL se acercan a ellos, o por qué un joven toma una lata de aerosol y practica el arte del graffiti: porque éstas y otras expresiones son sus formas de expresar su realidad; porque son parte de su entorno y son más accesibles a ellos –en términos económicos[2], sobre todo.

Contra quién de Alfiler XL

 

Imagino entonces al Premio Nobel asistiendo a un festival de hip hop en el Teatro José Recek del barrio del Alto en Puebla, arqueando las cejas ante los cuerpos tatuados y con perforaciones en labios, lóbulos y narices; ante los hombres y las mujeres contorsionándose como si se tratase de un baile tribal musicalizado por ritmos electrónicamente creados (¿inspiración de alguna droga, quizá?) y que nada tienen que ver con lo que Mozart y Beethoven llamaron música. Lo veo salir despavorido luego de unos minutos en respuesta a todas las expresiones de la cultura urbana del hip hop que no se tomaría el tiempo de analizar y que descalificaría como vulgar, decadente y violenta. Veo además al peruano considerando al hip hop como una moda impuesta, como una expresión de la hegemonía cultural estadounidense que fue creada para esa masa urbana marginal y que hace una división tajante entre sus productores y sus consumidores. Puedo equivocarme terriblemente y, resultar por ejemplo, que Varguitas es fanático de Eminem, aunque lo dudo mucho.

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Arte en aerosol

Por su parte, Baricco quizá vería que estos “bárbaros”, estos miembros de una “nueva clase de hombre” efectivamente poseen mucha violencia en sus canciones, en sus murales de aerosol y hasta en la forma en la que bailan deformando sus cuerpos y poniéndolos al límite con movimientos más cercanos a la acrobacia que a un pliée o un relevés de ballet. Sería probablemente crítico ante la sustitución de la instrumentalización en vivo por bases pre-grabadas y al sampleo como materia prima principal de las canciones de rap. Sin embargo, vería en todo esto una forma de catarsis, una respuesta natural y propia ante el entorno que vive cada uno de los practicantes de estas formas culturales y que les da un sentido de identidad al interior y al exterior de su comunidad.

Apocalípticos o integrados, la clave es darnos la oportunidad de acercarnos a distintas expresiones culturales para, con conocimiento de causa, sacar nuestras propias conclusiones. Hasta una próxima entrega de La Eterna Incomprendida.

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Referencias

Baricco, Alessandro (2008) Los bàrbaros. Ensayo sobre la mutación. España: Anagrama

Eco, Umberto (1984) Apocalíticos e integrados. España: Editorial Lumen.

Vargas Llosa, Mario (2012) La civilización del espectáculo. México: Alfaguara.

[1]Cualquier conocedor de la cultura del hip hop podrá decir que ésta está formado por cuatro elementos: el rap –su género musical propio-, el break dance –su tipo de baile-, el graffiti –su expresión plástica- y el DJ –el responsable de poner las bases rítmicas a los b boys o bailarines y a los MCs o maestros de ceremonias que la gente identifica como los cantantes de un grupo de rap.

[2] Para conformar un grupo de rap puede ser suficiente con un MC que domine el arte del beat box –producir percusiones y otros sonidos con la garganta- y que sepa leer al mundo y traducirlo en canciones. Costo aproximado: cero pesos.

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Alonso Pérez Fragua
Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando.