El jaguar de Óregon y cosas peores
Por Lado B @ladobemx
11 de junio, 2014
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Luis Felipe Lomelí

@Lfelipelomeli

Yo no lo sé de cierto, dijera Jaime, pero supongo que en algún país tercermundista, en algún país imaginario la educación pública puede ser tan chafa que en un libro de texto, digamos, en el de Geografía de sexto grado, digan que en el estado de Óregon, EE.UU., la temperatura promedio es de 27º C y hay jaguares silvestres.

Es posible, también, que en ese mismo libro de texto se diga que nuestro país imaginario y tercermundista pertenece a Latinoamérica. Y también, que pertenece a Centro y Sudamérica. Y sí, por qué no, que ese mismo país pertenece también a Norteamérica. Total: son tan tercermundistas e imaginarios que pueden estar en todos los lugares a la vez.

Me imagino, porque sería imposible saberlo, que en ese país arrabalero los padres de familia están tan preocupados por perseguir la quincena que ni chance tienen de ver qué es lo que dicen sus horribles libros de texto gratuitos, esos que fueron escritos por el primo del amigo del cuñado del compadre del señor que estaba a cargo del presupuesto y le dijo: mira, tú búscate en internet lo primero que te encuentres y ya está, nos vamos a forrar de varo.

Y se forraron.

Porque claro: el primo, el amigo, el cuñado, el compadre y el señor sueñan con largarse de ese país jodido; sueñan con pertenecer a la clase alta de su rancho que, también, sueña con largarse a la primera provocación. Y la única manera de hacerlo es teniendo mucho dinero (o arriesgando la vida cruzado fronteras).

Me imagino, porque también sería imposible saberlo, que entonces a otros se les pueden ocurrir formas aún más novedosas de hacerse de billetes. Y entonces, por qué no, aprovechando que las escuelas públicas son lugares llenos de muchachos aburridos (a los que se les puede aburrir aún más prohibiéndoles que jueguen futbol o hagan deporte en el recreo –para clavarse también el varo del seguro, por ejemplo, pues no se vaya a accidentar alguno) y sacando ventaja de que la policía difícilmente entra a estos recintos, se le podría ocurrir a alguien, por qué no, convertirlos en centros de distribución de drogas varias. Decirle al compadre que vendía elotes a la salida, elotes y tachas y cocaína (marihuana no, claro, porque eso es nomás de los fresas que se sienten jipis y es muy escandalosa), decirle que no se arriesgue, que mejor le pase a lo barrido y se acomode ahí adentro, en el patio, a lado de la tiendita.

Y cobrar un pequeño porcentaje para hincharse de varo.

Y me imagino, claro, nomás me imagino porque se trata de un país imaginario, que para incrementar las ganancias se le ocurre a alguien en el gobierno que, so pretexto del pésimo rendimiento de los alumnos (que nunca se deberá, por supuesto, a esos excelentes libros de texto que hablan de jaguares en Óregon y muestran mapas que dicen que hay selvas tropicales en Alaska y Siberia), que hay que incrementar el período escolar. Es más, hay que desaparecer casi por completo las vacaciones. Para que los muchachos estén ahí aburridos en el patio, sin poder jugar futbol ni hacer deporte, pero eso sí: que tengan siempre a la mano al compadre de los elotes.

Mejor aún: ¿y si hacemos las escuelas de tiempo completo?

Me imagino, porque todo es posible en un país imaginario, que tal vez algún grupo de maestros protestó por estas medidas. Y que fue muy fácil que nadie les hiciera caso. ¿Por qué? Porque la inmensa mayoría de padres de familia andaba persiguiendo la quincena y la clase alta, ésa que sí podía usar las redes sociales y escribir en los periódicos y, en resumen, tener voz, estaba tan alejada de las escuelas públicas que les pareció que les hablaban de marte. Hacía tanto tiempo que no sabían lo que pasaba con la gran mayoría de su pueblo que se creyeron lo primero que dijo alguien, por ejemplo, que los profesores eran unos haraganes y que no querían actualizarse. Y sí, se la creyeron porque esa clase alta llevaba ya mucho tiempo despreciando, no sólo a la escuela pública sino, a casi todo su país tercermundista e imaginario. Lo despreciaban tanto que hasta inventaron una palabra peyorativa única, digamos, la palabra “naco”.

Yo no lo sé de cierto, dijera el bueno de Jaime Sabines en un poema de amor, pero supongo que puede existir un país imaginario, uno que sea tan tercermundista y clasista que las pocas personas pertenecientes a la clase privilegiada desconozcan todo lo que sucede en la gran mayoría de su país: que ignoren lo que pase en las fábricas, en los campos agrícolas, en los supermercados, en los talleres y en los sindicatos, en las oficinas, las cárceles, la policía, las minas y los puertos.

Mejor aún, tal vez sería posible, porque todo es posible en un país imaginario, que esta clase alta se sienta muy contestataria y muy de izquierda porque casi siempre tiene dos o tres temas de moda con los que puede indignarse, por ejemplo, porque le quieren poner un impuesto a la comida para gato o porque le dicen que el pueblo de otro país tercermundista esta muy reprimido.

Siempre sería posible.

O quién sabe, tal vez ni en la ficción sería creíble una sociedad tan absurda.

Luis-Felipe-LomelíEstudió Física pero se decantó por la todología no especializada: una maestría en ecología por acá, un doctorado en filosofía por allá, un poquito de tianguero y otro de valet parking. Ha publicado los libros de cuentos Todos santos de California y Ella sigue de viaje, la novela Cuaderno de flores, el ensayo El ambientalismo, el libro de texto Naturaleza y sociedad y la noveleta en ebook El alivio de los ahogados. Es Premio Nacional de Bellas Artes y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Se le considera el autor del cuento más corto en lengua hispana: El emigrante -¿Olvida usted algo? –Ojalá.

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