Cantando a las apariencias: Educación y decadencia social III

Cantando a las apariencias: Educación y decadencia social III

Martín López Calva

@M_Lopezcalva

 

Para Don Carlos Muñoz Izquierdo.

“Los funcionarios no funcionan.

Los políticos hablan pero no dicen.

Los votantes votan pero no eligen.

Los medios de información desinforman.

Los centros de enseñanza enseñan a ignorar.

Los jueces condenan a las víctimas.

Los militares están en guerra contra sus compatriotas.

Los policías no combaten los crímenes, porque están

ocupados en cometerlos.

Las bancarrotas se socializan, las ganancias se privatizan.

Es más libre el dinero que la gente.

La gente está al servicio de las cosas”.

Eduardo Galeano. El sistema I.

Cantando al dinero y al poder y cantando a las apariencias estamos hoy sumidos en esta decadencia que hace cada vez más ininteligible la realidad, cada vez más inhumana la violencia que supera ya la imaginación de un escritor de novelas de terror.

Cantando a las apariencias hemos llegado a esta sociedad en la que ya no importa lo que se es sino la imagen que se proyecte a los demás, ya no se valora lo valioso sino lo caro, ya no se aspira a construir una vida humana honesta sino una biografía atractiva en Facebook.

Cantando a las apariencias vamos viviendo vidas cada vez más vacías, existencias de cartón hueco, relaciones enmascaradas bajo kilos de maquillaje, conversaciones de palabras carentes de significado y oídos sordos hacia los verdaderos sentimientos y al auténtico drama propio y de los semejantes.

Cantando a las apariencias fuimos convirtiendo nuestra sociedad en un gran teatro basado en la farsa donde los funcionarios no funcionan, los políticos, los periodistas y los líderes hablan pero no dicen, los votantes votamos pero no elegimos porque –se respete o no el sufragio- no hay opciones realmente distintas para elegir.

Cantando a las apariencias hicimos entre todos una sociedad en la que los medios de información desinforman, los jueces condenan a las víctimas y exculpan a los culpables, los militares combaten a sus compatriotas y los policías –como en el caso de Ayotzinapa- no combaten los crímenes porque están asociados con los que los cometen u ocupados ellos mismos en cometerlos. Un país en el que es más libre el dinero que la gente y en el que la gente se pone cada vez más al servicio de las cosas.

Así llegamos hoy al momento en que nuestra sociedad de apariencias se mira al espejo que le muestra su verdadero rostro de corrupción, impunidad, violencia, muerte, horror y decadencia.

Un país con un sistema educativo que no educa, con una escuela que es “no escuela” porque no tiene los mínimos servicios para funcionar adecuadamente, con un sistema social y educativo que no combate las desigualdades sino que las reproduce y las hace más amplias, con una educación superior que subsidia la formación de los estudiantes privilegiados que tuvieron acceso a una escuela privada dándoles universidad gratuita -porque tienen mayores herramientas para aprobar los exámenes de admisión- y condenando a los pobres que recibieron una educación básica y media deficientes a pagar estudios universitarios de muy baja calidad.

Cantando a las apariencias llegamos a una sociedad donde las clases medias y altas eligen la escuela de sus hijos por la marca de los coches en los que llegan los padres de familia o por el costo de la colegiatura y el apellido de las familias con las que van a convivir. Una escuela de apariencias en la que se confunde la calidad educativa con el lujo de los edificios y el equipamiento físico y digital, una escuela donde se inscribe a los niños para que adquieran conocidos y no conocimientos como bien dice Manuel Gil Antón.

Una escuela en la que este canto a las apariencias se va enseñando a los niños que hoy aspiran a ser del grupo de “los populares” y no del de los aplicados o los comprometidos o los que disfrutan la vida escolar sin falsas pretensiones.

Porque no importa ser sino parecer y así frecuentamos el gimnasio para vernos bien y no para estar bien, comemos sanamente para conservarnos físicamente atractivos y hacemos dietas por estética aunque vivamos muriendo de hambre todos los días. De este modo adquirimos casas, autos y objetos que no necesitamos pero nos dan estatus, aunque no tengamos dinero para pagarlos.

Apostamos a las apariencias como si fueran la receta para la felicidad o al menos el disfraz para la falta de sentido. Si no podemos ser felices y realizarnos al menos proyectemos la imagen de que lo somos. En esta era del miedo, el más grande de todos los temores es el de enfrentarnos con nosotros mismos y experimentar nuestro propio vacío. Por ello nos refugiamos en las formas, invertimos toda nuestra energía y recursos en constuirnos una imagen y en sostenerla cueste lo que cueste.

Pero tarde o temprano las imágenes se caen, las apariencias dejan de engañar, la escenografía que cubre de esplendor nuestra persona se va deteriorando, el maquillaje se diluye y quedamos expuestos ante los demás y ante nosotros mismos con todas nuestras imperfecciones y nuestras miserias.

Así llegamos hoy al momento en que nuestra sociedad de apariencias se mira al espejo que le muestra su verdadero rostro de corrupción, impunidad, violencia, muerte, horror y decadencia. Un rostro desnudo que rechazamos porque no nos gusta, porque nos duele y nos interpela. El rostro de nuestra propia incongruencia, de nuestra complicidad por acción u omisión con el mal que se extiende por todos los rincones de esta patria que hoy decimos que nos duele pero no reconocemos que somos corresponsables de las causas de este dolor.

El primer paso para salir de este proceso de decadencia social que parece irreversible es precisamente dejar de culpar a los demás y asumir nuestra propia responsabilidad. Aceptar que de una u otra forma hemos contribuido a la degradación social por creer que la vida era una carrera hacia el éxito entendido como fama, popularidad, prestigio, dinero y poder.

A partir del reconocimiento de la responsabilidad colectiva en este canto a las apariencias, la educación formal e informal tendrá que enfrentar un enorme desafío. El desafío de la regeneración de la cultura del parecer y el tener hacia una cultura del ser y el convivir humanamente.

Educar para el autoconocimiento profundo que capacite para el planteamiento y la constante redefinición de un proyecto de vida humana libremente decidido y para la construcción de relaciones significativas que se sustenten en mirar al otro como un ser igual en dignidad y tengan como meta la comprensión intersubjetiva que plantea Morin como uno de los siete saberes fundamentales para la educación del futuro es el reto de todo educador y de toda escuela que verdaderamente quiera contribuir a salir de este túnel profundo en el que el canto al dinero, al poder y a las apariencias nos ha metido como en una pesadilla de la que quisiéramos todos despertar.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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