Perdidos en Tokyo*

Perdidos en Tokyo*

Martín López Calva

@m_lopezcalva

Los días 12 al 19 de julio pasados se realizó en Yokohama, Japón el XVIII Congreso Mundial de Sociología organizado por la Asociación Internacional de esta disciplina (ISA por sus siglas en inglés) y un comité local conformado por académicos de la Asociación Sociológica Japonesa. En el congreso participaron más de seis mil investigadores de ciento veinte países del mundo.

Tuve el privilegio de participar en este importante espacio académico en el marco del comité de Sociología de la Educación, dentro de la sesión:  Professional Ethics in University Education: The Contribution of this Field of Research and Teaching to Face Inequality, presentando la ponencia: Profesional socioethics and anthropoethics for university education against inequality.

En alguna entrega posterior de esta columna me ocuparé de rescatar algunos elementos de la riqueza teórica que implicó la participación en la conferencia magistral de inauguración y en las mesas de trabajo del comité. Quiero en esta primera entrega después del receso de este verano, ocuparme de otros aprendizajes igualmente ricos que ocurrieron en el marco de la experiencia extra-congreso en un país tan distinto al nuestro, con una cultura milenaria que mucho tiene que aportar a los habitantes de este planeta. Elementos de lo que podríamos llamar técnicamente “curriculum oculto” de la participación en el congreso o de lo que coloquialmente y muchas veces en tono de descalificación se llama “turismo académico” y que un gran académico adscrito ahora a la Universidad Autónoma de Querétaro, el Dr. Pedro Flores Crespo, se ha ocupado de reivindicar en un artículo reciente.

a.-Una experiencia auditiva.

Analizando mi experiencia de conjunto durante los días de estancia en Japón –específicamente en Yokohama con dos breves visitas a Tokyo y una a Kamakura- puedo decir que mi impresión más constante y vívida es auditiva. En efecto, a partir de este viaje si me dicen Japón en mi mente se reproducen dos sonidos constantes: el primero es musical y es un conjunto de melodías muy similares entre sí que me remiten a los videojuegos (a los de computadora, pero sobre todo a los de los negocios de “maquinitas” que hubo o hay aún en algunos centros comerciales). Estas melodías lo acompañan a uno prácticamente todo el día: en cada estación del metro, al detenerse y avanzar un tren, en el elevador de un hotel o edificio público e incluso en algunas calles donde hay comercios. Melodías con sabor a tecnología.

El segundo sonido es el del silencio. Un silencio profundo y cargado de misterio y misticismo que se encuentra en los templos budistas o shintoístas que es el silencio milenario que invita al recogimiento, a la meditación, a la reflexión profunda, a la introspección. Un silencio con olor a incienso y textura de agua que purifican a los creyentes de esas religiones antes de ingresar al recinto sagrado. El silencio de las casas antiguas que según aprendí en un viejo libro, cuando estudiaba Arquitectura e ignoraba mi destino en la educación, tenían muros divisorios interiores de papel que eran más que suficientes porque los japoneses están educados en un respeto absoluto a la intimidad que los lleva a no escuchar –físicamente no percibir- las conversaciones que ocurren en la habitación contigua porque simplemente no es asunto suyo. Este silencio que pude saborear en las casas de los jardines de San-kei-En donde vi y fotografié esos muros de papel de mis recuerdos de estudiante universitario.

Japon_Martín_Lopez_CalvaEste segundo silencio, por increíble que parezca es un silencio que se esparce e invade todos los espacios públicos. Es increíble estar parado en la banqueta o en la estación del metro del distrito de Shinjuku, el lugar de los grandes rascacielos de oficinas y luces de neón o en la zona de Ginza, la de las grandes boutiques y centros comerciales elegantes en la “hora pico” de salida del trabajo y ver las masas de personas caminando y llenando todo lo largo y ancho de la acera pero no escuchar nada más que el rumor de los pasos y de esa respiración colectiva. Es el silencio que extiende el respeto al otro, el respeto a la intimidad de los demás al espacio de la ciudad, incluyendo el vagón del metro donde está indicado poner el celular en silencio y apagarlo si se va junto a los lugares de ancianos o discapacitados.

b.-Una experiencia visual

Conocer Japón fue también para mí una experiencia visual muy rica y atractiva. La experiencia de un recargamiento de publicidad dentro de los vagones del metro que sin embargo presenta un orden y un patrón muy riguroso. Una publicidad multicolor, barroca por llamar de algún modo a esa abundancia de imágenes y texto que también tiene miedo al vacío, pero de un multicolor y “barroco” que rayan en lo que para nosotros –al menos para mí- sería considerado kitsch o näive en otro tipo de expresiones.

Una experiencia visual que tiene que ver también y sobre todo con limpieza, pulcritud, organización del progreso. Lo señalaba Michael Burawoy el presidente de ISA en su discurso de inauguración, el modelo de desarrollo japonés, aparentemente es igual al de Estados Unidos pero no es del todo así. Se trata de un modelo que combina la modernidad de edificios altísimos y conjuntos habitacionales masivos con el orden, la limpieza y el cuidado por la sustentabilidad del que Yokohama es una muestra ejemplar a nivel mundial.

Para el grupo de mexicanos que asistimos, acostumbrados al principio de que en nuestras ciudades “hay basura en las calles porque no existen suficientes basureros en espacios públicos”, fue toda una sorpresa dentro de esta experiencia visual, constatar que en las calles de Yokohama o Tokyo no hay basureros y sin embargo todo está completamente limpio. La razón de la ausencia de basureros en la vía pública o en las plazas, según nos comentaron, tiene que ver con principios religiosos propios del Shintoísmo. La razón de la limpieza imperante en todas partes –calles, estaciones de metro, baños públicos, etc.- es sin duda la educación que se sustenta en valores profundos de su cultura.

Una experiencia visual de convivencia de lo antiguo con lo moderno –pues gran parte de lo antiguo ha sido destruido por la guerra y los desastres naturales, que por cierto derivan en un tema muy importante para los sociólogos japoneses- y de búsqueda de la belleza en sus obras arquitectónicas contemporáneas –tuvimos oportunidad de ver edificios verdaderamente notables, firmados por arquitectos de fama internacional- y en el arreglo personal que se nota muy cuidado dentro de la diversidad de estilos de cada grupo social: desde las jovencitas que imitan en su vestuario, maquillaje y peinado a personajes de animé hasta hombres jóvenes con las cejas depiladas, un poco de maquillaje y peinados “de salón”, pasando por vestuarios y arreglos más conservadores pero siempre cuidando la pulcritud y la imagen de limpieza.

c.-Una experiencia ética

En el tema de la ética y el de los valores en general que es el que nos reunió en la sesión de trabajo en que presenté mi trabajo, Japón tiene sin duda muchísimo que aportarnos. Mi experiencia de unos cuántos días en ese país me hizo llegar a la conclusión de que se trata de una sociedad ejemplar en cuanto a valores de convivencia cívica.

Edgar Morin habla de la relación entre las tres fuentes fundamentales de la ética: la fuente anterior (la historia), la fuente exterior (la cultura) y la fuente interior (la autoconsciencia). Mi experiencia en Japón me deja la impresión de que precisamente por los valores de su historia milenaria y de su cultura basada en la introspección y el respeto al otro, se produce un círculo virtuoso que crea un clima de formación de ciudadanía que sin duda se vive en el ámbito escolar pero lo trasciende. Se trata de un clima formador de valores cívicos que se respira en el ambiente de la casa, la calle, el trabajo, el transporte, la diversión, etc. Este clima va moldeando la autoconsciencia que se desarrolla en el marco de ese respeto y va a su vez recreando la cultura y reescribiendo la historia para adaptarse a la modernidad desde sus valores y adaptar la modernidad en consonancia con esos valores.

Esta experiencia ética me ha dejado pensando mucho en algunas preguntas relacionadas con este bucle entre las fuentes del comportamiento ético: ¿Qué elementos de nuestra historia habría que recuperar, resignificar y actualizar para poner las condiciones de emergencia de un clima de formación ciudadana en México? ¿Qué significados y valoraciones de nuestra cultura tendríamos que poner de relieve y volver a dinamizar en nuestra sociedad para facilitar las posibilidades de construcción de ese ambiente formador de ciudadanos? ¿Cómo desarrollar la autoconsciencia moral de cada educando para contribuir a la reproducción y regeneración de ese clima?

Este es el verdadero desafío, mucho más complejo que “recuperar” o “enseñar” valores.

*El título de este artículo corresponde a la forma en que tradujeron en México el nombre de la Película de Sofía Coppola: Lost in translation, que ocurre en Tokyo.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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