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Samantha Páez

@samantras

Qué triste es asistir al funeral propio, al funeral en los ojos callados de otra persona. Cuando el silencio es lo único que nos acompaña al morir. Ni flores ni velas, sólo el silencio. Qué triste es morir en sus palabras, morir en sus acciones, morir de frío. Gota a gota nos deslavamos en la memoria, pronto el otro dejará de querernos aunque sea un poquito. No hay marcha atrás, brilla otra luz en sus pupilas y nosotros estamos tan grises, tan desesperadamente hambrientos de una mirada. Y conforme nos olvidan se nos desdibuja nuestro propio rostro, ya no sabemos quienes somos, no reconocemos nuestras manos sin el contacto de otra piel. Nos volvemos una estrella sin luz, porque la luz era para esos ojos. Nuestra luz no era nuestra sino de esos ojos que hoy no nos miran. Y nos damos cuenta que estamos muertos, más muertos que nuestro abuelo que murió de cáncer o nuestro tío que murió en el quirófano. Muertos como nuestras propias sonrisas, como nuestras ilusiones que yacen no tres sino cientos de metros bajo tierra.

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Ilustración: Beatrix G. de Velasco


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