Falso, el paraíso muxe en Juchitán

Falso, el paraíso muxe en Juchitán

Guadalupe Ríos | Revista En Marcha

Juchitán, Oaxaca. Ellas, las vestidas, las travesti, las intrépidas, vistieron una vez más de seda y lentejuelas y, glamorosas, hicieron realidad, por una noche, sus sueños y fantasías en medio del aplauso público y el reconocimiento a su identidad sexual.

Fueron el centro de atención de las miradas, y mientras unas lucían el resultado de meses de dieta y ejercicio, otras mostraron voluminosos senos y torneados glúteos resultado de costosas cirugías, mientras muchas más –quizá con menos recursos y más autoestima–, envolvieron sus 80 o 90 kilos de peso entre sonrisas y colores para posar ante las cámaras.

La vela de las intrépidas es noche de show, de carnaval y extravagancia que simboliza el clímax de su expresión de libertad sexual, lo mismo que harán las de la Vela Santa Cruz Baila Conmigo o las del Vela Nochebuena de Cheguigo Sur.

Unas más famosas que las otras, sin importar el nombre, todas coinciden en lo mismo, buscar el espacio propicio creado por “ellas” para disfrutar de su noche de luces y fantasía, donde no hay discriminación, donde existe el respeto, donde se olvida la otra realidad, la que a diario viven los muxes de Juchitán en su falso paraíso.

Se destiñe el paraíso

El sol opaca el color de la fachada de la casa de Mario y deja al descubierto el gris de los tabiques de concreto. Lo mismo ocurrió con la idea que éste alguna vez tuvo sobre Juchitán como el “paraíso de los homosexuales”.

“Dicen que en Juchitán los muxes son respetados, que son aceptados y que sus mamás dicen que son una bendición en la familia, tal vez para algunos lo sea, pero también es cierto que hay otra realidad muy distinta de la que nadie habla”, afirma Mario, también conocido como Jetzabé.

Él es un joven de 19 años, estudiante del último año de preparatoria, y se reconoce como una persona de la diversidad sexual que ha logrado la independencia económica aunque vive con su padre y protege y orienta a su hermano menor.

“La homosexualidad en Juchitán es tolerada pero realmente no es aceptada. Se tolera cuando el muxe ya representa un ingreso para la familia, cuando ya trabaja y está dispuesto a compartir lo que gana con la madre o apoyar al padre en lo que pida, pero si no es así, nadie de la familia los acepta”, asegura Mario.

Foto: Neil Rivas
Foto: Neil Rivas | npr.org

Analiza los casos que conoce de sus “amigas” y afirma que si se respetara la homosexualidad y los muxes fueran una bendición para la familia, no intentarían cambiar su orientación sexual cuando ésta se manifiesta a los seis o siete años.

“Si dicen que nos respetan y aceptan como somos, ¿entonces por qué nos regañan cuando estamos chiquitas?, ¿por qué nos pegan?, ¿por qué se enojan si jugamos a las muñecas y nos obligan a ir al campo o hacer trabajos de hombres si queremos ser mujeres?”, cuestiona.

Y continúa: “¿Por qué entonces las que quieren vestirse de mujer tienen que hacerlo a escondidas en casa de otras más grandes que ya son independientes? Es porque tienen miedo, porque no son aceptadas realmente, por eso digo que no es cierto que los muxes son una bendición para la familia, ese es un invento, un mito, y Juchitán no es el paraíso de los homosexuales, también hay violencia y homofobia”, afirma.

Violencia física y psicológica

La infancia de los homosexuales en Juchitán es tan complicada como puede serlo en cualquier otra parte de México. Existe rechazo y violencia psicológica y física de los padres y parientes más cercanos sobre los pequeños que han expresado con sus gustos y comportamiento una identidad diferente al sexo que la naturaleza le otorgó.

“Cuando tenía como seis años o siete mi papá me pegaba, me regañaba, me decía que tenía yo que ser hombre y me llevaba al campo a sembrar, me obligaba y yo lloraba mucho, yo le decía a mi mamá que no quería, que no me gustaba, que mejor me quedaba a ayudarle a hacer tortilla, pero no me dejaban”, reconoce Rogelio, un muxe de 55 años oriundo de la séptima sección de Juchitán.

“Peregrina” también reconoce que en su niñez su madre y sus tías se molestaron con ella y trataron de impedir que fuera muxe, incluso algunos tíos dejaron de dirigirle la palabra aunque años más tarde se vieron obligados a aceptar lo irremediable.

En tanto, Flavio Vásquez, de sólo 15 años de edad, estudiante de tercer año de secundaria, sueña con vestirse de mujer pero teme la reacción de su tía y su abuela, quienes si bien saben de su preferencia sexual, le obligan a vestirse y comportarse como hombre y asegura que “si me visto de mujer mi familia se va a enojar conmigo”.

Con dinero se compra la libertad

“Cuando ya crecí y comencé a ganar dinero haciendo arreglos en fiestas y en carros, haciendo show travesti, entonces mi mamá ya no me dijo nada”, explica “Peregrina”, quien también se gana el respeto de sus familiares cargando con el costo de adornar una fiesta familiar para la que fue elegida como “madrina”.

“Casandra” es mesera en un bar de Cheguigo norte, hace adornos para fiestas y está aprendiendo a bordar como parte de sus actividades económicas para subsistir. Vive con sus padres y al igual que en otros casos, intentaron hacerla cambiar de orientación sexual cuando era menor de edad. A sus 19 años, afirma que su independencia económica le ha dado libertad sexual.

Foto: Neil Rivas | npr.org
Foto: Neil Rivas | npr.org

“Yo desde los siete años me di cuenta que no era igual que otros niños, pero me regañaban, me pegaban, pero ya después cuando crecí y comencé a ganar dinero fue diferente”, dijo.

Víctor Martínez, padre de Alejandro, conocida hoy como “Dulce”, admite que intentó hacer que Ale fuera hombre, pero éste nunca cambió. “Cuando era chiquito su papá le quería pegar, lo regañaba, la insultaba, pero yo no dejé que lo golpeara”, dice Rosa Alicia, mamá de Dulce.

Para Dulce es natural que tenga que trabajar y llevar parte de los gastos de la casa además de que aspira a ser la heredera de la vivienda que habita con sus padres y así lo ratifica el señor Víctor Martínez:

“Ale se va a quedar con la casa pero si él acepta cuidarme cuando yo sea viejo, que me vea, me dé un pedazo de tortilla cuando yo no tenga nada, por eso si él me cuida cuando esté enfermo o no tenga nada qué comer, él se va quedar con la casa”, afirma el indígena juchiteco.

Por ello, Jetzabé se ríe cuando escucha hablar de Juchitán como el paraíso de los muxes: “Eso no es cierto, ellas lo saben, nomás que les gusta que crean que es diferente. No hay amor de sus parejas, hay interés, hay un pago de por medio, también hay violencia, hay traiciones, hay odio y nadie se escapa de eso”.

En Juchitán, en la última década se han registrado unos ocho asesinatos de homosexuales, la mayoría sin resolver. De los últimos casos, el de Adán Sánchez López (Adriana Fonseca), registrado en marzo de 2009, y el de Elvis Aníbal Santiago Medina (Niza), en mayo de 2012, cimbraron a la comunidad lésbico gay por la saña y violencia con que actuaron los agresores, quienes siguen libres.

Ni las autoridades judiciales ni las agrupaciones de la diversidad sexual o defensores de derechos humanos tienen datos exactos sobre casos de crímenes por homofobia en la región del Istmo de Tehuantepec debido a que los familiares no le dan seguimiento a las investigaciones por “vergüenza” en muchos casos, según instituciones de investigación.

Este texto fue originalmente publicado en Revista En Marcha, en enero del 2014.

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