Chabelo no extraña su infancia

Chabelo no extraña su infancia

El conductor infantil más longevo de latinoamérica tuvo una niñez estricta, una juventud militar y una vejez de berrinches. 

 

Mónica Ocampo | Marco Tulio Castro

@monicaof85 | @tulioes

Para conseguir permiso de ir al parque, Xavier tenía que llevar a la escuela a sus dos hermanas: a una la trepaba en el volante, a otra en el cuerpo de la bicicleta y molesto pedaleaba hasta la puerta del colegio, esperaba que entraran y sólo después podía irse a jugar. Si las niñas tenían hambre, el hermano mayor tenía que alimentaras. Si tenían frío, Xavier detenía sus juegos y corría a casa por el suéter. Si las niñas querían salir, Xavier tenía que escoltarlas y, si las dos hermanitas caían al brincar la cuerda, el culpable era siempre Xavier.

No es que la infancia de Xavier López Rodríguez, el entretenedor televisivo de niños más longevo de latinoamérica haya sido un tormento entero, pero su papá, chef del exclusivo club de banqueros, en la ciudad de México, miembro de una familia campesina y conservadora, era un hombre de carácter duro: depositó sobre la espalda de su hijo más grande, un niño de apenas ocho años, la seguridad de sus dos hermanas. El niño más travieso y divertido de la televisión mexicana fue siempre en casa el niño más rígido y temible. Era capaz de intimidar a las amistades de familia, no sólo por su precocidad. Las amigas de sus hermanas le tenían pavor. Rosa María López, su hermana más pequeña recuerda cómo sus invitadas le preguntaban «¿Ya llegó tu hermano? Mejor nos vamos». Xavier no sólo era largo y ancho desde niño; tenía un semblante riguroso. «Era imponente». Era, tal vez, tan imponente como su propio padre: a Xavier no se le permitía hacer un sólo berrinche en casa. Su papá, el cocinero de élites, lo habría convertido en carne cruda. «Me hubiera matado a golpes», recuerda Xavier en el programa La entrevista por Adela en abril de 2013. La tarde en que Xavier le dijo a su padre que quería abandonar la carrera de medicina para dedicarse a la actuación, apretó la boca, miró fijo a los ojos de su primogénito y le espetó: «Eliges una carrera insignificante y poco respetable». No es que la infancia de Xavier López haya sido un tormento entero: a veces Xavier reía.

Mientras el papá cocinaba patos a la naranja o salaba caviares para hombres con cuentas y barrigas abultadas, Xavier contestaba el teléfono a voces fingidas: un día hacía la voz de un anciano, otro la de un norteño, otro la de un yucateco. Luego, como pocas veces, estallaba en risa. Y no es que la infancia de Xavier, el conductor de programas infantiles más exitoso de latinoamérica haya sido un tormento entero, pero hace 40 minutos, desde que estoy frente a él, en el estudio de su casa, no sonríe, no bromea, no tutea. «Mire usted», dice en tono áspero para explicar qué es lo que extraña de su infancia: «No mucho».

Más de cincuenta años después del rechazo paterno, al frente de un imperio televisivo para niños, el creador de Chabelo, el niño con shorts perpetuos, el príncipe del berrinche, el rey de los concursos infantiles, es tan exigente y perfeccionista con sus empleados, que no hace más que recordar la dureza natural del padre. Una mañana de ensayo del programa en Televisa, mientras Xavier daba indicaciones al micrófono, dos miembros del staff platicaban banalidades. El conductor se molestó tanto que mandó el ensayo al carajo: «El programa también es mi hijo y exijo que lo respeten». Y su pesado cuerpo de casi dos metros, se alejó, a pasos largos, del foro, recuerda Verónica Albor, gerente de producción del programa En familia con Chabelo.

Entre el personal de producción, el staff del foro, músicos y animadores hay 120 empleados que llegan cada quince días a Televisa San Ángel para grabar el programa los sábados y los domingos. Los camarógrafos que trabajan con Xavier revisan el equipo cada viernes, antes de la grabación. Las edecanes repasan y repasan la posición que les corresponde. La gerente de producción dispara órdenes por walkie talkie. En el programa de Chabelo, hasta el público recibe instrucciones: el locutor Jorge Alberto Aguilera saluda a los niños, les explica la dinámica del programa y les dice cómo comportarse durante la grabación. Con Chabelo no se permiten errores. Su equipo ha aprendido a leerle el pensamiento. Cada fin de semana de grabación, el pianista Ángel Jalili persigue con la vista cada movimiento de Chabelo. Bailan sus ojos más que sus dedos. Sus manos esperan por encima del teclado y cuando el conductor hace un movimiento que sólo el pianista es capaz de descifrar, aporta una notilla. «Ni Mozart lo podría hacer».

En 45 años de En familia con Chabelo, Xavier sólo se ha ausentado 5 ocasiones por motivos de salud. Son 2,340 programas. Dos mil trescientos cuarenta programas. Las cinco incapacidades médicas representan el 0.21367521 por ciento de ausencias en cuarenta y cinco años de conducción. Una infección en los ojos lo dejó en cama: el conductor veía doble. Producción realizó un especial de los mejores momentos del programa para que el público «no lo extrañara», dice la gerente de producción.

Por motivos ajenos, la transmisión del programa en Canal 2 de la televisión mexicana fue suspendido sólo dos veces: una por los Juegos Olímpicos de Pekín, 2008 y otro por la pandemia de la gripe AH1N1 en 2009, período en que la Secretaría de Salud prohibió los actos públicos en el país.

Xavier es un hombre de 79 años que trabaja con la resistencia de una máquina de vapor y la puntualidad de un reloj suizo. Laborar para el conductor infantil más exitoso de la televisión latinoamericana no es fácil ni para su hermana. Rosa María López, que antes viajaba en el manubrio de la bicicleta de su hermano y hoy administra su agenda laboral. «Aquí en la oficina ninguno se atreve a pasar esa línea entre jefe y hermano». Pero el esfuerzo vale la pena: Xavier es el Rey Midas del entretenimiento infantil en el Canal de las Estrellas. Los niveles de rating que registra En familia con Chabelo inician con 2.6, un puntaje conseguido en su mayoría por niños que no tienen otra opción más que prender el televisor a las siete de la mañana mientras sus padres aún reposan, pero tres horas después alcanza los 8.3 puntos, que en escala share –o cuota de pantalla– refleja que después de despertar, todos los integrantes de la familia decidieron desayunar sin utilizar el zapping hasta el final del programa. Un negocio redondo para los patrocinadores oficiales.

Mario de la Piedra, exvicepresidente de Producción de Televisa, dijo al programa La historia detrás del mito, que En familia con Chabelo «mete más dinero a Televisa que todos los programas nocturnos juntos». Chabelo no sólo es el niño más próspero de la televisión latinoamericana, sino también una marca que sólo funciona en manos de su mentor: el señor Xavier López. Si de niño Xavier se sujetaba a las instrucciones e ingresos del padre, de grande sus hijos han vivido bajo su sombra. Su talento en la conducción y los negocios lo ha inculcado sin mucho éxito entre sus hijos, como en su primogénito Xavier López, quien creó en 2006 el Pabellón de Alta Tecnología (PAT) en la Ciudad de México para ofrecer obras teatrales. Una inversión superior a los tres millones de dólares y que sin muchos resultados cerró sus puertas en julio de 2013, según un reporte del diario El Economista. «Sí, ya cerró. Todo tiene un ciclo y la Plaza ha cambiado mucho. Creo que fue una experiencia positiva. En la parte creativa fue satisfactoria, pero en el teatro y los negocios siempre es un tema de drama, lágrimas y risas», lamentó el hijo del conductor.

Chabelo, el personaje, es la hipérbole sintetizada de lo hipotético: lo que Xavier nunca pudo ser.

El psicoanalista Sigmund Freud sostenía que los adultos se encuentran predestinados por las circunstancias que marcaron su niñez. El adulto no recuerda nada de lo reprimido, pero lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo, sino como acto. El psiquiatra mexicano, Santiago Ramírez, tituló a su obra más reconocida por la medicina, Infancia es destino; una tesis donde continúa el pensamiento freudiano: «Los años infantiles se han olvidado; a pesar de ello nos quedan, como en las ciudades perdidas, restos que nos sirven para reconstruir su arquitectura». El poeta alemán, Michael Krüger escribió en Previsión del tiempo: «A veces me escribe la infancia una tarjeta postal: ¿Te acuerdas?». Silvio Rodríguez, el trovador cubano canta en Acerca de los padres: «Si se ponía a dibujar sus casas y soles le hacía trizas: los machos juegan a las bolas y a pelear; búscate un papalote y deja de soñar».

Xavier no fue el médico que su padre soñaba, pero sí el actor infantil con más trayectoria a nivel mundial. «Le confieso que el personaje me ha dado la oportunidad de deshacerme de todos los deseos reprimidos de cuando era realmente niño», dijo Xavier a la periodista Adela Micha en su programa de televisión. En diciembre de 2012 dos Record Guinness. El primero, por el programa infantil con un animador más antiguo, al cumplir 44 años de En familia con Chabelo. El segundo por haber representado al mismo personaje durante 57 años.

Pero antes de ganar toda batalla comercial, Xavier tuvo que servir a Estados Unidos en una base militar. A los dieciocho años, el joven alto, fornido y de semblante severo, fue reclutado por su país de origen: Xavier nació el 17 de febrero de 1935, en Chicago, Illinois. Era julio de 1953, y Corea del Norte peleaba con Corea del Sur cuando el príncipe de los berrinches fue reclutado para servir a soldados californianos en la ciudad de San Diego. Vivió más de sesenta días entre campos de tiro, casas de campaña, comida enlatada y soldados atrofiados por la guerra. «Conocí a mucha gente que había estado en la guerra y estaban muy mal», dice Xavier con un dedo índice en la sien. Hoy tiene una amplia colección de revólveres decimonónicos en casa. Regresó de la base militar con la idea de renunciar a su nacionalidad estadounidense, pero fue una batalla que perdió en trámites.

El único recuerdo que conserva Xavier de Chicago, es la historia de sus padres: José Luis López y Eulalia Rodríguez se reencontraron en la ciudad de los vientos. «Eran de Guanajuato. Se conocieron desde niños. Se separaron. Se reencontraron. Se casaron y nací yo».

Aun así, Xavier dice ser mexicano de corazón. El país donde creció y al que regresó para estudiar medicina y especializarse en ginecología, pero que sólo terminó entreteniendo. Después de tanta perturbación en la base militar, Xavier planeaba reconciliarse con la vida recibiendo bebés. En lugar de traerlos al mundo se dedicó a hacerlos reír. Dos años después de iniciados sus estudios, cuando descubrió su talento histriónico, Xavier se desinteresó de la medicina y su papá se desinteresó de él. «Nunca platicamos de eso. No sé si antes de su muerte estuvo contento con lo que hago».

Los inicios de Xavier López fueron en Televicentro como ejecutivo B, es decir, ayudante de producción, camarógrafo y floor manager. Ahí conoció a Ramiro Gamboa «El Tío Gamboín», un conductor de programas infantiles, que le dio la oportunidad de interpretar al personaje de un niño llamado Chabelo que aparecía en un libro de chistes. Gamboa eligió a Xavier para que interpretara el personaje, porque el empleado sabía imitar voces de todo tipo. Si antes Xavier imitaba voces en el teléfono, escondido de su padre, comenzó hacerlo en la televisión, en público. Y contra el pronóstico del padre, la actuación le funcionó a Xavier: nunca fue una carrera insignificante.

Hoy, el hombre que se ha vuelto niñero remoto de millones de niños en México durante hace 60 años, rechaza a sus padres biológicos: «siempre he dicho que mi papá fue Ramiro Gamboa y mi mamá la televisión», dijo Xavier recientemente en un programa que dirige la periodista Atala Sarmiento. Tanto afecto por la televisión ha sido motivo de burla. El comediante Ben Stiller dirigió en 1996 The Cable Guy, una comedia negra donde Jim Carrey es un solitario acosador que busca y se obsesiona con nuevas amistades. En el clímax del filme, el protagonista reclama a su madre haberlo dejado enchufado a programas de televisión de los años 70: «¿Nunca estuviste para mi, verdad mamá? Esperabas que Mike y Carol Brady me criaran. ¡Soy el hijo bastardo de Clair Huxtable! ¡Soy el Cunningham perdido! Aprendí los hechos de la vida, mirando Los hechos de la vida. ¡Oh, Dios!».

***

Para las nueve de la mañana en el foro dos de Televisa, hay más de 2,400 personas que hacen fila para conseguir un espacio en uno de los dos grupos que entrarán a la grabación del programa. Muchos llegaron a formarse desde las seis de la mañana con la ilusión de conseguir un buen lugar, ganar una sala de muebles, una computadora, dinero en efectivo o en todo caso, salir unos segundos en televisión. Una niña que no para de brincar pregunta a su madre: «¿segura que hoy es su cumpleaños?». Abre un paquete de pastelitos y coloca una velita azul. Este día se grabará el programa que se trasmitirá el día del cumpleaños de Xavier, así que el público le cantará las mañanitas.

Las edecanes se acomodan los holanes del traje de marinero, los músicos hacen pruebas de sonido, los utileros se encargan de colocar el tambor alto de panza amplia con el que Chabelo cantará Negrito sandía al inicio del programa y otros pulen un piso que ya parece espejo.

En cada esquina de las tarimas están las animadoras vestidas de pantalón negro y blusa roja. Son dos gemelas y trabajan en la producción desde hace 15 años. «Comencé a trabajar con el señor –a Xavier, que interpreta a un niño, le dicen el señor– cuando estaba embarazada de mi hijo», dice Marisol.

Una luz en forma de círculo ilumina el telón. Aparece Chabelo, con su mítica bermuda y una guayabera roja. Agradece al público por levantarse tan temprano en domingo para ir al programa.

Araceli, una de las edecanes, lleva al escenario a la niña que tiene el pastelito con una vela para dárselo a Chabelo, quien se pone de rodillas, la abraza, apaga la vela, muerde el pastel y abre el telón para iniciar el programa. Suenan los tambores. Se encienden las luces. La cortina se abre y sale Chabelo por el túnel de colores. El público no para de aplaudir. «¡Música maestro!», grita Chabelo con esa voz que acompaña a la infancia mexicana desde hace seis décadas.

Para el locutor Jorge Alberto Aguilera, quien lleva 23 años colaborando en el programa, Xavier ha logrado adaptarse a la audiencia a pesar de era tecnológica. Y aunque el locutor no se escapa del rigor de Xavier, dice que el éxito del programa radica en «el alma blanca de Chabelo», que refleja la idiosincrasia de cualquier niño.

Xavier dice que Chabelo y él son dos personas distintas que viven en un mismo cuerpo: el niño le permite al adulto vivir cómodamente. La casa del hombre que mide 1.90 metros es la imagen de un cuento. Para llegar a su estudio se tiene que caminar entre un jardín repleto de árboles y flores y atravesar un techo de madera con caída a dos aguas similar a la casa de Hansel y Gretel. En su escritorio de madera hay una infinidad de dulceros de cristal. Algunos con gomitas, otros con caramelos o paletas. Y hay, también, un orden impecable: repisas de madera pulidas sin rastro de polvo. Cientos de muñecos movibles y parlanchines de Chabelo que salieron a la venta en la década de los noventa, alineados por color de playera y bolsillos de shorts: azul, verde y rojo. Una persona con más de 60 años imitando a un niño es un caballero que no soporta el desorden.

Las paredes. Cuatro muros tapizados de diplomas, reconocimientos y fotografías de Xavier con un traje de marinero corto y babero que fue confeccionado por su mamá hace unas cinco décadas. Algo aprendió Xavier de sus padres: hasta ahora, Xavier confecciona personalmente sus shorts y también se considera un excelente cocinero, confesó a la periodista Adela Micha.

Además de ser metódico y disciplinado, a Xavier le gusta coleccionar figurillas de rana. En una de sus oficinas en la Ciudad de México, tiene más de 2 mil 700 de todos los tamaños. De todos los lugares del mundo. Al igual que los anfibios, a Xavier le gusta dar brincos largos. Siempre mirando al futuro. Nunca al pasado. «No retrocede cuando es atacado. Siempre avanza», dijo sobre el anfibio en el programa Tras la verdad.

Junto a su escritorio hay un órgano con micrófono integrado. Porque además de actuar y conducir, Chabelo también canta. De hecho, es el único mexicano que logró «la autorización y apoyo» de Francisco Gabilondo Soler, mejor conocido como Cri-Cri, para interpretar los éxitos del cantautor de música infantil. Antes de él únicamente la argentina Libertad Lamarque y Marco Antonio Muñiz habían interpretado algún éxito del cantautor infantil.

Mientras en el escenario canta, en su casa calla. Si en el foro se sube a una bicicleta, en su casa descansa. Mientras en el estudio habla, en su casa medita. En su burbuja, Xavier no se comporta como si el mundo fuera un escenario con un público a su alrededor. Sin Chabelo, Xavier es un hombre de casi ochenta años de pocas palabras. Se mueve, habla y calla con cierta rigidez que ante la cámara nunca se muestra. Saluda con un apretón de manos que no aprieta. Usa pantalón de mezclilla con una perfecta línea planchada. Viste Converse sin agujetas ni calcetines y huele a fragancia varonil.

¿Un niño terco es un niño exitoso? El año pasado, el vaticano anunció que el papa Benedicto se retiraba por su edad avanzada. La decisión sacudió a millones de mexicanos. En este país, mientras el 84 por ciento de la población católica intentaba recuperarse de la conmoción, los usuarios de las redes sociales hacían bromas virales con la imagen de Chabelo vestido con una sotana para ocupar el cargo de Joseph Ratzinger. Los mexicanos se burlaban de la edad del niño más grande de la televisión. Cuando Xavier se enteró se molestó por la falta de respeto «para una autoridad de la iglesia». Si algo le inspira fe al Rey Midas de la televisión infantil, es el catolicismo. Es un devoto «Guadalupano», generoso con las personas que lo rodean, pero iracundo con los que se atreven a preguntar sobre la paternidad de Leslie Pérez, una joven que niega, y que a la fecha se resiste a hablar.

Cierta ocasión en 2009, un periodista del programa Ventaneando le preguntó a Xavier si la supuesta paternidad afectaba su imagen. Xavier miraba con gesto afable al periodista, pero al escuchar la pregunta se incendió: levantó la barbilla, se miró a los párpados, lució la esclerótica, frunció el ceño y se alejó de las cámaras. Sus dos escoltas cerraron el paso al grupo de periodistas. Meneando los micrófonos, insistiendo del tema a gritos, caminaron detrás del par de guardaespaldas torvos, agitados, altos y obesos que vestían de negro y cuidaban a un adulto con overol de mezclilla roja. Pasos adelante el conductor no se resistió: esquivó a los esbirros, se plantó frente a los ojos del periodista que apenas alcanzaban la barbilla de Xavier.
—Catorce veces te lo he dicho y te lo repito: lo único público mío, es mi trabajo.

Por la pantalla de televisor, se mira el larguísimo dedo índice del conductor que va del cielo, a su pecho y remata al aire, apuntando al tabique nasal del periodista.

—Que sea la última vez. Te lo pido de favor.

—Perfecto, señor —dice el periodista con el brazo izquierdo pegado al torso, protegiéndose las tetillas, con el chaleco ceñido.
A Xavier se le quiebra la voz. Baja de un manotazo el micrófono del periodista.

—No me meto en tu vida, no te metas en la mía.

El periodista mantiene el brazo izquierdo cruzado y el derecho abajo. La cámara sigue grabando. El camarógrafo camina para conseguir mejor toma. La escena del conductor infantil más viejo de latinoamérica molesto no parece ordinaria. Y Xavier repite:

—Lo único público mío, es mi trabajo.

Entre Xavier y el periodista está el brazo izquierdo, ancho, velludo, tieso, envuelto en manga corta y negra de un guardaespaldas inexpresivo, barbado y con anteojos que mira a la nada. El periodista baja la barbilla, se mira a los pies y responde, a voz baja.

—Sí señor.

Si de niño Xavier lograba intimidar a las amistades de su hermana, de grande es capaz de infundir miedo entre los periodistas que viven de irritar a celebrities y de paralizar a directivos de Televisa, el canal más poderoso de latinoamérica. En 2007, los ejecutivos del canal de las estrellas anunciaron a Xavier el cambio de horario del programa por reorganización de transmisiones: no comenzaría a las 7:00 de la mañana, sino a las 6:30, algo que molestó, en principio, al personaje. Dijo Chabelo en una entrevista con periodistas de TV: «cuando me dijo Xavier que ya no íbamos a estar, de verdad sí chillé».. Después Xavier mostró su coraje: «Mejor les doy mi renuncia y no voy a hacer el programa. Yo me voy a Venezuela o no sé a dónde, pero no puedo cambiar el horario», recuerda Mario de la Piedra, ex vicepresidente de Producción de Televisa y amigo de Xavier en el programa La historia detrás del mito.

En la junta directiva donde participó de la Piedra, los ejecutivos decidieron despedir a Xavier, quien no cedía 30 minutos. Pero de la Piedra les alertó: «Si renuncia, no lo vuelven a ver. Yo lo conozco». Y los directivos cedieron: «Está bien. Que se quede. ¿Qué vamos a hacer sin Chabelo?». En la junta se acordó dejar el programa a las 7:00 de la mañana y modificar el resto de la programación del canal.

Días después, Xavier sonreía ante la cámara: «Al ver mi negativa a seguir un nuevo horario, me hicieron el favor de reconsiderarlo y volví entonces a hacer el programa». El berrinche, de nuevo, salvó a Chabelo. Y a Xavier.

—¿Pero por ahí dicen que don Xavier es berrinchudo también?

—¡No! He tenido que tener la cabeza y los pies pegados al piso para poder organizar mi vida y de hacer cosas que van más allá. El personaje me ha exigido cierto cuidado en mi comportamiento. De alguna manera, he sido ejemplo para los niños de México, entonces no era conveniente que a lo largo de mi carrera no hubiera cuidado esos puntos, de lo contrario, eso me hubiera traído como consecuencia que los papás no dejaran ver a los niños a Chabelo en la televisión.

—¿Qué extraña de su infancia?

—De la infancia no mucho. Lo único que extraño es a mis padres. Pero si soy franco, el hecho de interpretar a Chabelo durante la mitad de mi vida me ha hecho no perder esa esencia. Como Chabelo he podido hacer muchas cosas que antes no podía hacer.

—¿Cuáles?

—¡Berrinches! Eran cosa prohibida en mi niñez. Como Chabelo los he hecho de todos tamaños y formas.Lado B. Periodismo 3.0

Este texto fue publicado originalmente en el número de marzo de la revista tijuanense Diez 4.

 

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