Corrupción: el falso debate entre cultura y sistema

Corrupción: el falso debate entre cultura y sistema

Martín López Calva

@M_Lopezcalva 

“Educar en el pensamiento complejo debe  ayudarnos a salir del estado de desarticulación y fragmentación del saber contemporáneo y de un pensamiento social y político, cuyos modos simplificadores han producido un efecto de sobra conocido y sufrido por la humanidad presente y pasada”

(Edgar Morin, Educar en la era planetaria, pp. 44-45)

Alrededor del 20 de agosto pasado se transmitió por el canal 2 de Televisa un programa especial titulado “Conversaciones a fondo” donde en el marco del 80 aniversario de la fundación del Fondo de Cultura Económica (FCE),  un grupo de  periodistas formado por Pascal Beltrán, Ciro Gómez Leyva, Pablo Hiriart, León Krauze, Lily Téllez y Denise Maerker entrevistaron al presidente Peña Nieto sobre el alcance y beneficios de las reformas estructurales recién aprobadas en el país. El programa fue conducido por el actual director del FCE, el también periodista José Carreño Carlón.

El programa en sí mismo desató una gran ola de críticas por su formato  artificial y prefabricado con toda la intención de propaganda para el presidente preparando el escenario de su segundo informe de gobierno. Conversación a modo, tituló su columna en el diario Reforma el analista y académico Jesús Silva-Herzog Márquez, cuestionando el atropello a una institución de gran prestigio como el Fondo de Cultura Económica por parte del gobierno y la manera en que su director, subordinado del presidente, se prestó a este juego mediático.

Pero sin duda el tema de la entrevista que más ruido ha generado y que sigue siendo tema de análisis en las columnas periodísticas y en los medios electrónicos es el de la corrupción que fue señalado por Peña Nieto como un problema de orden cultural, que está en la misma naturaleza humana. El único momento de discrepancia que se presentó durante el programa fue precisamente este, puesto que León Krauze se atrevió a manifestar su desacuerdo y contradiciendo al presidente puso de ejemplo a los millones de mexicanos que cuando cruzan la frontera y viven en Estados Unidos, dejan de lado las prácticas corruptas y se comportan de manera respetuosa de la ley. Krauze atribuyó la corrupción al sistema político instaurado por el PRI –el partido del presidente- que durante más de siete décadas promovió estos comportamientos y los volvió la base de funcionamiento de la relación entre el gobierno y la sociedad.

A partir de ahí se han manifestado muchos analistas entre los que se encuentran el mismo Silva-Herzog, Carlos Elizondo, Eduardo Caccia, etc. La mayoría de ellos han cuestionado severamente la postura presidencial y han argumentado que el problema es, como indicó Krauze, de carácter sistémico y que si la estructura política se modifica y se eliminan los incentivos para violar la ley y para actuar de manera corrupta,  construyendo la institucionalidad requerida para que se aplique la ley y se combata la impunidad que hoy tenemos en nuestra sociedad, es posible terminar o al menos disminuir radicalmente el problema de la corrupción.

El problema de lo que afirmó el presidente y sobre todo, de la forma en que lo afirmó, se encuentra en que pareció indicar que la corrupción es producto de nuestro modo de ser y que por lo tanto resulta prácticamente imposible combatirla, que somos corruptos “porque somos mexicanos”, como lo cuestiona Caccia en su artículo del pasado domingo en Reforma.

Seguramente debido a esta connotación de la respuesta presidencial sobre el tema, que parece implicar una autojustificación para no emprender acciones radicales de combate a la corrupción que es un mal que requiere atención urgente, la mayoría de los analistas se han inclinado por la postura de que se trata de un problema estructural del sistema y no de un problema cultural.

Sin embargo desde una mirada basada en el pensamiento complejo se puede ver con claridad que estamos ante un falso debate, porque la corrupción, como todos los problemas sociales no es un problema simple y unidimensional sino un asunto de enorme complejidad y que tiene muchos ángulos que actúan de manera recurrente, simultánea y complementaria formando un círculo vicioso muy difícil de romper.

Resulta indispensable mirar este fenómeno desde la visión de complejidad en la que se puede afirmar que no se trata de un tema cultural o estructural sino de un problema estructural y cultural.  “Porque esquemas simplificadores dan lugar a acciones simplificadoras y esquemas unidimensionales dan lugar a acciones unidimensionales” (op. cit. P. 64) dice Edgar Morin con toda razón. Si abordamos el problema de la corrupción desde una visión simplificadora y unidimensional llegaremos a acciones simplificadoras y unidimensionales que no van a resolver eficazmente este cáncer que enferma a la sociedad mexicana desde hace muchas décadas.

Desde el esquema de la “estructura dinámica del bien humano como objeto” desarrollada por Bernard Lonergan (1904-1984) en su planteamiento ético, podemos entender el fenómeno de la corrupción en al menos tres grandes niveles o dimensiones: la dimensión del comportamiento individual, la dimensión de la estructura social y la dimensión de la cultura.

En primer lugar, la corrupción implica a los individuos que son los que deciden de manera más o menos libre,  realizar o no actos corruptos. Es así que podemos –y deberíamos- investigar, descubrir, señalar, denunciar, procesar y sancionar a los funcionarios públicos o empresarios y organizaciones privadas que violan la ley y actúan de manera corrupta. En este primer nivel resulta imprescindible que los individuos que actúan de esta forma no evadan su responsabilidad y reciban una sanción ejemplar. No es el caso, desafortunadamente, de la mayoría de los funcionarios públicos, empresarios privados o líderes sociales que se conocen en México por sus escandalosos comportamientos corruptos y que siguen sin ser juzgados o incluso han sido exonerados por un sistema de justicia también corrompido.

Aquí se entra al segundo nivel que es el de las estructuras. Como bien lo señalan Elizondo, Caccia, Silva Herzog-Márquez, Krauze y todos los que se han pronunciado porque la corrupción es un asunto del sistema, los comportamientos individuales corruptos se multiplican y se reproducen porque tenemos una organización social y política que funciona con base en la deshonestidad, la transa y el abuso. Se trata de una organización social en la que no hay estímulos para actuar de manera honesta y legal porque económica y socialmente las va mejor a quienes actúan de manera corrupta y violando las leyes, porque incluso cuando son acusados y procesados, el sistema de justicia que también se mueve por la mordida y las influencias, los absuelve o les impone sanciones meramente simbólicas lo que genera incentivos para la violación de la ley.

Pero existe sin duda también un nivel cultural de la corrupción, un nivel que es más profundo y difícil de erradicar porque a partir de los comportamientos individuales corruptos y del sistema corrupto en que vivimos se va introyectando en lo más profundo de la consciencia de todos los ciudadanos y transmitiendo de generación en generación. Se trata de un conjunto de significados y valores que determinan la forma en la que nos comportamos en nuestra vida cotidiana y que se expresan en frases populares como: “el que no transa, no avanza”, “la corrupción somos todos” o “el gandalla no batalla”.

En mi reciente viaje a Japón, del que compartí algunas reflexiones en esta columna  pude constatar la fuerza que tiene para la vida cotidiana –en el comportamiento individual y en el funcionamiento de la organización social- una cultura milenaria basada en el respeto a la naturaleza, a los demás y a las normas de convivencia. No debe soslayarse esta dimensión cultural -que es la más difícil de trabajar pero también la más profunda y eficaz- pero tampoco debe tomarse como un pretexto para la inacción en las dimensiones del comportamiento individual y del funcionamiento institucional.

Una educación que busque contribuir corresponsablemente a combatir la corrupción debe crear estrategias de acción en estas tres dimensiones, formando en el comportamiento individual honesto, construyendo organización y estructura de funcionamiento escolar transparente y basada en la legalidad y trabajando por una regeneración de la cultura de la transa como mecanismo de ascenso social que tan enquistada se encuentra en nuestra consciencia colectiva.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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