Crónica de una despedida

Crónica de una despedida

Foto: @earoche
Foto: @earoche
Aranzazú Ayala Martínez

@aranhera

Desde donde está José Luis Alberto se puede ver el puente que cruza la autopista Puebla-Atlixco, ahí donde el miércoles 9 de julio la policía estatal llegó a quitar a los manifestantes de San Bernardino Chalchihuapan, que querían la devolución del Registro Civil y de sus facultades como Junta Auxiliar. Los policías habrían aventado balas de goma –armas “no letales” según las autoridades– y la gente se defendió con piedras –de “grueso calibre”, según las mismas autoridades. Ahí José Luis Alberto, de 13 años, fue herido en la cabeza. Ahora está muerto.

El viernes 18 le declararon muerte cerebral, el sábado 19 el gobierno del estado anunció oficialmente su muerte, el domingo 20 el cuerpo de José Luis Alberto llegó a Chalchihuapan y fue enterrado el martes 22. A su despedida fueron más de mil 500 personas que llegaban a la explanada de la presidencia de la comunidad por ratos, algunos iban a sus casas, regresaban, huían del sol, volvían a sentarse frente al cuerpo.

Aunque la cita era a las 9 de la mañana la misa empezó un poco más tarde. La ceremonia religiosa la oficiaron tres sacerdotes –uno de ellos el padre Gustavo Rodríguez Zárate, coordinador de la Pastoral de Migrantes en la Arquidiócesis de Puebla. Había tanta gente que se hicieron dos filas paralelas para comulgar.

Alrededor del féretro blanco con plateado había coronas de flores, verdes y blancas, enviadas por varias presidencias municipales, una familia radicada en Nueva York, la casa del migrante de Atlixco y hasta por un senador poblano. A José Luis Alberto lo conocían pocos pero su muerte despertó la solidaridad y la unión de muchos, desde personas de distintos movimientos sociales, Juntas Auxiliares vecinas y hasta diputados federales que asistieron al entierro.

Su mamá, Elia, no estaba hasta adelante, se ocultó en segunda fila, con la mirada triste todo el tiempo. Hasta el final sólo dijo “gracias”, con una voz muy baja, muy suave y cansada. Durante la misa, cuando llegó el momento de dar la paz se cubrió la cara con el chal azul que traía, escondiéndose de las fotos. Estaba despidiendo a su único hijo varón.

A un lado de las sillas de metal, bajo la carpa de plástico que está ahí desde que llegó el cuerpo del menor, estaban unas 40 niñas con uniforme escolar, todas compañeras de José Luis de la Telesecundaria. A un lado, sus compañeros de la banda de música que aguantaron de pie las dos horas y media que duró la ceremonia.

Antes de llevar el cuerpo al panteón de Chalchihuapan hubo una serie de discursos y palabras de los presidentes de varias Juntas Auxiliares, de diputados, de vecinos y hasta de una de sus compañeras. La constante en las voces fue la exigencia de la salida del gobernador Rafael Moreno Valle, quien promulgó la #LeyBala que permite a los elementos de seguridad pública “privar de la vida” a una persona.

Mientras Chalchihuapan se preparaba para enterrar a la primera víctima de la polémica ley, en el Congreso del Estado daban lectura a la propuesta de abrogación del Ejecutivo y la enviaron a comisiones, todo en unos seis minutos. Antes, los diputados locales, que tienen menos de un año en el cargo, aprobaron una ley que prohíbe el uso de animales en circos en todo el estado, y esa fue la noticia que trascendió. Afuera, la gente se manifestaba, tachando a Moreno Valle de asesino.

***

Antes de iniciar la procesión al cementerio, la última en hablar fue la madre del presidente auxiliar de Chalchihuapan, Javier Montes Bautista, de nombre Araceli, que empezó a llorar mientras abrazaba a doña Elia. Dijo que dejó de estar cansada y de tener miedo, aunque sabe que el gobierno está acosando a su propio hijo.

Sobre el féretro de José Luis Alberto pusieron la bandera de México, como despidiendo a un héroe. Un mártir, dijeron otros. Las cruces junto a su tumba decían “Faltaba un ángel y volaste al cielo” y “Un angelito se fue de mi lado, para estar contigo señor”. Sus compañeros de la telesecundaria cantaron el himno nacional para despedir a su amigo. El maestro de ceremonias pidió orden al contingente: hasta adelante iba la banda de música, después el féretro, los de la telesecundaria y al final todos los demás. Encabezando la marcha que salió casi media hora después de mediodía, iban siete personas cargando cuatro enormes coronas de flores y un arreglo: puras flores blancas. La procesión se convirtió en una cascada de colores y música entre los pétalos y el confeti que aventaban y las sombrillas rojas, rosas y amarillas con las que se cubrían del sol quienes caminaron las ocho cuadras que llevan hasta el camposanto, al final del pueblo.

El panteón de Chalchihuapan es como un cerrito, al caminar es casi inevitable pasar sobre alguna tumba. El lugar que fue designado para el féretro estaba hasta arriba, en la parte izquierda, la que tiene menos sombra. Toda la gente subía despacio y se apretaba para poder ver cómo el ataúd, con la bandera de México, entraba en la tierra desde ese punto alto y caluroso, donde se veían claramente la autopista y el puente.

6 COMMENTS

  1. Gracias, Aranzazú, por registrar este momento. Espero que tus palabras lleguen a muchos.

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