Genética del comportamiento
Mi hija tiene un año y medio y, cuando se cae o se da un golpe, más me vale no atender a la sabiduría popular. Porque si no le hago caso, su llanto puede alcanzar proporciones superlativas. En cambio, si le pregunto si está bien, ella sonríe y sigue jugando. Si el porrazo estuvo duro, junto con la pregunta basta agregar un beso y un poco de apapacho. Y listo.
Por Luis Felipe Lomelí @Lfelipelomeli
07 de octubre, 2014
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Luis Felipe Lomelí

@Lfelipelomeli

No le hagas caso y se le pasa

Mi hija tiene un año y medio y, cuando se cae o se da un golpe, más me vale no atender a la sabiduría popular. Porque si no le hago caso, su llanto puede alcanzar proporciones superlativas. En cambio, si le pregunto si está bien, ella sonríe y sigue jugando. Si el porrazo estuvo duro, junto con la pregunta basta agregar un beso y un poco de apapacho. Y listo.

Si usted ha convivido con niños, ya sabrá que este comportamiento es algo inusual, que por lo general lo que sucede es lo contrario: si uno se muestra preocupado por el golpe, el huerco berreará con todos sus pulmoncitos; y si uno “se hace pato”, el niño solito se calma. Pero resulta que, aparte de mi hija, también sé de otro escuincle que se comportaba exactamente igual que ella: yo. ¿Se hereda el comportamiento? ¿Usted qué cree?

Mis profesores de genética decían que el comportamiento no era heredable, que éste se formaba con la educación o que, en el mejor de los casos, aún no había certeza alguna, ningún estudio científico serio que probara la transmisión genética del comportamiento. Así, tal vez esté usted pensando que hubo algo en la educación de mi hija que, sin que yo me dé cuenta, la inclinara a reaccionar de esa forma. Si es así, tengo un ejemplo aún más extraño.

Picadillo con pasitas

Un día mi madre decidió hacer de comer picadillo con pasitas. Mi padre vio el plato, separó las pasitas con el tenedor y se comió sólo la carne. En la sobremesa mi madre preguntó si le había gustado y mi apá dijo: “pos está bueno, nomás las pasitas como que no”. Algunos años después nací yo y, otros más, mis padres se divorciaron. Cuando estaba en la preparatoria y mi madre volvió a tener tiempo para cocinar, repitió la receta. ¿Y qué cree? Yo separé las pasitas con el tenedor y me comí sólo la carne. Yo veía que mi amá hacía caras pero no entendía nada, entonces me preguntó si me había gustado y dije: “pos está bueno, nomás las pasitas como que no”.

Mi madre quedó atónita un momento y luego me contó, por primera vez, la historia.

Obviamente, sin registros detallados, estas historias ni son argumento ni prueba: son anecdotario. Pero, ¿tiene usted historias similares? ¿Será sólo instinto, como los animalitos? ¿No sería maravilloso que hubiera hartos estudios al respecto?

Lo natural y lo construido

[quote_left]Mis profesores de genética decían que el comportamiento no era heredable, que éste se formaba con la educación o que, en el mejor de los casos, aún no había certeza alguna, ningún estudio científico serio que probara la transmisión genética del comportamiento. [/quote_left]

Cuando aparecía un tema así (casi siempre), mis clases de genética, ecología animal, ecología de aves y demás se volvían de lo más divertido. Porque de una anécdota comportamental humana pasábamos a la cuestión del “instinto”, de cómo ciertas especies “saben” qué hacer sin que nadie se los enseñe. Si el profesor decía que “eso” estaba en los genes, entonces volvíamos al asunto del comportamiento humano. Si decía que eran conductas aprendidas, alguien sacaba un artículo donde se mostraba que no había modo de aprender aquello. Y la clase se dividía en dos: 1) los partidarios de la heredabilidad genética y 2) los partidarios del aprendizaje y el condicionamiento del entorno. Ambos bandos tenían argumentos buenísimos y, por supuesto, eran rebatidos por otros argumentos aún mejores. Al final, aparecía un tercer bando muy reducido: 3) los partidarios de no tomar ninguna postura pues no había estudios concluyentes para ninguna y, tomar cualquiera de ellas, podría tener consecuencias sociales desastrosas.

¿Cuál de los tres tiene razón?

Sexualidad, criminología, gemelos, comunistas y salvajes

Si hace usted una búsqueda rápida en internet sobre “genética del comportamiento humano” se encontrará con que casi todos los resultados apuntan a las cinco palabras de este subtítulo. Es decir, a lo largo de un siglo, por lo menos, la mayor parte de los estudios en esta área han tenido objetivos específicos: determinar si la homosexualidad es genética o aprendida, si hay rasgos visibles para conocer la sexualidad del otro (que si tiene el dedo anular más grande que el índice, por ejemplo), si hay tal cosa como un “gen de la violencia” o si el criminal nace criminal o no, etcétera. Estos estudios siguen apantallando titulares hoy día y, en menor medida, hay referencias a los que fueron moda hasta hace unas cuantas décadas: separar gemelos para “demostrar” que la “sangre noble” siempre era sangre noble y la “sangre plebeya” siempre sería plebeya, secuestrar a los hijos de “comunistas” o de “salvajes” para criarlos con “familias de bien” para averiguar si “tenían remedio” o había que segregarlos o asesinarlos desde la cuna. Suena terrible, ¿cierto? Pero fue una moda.

La discusión en todos los casos era la misma que en mis clases de genética: tal o cual comportamiento es “natural”, es decir, está determinado por los genes que heredamos; o es “construido”, es decir, depende de la educación y del entorno.

Para bien o para mal, lo que argumentaba el tercer bando es cierto. Por un lado, no hay suficientes estudios (o, peor, es metodológicamente imposible diseñar un estudio) y, por otro, las consecuencias sociales han sido aterradoras. Así, esta rama de la ciencia, tan maravillosa que se antoja, se encuentra se encuentra en un camino sin salida, en una suerte de limbo o de “edad media”, incapaz de avanzar pero, también, incapaz de ser desechada.

Colofón: ética y educación científica para los políticos

Imagine que usted quiere encontrar algo así como el “gen de la violencia”. Es decir, un gen que, de encontrarse en una persona, la vuelva más propensa a ser violenta o a cometer un crimen. ¿No implicaría esto modificar las leyes y códigos penales? Y si se encuentra y la persona que cometió un crimen lo tiene, ¿podría argumentar entonces que no lo hizo con “premeditación, alevosía y ventaja” sino que, simplemente, “no pudo evitarlo”, “no pudo ir en contra de su propia naturaleza”? Ergo, no es un criminal, sólo tiene un padecimiento que él no pidió: como nacer con síndrome de Down u ojos verdes. Peor aún, si continúa la moda al estilo de 1984 de Orwell y nuestros gobiernos deciden actuar en forma preventiva: escanear el ADN de todos sus habitantes y encarcelar a los portadores del gen y, oh sí, resulta que usted, la madre o el padre del “gen de la violencia”, tiene dicho gen ¿estaría dispuesto a que lo encarcelaran preventivamente?

Éste es el problema de estos estudios. Tal vez la opción sería dar ética y educación científica a los tomadores de decisiones, no sólo para que se den cuenta que un conjunto de estudios científicos no tiene por qué implicar medidas sociales sino, y más importante, que antes de cualquier estudio, cualquier teoría, está la dignidad humana y ésta no puede ni debe ser modificada por ciencia natural alguna.

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Luis Felipe Lomelí
Estudió Física pero se decantó por la todología no especializada: una maestría en ecología por acá, un doctorado en filosofía por allá, un poquito de tianguero y otro de valet parking. Ha publicado los libros de cuentos Todos santos de California y Ella sigue de viaje, las novelas Cuaderno de flores e Indio borrado, el ensayo El ambientalismo y el libro de texto Naturaleza y sociedad. Es Premio Nacional de Bellas Artes y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Se le considera el autor del cuento más corto en lengua hispana: "El emigrante": -¿Olvida usted algo? –Ojalá.