La vida es una final

La vida es una final

Emilio Gomagú

Eran las tres de la tarde y algo faltaba. La sobriedad en un aniversario de la independencia me resulta extraño. Es nueve de julio y por las calles hay una vibración de trompetas y ensordecedores platillos que no logran escucharse todavía, una emoción latente y espesa como la espuma del champán que está por descorcharse. La semifinal de un mundial de fútbol está por jugarse y en esta patria, la del barrilete cósmico, eso es un camino transitado, un recuerdo que aún no cae en el olvido y todavía tiene un tufo a revancha.

En las calles la gente se habla con sólo mirarse. Detrás de sus ojos puede leerse, como si una tinta celeste trazara signos en blanco papel, un grito sereno y estruendoso, dos palabras que se han dicho con pasión y coraje durante tanto tiempo en tantos ámbitos, dos palabras de confianza, de tesón, de compañía: «¡vamos, carajo!».

niñosEl olor a asado penetra hasta la sangre. En la avenida San Juan, barrio de Boedo, el tránsito no es el de siempre, ni siquiera el de un feriado cualquiera. Los autos van a prisa pero sin furia, le ceden el paso a los peatones, se detienen en amarillo. Una señora con su carrito de compras hasta el tope ha perdido su encorvada figura y camina mirando al horizonte. Las madres y los padres que van de la mano de sus hijos lo hacen como han visto hacer a los jugadores antes de entrar a la cancha, la mirada fija, concentrados en quién sabe qué cosa. Los nenes, completamente empilchados de celeste y blanco, han perdido el nombre y sienten ser hijos de sus padres pero con otros apellidos. Miles de Messis caminan por las calles.

El sol ha decidido permanecer bien arriba, al centro como en la bandera y hace olvidar por momentos el frío invierno que nos atraviesa. El colectivo 37 viene bufando pero parece que canta y seguirá cantando hasta llegar a Lanús y pegar la vuelta antes de las cinco de la tarde. Mi mujer y yo vamos a Avellaneda para mirar la semifinal con su familia y, en el mejor de los casos, ver la derrota en la cara de Robben, otro hijo de la chingada que nos arranca un sueño a los mexicanos. Si hay un momento en que la ansiedad puede palparse y olerse, debe ser ahora que subimos al colectivo y el chofer nos mira y sonríe. Tres cincuenta, por favor, le decimos. ¡Vamos, carajo!, nos contesta. Parece que ahí dentro todos vamos para el mismo lugar y debe ser cierto, pero todavía siento que hay algo que falta.

En casa de mis suegros el ambiente parece en calma. De la ventana cuelga una bandera argentina que no había visto antes y la cuento dentro de las 578 que vi en el camino. Familia futbolera si las hay, la de mi mujer es una que parece escapar a fanatismos de ocasión. Son lo que han sido y cuando de futbol se trata, son como el jugador frente a las cámaras de televisión después del partido. Adentro se escucha la serenidad de la siesta previa al encuentro. En la cocina hay tortitas de dulce de membrillo –un clásico del día–, medialunas y mate. Yo, un mexicano rústico, desentono con una botella de licor. Ni siquiera la etiqueta, que dice ‘el aperitivo del pueblo argentino’, me salva de la jugada. No hay pedo, pienso, si no era penal y ellos lo saben. Me sirvo una copa y me siento como el Piojo Herrera festejando bajo la lluvia. El juego está por empezar y cada uno agarra su lugar en claro acomodo preestablecido, como en la cancha.

luchadorSin pena ni gloria se van casi los noventa minutos. Salvo la tapada de Mascherano y alguna carrera de Robben o Sneijder, el resto es calma para los argentinos. Yo siento emoción, una emoción extraña, pero hay algo que falta. Hace seis años que vivo en este país y debería sentir, como muchos me dicen, los colores de una patria adoptiva. Es cierto que miro el partido de pie, que me llevo las manos a la cabeza, que estoy nervioso. Es cierto que cada vez que la toca el once le digo de todo, tirando lo último de buena imagen que me quedaba en esa casa. Lo veo correr y correr sin cansarse. ¡Bájenlo!, pienso o susurro o grito y mi suegra se ríe. Robben se tira y el árbitro deja seguir. «¡Ven que no era penal, chingada madre!», digo levantándome y voy a prepararme otra copa, una que sí pueda levantar y disfrutar. A la pasada pregunto si alguien quiere, aunque sospecho que no se lleva con el mate, pero resulta que el nervio sí existe y hay dos manos levantadas.

Sabella prepara cambios en el cuadro argentino. Uno de ellos es Sergio Agüero, ídolo del club al que pertenece la familia y la arenga fue tan fuerte que hasta el Kun se dio vuelta hacia la pantalla; también entró Palacio, que en la más clara del partido cabeceó en el área y se la regaló al arquero. El tercer cambio mejor ni recordarlo, ver la cara de Maxi Rodríguez es como ver la de los Salinas, la de Elba Esther Gordillo, Fabio Beltrones o Peña Nieto. Los malos de los cuentos también se ganan un lugar en los corazones de la gente. Otra llegada y todos de pie: centro pasado que espera Maxi dentro del área, la pelota le cae redondita y no pude ver cómo le dio de derecha, pie abierto y la mandó afuera. Yo vi que la bajó de pecho y de primera, de zurda, la clavó en el ángulo, dejando sin oportunidad a Oswaldo Sánchez. A veces hay heridas que no cicatrizan y el mexicano es experto en rascarse las costritas.

El alargue es sufrimiento pleno. Se rompe la calma de la casa. Termina el primer tiempo extra. Mi suegro mira todo alrededor y hay algo que no encuentra. Finalmente estira la mano y toma una postal con la caricatura del rey Messi. ¿Quién carajo cambió esto de lugar?, pregunta al viento que no le contesta y lo vuelve a donde debería estar. Vayan bajando esa bandera que pusieron afuera porque esta mufando todo, sentencia. A la carrera, la madre de mi mujer deshace los cuernitos de sus manos sólo para descolgarla. Cada quien a su asiento, en el que estaban durante la última victoria de la albiceleste.  Una pelota acaricia tan suavemente la red por fuera que nos engaña. No se grita gol, nadie se abraza y mi cuñado me mira con ojos desorbitados. El partido termina y se vienen los penales. Mi cuñada no quiere ver y se va para el comedor, luego vuelve mordiéndose la ropa y la tensión viene con ella para sentarse frente a la tele.

messiEl final ya lo conocemos. Argentina, después de 24 años, volverá a jugar una final del mundo. Algunos dicen que lo que pase ya no importa. Esta patria está de fiesta. La calle Río de Janeiro, en el barrio de Caballito, es una romería incomparable. La avenida nueve de julio está inundada por una marea de gente que festeja y no para de saltar. En la conmemoración de la independencia Argentina no es el grito de Dolores el que los reúne a cantar y abrazarse sino el grito de gol que, por lo menos esta vez, los ha reunido en las calles.

Mi mujer y yo bajamos cerca de congreso para tomar la línea A del subte que nos acerque a casa de unos amigos. La gente está feliz, bailan, gritan, cantan… sobre todo cantan, pero a mi se me nota que algo me falta. Es que la patria es otra cosa, pienso, y la mía está padeciendo sobremanera. Estamos en la estación Castro Barros, cerca de nuestro destino. Todos tienen una sonrisa inmensa. Un nene pequeñito me mira desde su asiento y finalmente comprendo. Tal vez él, como yo, no entienda lo que otros están sintiendo, ni siquiera entendamos quizá que todo este quilombo sea por un partido de futbol. Pero la alegría, esa traviesa palabra, juguetona, contagiosa…

No será por jugar una final ni por salir campeón del mundo pero tampoco importa. La vida es esta cosa que sucede, se me ocurre pensar cuando por las bocinas del vagón se escucha al maquinista: «Próxima estación, Río de Janeiro. ¡Vamos, Carajo!», y todos los que estamos debajo de la tierra enloquecemos de felicidad una vez más, al menos por un ratito.

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