Mi hija tiene la inteligencia de un chimpancé
Por Lado B @ladobemx
14 de enero, 2014
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Luis Felipe Lomelí

@Lfelipelomeli

“Mamá, ¿cuántos segundos tiene un año?” Eran las 6:45 de la mañana y el camión iba repleto y en silencio por el barrio de Santa Teresita, en Guadalajara, cuando hice la pregunta. Yo tenía siete años, con una mano tomaba el travesaño de un asiento y, con la otra, la mano de mi madre.

–¡Pónsela más fácil, m’ijo! –Dijo un estudiante que estaba a unos metros y, por supuesto, vinieron las carcajadas de los pasajeros.

Pero yo no entendí por qué se reían. Ni en ese momento ni por varios años. Esperé un poco más a que me diera alguien la cifra y, para mi sorpresa, nadie me la dio. Así que seguí calculando y cuando llegué a la escuela ya había terminado: 31,536,000 segundos (si el año no es bisiesto).

¿Por qué nadie me había respondido? ¿Por qué se rieron? Mejor aún, ¿por qué diablos me hacía esas preguntas?

La idea del desarrollo de la inteligencia

A mis 7 años pensaba que la inteligencia se desarrollaba. Creía, de forma muy optimista, que conforme uno iba creciendo la inteligencia también crecía y uno se volvía cada vez más inteligente. Así pensaba, por ejemplo, que si yo era más o menos hábil para hacer cálculos mentales (60*60*24*365= 31,536,000), las personas adultas serían mucho más diestras y rápidas. Si yo era una pequeña calculadorcita, mi abuelo sería una súper-computadora. Es decir, no le hice la pregunta a mi madre porque no pudiera obtener yo la respuesta, tampoco por querer tantearla ni mucho menos “por fregar” sino porque quería una respuesta rápida (ya había multiplicado 60*60*24 y me dio flojera hacer la siguiente operación). Así, no entendí por qué se rio la gente del autobús.

Durante los años que siguieron me volví cada vez más rápido y preciso para los cálculos matemáticos mentales. De modo que entendía menos lo que había sucedido y me causaba harta consternación cada que mi madre contaba la anécdota para deleite de cualquier invitado. ¿Qué les da tanta risa? ¿No saben multiplicar?

La idea de que la inteligencia se desarrolla, como usted ya sabrá, no es idea mía. Incluso, podemos buscarla cuán lejos queramos y seguramente alguien conocerá una cita al respecto de un sacrosanto y multicitado griego (¿les late Pitágoras o nos quedamos con el querido Platón?). Para no irnos tan lejos, retrocedamos nomás un par de siglos, hasta Théodore Simon y Alfredo Binetti (Alfred Binet) y sus pruebas de inteligencia que desembocaron en la “escala de inteligencia Binet-Simon”. O, mejor aún y más cerquitas, hasta William Stern y su famosísimo IQ o cociente de la inteligencia (preámbulo del “coeficiente intelectual”). ¿Y qué es eso?

Bueno, el IQ divide la “edad mental” entre la “edad cronológica” y la multiplica por 100. ¿Y qué es la “edad mental”: ¡pues es la inteligencia de acuerdo a la edad! ¿Y cómo la determinaron? Pues se idearon una serie de exámenes y vieron, en su racho, quiénes en promedio, dependiendo de la edad, los podían responder. Es decir, por un lado, la “edad mental” resultó ser la capacidad para responder los exámenes creados por unos compitas que tenían una cultura y un lenguaje determinados (harta discusión ha habido al respecto y sí, cuando los blancos sacaban mejores notas que los negros, los blancos no dudaron en decir que eran una prueba concluyente de que los negros eran estúpidos pero, cuando descubrieron que los chales -chinos, japoneses y anexas- sacaban mejores notas que los blancos, ningún blanco se atrevió a decir que era una prueba concluyente de su propia estupidez). Pero, por otro lado, la inteligencia resultó ser la capacidad de hacer ciertas tareas.

A simple vista esto parece obvio, pero piénselo un momento. Seguramente usted, como yo, podría dedicarse a algo distinto a lo que se dedica: ¿y si hubiera seguido dibujando?, ¿si no hubiera hecho berrinche para no ir a las clases de música?, ¿si no hubiera tenido un maestro tan malo de matemáticas? Mejor aún: ¡yo sería un gran escritor si tuviera más tiempo para escribir! ¡O un gran futbolista!

Las inteligencias “múltiples”

Al bueno de Howard Gardner se le ocurrió, hace unos 30 años, que la inteligencia no era una sino varias. Es decir, mantuvo la idea de que la inteligencia es la capacidad de hacer ciertas tareas, pero que esta capacidad depende de la cultura donde se desarrolla el individuo y de qué tanto empeño le ponga el pelado a hacer una u otra cosa.

El primer problema de la propuesta de Gardner es que no mide la inteligencia en sí sino que repite lo mismo que, seguramente, le dijo a usted su abuelita: “échelale ganas a lo que te gusta, m’ijo, pa’ que seas bueno”. Y entonces, el vatillo que es súper trucha para las mates o para la música, pero que es rebruto para ligar: ¿es inteligente o estúpido?, ¿no sería mejor un balance? Sepa la bola, por el momento, porque aún tenemos el problema original, ¿de veras nos volvemos más inteligentes conforme crecemos?, ¿nos crece el cerebro y eso nos hace más brillantes?

Mi hija y los chimpancés

A los evolucionistas, neurofisiólogos y mercadólogos de la película de Godzila les gustó una frase: “el tamaño sí importa”. Como vieron que el cerebro de los infantes crece conforme crece su cuerpo, en cualquier especie, y se van volviendo cada vez más capaces de hacer tareas (como moverse), se les ocurrió que el tamaño del cerebro tenía que ver con la inteligencia. Esto suena casi obvio y, además, nos hace sentir bien: “yo, que soy tu papá, soy más inteligente que tú y me tienes que hacer caso”.

Pero la teoría del tamaño del cerebro trajo varios problemas. Por un lado puso a un montón de científicos blancos a medir cabezas y “demostrar”, oh sí, que hay razas más pendejas que otras. Y, por otro, nos topamos con pared al ver que hay animales con cerebro más grande (¡Uy, el elefante es más inteligente que nosotros?) y a pocos pelados les gusta admitir que hay animales más inteligentes que ellos. Entonces crearon la “proporción cerebro-masa corporal” y, ¡yeah, ahora sí éramos los más inteligentes del reino animal!

Hasta que alguien midió a las aves pequeñas.

Pero un mugroso colibrí no nos iba a detener en nuestra tarea de demostrar que somos bien brillantes. Así que apareció el “cociente de encefalización”, donde pudimos cucharear los datos y ponerle constantes y potencias ad hoc “para que la naturaleza demostrara que somos la cúspide de la civilización”. Y, también, que los blancos son menos brutos que los negros. Hasta que, otra vez, alguien midió a los chinos.

Y antes y después han aparecido más teorías, que si está corrugado, que si el número de sinapsis, la presencia de neurotransmisores, o lo que usted quiera. Incluso, a una tal Patricia Greenfield se le ocurrió decir que un niño de menos de dos años tiene una inteligencia similar a la de un chimpancé (“ya ve, huerca, hágale caso a su padre”) porque aprende sin restringirse a las reglas del ámbito del lenguaje y “la mente funciona a base de un programa informático simple y plurifuncional” (Mithen, S., Arqueología de la mente humana, 1996). ¿Juay de rito? ¿Qué quiso decir el científico?

Sí, desde que aparecieron las computadoras a los científicos les ha dado por compararlo todo con estas máquinas (desde la inteligencia hasta los eco-sistemas), porque da caché, deja al lector con cara de what? y, en resumen, porque es la metáfora de moda. A los creyentes les gusta porque dios sería el Gran Programador y; a los fans del terror, porque aparece un nuevo miedo: ¿y si hiciéramos una computadora más inteligente que los seres humanos?

El golem. El hombre que se convierte en dios, el único que puede crear algo superior a él. Así, si los estudios sobre inteligencia siguen sin poder decirnos qué diablos es eso, sí parecen intentar, por un lado, demostrar que los adultos son más inteligentes que los niños y los jóvenes. Y, por otro y con muchísimo ahínco, intentan demostrar lo que nos dijeron en el catequismo o en la educación básica de casi toda religión: “tú eres la creación predilecta de dios, el más inteligente de los animales, el único que puede llegar a igualarme”.

Por mi parte, conforme fui aprendiendo cálculo integral y a resolver ecuaciones diferenciales parciales, fui perdiendo mi destreza para la aritmética: ahora sí tuve que utilizar la calculadora para obtener el número de segundos en un año. ¿Y usted? ¿Se siente más inteligente que hace diez años?

Luis-Felipe-LomelíEstudió Física pero se decantó por la todología no especializada: una maestría en ecología por acá, un doctorado en filosofía por allá, un poquito de tianguero y otro de valet parking. Ha publicado los libros de cuentos Todos santos de California y Ella sigue de viaje, la novela Cuaderno de flores, el ensayo El ambientalismo, el libro de texto Naturaleza y sociedad y la noveleta en ebook El alivio de los ahogados. Es Premio Nacional de Bellas Artes y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Se le considera el autor del cuento más corto en lengua hispana: El emigrante -¿Olvida usted algo? –Ojalá.

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