Noche de grito: acarreados para RMV y una placa para recordar a José Luis Tehuatlie
Mientras en la capital poblana la Sonora Santanera pone a los poblanos a raspar las baldosas del zócalo y Miguel Bosé hace corear a varios miles en el Centro Expositor, en Chalchihuapan la comunidad se reúne para compartir el pan y la sal, y los tamales y las tostadas
Por Ernesto Aroche Aguilar @earoche
17 de septiembre, 2014
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Foto: @earoche

Ernesto Aroche Aguilar

@earoche

Frente al balcón y a lo largo del perímetro del palacio municipal, sede de la ceremonia estatal del Grito de Independencia, hay vallas que dividen en tres el zócalo de la ciudad. La zona más inmediata hace las veces de foso para la banda de música que, como cada año, acompaña la que será una breve ceremonia, la cuarta en que la arenga patriótica correrá a cargo de Rafael Moreno Valle.

Para ingresar a la segunda zona, que comprende el área frente al palacio y llega hasta la fuente de San Miguel, hay un código de vestimenta: un impermeable azul, el tono que identifica a este ayuntamiento, con la leyenda “Puebla Septiembre” y la campana de dolores cruzada con una banda tricolor impresas en la espalda.

–¿Dónde puedo conseguir una así? –pregunto a un operador de la Secretaría de Gobernación que resguarda una de las entradas a esa segunda sección.

–Se las dimos a nuestra gente de las colonias para identificarlos, sólo ellos pueden pasar por esta zona –me dice. Luego duda, titubea y me dice: ahorita pasas, espera que entre un grupo y ahí te metes.

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Foto: @earoche

Los impermeables se entregan calles más abajo, en las calles de Analco, donde están estacionados más de 50 vehículos de transporte público, entre microbuses urbanos y camiones de pasajeros rotulados con carteles que dicen: San Martín, Tepeaca y San Andrés.

La tercera sección, que incluye los tres cuartas partes restantes de la plaza principal de esta ciudad, es para todos aquellos que vienen por su pie y medios a conmemorar el inicio de una lucha que le cambió el nombre al territorio colonizado por los hijos de la península ibérica de Nueva España a México.

Al fondo de la plaza, entre el zócalo y la catedral, está el escenario en donde Eugenia León, Tania Libertad y Guadalupe Pineda le ponen el tono vernáculo a la noche al tono de “México Lindo y Querido” que, a diferencia de otros años, no está pasada por agua.

Y mientras en la capital poblana el mandatario estatal se apoya en un telepromter para que no se le olvide ninguno de los héroes de Independencia, y el sentir patriótico por una lucha que la historia oficial ubica como el mito fundacional de un territorio lleno de contradicciones y diferencias se alimenta con cantantes varios, a unos kilómetros de ahí, en una ceremonia mucho menos fastuosa, mucho menos custodiada y sin acarreados con impermeables azules, el presidente municipal de San Bernardino Chalchihuapan, Javier Montes Bautista, devela una placa luctuosa y conmemorativa a José Luis Alberto Tehuatlie Tamayo, el menor que perdió la vida en el violento desalojo de la autopista Atlixco Puebla el pasado 9 de julio.

Foto: Marlene Martínez

Foto: Marlene Martínez

Es una fiesta en donde las luces multicolores de leds se sustituyen con chileatole y café que corre de mano en mano, en donde la ausencia de grandes artistas populares se llena con músicos de la comunidad que con ingenio adaptan canciones dedicadas al gobernador –“sacaremos a ese buey de casa Puebla”–, que hace más de dos meses les mandó a casi 500 policías para desalojarlos de la Autopista Atlixco Puebla a punta de granadas y golpes de toletes.

Los que no faltan, si bien en menores proporciones a los que se lanzaron desde atrás de la Catedral y a los costados del zócalo, son los fuegos de artificio. El olor a pólvora quemada llena la plaza principal de la pequeña comunidad que se puso en el mapa nacional la tarde en que un cilindro de gas lacrimógeno disparado por un policía estatal le reventó la cabeza a José Luis Alberto Tehuatlie Tamayo.

Y en su honor y su recuerdo es también la conmemoración que, de mito fundacional del país es festejo luctuoso y político local.

Foto: Marlene Martínez

Foto: Marlene Martínez

Así, mientras en la capital poblana la Sonora Santanera pone a los poblanos a raspar las baldosas del zócalo y Miguel Bosé hace corear a varios miles en el Centro Expositor, en Chalchihuapan la comunidad, al menos la parte que no está controlada por Antorcha Campesina, se reúne para compartir el pan y la sal, y los tamales y las tostadas que, como dice Montes Bautista, se hacía antes de que las divisiones y las rencillas políticas los fueran alejando.

***

Rafael Moreno Valle está nervioso, la manos le estorban, se acomoda el traje una y otra vez mientras la cámara lo mira. Son casi las 11 de la noche y está a punto de salir a enfrentar al pueblo que gobierna, al menos a esa parte que pudo llegar hasta el zócalo de la ciudad. Pareciera que es el primero de su mandato, pero en realidad es el cuarto. Sólo que en ninguno de los años previos había enfrentado una crisis política y social de la magnitud de que la tiene enfrente.

[quote_box_right]Y mientras en la capital poblana el mandatario estatal se apoya en un telepromter para que no se le olvide ninguno de los héroes de Independencia, a unos kilómetros de ahí, en una ceremonia mucho menos fastuosa, mucho menos custodiada y sin acarreados con impermeables azules, el presidente municipal de San Bernardino Chalchihuapan, Javier Montes Bautista, devela una placa luctuosa y conmemorativa a José Luis Alberto Tehuatlie Tamayo.[/quote_box_right]

Al fin un miembro del ejército le pone en las manos la bandera y sale a pasos largos al balcón, para que la parte protocolaria se cumpla, se griten los vivas que hay que gritar y lancen los cohetes y fuegos artificiales que por segundos iluminaran la noche para el deleite y el disfrute.

El telepromter le dicta los nombres de los héroes patrios a recordar. Moreno Valle no sonríe, arenga y grita vivas. Abajo la muchedumbre responde, aunque las voces se hinchan cuando al final Moreno Valle lanza vivas al estado, entonces sí: los pechos se inflaman de aire y la voz resuena.

Pasado el acto protocolario un niño de unos 10 años pregunta a su madre, una de las mujeres que porta un impermeable azul marino que recibió al llegar a Analco como cientos de personas más: “¿a qué horas empiezan los cohetes?”

Y como si esperaran la pregunta, a su espalda suena los primeros tronidos. Y el cielo se pinta de colores, pero el niño de la pregunta no los puede ver, los árboles del zócalo tapan la visión y la masa impide que se pueda acercar a la zona de la fuente de San Miguel en donde la visibilidad es mejor.

–Tres horas de espera –reprocha a su madre–, y ni siquiera se pueden ver.

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Ernesto Aroche Aguilar