Sobre el Manual de la buena lesbiana, de Ana Francis Mor

Sobre el Manual de la buena lesbiana, de Ana Francis Mor

El pasado miércoles 23 de abril, dentro de las actividades de la Jornada Artística Cultural de Visibilidades Lésbicas «Alesbiánate», se presentó el Manual de la Buena Lesbiana 2, de Ana Francis Mor, en la ciudad de Puebla. La presentación corrió a cargo de Paloma Villalobos, poeta y creadora de Ediciones Ají; Mely Arellano, reportera de Reversible y Lado B, y la autora.

Les compartimos aquí, el texto que Paloma Villalobos leyó esa rica tarde para que, a manera de reseña, puedan saborear un poco del Manual de la Buena Lesbiana 2.

Mely Arellano, Ana Francis Mor y Paloma Villalobos Foto: El Taller
Mely Arellano, Ana Francis Mor y Paloma Villalobos
Foto: El Taller

Paloma Villalobos Preciado

Es un gusto para mí formar parte de esta elegante mesa en compañía de estas distinguidas mujeres. Quiero comenzar mi intervención diciendo que este segundo volumen del Manual de la buena lesbiana se deja leer con mucha sabrosura; eso no es poca cosa, para mí, un libro ameno siempre será bienvenido. Sin embargo, uno de los aspectos trascendentes del libro de Ana Francis es que se trata de un compendio de reflexiones que me parecen totalmente relevantes en el contexto de nuestro país y nuestro momento histórico. Disfruté mucho la lectura de este manual porque encontré ahí muchas de las cuestiones que como mujer, como ciudadana y como persona, me preocupan y ocupan.

Quiero pensar, me atrevo a pensar, que la nuestra es una sociedad que está en proceso de cambio, que la mexicana es una sociedad que, en palabras de Ana Francis, está en proceso de “desbestiarse”. Pero también me queda claro que este crecimiento no es una cosa que se genere de manera espontánea. Hay que hacer la talacha. Y una buena manera de hacer talacha es, tal como se dice en este libro, reconocer que lo personal es político y lo político es personal. Me parece que, a través de la columna que publica en emmequis, Ana Francis hace justamente eso, nos muestra de una forma sí, desenfadada, pero sobre todo clara y directa cómo la vida diaria y los espacios cotidianos son los lugares en los que es posible hacer los ajustes que nos permitan ser menos bárbaros, más gentes, pues, para decirlo claro.

Es claro para mí que espacios de reflexión y visibilización, como son las entregas de la columna que integran el libro que nos ocupa, la labor que realiza El Taller aquí en Puebla, organizando espacios como Alesbiánate; o el trabajo periodístico que hacen en conjunto Reversible y Lado B, son espacios que hacen la diferencia en la construcción de una sociedad más incluyente y justa, que no tolerante, porque la tolerancia se limita a soportar al otro, sin reconocerlo como un igual, sin reconocer sus derechos y necesidades.

Vivimos en lo que, al menos en teoría, es un país democrático. Esto quiere decir que, otra vez al menos en teoría, valoramos la decisión de la mayoría. Y, ¿quién es la mayoría?, pues la mayoría es ese conjunto abstracto que pretende incluirnos a todos, mayoría tendríamos que ser todos, ¿o no? Es decir, cuando se trata de tomar una decisión es mejor irnos por una respuesta que beneficie a 8 de 10, o a 10 de 12, es fácil partir del supuesto de que es mejor vivir en un mundo que tome en cuenta a casi todos que a casi ninguno, ¿qué no? Y ¿qué pasa con los otros dos que no pertenecen a ese supuestamente incluyente sector? Y entonces, qué pasa cuando eres alguien que, por sus necesidades, intereses, ideas, preferencias no estás incluido en esa mayoría y tus derechos se ven sistemáticamente relegados a los intereses de los demás. ¿Es justo tener que hacerse un ladito y entender que, con suerte y si te portas bien y te ves bien y pagas impuestos, eventualmente serás elevado a la categoría de persona y podrás acceder a todo aquello que se da por descontado? Cosas intrascendentes como el derecho a tener una familia si así lo quieres, a casarte o divorciarte, al derecho a la salud y poder hacer extensivo a tu pareja ese derecho, la posibilidad de tener un trabajo digno y todas esas cosas pequeñas como la justicia. Yo estoy de acuerdo con Ana Francis en que todos somos diversos y por eso somos iguales, yo también aspiro a vivir en un mundo en el que los derechos son para todos, sin excepciones ni minorías. Y el punto de partida para alcanzar esta equidad es reclamar esos derechos, para nosotros y los otros.

Otro aspecto que me parece interesante del Manual de la buena lesbiana es que se trata de un libro que promueve el feminismo, y eso es importante porque el feminismo en cualquiera de sus vertientes tiene muchos y muy aguerridos detractores, muchos de ellos, sin embargo, confunden el feminismo con un machismo a la inversa y esa es una idea que nos conviene, a todos, cambiar.

Confieso, no sin vergüenza, que hasta hace muy poco tiempo me sentí demasiado lista para ser feminista, tenía la inocente certeza de que, por mi historia y formación, estaba capacitada para capotear al machismo y la misoginia sin esfuerzo alguno. Qué sorpresa y horror cuando haciendo un, hasta eso superficial, análisis personal, caes en cuenta que una también tiene cola que le pisen y que vivimos acatando y reproduciendo actitudes y modelos machistas y patriarcales.

Por ejemplo, me tardé un rato en darme cuenta de que más de una vez me pagaron menos que a mis colegas hombres por hacer un trabajo determinado, claro, siempre aludiendo a mi juventud y mi inexperiencia, no al hecho de ser mujer. Porque eso sí, macho el de al lado, uno jamás.

Me tardé otro rato en darme cuenta de que hay más de una forma de ser mujer y que vivir como una quiere requiere de valor, y que no siempre es fácil pero es necesario intentarlo.

A mí con el feminismo, me pasó como cuando me pusieron lentes en cuarto año de primaria: al ver con claridad caí en cuenta de que me había acostumbrado a ver el mundo borrosamente. Y eso me gustó del Manual de la buena lesbiana, me gustó pensar que a alguien, una persona, en algún lugar, puede caerle un veinte, puede tropezarse con las gafas del feminismo y encontrar una manera diferente de pensarse y, sobretodo, de vivirse.

Pero, no me malinterpreten, si bien el manual aborda todos estos y muchos más temas importantes, como la violencia o el amor, por nombrar sólo un par, es una lectura ligera, cachonda y, en una palabra, disfrutable.

En conclusión, vale mucho la pena leerse este libro, pasársela bien y al mismo tiempo darnos la oportunidad de seguir el ejemplo de Ana Francis y pensarnos y repensarnos, renovarnos, reescribirnos, actuar como lesbianas de bien y hacer nuestra parte.

Muchas gracias.

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