La máquina de escribir de Cormac McCarthy

La máquina de escribir de Cormac McCarthy

En la urgencia colectiva por poseer, por la propiedad privada, se muestra tal vez, la inocencia más grande del ser humano: se cree que un objeto vale sólo porque alguien nos dice que vale. 

 

José Flores Sosa

@padaguan

Ahorcado por las deudas, tomé una difícil decisión: vender mi máquina de escribir, una Olivetti Lettera 32. La robé de mi casa cuando me fui a vivir solo, al terminar la universidad. Me la apropié con la intención de escribir mi primer novela en ella. Me imaginaba escribiendo frenético, poseso, visceral; arrojando hojas y hojas arrugadas hacia el cesto de basura, tecleando con furia, acompasado por el crujir de la palanca para dar el salto de renglón.

Eso nunca pasó. Nuestro amor fugaz e idílico, como tantos; duró tres páginas antes de que me domara el desencanto. Fue una relación que terminó con una de las partes arrumbada en el cajón de un buró, olvidada hasta que las deudas y los recibos vencidos la hicieron reaparecer.

Para hacerme una idea del precio, fui a un mercado local; una suerte de bazar, espacio para el trueque y la venta de garaje que se pone en mi ciudad cada fin de semana. En un puesto encontré una idéntica –quizá no idéntica, pero sí el mismo modelo– en unos 650 pesos (más o menos, 50 dólares). Podía venderla en 500 pesos y, aún así, sacaría ventaja de la transacción y me liberaría de un estorbo en la casa.

Sólo me faltaba un buen postor.

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Todo objeto es mercancía en potencia. Para la escuela marxista, la mercancía tiene por finalidad satisfacer necesidades, sean reales o simbólicas. Un mantra de la mercadotecnia es que las marcas no venden objetos, sino ideas. «McDonald’s no vende hamburguesas, vende sonrisas; Coca-Cola no vende bebidas, vende felicidad».

(Yo no vendía una máquina de escribir. Vendía un estilo.)

Cada objeto carga con un valor tácito que trasciende su materialidad y su funcionalidad. Esta valía es difícil de calcular a simple vista, porque depende de factores que necesitan ser apreciados, como la estética, la historia o la intención. Sin esto, la obra de Pollock son simples rayones, la pipa de Magritte sí es una pipa y el mingitorio de Duchamp está en la habitación equivocada.

Se considera que la figura del anticuario surgió formalmente con la Sociedad de Anticuarios de Londres en el siglo XVIII, dedicada al estudio de las antigüedades. Es una disciplina que está fuertemente ligada con la arqueología y la filología, aunque podría decirse que su intención es más mundana que académica. El anticuario está más vinculado con el comercio (las casas de subasta, la venta especializada) que con la conservación o la investigación. En países como Reino Unido, Francia o España existen colegios especializados para la formación de anticuarios. Firmas como Sotheby’s o Christie’s tienen sus propias instituciones de enseñanza. En México, señala la curadora Florencia Riestra, quienes desempeñan esa tarea deben estudiar en el extranjero o ser autodidactas. El experto –en este caso, el anticuario– confiere un valor indispensable para la venta de un objeto antiguo: el prestigio. Su labor va más allá de la apreciación estética, cultural e histórica; es un generador de capital simbólico que –subasta mediante–, se convierte en elevadas sumas de dinero. Es casi tautológico: el objeto es valioso porque alguien nos dijo que vale, guiados por la confianza casi ciega de su sensibilidad y tacto.

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En Wikipedia hay un poco de información sobre la Lettera 32 (sí, al parecer es lo suficientemente relevante para merecer una entrada en la enciclopedia). Es una máquina de escribir que salió al mercado en 1963, diseñada por el artista italiano Marcello Nizzoli (cuyo diseño industrial es tan relevante como para tener su propia galería en el Museo de Arte Metropolitano de Nueva York).

Tiene la peculiaridad de carecer de la tecla 1. Suena como una anomalía, pero en la época era algo común. El número se obtiene al presionar la letra l (ele) minúscula. El teclado tampoco incluye el signo de exclamación de cierre (!). Para obtenerlo, hay que presionar el punto, dar un retroceso y luego colocar un apóstrofe.

La Lettera 32 más famosa de la historia de la literatura perteneció al escritor Cormac McCarthy. Utilizó esa máquina para escribir novelas, guiones y cartas durante 46 años, entre 1963 y 2009. Esa máquina de escribir fue subastada por la casa Christie’s para obtener fondos para el Instituto Santa Fe –fundado por McCarthy y su amigo, el físico Murray Gell-Mann–. La puja estaba estimada para recaudar entre 15 y 20 mil dólares.

El precio final fue de 254 mil dólares.

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El mercado es caprichoso respecto al paso del tiempo. La obsolescencia es castigada, pero la antigüedad es premiada. Sus discursos son diferentes. Lo obsoleto es aquello que ha sido superado, que ha quedado relegado y está condenado a desaparecer. La novedad, como atributo comercial, es efímera; los productos caen como moscas, con periodos breves de vida y el inexorable destino de ser desechado. La obsolescencia es programada. La antigüedad, por el contrario, está relacionada con la permanencia, con la supervivencia. La percepción es diferente: el objeto deja de ser viejo para convertirse en vintage, deja de ser anticuado para convertirse en retro. Bajo esta nueva retórica, está listo para reincorporarse al mercado con nuevos bríos. La antigüedad es la materialidad de lo pretérito, la forma de hacerlo tangible y adquirible.

En los últimos años ha proliferado una tendencia –acaso impulsada por la vorágine tecnológica y la digitalización de la vida cotidiana– que valora lo retro como un fetiche, un culto al pasado sin renunciar a la comodidad del presente. Si antes se requerían décadas para que un objeto ganara la cualidad de antigüedad, hoy el proceso se ha acelerado ante una sociedad que desecha con demasiada velocidad. Así, han florecido los comerciantes de lo viejo: personas cuyos negocios se basan en la explotación mercantil de las nuevas antigüedades desde una visión empresarial. Presenciamos una explosión en áreas como la lomografía –la venta de cámaras análogas ante el surgimiento de sus contrapartes digitales– o las tiendas de viniles y cintas de audio –frente al negocio de las descargas o las suscripciones en línea.

¿Qué tal el romanticismo (comercial) de la máquina de escribir para redactar esa incipiente novela o de las consolas de videojuegos de 8 ó 16 bits para recordar una infancia que está a la vuelta de la esquina? La tendencia va, incluso, a temas tan novedosos como las redes sociales: servicios como Timehop que te «recuerdan» qué publicaste en Facebook o Twitter hace unos años.

Pero el consumidor es hipócrita. No va renunciar a una pantalla de alta definición por una televisión de bulbos o cambiar su módem inalámbrico por una conexión telefónica de 28.8 kbps. O por lo menos, no lo veremos hasta que la moda –ese anticuario del capital simbólico– nos diga que está bien pagar mucho por un pedazo de ayer.

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No vendí mi máquina de escribir. Subasté algunos cómics y logré solventar mis deudas. Saqué la Lettera 32 de su escondite y la puse en el recibidor de la casa. La usé para colocar las cartas que me llegaban, algunos papeles de poca importancia y las facturas de cada mes.

A veces, cuando tengo visitas, la observan y me preguntan por qué la tengo ahí. Yo cuento la historia de McCarthy y obtengo uno que otro comentario positivo. El cachivache se convierte en trofeo por un rato.

Hace unos días intenté repararla. Me tomó casi toda la tarde. La limpié, le desenredé la cinta y le revisé todos los mecanismos. Le puse un poco de papel y empecé a escribir un cuento. Al segundo renglón me equivoqué. Luego di un salto de línea y se atascó el papel.

Volví a dejarla en su lugar, con un pequeño cambio: quité las facturas y le puse unos libros al lado.

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Hay un dato que omití. Después de vender su máquina de escribir en un dineral, McCarthy la sustituyó por otra Olivetti Lettera 32, pero en mejor estado. Se la compró a su amigo John Miller.

¿Saben cuánto pagó?

11 dólares.Lado B. Periodismo 3.0

Este texto se publicó originalmente en el número de marzo de 2014 de la revista tijuanense Diez 4 

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