Cantando al poder (II): Educación y decadencia social

Cantando al poder (II): Educación y decadencia social

Martín López Calva

@M_Lopezcalva 

 

“Hazme justicia Señor
porque soy inocente
Porque he confiado en ti
y no en los líderes
Defiéndeme en el Consejo de Guerra
defiéndeme en el Proceso de testigos falsos
y falsas pruebas
No me siento con ellos en sus mesas redondas
ni brindo en sus banquetes
No pertenezco a sus organizaciones
ni estoy en sus partidos
ni tengo acciones en sus compañías
ni son mis socios
Lavaré mis manos entre los inocentes
y estaré alrededor de tu altar Señor
No me pierdas con los políticos sanguinarios
en cuyos cartapacios no hay más que el crimen
y cuyas cuentas bancarias están hechas de sobornos
No me entregues al Partido de los hombres inicuos
¡Libértame Señor!
Y bendeciré en nuestra comunidad al Señor
en nuestras asambleas.”

Ernesto Cardenal. Hazme justicia, Señor (Salmo 25).

Cantando al dinero pero también al poder, llegamos a este momento de crisis profunda y generalizada en el país. Cantando al poder que nos hace sentir infinitos, intocables, inmunes a cualquier ley o norma, más allá de la moral.

Cantando al poder nuestra sociedad comenzó la decadencia hace ya varias décadas y sigue cavando la tumba de toda posibilidad de justicia, paz y democracia, cancelando toda posibilidad de vivir humanamente, instalando la ley de la selva en cada calle, en cada pueblo y ciudad de este México traspasado por el filo de quienes viven enfermos de dominio sobre los demás.

Cantando al poder hemos ido cayendo colectivamente en esta distorsión cultural en la que “el fin justifica los medios” aunque sea un fin injustificable y aunque los medios impliquen difamar, atacar o matar moral o físicamente al adversario, descalificar a priori al que piensa distinto, perseguir al que se opone a nuestros proyectos y a nuestras ambiciones insaciables de control y dominio, de ascenso en la escala de puestos y prebendas.

Cantando al poder hemos arribado a este pozo obscuro y profundo que parece no tener salida en el que la honestidad y el deseo de servir al bienestar de todos se ven como utopías románticas estorbosas para hacer una carrera pública hacia la cúspide de una pirámide que está cimentada sobre pilares de explotación, manipulación, engaño y sangre de mucha gente.

Cantando al poder fuimos convirtiendo un país alegre, solidario y festivo en un cementerio lleno de cadáveres anónimos, de cuerpos que parecen simples desechos pero son historias humanas truncadas, arrancadas de un contexto de familia y comunidad donde harán falta por siempre, arrebatadas a una sociedad que necesitaba de su aporte para transformarse. Cantando al poder transformamos este “México lindo y querido” en un territorio ajeno, dominado por el miedo o la complicidad.

Porque creímos que el poder conseguía todo, incluyendo la felicidad y la realización personal convertimos el significado de la existencia en un canto permanente al poder. Porque cantando al poder pretendimos resolverlo todo: la necesidad de compañía y amistad –porque la gente nos rodea si somos poderosos-, el deseo de liderazgo e influencia –porque siendo poderosos la gente hace lo que nosotros decimos-, la autoestima y la dignidad –porque teniendo poder nos sentimos seguros y dignos de admiración- y la sed de trascendencia –porque los poderosos se hacen estatuas que los inmortalizan y le ponen su nombre a las obras que siempre llevarán su huella-.

Este clamor implica un reto educativo. Para que las cosas empiecen a cambiar de rumbo aunque sea lentamente, se necesita que los educadores faciliten procesos de reflexión crítica, de análisis de la realidad concreta para formar personas que no aspiren a sentarse con ellos en sus mesas redondas para volverse igual sino para dialogar y exigir los cambios. 

Pero como decía Lord Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. y en este canto al poder se van corrompiendo las personas, se van corrompiendo las instituciones y se va corrompiendo la sociedad toda. El poder corrompe y el poder permanente corrompe de manera permanente al reducido grupo al que llamamos “clase política”, “clase empresarial” o “poder fáctico” y que ha repartido entre la misma élite los cargos y las influencias a lo largo de décadas, de generación en degeneración.

De manera que hemos llegado al punto en el que el Estado ha sido corrompido en gran parte de sus estructuras y en medio de moches, complicidades y cesión de espacios, el crimen que genera la violencia ilegítima ha penetrado los espacios en los que se fijan e imponen las reglas del juego, en los que se debería hacer respetar el imperio de la ley para todos.

Los resultados están a la vista y tienen sumido al país –no solamente al gobierno o a los partidos como a muchos les gustaría creer- en una de las más profundas crisis de su historia moderna.

Es por ello que hay miedo entre las personas que son inocentes pero no tienen poder y por ello son vulnerables. Es por eso que empieza a hacerse oír el clamor del pueblo implorando justicia.  Un pueblo que junto con el poeta podría cantar: “Hazme justicia Señor porque soy inocente. Porque he confiado en ti y no en los líderes…
defiéndeme en el Proceso de testigos falsos y falsas pruebas…”

Este clamor implica un reto educativo. Para que las cosas empiecen a cambiar de rumbo aunque sea lentamente, se necesita que los educadores faciliten procesos de reflexión crítica, de análisis de la realidad concreta para formar personas que no aspiren a sentarse con ellos en sus mesas redondas para volverse igual sino para dialogar y exigir los cambios. Que no estén dispuestos a brindar en sus banquetes, que se organicen sin pertenecer a sus organizaciones.

Para empezar a salir del oscuro túnel de la violencia en que nos fue metiendo el canto al poder es necesario formar ciudadanos conscientes, comprometidos, competentes en la gestión de sus derechos. Ciudadanos que tengan la suficiente claridad y fuerza para no perderse con los políticos sanguinarios ni mimetizarse con ellos, que no entren al juego de las cuentas bancarias hechas de sobornos, que no estén dispuestos a entregarse a los partidos políticos llenos de hombres inicuos.

Ciudadanos capaces de entonar otro canto, un canto de libertad frente al poder que corrompe, un canto de solidaridad con su comunidad, un canto de compromiso con el bien común, un himno de esperanza en estos tiempos marcados por la desesperanza.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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