El Hiroshima brasileño
El Maracanazo que enmudeció a un país
Por Lado B @ladobemx
07 de julio, 2014
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Emilio Coca

En 1950 Brasil aún estaba lejos de ser el Pentacampeón del mundo, la gente aún no conocía el jogo bonito, ni a los jugadores emblemáticos que hoy en día todos recordamos. No  estaba Pelé ni Ronaldo. Aún no lucía en la playera la estrella del título que todo un país esperaba presumir. Ese era el año para iniciar la historia de un “Brasil Campeão do mundo”.

Brasil presentó la única candidatura para organizar el Mundial de 1950, el gobierno quería mostrar que era un pueblo en progreso y por ello iniciaron la construcción de un gigante e histórico estadio en Río de Janeiro: El Maracanã, la fiesta y tumba de la selección que en aquel entonces vestía de blanco.

 “En cada lugar se tiene una catástrofe nacional, algo así como Hiroshima. Nuestra catástrofe, nuestro Hiroshima fue la derrota contra Uruguay en 1950”, comentaría años después el escritor brasileño Nelson Rodrigues.

El mundial del 50 marcó el regresó de las copas del mundo después de la ausencia de este torneo por la Segunda Guerra Mundial. Brasil envió invitaciones a 13 selecciones diferentes. En Europa los representativos aceptaron, ya que tras el fin de la guerra, los países estaban en reconstrucción, y acataron la decisión de que un país sudamericano fuera la sede.

Más de mil 500 trabajadores fueron presionados para terminar a tiempo el inmueble que sería el inicio y el fin del éxito brasileño: el Estadio Maracanã, el que alguna vez fue el más grande del mundo, donde 200 mil aficionados festejarían el primer campeonato brasileño. Todo estaba listo para ser una fiesta. El gobierno carioca adelantó que el día de la inauguración y la clausura del Mundial serían pretextos perfectos para declarar asueto nacional.

Brasil llegó al último partido de la justa: el rival, un equipo defensivo, con más ganas que futbol, Uruguay, la garra charrúa. No era difícil para un equipo que metió gol antes de los tres minutos con el resto de sus rivales, que, como menciona el escritor Eduardo Galeano, contaba con el considerado estrella del equipo, con el arquero Moacyr Barbosa, “habitante del cielo, un héroe de la victoria que iban a conseguir.” 

El alcalde de Río, Mendes de Morães, les hizo ver esa responsabilidad. “Yo construí este estadio como se había prometido, ahora les toca a ustedes cumplir, ganar la copa del mundo”, dijo en el discurso previo al partido. La afición festejaba dentro y fuera del estadio. Lo único que faltaba era ganar la copa.PeroBrasil aún no había sido campeón del mundo y Uruguay sí, en 1930.

El rugir de 220 mil brasileños cimbró el Maracanã y las calles de todo el país. Brasil estaba listo para festejar, millares de serpentinas en los barandales, un puente por donde entrarían los carruajes, se preparaba un carnaval que festejaría el triunfo. Un empate daba el campeonato y el último antecedente contra los uruguayos, una victoria por 1 a 0, por la mínima pero al final de cuentas, una victoria. El periódico «O Mundo» se adelantaba a los festejos y colocaba  en su portada «Brasil Campeão Mundial de Futebol 1950«. 

Pasaron 47 minutos hasta que llegó el ansiado gol carioca: Friaça, el delantero brasileño hizo gritar a un estadio que estaba desanimado con el cero a cero. Pero la garra charrúa nunca se intimidó, primero Schiaffino, el volante ofensivo uruguayo, anotó el gol que comenzó con el “maracanazo”, y después vino la última jugada. Minutos antes del pitazo final Alcides Ghiggia, el delantero uruguayo logró lo que sólo otros dos hombres han conseguido.

“Cuando faltaban unos cuantos minutos para que el partido terminara (el marcador era 1-1, y a Brasil le bastaba el empate), abandoné mi lugar en la tribuna de honor y, preparando ya los micrófonos, me dirigí a los vestidores, aturdido por el griterío de la multitud… Continué por el túnel en dirección a la cancha. Cuando salí de él, un silencio desolador había tomado el lugar de todo aquel júbilo. No había guardia de honor, ni himno nacional, ni entrega solemne, me vi solo en medio de la multitud, empujado por todos lados, con Copa bajo el brazo”, dijo Jules Rimet en su libroL’histoire merveilleuse de la Coupe du mondepresidente

El Maracanã y Brasil quedaron mudos. “Nosotros los brasileños, estábamos agonizando, atormentados por una tristeza punzante, por un padecimiento insoportable”, cuenta el escritor brasileño Rubem Fonseca en su crónica “La copa del mundo: alegría y sufrimiento”.

Años después Ghiggia dijo la frase que resumiría todo lo vivido ese día: “Sólo tres personas han callado al Maracaná: El Papa, Frank Sinatra y yo”.

El biógrafo del portero Moacyr Barbosa, Roberto Muylaert, cuenta que el brasileño “nunca dijo: fue un gol fácil, nunca dijo: fallé. Él me dijo algo peor que eso: pienso continuamente en ese gol, lo tengo en mi cabeza, incluso cuando duermo sueño con ese gol, he repetido esa imagen en mi mente miles de veces.”

Era como si cada brasileño hubiera perdido al ser más querido. Peor que eso, como si cada brasileño hubiera perdido el honor y la dignidad. Por eso, muchos juraron aquel 16 de julio no volver nunca a una cancha de fútbol”, relata el escritor y periodista brasileño Mario Filho en su crónica “El Maracanazo de Uruguay”. “Cuando yo iba saliendo vi un muchacho rodar y caer de cara al piso, como muerto. Nadie lo socorrió. Había gente paralizada. El estadio se vació y aquellos rostros permanecían inmóviles, como si el tiempo se hubiese detenido, como si el mundo se hubiera acabado.”

Edson Arantes do Nascimento, mejor conocido como Pelé, recordó lo que significó el Maracanazo. “Por  primera vez vi a mi padre llorar, y fue por esa derrota. Yo tenía nueve o 10 años y recuerdo verlo a él junto a la radio. Lo vi llorando y le pregunté: ¿Por qué lloras papá? Él me contestó: Brasil perdió el Mundial.”

Bruno Freitas, otro de los biógrafos del entonces arquero brasileño Barbosa, recalca cómo la gente culpó al portero. En un país donde la pena máxima era de 30 años, el portero que días antes era un héroe, fue condenado por la gente a una cadena perpetua; “Fue una tarde de los años 80, en un mercado. “Me llamó la atención una señora que me señalaba con el dedo, mientras le decía en voz alta a su chiquito: Mira hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil” recordaría años después el arquero carioca. 

 “Esa es la única razón por la que no estoy olvidado en la historia. Incluso después de que yo muera, la gente todavía me culpará a mí.” Dijo Barbosa durante una entrevista para Bola de Vez en mayo de 2009.

El resultado final provocó suicidios y paros cardíacos. El ferviente público no entendió lo que había pasado adentro de la cacha. Lloraban todos, nunca vi algo asídijo Schiaffino

Uruguay recibió la copa, no hubo ovación, ni himno, todos se mantuvieron en silencio, sollozaban, los 220 mil brasileños se quedaron rígidos mientras los uruguayos se abrazaban y recibían la Copa. En el Maracanã había 220 mil cadáveres y fuera de él, todo un país lloraba.

Por su parte el capitán de la selección de Uruguay, Obdulio Varela, el hombre que después del pitazo final se sintió culpable de la tristeza brasileña, el mismo que la noche después del partido se acercó a los rivales para compartir una cerveza, jamás quiso hablar desde ese día en adelante, de aquel “Maracanazo”. 

Antonio Mercader, ex Ministro de Educación en Uruguay, escribió en 1947 en la revista “Siete Días” sobre ese hombre que prefirió no festejar y sintió la pena de haber acabado con la celebración brasileña. ”Desde que volvió de Maracaná le huye a la fama. En 1950 bajó del avión en el aeropuerto de Carrasco, pidió un sombrero y se lo calzó hasta los ojos; levantó las solapas del impermeable y así camuflado se escurrió entre la gente. Se aisló, rehuyó a los periodistas que sitiaron su casa y durmieron en la vereda, esperándolo. Todavía sigue en la misma; ¿Entrevistas? ¿Para qué?».

Ese día fue el último partido oficial de fútbol en el cual el equipo de Brasil jugó con uniforme totalmente blanco. Los brasileños no jugaron un partido de fútbol durante dos años y tras una encuesta pública nació la verde-amarela con pantalón azul, confiando que esta vez sí les traería buena suerte.

Tras el incidente la tragedia siguió sobre Barbosa: en 1994 no se le permitió entrar a los entrenamientos de la selección de Brasil, ni entrevistar al portero titular de la canarinha Cláudio Taffarel, porque, según los encargados del Maracanã, “es una maldición”.

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Lado B
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