UNA ALFOMBRA VERDE SE EXTIENDE SOBRE MÍ
Adolfo Córdova
Por Lado B @ladobemx
16 de octubre, 2014
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Adolfo Córdova 

De la serie No recuerdo

 

Tendido sobre el suelo, al pie de un árbol de nanche, recuerda la lluvia y el polvo y se enlodan sus pupilas. Descubro sus ojos. Ahí está. Hay un hombre entre esas raíces que parecen huesos. En ese jardín que parece selva. Basta observarlo un poco, detenerse. Aunque apenas pueda percibirse el blanco de sus ojos, son ojos y no gotas encharcadas.

Me acerco y el hombre me murmura un recuerdo. Las tardes en el jardín de su abuela recolectando hojas y frutos, siguiendo insectos, asomándose al nido de los colibríes. Recuerda, tendido sobre el suelo como está, moribundo, y estira los dedos de las manos, los entierra. Recuerda desde los pies y comienza a crecerle por las piernas un musgo oscuro como la alfombra mojada y verde del día que tiró el vaso de agua. Su abuela no dijo nada, recogió el vaso sin dirigirle la palabra y se fue a la cocina. Él quería escuchar algo, su abuela no habló. Quiso seguirla para pedirle una disculpa pero no pudo moverse. Se quedó sentado sobre la alfombra. Vio la mancha de agua que oscurecía el verde y al palparla le tronó un hombro, luego el otro. Sintió que se le caían los brazos, que le colgaban como las macetas que su abuela había suspendido del techo. Intentó avisarle, ir con ella, pero fue inútil mover los labios y las piernas. Se quedó ahí, pasmado, solo movía los ojos, veía la sala con sus largas cortinas cerradas, siempre en penumbras. Su abuela regresó y lo encontró inmóvil, como otras veces, sobre la alfombra verde. Lo cargó. Lo recostó en el sofá. Él quería agradecerle y explicarle lo del vaso de agua. Ella siguió sin hablar, pero lo miró. Él ya no se atrevió a decirle nada.

Tal vez debería dejar de recordar, levantarse, salir de ahí, arrancarse las raíces que empiezan a confundirse con sus huesos. Sacudirse las cochinillas y las hojas muertas. Pero no puede y ya es musgo y tronco y se toca la cara y recuerda más, las arrugas en la cara de su abuela, la textura de su pelo de alfombra vieja. Recuerda y las plantas de sus pies tocan el suelo, giran sobre sí mismas, crujen, se enredan en sus piernas. Recuerda y recuerda, necesita volver, se empapa su cabeza. Toda la humedad de la selva se concentra en su cabeza. La selva se cierra sobre su cuerpo. De su boca sale una rana. Sus uñas nunca habían tenido tanta tierra.

Ni aquella vez, antes del vaso de agua, cuando era más chico, que jugando arrancó todos los geranios del jardín y comió tierra. Le gustaba el sabor y masticar los granitos arenosos. Su abuela le dio un bofetón, le dijo que era un destructor, igual que su hermano, y lo llevó casi arrastrando al lavabo. Terminó por meterlo a la regadera. Con ropa. Para enjuagarla toda de una vez. Y ahí adentro lo dejó todo el día, para que la ropa se secara lo más posible, para que no mojara la alfombra. Parado. Vestido. Mojado. Como si la lluvia lo hubiera agarrado en la calle. Pero nunca salía. Siempre estaba en el jardín o dentro de la casa. Y ahora en la regadera. De puntitas hubiera alcanzado la manija para abrir la puerta del baño. Pero se quedó inmóvil, su abuela le había dicho que debía esperar ahí hasta que estuviera seco. Terminó sentándose en una esquina, sobre los azulejos húmedos.

Debo volver, me susurra, al jardín con árboles de frutas. Quiero agua de nanche. Pero si no recuerdas más y te detienes, le digo, tal vez dejes de ser selva y alfombra y los bejucos no te rompan las costillas y las raíces no te estrangulen. Tal vez la agitación del viento te haga reaccionar y pararte, tal vez puedas recordar de pie, sin enlodarte los ojos.

Pero no se levanta porque ya no reconoce sus piernas. Recuerda y recuerda. Y la mitad de su cuerpo ya es una maleza de geranios y hiedras que trepan por su cintura, por su vientre, por su pecho abierto. Una hilera de hormigas se detiene en su ombligo e inicia un recorrido espiral hacia sus entrañas de polvo. Recuerda que ella no quiso que saliera por la pelota, que ella no quiso que viera a su papá, que ella no iba a tirarse al suelo a jugar con él, que no podía tocar nada porque podía romperlo. Recuerda y con sus ojos acuosos, enlodados, ya no percibe nada.

Pero oye un canto.

Ciempiés y escarabajos intentan guarecerse en su nariz. Las manos enterradas como semillas recuerdan más, duele pero entiende, necesita volver. No es el canto de su madre lo que oye. No recuerda a su madre. Es el canto de su abuela. Hileras de hongos se esparcen sobre sus brazos descompuestos. Empieza a llover. Un caracol se asoma por su oreja. Los dientes se le desprenden como granos de maíz, resbalan por los restos de su cuello hasta hundirse en el lodo. Recuerda. Al principio, su abuela le cantaba. Le cantaba mucho, como un pájaro.

Me acerco más.

Ya no murmura.

Ya no queda nada de él.

 

Recuerda y recuerdo. Volví. Corto un nanche. Veo el suelo y me sorprende mi reflejo en dos charcos lodosos. Descubro mis ojos, me acerco. Recuerdo la lluvia y el polvo. Recuerdo cuando me fui, cuando rompí todo, cuando dejé a mi hermano con la abuela. Me tiendo en el suelo de esa selva que ahora es su jardín y recuerdo. Tengo las uñas llenas de tierra, la ropa llena de tierra, empapada. Recuerdo y recuerdo. Recuerdo que los dejé. Recuerdo. Una alfombra verde comienza a crecer sobre mis piernas.

 

Adolfo Córdova (Veracruz, 1983). Periodista y escritor. Maestro en Libros y Literatura Infantil y Juvenil por la Universidad Autónoma de Barcelona, becario del FONCA, colaborador del periódico Reforma, promotor de lectura en la Biblioteca Vasconcelos y bloguero en linternasybosques.com. Publicará su primera novela para niños a principios de 2015.

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