APOLOGÍA DE UNA MÁQUINA ENGAÑOSA

APOLOGÍA DE UNA MÁQUINA ENGAÑOSA

 

Eduardo Zurita

 

Primera premisa: el cerebro no sabe cuando estamos dormidos; es decir ‒y por tanto–, no distingue entre el mundo que habitamos y el que soñamos. Comprende qué es dormir pero nunca lo ha experimentado, y no puede advertir cuando ocurre. Todo es un continuum para él: un lugar ininterrumpido, en el que nos movemos sin descanso, como una aceituna rodando por una escalera eléctrica que sube. Todo sucede para él, todo se mueve siempre y en todas direcciones. Y es que siempre le llega información: olores, sonidos, caricias paranoicas del tacto. Incluso si no hay nuevos datos (si, supongamos, estamos en la noche más tranquila del universo), el subconsciente arroja los que tiene (aunque de hecho siempre lo hace). Por eso rondamos entre lo que ocurrió en el día y lo que nos obsesiona. Despiertos experimentamos motrizmente las superficies del mundo; dormidos, las del cerebro, que también tiene corteza.

Segunda premisa: el cerebro no diferencia –no puede– entre un objeto que vemos y uno que recordamos. Si miras un papalote, reacciona de un modo eléctrico concreto. Si cierras los ojos y recuerdas ese papalote, el cerebro se activa igual: los mismos cables, las mismas chispas. Incluso si piensas en un papalote que nunca encontrarías cortando el aire (cilíndrico, macizo, del largo de una ciudad), lo experimenta. Y puede volarlo, así como puede electrificarse cuando un rayo lo golpea, tal cual si nos golpeara un rayo en la punta de una torre a la que subimos a buscar un papalote abatido.

Tercera premisa –quizá la más reveladora–: el cerebro, contrario a lo que se cree y dice, sólo toma fotos de la realidad, no video. Registra imágenes (un auto antes del semáforo, un auto en el semáforo, un auto después del semáforo) y luego completa el camino entre ellas con sus propias construcciones. Arma una película mental creando puentes a partir de lo que por lógica podría estar entre un extremo y otro. Digámoslo así: el cerebro ve islas y a partir de ellas crea un mundo –un universo– mediante el agua cambiante y amorfa de su intelección.

Así, el cerebro es una máquina engañosa, en palabras de Kaspárov; precisa, atómica y matemática, pero embustera. Cuando le pedimos un registro fiel nos da uno lógico, y nos dice que es exacto. Pero no es su culpa, sino nuestra: no hay máquina fiel, así como tampoco posibilidad de video. ¿En qué se basó para probar esto? En los orígenes perceptuales: no hay sino imágenes planas en la cabeza. La fotografía analógica es el átomo visual: el ojo registra el mundo que se le antepone como una sucesión de placas empalmadas. Toda percepción ulterior es construida (el agua entre islas). Y esto es más sabido de lo que se cree: por ejemplo, cuando se usan gafas por primera vez, los objetos parecen acomodados sobre hojas de acetato. No es que veamos mal al inicio, sino que vemos más, y no estamos acostumbrados: la precisión con que identificamos el seccionamiento visual es la percepción concreta de toda cosa situable en el mundo.

Por esto, Jan Kaspárov caracterizó como falaz la percepción de movimiento: el movimiento existe y lo experimentamos, pero no podemos percibirlo. Más bien es una ecuación: la sumatoria de los planos de un instante por el número de transformaciones de planos entre un tiempo determinado. En pocas palabras, nuestro cerebro barajea millones de fotos para darnos el resultado de la operación: el objeto que se mueve. Entonces, toda cámara de video es y será un carrusel de diapositivas.

Ante el contraargumento de que esa explicación aplica sólo para la percepción visual, la respuesta fue contundente (si bien le valió las primeras alusiones a su «locura», por otra parte «siempre a punto» desde antes): toda percepción es planisférica, por la simple razón de que la percepción en sí no es percepción sino su puesta en razón, su recuerdo. Percibimos lo que incide –aunque sea un momento– en la superficie del cerebro. Es decir, debe recurrir, ir y volver: en toda percepción hay repetición. Para nosotros, el intervalo entre efectos es despreciable (un uno tras duros muros de ceros) pero para el cerebro, cuya vida es notablemente más larga y por ello percibe curvas en huecos abrumadores, no. El que haya elegido lo visual como eje en los cálculos para su decodificador no es porque sea distinto, sino más nítido, y ayuda a entender otra trampa perceptiva: la solidez de los cuerpos.

La cualidad de esferoide de la aceituna, para nuestro cerebro, no es un hecho de concreción sino de conjunto: cada plano que la compone, lo que implica su existencia como movimiento. Me explico: para identificar lo móvil vemos, sin importar lo rápido que vaya, el auto en un lugar, luego en otro, y luego en uno más. Estos lugares son progresivos (antes-después-más allá) según nuestra jerarquía de distancias. Bueno, la aceituna también cumple espacio: un extremo está al principio y otro al final, y entre ambos hay placas de aceituna contiguas, cual páginas. Entonces, percibir la aceituna es asociarla como tiempo, pues implica recorrer el espacio que ocupa, pasando por todas sus placas. Ahora, ¿qué ocurre si deshojamos un libro? El contenido sigue ahí aunque disperso, y puede leerse de forma fragmentaria. Si queremos averiguar la historia rota en cada pieza, hay que reordenar, cuando menos temporalmente. La solidez de los cuerpos es igual: manifiesta en la experiencia y en la percepción; pero entre un punto y otro, imprecisa, acuosa digamos.

Por eso son tan importantes las premisas. No alimentando la discusión de si estaba cuerdo o no (ni, con ello, el asunto de si fue justo su veto de la Universidad), sus premisas son válidas, y presentan el camino hacia su fascinante idea de realidad (o, en palabras kasparovianas, de ficción, que es algorítmicamente lo mismo): todo lo que llamamos realidad es sólo una racionalización concreta de la percepción del tiempo. La verdad de las cosas descansa en la identificación cerebral. ¿Pero lógica y realidad son lo mismo? Si 2 + 2 = 5 es una posibilidad racional, la incuestionabilidad de lo incuestionable depende de su línea de comprobación (su eje de referencia). En la Tierra su referencia es la superficie, pero, ¿y en otras Tierras?

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La idea es confusa y dudosa, si se ve de forma directa (algo peligroso, pues permite altercados incluso jurídicos como los que tuvieron lugar a raíz de la orden de restricción que le impusieron tras el día del semáforo), pero hay que contemplar la concepción del cerebro de Kaspárov: es un ente solitario, gobernante maquinal de un organismo que a su vez es parte de él y subordinado. Está separado de éste por una torre vertebral y aislado del exterior por una coraza blanca y dura. Desde esa posición, genera y vive en sus ideas, analizando, seccionando y deduciendo el universo, cual científico en laboratorio; pero todo mensaje del mundo le llega como grito en el agua: ondas de radio que cruzan el espacio. Estando también inmerso en agua, flotando ajeno a cualquier superficie, sin distinguir entre presente y recuerdo, ¿cómo podría identificar entre realidad e invención?, es decir, entre hecho y posibilidad (entre lo que es y lo que pudo). Y por lo mismo –aquí la clave de lo que permitió ser al polémico decodificador premonitorio–, ¿cómo distinguir entre lo posible actual y lo probable futuro?

Bajo ese pensar encendió la máquina, y desde los primeros registros de su funcionamiento subrayó la idea de estadios múltiples, del universo como una y la misma cosa: empezando con la fatal caída de su amigo el doctor Jesse Reno por las escaleras de la facultad (objeto recurrente en sus desvelos), veía en toda situación un indicio de su pasado y su porvenir, como si su calva cabeza de aceituna fuera la suya mientras rodaba corpulento piso abajo (cual le revelaran las ondas del decodificador). Comprendió que los planos se cruzan, que las percepciones de una cosa son momentáneas y pueden alterarse en cualquier dirección. La habilidad de cambiar un recuerdo a partir del eje de referencia cerebral implica cambiar un hecho en sí, y lo mismo ocurre con las posibilidades de lo porvenir. Eso era algo de lo mucho que le dio la máquina: la visión precisa de todo lo que fue y era, actual o posible, hubiese ocurrido o hubiera podido ser; además de todos los puentes de agua entre posibilidades. Si no se concentró en la modificación del recuerdo de su amigo aislado en su bata blanca cayendo con su pesada humanidad es porque no acababa de comprender que podía hacerlo. Después de todo, primero creó la máquina y luego descubrió qué hacía.

En cada plano de su historia hay interminables huecos que sólo podemos intuir, pero así examinado –hombres demostrativos bajo el rayo de su pensamiento– entendamos que el día que reveló al profesor Seeberger que llevaba siguiéndolo siete meses y le exigió a punta de golpes (y amenazas de que morirían ambos atropellados) que no cruzara bajo el semáforo frente al campus, no demostró peligrosidad sino simplemente ciencia, un conocimiento de la ciencia que sólo pudo obtener de la maquina, lo que quiere decir que no estaban rompiéndose las cuerdas de su razón sino elevándose.

Sin embargo, los resultados fueron, como todo, humanos, a veces tan contrarios a las visiones de una mente elevada y universal como la Kaspárov: organizó demostraciones de su máquina, pero la gente no entendió nada y rio. Y los que no, se alejaron con pena y dureza, hasta dejarlo separado de todo lo que alguna vez constituyó no sólo su presente sino sus recuerdos, que se diluyeron en vagos impulsos confundidos con lo de alrededor. En lo alto de su mundo eléctrico, siguió trabajando en sus ideas –analizando, seccionando y deduciendo– hasta el día tranquilo del universo en que se convulsionó mientras tomaba un baño, en aguas tibias y claras como su mente.

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Hoy, a tantos años de su desaparición, no logro comprender cómo los hombres de ciencia –gobernantes cognitivos del mundo del que también somos parte–, buscamos en simposios y congresos como éste, acercarnos a la razón alejándonos de las humanas ideas cual si las islas no se tocaran bajo el agua, y con ella no fueran lo mismo, la misma Tierra flotando en el agua del espacio rodeada por la dura blanca nada de lo incomprendido; todo uno y la misma cosa.

Y como los hombres de ciencia, todos: el día que leyeron su testamento, su familia no sabía si reír o sentirse apenada: no tenía nada más –no podía tenerlo–, pero a su nieto segundo, Garri, el único que podría continuar su labor y quizá un día darla por terminada, le dejó los diarios, las notas, los datos acumulados durante cada observación y cada prueba, sus ecuaciones, sus resultados, sus intuiciones de mejoramiento a partir de cada cosa que sabía y aprendería, además de una clasificación puntual de todas las evidencias y documentaciones relacionadas con el éxito de su instrumentación. Y sobre todo, le dejó la joya de su ciencia y su existencia, su más grande logro: el decodificador premonitorio de ondas, el invento complejo y glorioso que en realidad nunca inventó.

 

Eduardo Zurita nació en 1986 a las orillas de la ciudad de México. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM (Acatlán), donde formó parte de las revistas Logógrafo y Massiva. Se dedica al trabajo editorial (Herder, Astillero, uno) y al guionismo, y entre eso y cada cosa, busca siempre literaturas, mosaicos y maquinarias de reloj.

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