Le dijeron que no se puede ser profeta en su tierra, pero él es la prueba de lo contrario, casi por una casualidad que empezó hace tres décadas. 

Aranzazú Ayala Martínez 

@aranhera

“Soy el fantasma señores que les endulza la vida”. Cumbia Fantasma, Estrellas Azules.

César es el dueño. Está en su lugar, es su ambiente: la música, el baile desenfrenado que lo rodea, los gritos de desesperación agresiva, el caos bajo las enormes lonas de plástico sostenidas por tubos de metal clavados como estacas en la pista de baile.

El sonido de los bajos sale como llamas cuando César toma el micrófono y mueve las perillas de su consola. Fuego que sale escupido del suelo para alimentar el ritual de las parejas que saltan con furia. Brincan y pisan cada vez más fuerte, sin mirarse a los ojos. Ignorando que sudan y que jadean del esfuerzo bajo el impulso de la música. La música que es el centro de todo, que es la madre de las subculturas, tribus urbanas, bandera de movimientos sociales, estigma y bendición. Y la cumbia, la cumbia que es el pilar de la música popular latinoamericana, la cumbia que se ha vuelto bandera en más de un país que agradece siempre a Colombia la pauta para marcar el paso con golpes que se escuchan en el fondo, entre el acordeón y las voces.

Las cumbias ahora también son mexicanas y no sólo son de las orquestas, de los grupos en vivo, sino que desde hace más de 30 años las han tomado los sonideros, los reyes de las calles, que con sus espectáculos de “luz y sonido”, su habilidad para mezclar varios géneros de música tropical –la cumbia por sobre todos los demás– y la maestría al micrófono para que al mismo tiempo que mezclan canciones en su labor de DJs manden saludos y platiquen con el público, se han convertido en una cultura aparte, en un movimiento que surgió de otro, como un tercer ojo, un sexto dedo, una más de las expresiones sociales que emanan de la música popular.

La voz de César es dura. Rasposa. Alarga las palabras un poco al final, con el característico acento del centro de México. Sus palabras, sus saludos, se replican en las últimas sílabas por el efecto de repetición que le pone desde su consola. De vez en cuando el ritmo se corta con su voz, con palabras que lee de hojas y de celulares, de cartulinas con dibujos, con detalles, impresas, otras improvisadas escritas en hojas arrugadas, con plumones y letra que apenas se lee, garabatos con faltas de ortografía, con números en vez de letras, con z en vez de s y con x en vez de ch.

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La gente se desespera. En el baile de César no importa que le anteceda el Sonorámico, uno de los más grandes de México, que incluso estuvo este 2014 en el festival internacional Vive Latino en la Ciudad de México. No. Aquí y ahora la pista es del Fantasma. No por nada es uno de los más solicitados en todo el país, de entre millones y millones de personas que lo han reconocido y han creado una legión de fanáticos, de seguidores, de casi devotos que ciegamente corren cuando ven el logotipo del Fantasma en uno de los carteles de papel acartonado que pegan en las calles por las noches y aparecen como piquetes de mosco.

Enrique nunca había ido a un baile, es su primera vez. Se queja, aunque no le gusta mucho la cumbia le molesta que corten la canción con palabras. Hace caras, se va a dormir al auto pero no sabe que todos ahí están para bailar y para que les manden saludos. El saludo es un reconocimiento in situ, una comprobación de que se está ahí, en la pista de baile, brincando en el frenesí, escuchar el nombre propio o de la banda en voz de sus ídolos. Y hoy ese ídolo es César Juárez, el Sonido Fantasma.

El Sonorámico tiene un escenario además de su cabina, pero el Fantasma no es tan ostentoso. César tiene más de 40 años, el cabello oscuro algo grisáceo con entradas en la frente, lleva una camisa con los dos botones superiores desabrochados, chamarra negra de cuero y pantalón de mezclilla. Él no tiembla, toma el micrófono como si fuera una extensión de su mano, como un cyborg que integró la tecnología al funcionamiento de su cuerpo, como un entramado de cables y metal sin el cual no puede existir ni respirar.

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Los pies no responden a la razón. Los pies se mueven solos, uno tras otro, en una marcha dispar que se acopla con la pareja, y con la próxima que espera paciente un paso adelante de los demás dentro del círculo que se hace entre los postes de metal, bajo las lonas que están deteniendo el diluvio que ni se escucha.

La cumbia calla la lluvia.

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Y qué es un sonidero, qué lo hace diferente. Que la música no es sólo la música, no es sólo el grupo o el DJ, es la voz, la interacción directa, los saludos.

Es una tradición nacida con la disco móvil de Polymarchs a principio de los años 70 en la ciudad de México que se ha replicado –sin cansancio- no sólo en fiestas tradicionales en las calles empolvadas de pequeños pueblos, sino en barrios de ciudades e incluso en calles de zonas céntricas que cierran sin permiso, para poner el sonido y bailar, perderse en el ritmo incansable que ha marcado a todo un continente, que se ha vuelto un sello de Latinoamérica y de la parte latina de Estados Unidos, una extensión más de este subcontinente físico y a veces imaginario que sin embargo está en el corazón de quienes se asumen latinos, en cada una de las pisadas y brincos, en cada vuelta de cadera al ritmo de la cumbia.

Es una hipnosis colectiva. Los que no están literalmente empujándose y trepándose a la reja que rodea la cabina del Fantasma están bailando. Apenas se puede pasar. “Yo soy profeta en mi tierra y después donde yo vaya”, dice César.

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En octubre de 2013 concede una entrevista, se hace un espacio en su oficina que da a una imprenta y una bodega. Hay gente por todas partes, arriba, afuera, en la sala de espera, en el teléfono, pero él es amable. No tiene pena, no se pone nervioso: ya sabe quién es.

Lleva 28 años escuchando música tropical, sabe de lo que habla. Saber es el verbo que más se repite en sus ademanes y en su voz, en sus manos, es lo que mejor lo describe. Empezó siendo bailarín y a tocar por casualidad, nunca lo planeó. Nació del gusto por la música y de su colección de acetatos que le pedían prestados para fiestas. Pero no eran cualquier cosa, eran sus tesoros, así que él iba a ponerlos personalmente. Primero el refresquito, luego el cotorreo, luego le pedían que para las fiestas –que no se hacían en casa sino en la calle– llevara equipo de audio que sonara mejor que sus estéreos. Entonces le daban para el taxi, y después le pagaban más. Poco a poco se fue consolidando como el Fantasma.

El Fantasma no es cualquiera, es el número dos de todo México según los fanáticos, sólo superado por el Sonido Cóndor. Pero César Juárez es más querido, quizás porque viene del barrio, de Puebla, y a Puebla se debe. Dice que si volviera a nacer, nacería en esta ciudad, la cuarta más grande del país, la que se fundó como un punto de descanso entre el puerto de la Vera Cruz y la ciudad de México, la gran Tenochtitlán.

Le dijeron que no se puede ser profeta en su tierra, pero él es la prueba de lo contrario, casi por una casualidad que empezó hace tres décadas.

Para César, el sonidero es un movimiento social que ha sido marginado durante décadas, que ha sido incomprendido y tachado de muchas cosas negativas, de inseguro, de lugar de peleas, de violencia. Pero más allá de los prejuicios, en realidad el ambiente sonidero causa un sentimiento único que emana de la voz, de los micrófonos y los bajos pausados de la cumbia: hace que la gente se entregue, baile y viva, por instantes, por y para la pista de baile.

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La noche no acaba pronto. Para los sonideros es eterna. Hay quienes quisieran colgar con pinzas la oscuridad de ese sábado de agosto, en una de las colonias populares más bravas de Puebla, como para retenerla por siempre junto con la música que se escucha con más fuerza que al principio. Aunque cada vez hay menos gente todavía se siente la furia por bailar. Afuera alguien se robó un auto, parece que todos saben quién fue. Faltan unos minutos para las 2 de la mañana y los que vienen con César –que está acompañado dentro de su cabina por dos mujeres y cuatro hombres– dicen que es buena hora para irse.

Periodista en constante formación, interesada en cobertura de Derechos Humanos y movimientos sociales. Reportera de día, raver de noche. Segundo lugar en categoría Crónica. Premio Cuauhtémoc Moctezuma al Periodismo Puebla 2014. Tercer lugar en el concurso “Género y Justicia” de SCJN, ONU Mujeres y Periodistas de a Pie. Octubre 2014

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