Buscando justicia para Chely
Crónica de una madre
Por Lado B @ladobemx
24 de marzo, 2014
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La señora Amada Barranco pide justicia Foto: @melyarel

La señora Amada Barranco pide justicia
Foto: @melyarel

Mely Arellano

@melyarel

A las 9 de la mañana, Amada Barranco ya está parada afuera de la oficina del Ministerio Público de Tepeaca, en Puebla. La mujer que la atiende no la reconoce aunque ella misma la ha despachado antes. Ahora apenas la mira, su atención se centra en la abogada que esta vez la acompaña.

El 13 de noviembre del 2013 Javier Mauricio Díaz asesinó a Araceli Vázquez Barranco, hija de Amada, atestándole al menos seis puñaladas, dos le causaron la muerte inmediata: una en el cuello, otra en el corazón.

El 2 de diciembre el juez penal de Tepaca, José Luis Arenas Juárez, otorgó la orden de aprehensión por el delito de feminicidio a pesar de que, al solicitarla, el Ministerio Público no invocó la fracción III del artículo 312 bis del Código Penal de Puebla en la que “se encuadran los hechos motivadores”. Pero esto aún no lo sabe Amada. Por eso está ahí la mañana del martes 18 de marzo del 2014.

En la primera quincena de diciembre la secretaria del juez le dijo que ya había salido la orden de aprehensión pero, sin un papel de por medio, Amada dudó. Un par de semanas después se presentó en su casa un agente ministerial de nombre Abraham, le dejó un número de teléfono y le pidió que lo contactara si llegaba a tener información sobre el feminicida, pero ya nunca pudo volver a hablar con él, mucho menos verlo. Entonces Amada buscó ayuda y llegó al juzgado con la abogada Patricia Olarte a quien ahora la mujer que atiende le dice que el Ministerio Público adscrito, de nombre José Julio García Gayosso, “ya viene”.

Durante la espera, la abogada y Amada revisan el expediente completo del proceso 377/2013. Ahí se enteran de la omisión de la fracción III del artículo 132 bis, que –ente otras cosas- considera el acoso como un elemento para acreditar el feminicidio.

En su testimonio, Amada describió la obsesión de Javier, albañil de 26 años, por Araceli. Las llamadas frecuentes y los tantos mensajes que le enviaba después de que Chely, como le decían, decidiera terminar el noviazgo de dos años y medio.

Todavía tiene muy claro el momento en que lo vio salir de su casa tras haber matado a su hija en el baño. La rabia aumenta cuando dice que, desde ese día, la familia de Javier anda rumorando que él las mantenía, que le había pagado la carrera de Ingeniería Textil a Chely y que hasta muebles les había regalado.

–Nada de eso es cierto -afirma Amada con gesto firme-, pero aunque lo fuera, eso no le da derecho de quitarle la vida a mi hija, y menos así como lo hizo, se ensañó el maldito.

Minutos después de las 12 del día llega el Ministerio Público adscrito. Amablemente les dice que se vayan a la vuelta, a otra oficina, donde el comandante Guadalupe Onda les debe informar quién es el agente asignado para ejecutar la orden de aprehensión. Y les advierte que quizás les pidan dinero.

–Pero dígale que es su obligación hacerlo, que “si cuando lo aprehendan disponemos, a la mejor ya les ayudamos con algo”, porque si no luego les ven la posibilidad y abusan. O venden las órdenes, es la verdad, pero no podemos hacer nada.

En la oficina de Guadalupe Onda, una mujer que sólo se identifica como la agente 430 les informa que el comandante no está, que “anda trabajando”.

La abogada le pide el nombre de quien tiene asignado el proceso. La agente la ignora y pregunta el delito y si “¿la mamá viene con usted?”.

–Aquí estoy –contesta Amada.

–¿De dónde es señora?

–De Acajete.

–¿De cuál asunto señora?, de feminicidio, ¿de cuál fue?, ajá, sí, ¿cómo murió su hija?

–La asesinó su exnovio.

–¿Fue la del baño que la (aquí la agente 430 levanta el brazo y lanza puñaladas al aire), la apuñaló?

Amada baja la vista. Asiente.

La abogada le pide el nombre completo del agente Abraham, y le explica que ha sido imposible localizarlo. La agente 430 se niega. Alega que no puede dar el apellido, aunque la abogada le insiste en que tratándose de un funcionario público debe hacerlo.

Después de unos minutos de discusión, la agente 430 confirma que el caso lo tiene su compañero Abraham, pero dice que no puede dar más datos. Media hora más tarde, y gracias a la intervención de otro agente, salen de la oficina con la promesa de que el oficial asignado se reportará.

Amada siente que el día fue provechoso, que valió la pena llegar tarde a su trabajo. Se lamenta, sin embargo, de ser humilde. Sabe que hace poco mataron a otra chica que se llamaba Karla, y que el asesino ya está en la cárcel. Cree que la justicia no es igual para todos. Suspira. Luego sonríe y presume que en unos días le van a dar el título de Ingeniera Textil de Chely y entonces hará una comida para celebrar a su hija, aunque ya no esté.

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Lado B
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