De políticas culturales: Francia, Nueva Zelandia y Camboya
De acuerdo a la UNESCO (1982), las políticas culturales que ponga en práctica un Estado deben estar dedicadas a “proteger, apoyar y enriquecer la identidad y el patrimonio cultural de cada pueblo” (Art. 8); asimismo, dice el organismo internacional, deben tener un espíritu descentralizador y democrático que aporte “a todas las comunidades y a toda la población la posibilidad de disfrutar de obras de arte” (Art. 15).
Por Lado B @ladobemx
10 de diciembre, 2013
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Alonso Pérez Fragua

@fraguando

De acuerdo a la UNESCO (1982), las políticas culturales que ponga en práctica un Estado deben estar dedicadas a “proteger, apoyar y enriquecer la identidad y el patrimonio cultural de cada pueblo” (Art. 8); asimismo, dice el organismo internacional, deben tener un espíritu descentralizador y democrático que aporte “a todas las comunidades y a toda la población la posibilidad de disfrutar de obras de arte” (Art. 15).

En otras palabras, las políticas culturales de un país deben permitir que todos sus ciudadanos se reconozcan en esa diversidad de visiones y expresiones que cohabitan en el espacio nacional, sin que medien los gustos o caprichos de los responsables de las mismas, sino con miras a alcanzar una meta de desarrollo común, según lo afirma el legendario Ministro de Cultura francés, Jack Lang (1987).

Políticas culturales existen muchas y muy variadas y reflejan lo que un Estado quiere o busca para sus ciudadanos. La visión anterior que esbozan la UNESCO y Lang, por desgracia, no es la única. Existen casos en que las acciones o ejes contenidos en las políticas culturales de una nación demuestran, por el contrario, una relación de sometimiento, oposición o resistencia.

Para mostrar estas dos caras, a continuación comparto tres casos que considero paradigmáticos alrededor del mundo. El ejercicio que propongo es pensar de qué forma podrían implementarse (o evitarse) acciones similares en México. Empecemos entonces.

Caso 1. La fiesta de la música en Francia

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Sonoridades brasileñas en la Fiesta de la Música. Toulouse, 2011. Foto: @fraguando

El 21 de junio de 1982, el pueblo francés celebró por primera vez lo que hoy se ha convertido en una fiesta internacional: la fête de la musique. Impulsada por Jack Lang ministro de Cultura durante la gestión del socialista François Mitterrand, esta fiesta tuvo como idea directriz el “permitir a los ciudadanos ser actores de un evento cultural”. Apoyados por un estudio sobre las prácticas culturales del pueblo galo que determinaba que 5 millones de personas tocaban algún un instrumento -50 por ciento de jóvenes-, Lang y su director de Música y Danza, Maurice Fleuret, dieron vida a este evento que, cada año, invita a que músicos amateurs o profesionales, compartan su talento en medio de la calle desde la tarde del solsticio de verano.

Además de los escenarios oficiales que instala la autoridad de cada ciudad o pueblo en ese día, las plazas, estaciones de metro, explanadas de bibliotecas, banquetas o estacionamientos de restaurantes, bares y centros comerciales reciben todo tipo de propuestas y géneros.

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Con o sin amplificador, en cualquier esquina. 21 de junio de 2011, Toulouse, Francia. Foto @fraguando

A 31 años de su nacimiento, la Fiesta de la Música se presenta como una acción o evento concreto dentro de la política cultural francesa enfocada a apoyar las expresiones musicales y promover la diversidad y ciudadanización de la cultura; una relación de apoyo por parte de la autoridad para con las expresiones ciudadanas de cultura cuyo impacto es difícil determinar con exactitud[1] pero que ha trascendido administraciones e ideologías partidistas.

Caso 2: Los maorís y la cultura neozelandesa

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A pesar de ser una minoría en su propio país al tratarse de un 16 por ciento de la población total, los nativos maorís y su cultura representan uno de los rasgos más importantes al interior y exterior de Nueva Zelandia. Su lengua es uno de los idiomas oficiales junto con el inglés por lo que los nombres de las dependencias gubernamentales y documentos oficiales se encuentran en versiones bilingües, entre otros detalles.

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Jefe maorí. Londres, 1773.

No obstante, esta relevancia de la cultura maorí es más o menos reciente. Aunque en el siglo XX ya contaban con derecho al voto, representación en el Parlamento y existían matrimonios interraciales, cuando algunos de sus miembros migraron del campo a la ciudad durante y tras la Segunda Guerra Mundial, la respuesta oficial fue “convertir a los maorí en neo-zelandeses británicos” al desalentar el uso de su lengua en la escuela y los lugares de trabajo, entre otras acciones.

Gracias a los movimientos urbanos de protesta en la década del 50 y 60 del siglo pasado, como el de los Ngā Tamatoa o Jóvenes guerreros, a partir de la década de 1970 se empieza a hablar de un Renacimiento Maorí. Así, desde 1975, la política cultural neozelandesa reconoce, promueve y protege la biculturalidad de la nación.

“Haka”: la cultura maorí insertada en la cotidianeidad del deporte

Algunas de las acciones o programas que considera la política cultural neozelandesa desde el Ministerio de Cultura y Patrimonio son:

  • Apoyo al organismo independiente Te Matatini o Aotearoa Traditional Māori Performing Arts Society.
  • La administración de fondos que sirven para la preservación de tradiciones y la puesta en marcha de festivales y otras expresiones.
  • Apoyo al desarrollo de las artes maorís a través de distintas becas.
  • El financiamiento y/o establecimiento de estaciones de radio y televisión con contenidos maorí como el Māori Television Service cuya meta es “proporcionar canales de TV maorís seguros y exitosos que hagan una contribución significativa a la revitalización de las tikanga (costumbres) y la reo (lengua maorí).
  • En 2009, el 17 por ciento del presupuesto del Ministerio estuvo destinado a cuestiones exclusivamente maorís.

Como en el caso anterior, estamos entonces ante una serie de políticas de largo aliento enfocadas a apoyar el desarrollo y preservación de la cultura maorí la cual, a pesar de representar una minoría, es vista como símbolo genuino de identidad nacional y motivo de orgullo de sus herederos directos pero también de los nuevos ciudadanos de ese país.

Caso 3: Pol Pot y el Khmer Rouge en Camboya

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El dictador Pol Pot (1928-1998) Foto de la Colección Fotográfica en Línea de la Rumania Comunista

Como George Chigas y Dmitri Mosyakov indican, las revoluciones culturales con fundamento marxista eran una parte importante de los planes de los nuevos Estados comunistas que se establecieron durante el siglo XX. La más radical de todas ellas, sin duda, fue la de Pol Pot, líder del partido gobernante de Camboya, el Khmer Rouge.

A través de su nueva política cultural, contenida en el apartado de su Plan de Cuatro Años titulado “Los campos de la cultura, literatura, arte, tecnología, ciencia, educación para la gente, propaganda e información” Pot pretendía eliminar los trazos imperialistas y colonialistas contenidos en las expresiones culturales de su país. Estos trazos eran, por ejemplo, el uso del francés, lengua de la antigua potencia colonizadora de Camboya. Ésta y otras características eran parte de lo que el Khmer Rouge definía como “nueva gente” en oposición al campesinado que había conservado los rasgos “tradicionales” que se pretendían poner en papel preponderante de nuevo.

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La dominación extranjera. La Exposición Colonial en Marsella, ilustrada en Le Petit Journal, 1906

Para lograr este regreso al pasado original de la nación, el partido en el poder usaba canciones y poemas que mostraran modelos adecuados y libres de influencia de las clases opresoras.

Junto con las escuelas públicas y otros edificios oficiales, las mezquitas e iglesias de todas denominaciones fueron cerradas y convertidas en prisiones o campos de re-educación; mientras que el uso de ropa negra fue obligatorio.

Chigas y Mosyakov también cuentan cómo el cine y la radio fueron parte de esta política cultural re-educadora. Dentro del mencionado apartado del Plan de Cuatro Años, se estipulaba la producción de películas que mostraran movimientos revolucionarios del pasado y presente; mientras que los altoparlantes colocados en lugares públicos reproducían la señal de la radio con contenidos apropiados para la nueva generación de camboyanos.

La industria editorial por su parte contribuyó con revistas editadas por el Khmer Rouge, entre ellas Yuvachun Nung Yuvunarie Padewat (Hijos e hijas de la Revolución) y Tung Padewat (Bandera Revolucionaria). Ambas publicadas antes de la llegada al poder de Pol Pot y su partido, la primera se publicó de enero de 1974 a noviembre de 1978, mientras que la segunda apareció en enero de 1975 hasta septiembre de 1978. Como es de suponerse, sus contenidos promovían la causa del Estado y era un vehículo más de las políticas culturales.

A diferencia de los dos casos anteriores, este último ejemplo habla de un intento de eliminar la diversidad cultural de un país, la cual el propio Estado veía como un remanente del pasado imperialista. Aunque la dimensión temporal de todos estos esfuerzos se pretendía larga, la toma de tropas vietnamitas de la capital el 7 de enero de 1979 puso un alto a los planes del Khmer Rouge y, por ende, a sus políticas culturales.

Para terminar con un buen sabor de boca, las palabras de Jack Lang en el siguiente video me parecen pertinentes; palabras de un hombre que, a pesar de la ideología de izquierda que defendía, causó la admiración y el respeto de sus colegas franceses de todos los partidos y posturas por sus aciertos al frente del Ministerio de Cultura, como el proyecto de la pirámide del Museo de Louvre y el de la Biblioteca Nacional.

Traducción al español de las palabras de Lang:

Cuando me convertí en Ministro de Cultura, pensé que mi deber no era de imponer mi propio gusto, que mi deber era abrir los ojos y los oídos lo más posible. Si yo hubiera hecho lo contrario, establecer un modelo de cultura, una entrega de premios para decir “esto está  bien, esto está mal” yo sé que ustedes en su noticiero hubieran dicho “este Lang: es un esnob que quiere imponer sus conceptos”. Entonces adopté un comportamiento diferente. De hecho, he apoyado cosas que no son de mi gusto personal pero considero que cuando hay una misión de interés público debemos reconocer con generosidad el conjunto de formas de expresión.

Regresando a la pregunta que me hacía sobre los jóvenes de los que me hablaba: ¿le parece normal que millones y millones de jóvenes no se pudieran reconocer en la política cultural de un gobierno? ¿Les parecería normal que negáramos la posibilidad de una sala de ensayos para un ensamble musical? ¿O que negáramos la oportunidad a los artistas la oportunidad de actuar en los teatros y salas escénicas en ciudades y pueblos? Creo que la responsabilidad de un ministro de la cultura no es imponer su gusto personal sino estar lo más abierto posible […] Creo que la responsabilidad de un gobierno es reconocer la diversidad de un país.

Para vítores, rechiflas o regalos de Navidad, por Twitter o al correo fraguando@hotmail.com

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Referencias

Lang, J. (1987) Le rôle du ministre de la Culture : « ouvir les yeux et les oreilles » Entrevista en video disponible en el sitio del INA (Instituto Nacional del Audiovisual), Francia. Recuperado el 5 de octubre de 2013 de http://www.ina.fr/contenus-editoriaux/articles-editoriaux/ministres-de-la-culture-et-politiques-culturelles


[1] Aunque Carole Robert considera difícil determinar el impacto real de la Fiesta de la Música, dice que ésta ha  multiplicado la práctica de instrumentos musicales, la formación de agrupaciones diversas y que, de una u otra forma, es responsable del tercio de franceses que para 1997 practicaban una o más actividades culturales y las más de 150 mil asociaciones relacionadas con actividades musicales, teatrales, literarias o de patrimonio. Aquí su texto completo.

Changaplana PunketaAlonso Pérez Fragua es gestor y periodista cultural. Desde 2012 coordina Capilla del Arte, espacio cultural de la UDLAP. Actualmente estudia el Posgrado Virtual en Política y Cultura en América Latina de la UAM-Unidad Iztapalapa. Presidente y único miembro del club de fans del autor estadounidense A.J. Jacobs en Puebla.

Imagen: La Changaplana Punketa, de Ángel Vázquez. Aerosol. 2012.

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