La marcha política de la comunidad LGBTTTI

La marcha política de la comunidad LGBTTTI

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez
Josué Cantorán

@josuedcv

“Hagan su trabajo o lárguense”.

La frase resuena con fuerza entre las personas que se han quedado en el zócalo de Puebla pese a la lluvia, luego de concluida la 13va Marcha del Orgullo, la Dignidad y la Diversidad Sexual. Se escuchan los gritos y aplausos. La sentencia, que forma parte del posicionamiento oficial del Comité Orgullo, está dirigida a las autoridades que encabezan las dependencias de seguridad pública y de procuración de justicia, que hasta el momento no han sido capaces de prevenir la discriminación o investigar adecuadamente los crímenes de odio por homofobia y transfobia ocurridos en la entidad.

Por segundo año consecutivo la marcha del orgullo centró sus demandas políticas en resolver las necesidades de las poblaciones transgénero y transexual. Primero, la aprobación de la llamada Ley Agnes, una serie de reformas a algunos artículos del código civil estatal que permitirían a las personas trans modificar sus documentos oficiales para que su nombre y sexo aparezcan acordes con su identidad sexogenérica, algo que también les brindaría un acceso menos atropellado a algunos bienes sociales como el empleo, la salud y la educación, considerados derechos humanos fundamentales.

En marzo de 2013, durante el primer aniversario luctuoso de Agnes Torres, la activista que trabajó en la redacción de dicha ley basándose en la del Distrito Federal, un grupo de organizaciones de la sociedad civil entregó el documento a todos los diputados que entonces conformaban la LVIII Legislatura.

Hoy, la iniciativa ha pasado 20 meses de ignominia en la congeladora, aunque la demanda por brindar mejores condiciones sociales a las personas trans viene de mucho tiempo atrás. Y por eso el hartazgo.

–Indigna mucho, sí, que éste es ya el cuarto año que exigimos lo mismo –gritaba Sicalpsis, una de las voceras del Comité Orgullo, parada sobre la tarima del zócalo–. E indigna más que las legisladoras y legisladores no asuman su responsabilidad representativa con las poblaciones transgénero y transexuales de nuestro estado y de una vez por todas aprueben la iniciativa Agnes Torres.

En la legislatura actual, sólo la diputada perredista Socorro Quezada Tiempo ha mostrado indicios de voluntad política para discutir los temas relacionados con la comunidad lésbico gay bisexual y transexual en el recinto legislativo. El resto de sus compañeros, como ha sido costumbre en tiempos políticos anteriores, parece que ni ven ni oyen.

Quezada Tiempo, al iniciar la legislatura, declaró incluso a algunos medios de comunicación que buscaría que la Ley Agnes se discutiera de una vez. Hasta el momento eso no ha ocurrido, y aunque desde la semana pasada se informó que la legisladora sería la nueva dirigente estatal del Partido de la Revolución Democrática (PRD), las organizaciones prefieren no adelantar un pronóstico sobre si esto podría acelerar el cabildeo de la Ley Agnes.

–Ojalá y convenza a su militante Luis Maldonado (secretario general de Gobierno) de que publique el reglamento para ir empezando –dice el activista Brahim Zamora, vocero del Observatorio Ciudadano de Derechos Sexuales y Reproductivos (Odesyr), en un breve acercamiento con los medios antes del inicio de la marcha–. Por otra parte, yo creo que tiene que ver con que le pierdan el miedo, que garanticen el derecho a las personas trans de tener un documento que las identifique.

Porque ése es, justamente, el otro gran reclamo. Durante años diversas organizaciones buscaron que se discutiera y aprobara una ley estatal para prevenir y erradicar la discriminación. Y aunque eso por fin se hizo realidad en noviembre de 2013, la ley resulta inoperante, es decir, inútil, puesto que la Secretaría General de Gobierno no ha publicado su reglamento en el Diario Oficial, pese a que en mayo de este año se agotó el plazo legal para que la dependencia lo hiciera.

Foto: Karen de la Torre
Foto: Karen de la Torre

Las demandas sobre la comunidad LGBT están ahí, parece que durante los años no cambian. En algunos temas se avanza, como el matrimonio igualitario, en el que las organizaciones han emprendido el proceso de amparo ante el Poder Judicial federal para que algunas personas en la entidad puedan ejercer ese derecho. En otros, los más, parece que el Estado realiza ejercicios de simulación que en realidad no ayudan en nada o poco a las poblaciones LGBT, como lo ha documentado este portal.

Pero esta ocasión, además, como en pocas veces anteriores se había notado, la comunidad LGBT se sumó a otras exigencias, a otras causas, a otros hartazgos.

–Esta marcha también es una marcha contra la pasividad y contra la indolencia –gritaba Sicalipsis, sobre la plaza central de la ciudad–. Salimos porque también nos duele y nos horroriza la masacre y el crimen de Estado de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa y de los otros seis jóvenes. Fue el Estado. Ni perdón, ni olvido.

Y luego, en su discurso, la vocera también mencionaba los casos de la masacre de Tlatlaya, “ejecutada vilmente por el Ejército mexicano”, “los 55 feminicidios que han ocurrido en Puebla en este año”, “la muerte del niño José Luis Tehuatlie Tamayo” y “los presos políticos de Cholula, de la Sierra Norte, y del volcán”.

–Porque un país –gritaba Sicalipsis, con un rostro molesto, deteniéndose por momentos cuando los gritos de apoyo de los asistentes a la marcha opacaban su voz– se construye incluyendo a los indígenas, a los pobres, a las mujeres insumisas, a las mujeres trabajadoras, a los jóvenes, a quienes viven con alguna discapacidad, a los estudiantes, a las lesbianas, a los homosexuales, a los bisexuales o polisexuales o pansexuales, a las personas transexuales, transgénero y travestis.

Así que en algunos contingentes de la marcha se pudieron observar también las otras exigencias: los rostros de los jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa pegados sobre una bandera arcoíris, los gritos del número 1 al 43 y de justicia, dejando claro que el caso de los normalistas que ha paralizado al país entero no ha dejado indiferentes a algunos sectores de la comunidad LGBT.

En esta ocasión también destacó la participación del coletivo Putillatlán, que poco después de iniciada la marcha, en su paso frente a las instalaciones de la Procuraduría General de Justicia (PGJ) del estado, cruzaron el bulevar y realizaron una clausura simbólica de la dependencia encargada de administrar la justicia.

Pegando una cinta amarilla en las puertas de la Procuraduría que decía “CLAUSURADO por ineficiente. ¿Dónde están los expedientes por crímenes de odio?”, un grupo conformado por una decena de jóvenes, algunos con los rostros cubiertos con telas de color rosa, permaneció frente a la dependencia durante unos diez minutos, gritando consignas, mostrando sus pancartas y lanzando confetis.

–Estamos en todas partes, somos los ciudadanos que pagan impuestos pero no tienen los mismos derechos, viajamos en el transporte público pero no tenemos derecho a una identidad, sobrevivimos el repudio del sistema, al rechazo del Estado y a la represión de nuestros gobernantes –dijo una de ellas durante el discurso que emitieron al final de la marcha–. Hoy ocupamos las calles para marchar, mañana nuestros cuerpos serán abandonados en fosas comunes, por eso hoy nuestro cuerpo es discurso, es rabia, es vida y es dignidad. Somos la voz de los que ya no están, de los olvidados, de los muertos, nuestros muertos.

Finalmente hablaron las integrantes de la asociación lésbica El Taller, quienes dijeron levantar la voz “ante la ignominia de este gobierno misógino, asesino, represor y autoritario. Levantamos la voz ante el miedo de la represión”.

La marcha del orgullo es política y festiva. Algunas veces, como ésta, más política que festiva. Aunque la fiesta de quienes tienen todo prohibido, dirán algunos, y con razón, también es política. Y todo eso forma parte también del movimiento: los contingentes que se quedan atrás y bailan al ritmo del house, los carros alegóricos donde las reinas de belleza travesti saludan a los que se pasean por las banquetas, viéndolas con sorpresa, los que marchan hasta el frente, enmascarados, gritando por la justicia en Ayotzinapa.

“No que no, sí que sí, ya volvimos a salir”, gritaban de vez en cuando. En realidad la comunidad LGBTTTI “sale” a las calles todos los días. Quizá nunca de forma tan visible como en una marcha de miles de personas con carros alegóricos y banderas gigantes de arcoíris, pero siempre esta ahí.

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