En defensa de una nueva radio pública

En defensa de una nueva radio pública

OldRadio

Pepe Flores

@Padaguan

La omnipresencia de la radio está infravalorada. Si la comparamos con otros medios de comunicación, no está bajo los reflectores. A la televisión se le asocia con un lugar hegemónico en la casa, como el socializador del siglo XX por excelencia. A la prensa siempre se le ha reconocido su poder para imponer temas en la agenda y para mover a los líderes de opinión. A Internet se le ve como el gran medio del nuevo milenio, la aldea global que soñó Marshall McLuhan, la supercarretera de la información, entre otros lugares comunes.

Pero, ¿dónde quedó la radio?

Sigue ahí, inserta en la vida cotidiana, pero de manera más discretas. Va en el automóvil, acompañando el trayecto de ida o vuelta al trabajo. Está en el pesero, en forma de canciones pegajosas, cumbias o románticas o éxitos del momento. Está en el trabajo, con la voz como compañía para quienes ejercen su jornada en la soledad de un cubículo o una caseta. Está en el taxi, en la nostalgia del conductor que aún escucha el béisbol o en la resignación de quien debe conformarse con oír esa mezcla de estática y narración de fútbol.

La radio tuvo su época dorada en las primeras décadas del siglo pasado, la época de las radionovelas, de La Tremenda Corte, El Fistol del Diablo y La Mano Peluda. Hoy en día, la radio vive de fórmulas: están los noticieros con personalidades al frente (Carmen Aristegui, Carlos Loret de Mola, Adela Micha, Pedro Ferriz de Con, Eduardo Ruiz Healy, entre otros. También las revistas matutinas con versiones descafeinadas de Toño Esquinca y la Muchedumbre o programas vespertinos (o nocturnos) que imitan el estilo del Panda Show. Todo, arropado por una barra de locutores con contenidos genéricos-intercambiables, donde la regla es mandar mensajes al 90400 para que lean tu saludo al aire.

Si la radio debe seguir esos modelos es porque depende de los anunciantes. La diferencia es que no atrae tanto dinero como la televisión o la prensa y debe tirar a lo seguro, una triste realidad que inhibe la experimentación y la creatividad. Si hay que programar 16 veces la misma canción en el día con tal de tener a la audiencia, que así sea. Poderoso caballero es Don Dinero.

Afortunadamente, la radio pública puede escaparse de esta tendencia (no en su totalidad, porque su visión institucional también da ciertos límites, pero al menos sí en la forma y el fondo). La radio pública está para esos contenidos que no caben en la radio comercial –pero que deberían estar-: mesas de debate, revistas culturales, propuestas diferentes, otros géneros musicales. No se necesitan locutores consagrados, sino personas con algo interesante que decir.

El problema es que la radio pública provoca bostezos en el respetable, lo que podemos llamar “el efecto la Hora Nacional”. La radio pública, a fuerza de ser percibida como aburrida, se ha creído su papel. ¿Para qué el esfuerzo, si vamos a un porcentaje mínimo de la audiencia? Se ha encasillado en su papel, mitad por costumbre, mitad por lasitud, en que la radio culta debe sonar a cloroformo y que lo institucional es similar a lo anquilosado.

Esta sintomatología es más grave si hablamos de una radio universitaria. Si las universidades son los epicentros de la investigación y la vida académica de un país, sus radios deberías ser voceros de la frescura de ideas. Radios como Ibero 90.9 y Radio UNAM lo entendieron hace tiempo. Radio BUAP los sigue en una nueva etapa, apostando por una radio pública que quiere retomar protagonismo no por la pauta sino por la excepción.

radio-maderaA Radio BUAP hay que exigirle que sea distinta. Más en Puebla, tierra de la homogeneidad mediática, es sustantivo contar con una estación pública y universitaria que se anime a intentar, a experimentar, en la forma y en el fondo. Sus locutores debemos entender que estamos ante la responsabilidad de construir un espacio mediático abierto, no un soliloquio ni un templo al ego. Sus directivos, que lo institucional no está peleado con lo dinámico ni lo culto con lo accesible.

Si a Radio BUAP hay que criticarla, que sea por su arrojo y no por su pasividad. La camada de locutores que ha elegido para el arranque –algunos con experiencia en otras estaciones, otros en la escena musical, y unos más desde las artes y la academia- es plural y ecléctica. Pese a sus personalidades y gustos divergentes, un hilo conductor les une: no suenan a la frecuencia modulada convencional, más preocupada por los signos zodiacales, las frases motivacionales y el reporte del tráfico.

Radio BUAP no es la oposición, sino el complemento; no es el sustituto, sino el nuevo aderezo. No es el rompimiento con la tradición ni la reinvención de la rueda, es su adaptación a una propuesta de radio donde quepan todas las radios. Persigamos una radio que deje de ser trampolín para otros medios y se convierta, de una vez por todas, en un cimiento necesario de la vida pública, del conocimiento y de la cultura.

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Leer la contraparte: Radio BUAP, con la música a otra parte, texto de Luis Ricardo, conductor del programa Café de Nadie, que se transmite por Puebla FM.

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