Un instante con Esteban Rodríguez

Un instante con Esteban Rodríguez

Wendy Selene Pérez**

Esteban Rodríguez no estaba cómodo ese mediodía. Era 16 de agosto de 2010. Hacían más de 35 grados centígrados y una humedad del demonio. En un mes llegaría el huracán Karl a las costas de Veracruz. Esteban tenía el pecho a tierra, los codos bien levantados y los metatarsos plantados al asfalto como una flaca lagartija; empujaba la muñeca izquierda contra el piso y tomaba fuerte con la mano derecha su antigua Nikon D50, protegiéndola del cemento mojado.  En la foto se le ve a unos pasos de dos policías que se mueven híper bucólicos, casi en la trompa de una camioneta de ministeriales.

Ese lunes llovía otra vez. Esteban se levantó, se puso el reloj, los tenis negros, un jean azul y una camisa verde de algodón; metió la cartera en la parte trasera del bolsillo izquierdo del pantalón. Los titulares nacionales hablaban de un ataque con granada a Televisa Monterrey. Hacía meses que Esteban trabajaba para el diario AZ, antes había estado en la agencia Notiver y como camarógrafo nocturno de TV Azteca. Esteban se despidió de Claudia, su segunda pareja, y de Dieguito, su tercer hijo. Llevaba el pelo al ras del cráneo y resaltaban sus cejas negras, arqueadas como si fueran una escuadra. Le decían Furcio por aquel fatuo dibujo cejón que salía en un programa de mofa que conducía Pedro Armendáriz Jr. El día avanzaba cuando le avisaron de un tiroteo en Doblado y la 16, cerquita del centro. Un hombre de veinte y tantos años, blanco, cabello negro, camisola y cadena al pecho, había matado a un policía: iba en un coche con placas de Puebla cuando un agente de tránsito lo detuvo, en lugar de sacar la licencia el mal conductor cogió un revolver y le disparó al rostro: en pleno semáforo, con la calle transitada, los transeúntes espantados. El poblano huyó. Hombres de azul buscando, rastreando, hurgando. Nada. Se lo tragó la tierra, se lo llevó la lluvia. Los policías empezaron la retirada, con la bronca contenida. De pronto un vecino gritó “¡Allí hay alguien!”, y señaló un camión amarillo en una construcción. La gente en lugar de esconderse salió a ver. Los policías regresaron de prisa. Rodearon el camión, acorralaron al foráneo como a un perro y lo golpearon entre todos. Por la adrenalina, un camarógrafo despersonalizado bramó “¡¡Mátenlo, mátenlo!!”. Sus colegas lo miraron. ¿Y este cabrón qué?, pensaron, luego subieron el video a youtube. Vino un crepitar de balas durante cinco minutos. Esteban, con los ojos expectantes, el miedo a las ráfagas; las arrugas acentuadas en la frente, la boca entreabierta y el cuerpo incómodo por la posición. Después del descargo de pólvora hubo silencio. Un espacio de tiempo. Un “Ya estuvo, ya estuvo” llegó de quién sabe dónde. Los fotógrafos hicieron el shooting a la camisa blanca bañada de rojo intenso, a la cara pálida y la barba que ahora se veía más oscura.

El fotógrafo me mostró con miedo quizá la única foto que circulará de Esteban:

“La tomé en una balacera en el barrio de La Huaca, uno de los más bravos del Puerto… Los policías con armas y chalecos… Furcio nomás con su cámara… Pero ya se murió”.

“Ahí estábamos todos”, soltó otro reportero, recordando el tiroteo. “Los policías con sus armas, nosotros sólo con nuestras cámaras”. Así quieren acordarse de Esteban, en movimiento. Como el día en que defendió a su compañero Víctor Hugo ante un cerco policial en un concierto de Calle 13. Terminaron los dos sin fotos, sin sus equipos, golpeados y atendidos por paramédicos.

Un año después de aquella balacera Esteban recibió llamadas extrañas, amenazas que documentó Artículo 19. Llegó la carta de renuncia al AZ y el trabajo como soldador en un taller mecánico.

En mayo de 2012 el zumbido de las balas lo alcanzó sin la cámara. Ahora el acorralado era él, el ensangrentado era él. Quizá gritó ‘mátenme de una vez’, tal vez lo pensó. Lo torturaron hasta la alucinación, lo desmembraron como a una res. Lo echaron al canal de aguas negras de La Zamorana en Boca del Río. Y apareció flotando el 3 de mayo, el Día Mundial de la Libertad de Prensa, junto a otras bolsas negras con los cuerpos de Guillermo, Gabriel e Irasema. Nuevamente hacía más de 35 grados, lluvias ligeras. Un sepelio rápido con menos de diez personas en el Panteón Jardín, una tumba en un rincón donde por fin la tierra ya está seca.

Tuyyocoincidimos*Tú y yo coincidimos en la noche terrible. Este proyecto fue primero una voluntad común contra el olvido y la impunidad, luego un libro y ahora esta página que guarda memoria de los periodistas y trabajadores de la información asesinados y desaparecidos en México desde el 2 de julio de 2000, cuando inició la alternancia democrática, hasta el día de hoy.

**Editora de Reportajes de la revista Domingo, El Universal, México.

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